viernes, 26 de septiembre de 2014

Ciento volando de catorce, de Joaquín Sabina. O cuando un cantautor prueba suerte con los sonetos pero en su cancionero sigue estando su mejor literatura.




Ficha 
Título: Ciento volando de catorce.
Autor: Joaquín Sabina.
Número de páginas: 142
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Visor libros
Lengua: Castellano

Sinopsis (copiada de la contraportada, de Luis García Montero)
El mundo de Joaquín es real y matizado porque surge de la melancolía para desembocar en los impulsos irónicos. El vitalismo de sus consignas procura darle la vuelta a los relojes y a las palabras. Cuando camina, lo mismo que cuando baila, no hace otra cosa que soñar con los pies, perseguir en los horizontes de la len titud un argumento seductor para la defender la prisa. Y Joaquín resulta convincente porque su mundo personal es fruto de una experiencia colectiva, recuerdo de unos años en los que había que correr para escapar de la mediocridad, la sopa triste, la moral de las mesas de camilla y los argumentos asumidos a golpe secreto de renuncias personales.

Opinión personal
Varias veces, siendo estudiante, tuve profesores de lengua y literatura que ponían de ejemplo a Joaquín Sabina como un tipo que escribía unas letras excelentes. Y aunque a mí me molestaba el hecho de que parecía que Sabina era el único cantante que componía buenas letras —os lo juro, nunca me citaron a otro—, la comparación me parecía acertada. Con 13 años cayó en mi mano el disco Esta boca es mía, el cuál me fascinó y es hasta la fecha mi disco favorito del cantautor de Úbeda. Canciones como "Ruido", "Siete crisantemos" o "Por el bulevar de los sueños rotos" las escuché innumerables veces. Así Joaquín Sabina pasó a ser uno de mis cantautores favoritos y, desde luego, a esa edad ya me di cuenta de que aquellas letras eran mejores que las del 90% de canciones que sonaban en las radiofórmulas. Normal que, unos pocos años más tarde, cuando me enteré de que Sabina había sacado un libro de sonetos, fuera a la librería a hacerme con esta obra que hoy, queridos bebedores literarios, se tratará en La posada del lector.


Ciento volando de catorce es un libro de sonetos, 100 en total y distribuidos en varias partes diferenciadas. Así pues, tenemos:
— Los poemarios agrupados en “Señales de vida”, que nos muestran los sonetos con un yo más personal de todo el poemario.
— Los que están agrupados en “Pies de foto”, en los que se retrata y/o homenajea a amigos y familiares. Desfilan por esta serie personalidades famosas como Pablo Milanés, Andrés Calamaro, Fernando Savater, Javier Krahe, Francisco Umbral, Rafael Alberti y un largo etcétera.
— Tenemos otros 7 sonetos que giran en torno a la tauromaquia bajo el título de “Seis dedos en la llaga de Tomás y un brindis a la sombra de Antoñete”.
— Otro pequeño grupo de temática amorosa, “Quién lo probó lo sabe”.
— La serie de sonetos “Benditos Malditos Malditos Benditos”, en los que todos tienen la misma estructura, y Sabina se dedica a bendecir o a maldecir aquello que adora o detesta.
— Por último, tenemos dos sonetos más: el de introducción y el de despedida. El de introducción es una captatio benevolentia en toda regla, en la que Sabina, consciente de su fama y de que llega al gran público, expresa el deseo de que el lector salte desde su obra a otros poeta (1).

Pero vamos ya a comentar la obra. ¿Qué me ha parecido la lectura? Pues veréis, Joaquín Sabina domina más que de sobras los recursos literarios en sus canciones: sabe crear buenas comparaciones, anáforas y asíndetons que arman bien estructuralmente la canción, personificaciones, metáforas, etc. Y todo esto se encuentra también en sus sonetos, de la misma manera que también encontramos esa temática canalla, urbana y con una dosis de realismo cotidiano, a veces un tanto sórdido — bueno, esto último, dicho así, puede dar la idea de que el poemario es deprimente, pero no: hay muchos sonetos para la risa y para la amistad, y además ese realismo triste se matiza con un toque hedonista, que invita a vivir los pequeños placeres (2)— . Y sin embargo, a pesar de que en Ciento volando de catorce encontramos los mismos recursos poéticos y temáticos que en su cancionero, hay algo que no me termina de convencer, algo que no me funciona igual de bien que en sus canciones. Quizás lo más primordial en un soneto es su fluidez, su musicalidad. Por eso en la literatura española se considera a Garcilaso de la Vega el autor que dignificó el soneto pese a no ser él el primero en escribirlos, ahí estaba el Marqués de Santillana. Pero el soneto del Marqués de Santillana no fluía con la misma naturalidad que el de Garcilaso. Porque no basta con cuadrar las 11 sílabas en 14 versos, el verso debe fluir y no quedarse constreñido. Por eso no es nada fácil escribir un soneto, y a veces en la lectura tenía sensación de que el verso estaba un poco anquilosado, con giros y expresiones un tanto bruscas —algunas en inglés, o usando expresiones populares como el “candemor” de Chiquito de la Calzada, que no me acaba de sonar bien—, y tomándose a veces Sabina ciertas licencias poéticas, como en el poema "Plasticorazones", en el que al final de un verso con una nota al pie nos dirá “sí, falta una s ¿pasa algo?”, o en el poema “Todo a cien” que escribe una frase en inglés y nos señala que hay que pronunciarse tal y como se escribe.

Pero, dejando de banda la musicalidad intrínseca del verso y su fluidez, tampoco es un poemario en el que me recree gustosamente leyendo, una y otra vez,  un mismo poema. De su poesía amorosa pocas composiciones me llegan a decir algo. No me deleito en ellos como sí con la poesía de otros poetas como Pablo Neruda o Pedro Salinas. Aunque hay sonetos que no están nada mal como el de "Puntos suspensivos"(3), en mi opinión de los más logrados de la obra. Y en general, a veces en algunos sonetos me encuentro un verso muy bueno, o incluso una estrofa que me parece impecable, pero en demasiados poemas el conjunto total me suele fallar. Por eso prefiero las letras de sus canciones —recogidas, por cierto, en la obra Con buena letra, y que con cada nuevo disco van ampliando el libro en una nueva edición—. Y conste que no digo esto como desprecio, no es fácil escribir una buena letra de canción, ni siquiera creo que sea un género menor. El propio Luis García Montero nos cuenta en el prólogo escrito especialmente para la obra que nos ocupa que:

<<Esta conciencia de los tonos diferentes exigidos por el poema y la canción no supone un orden jerárquico, un privilegio valorativo a favor de alguno de los dos mundos. No nos engañemos, porque Joaquín respeta demasiado a la poesía, y no está dispuesto a jugar la partida hipócrita y su fama por un plato de musas solitarias y purísimas. Aunque sea costumbre desear lo que no se tienen, quien haya asistido a un concierto de Sabina en la Plaza de Las Ventas puede comprender sin dificultad que el cantante no está en canciones de despreciar su trabajo. Hay pocos espectáculos tan emocionantes como la complicidad vital que se da entre este peregrino de la noche que ajusta cuentas con el mundo, rebelde hasta el pliegue final de su consciencia, y una multitud decidida a corear sus carreras ante los toros del tiempo, la muerte, las renuncias y los diversos disfraces de la policía. Una canción capaz de emocionar y de definir sentimentalmente la historia de tres generaciones es algo que debe tomarse muy en serio. El arte no consiste en tener buenas ideas, sino en llevarlas a cabo de un modo convincente, y Joaquín Sabina se ha salido muchas veces con la suya, por la capacidad que tiene de convencer con sus historias, sus imágenes y sus palabras>>

 
Luis García Montero y Joaquín Sabina
Para terminar, resumiendo todo lo dicho, Ciento volando de catorce no es mi libro de poesía favorito. Y me quedo con el Sabina de las canciones. Sin embargo, el poemario es simpático, hay sonetos que te hacen esbozar una sonrisa, así que tampoco lo desaconsejo.

Puntuación: Suficiente
Te gustará si te gusta Joaquín Sabina, y también si te gusta cierta poesía de circunstancia cotidiana (esos bares que nombra en un soneto, esos amigos que salen con él de juerga, esa secretaria que le lleva las cuentas, etc)
Fragmentos:
 (1) El primer cuarteto del soneto "Coitus interruptus (sic)" nos dirá:
Ojalá quien visite este folleto
sea lego en Chaquespiare y en sor Juana,
no compite mi boina de paleto
con el chambergo de Villamediana.

(2) Se ve muy bien en el soneto “De pie sigo”, que nos dice que la vida conlleva vivir todos sus contratiempos, pero qué carajo, hay que vivir, aunque duela, que al menos estamos vivos:

DE PIE SIGO
            Para Ale
Ni abomino del mundo por sistema
ni invierto en los entuertos que desfago.
El aire que respiro es un problema
que no tienen los muertos. Cara pago

la prórroga roñosa de la vida
con su ya, su enfisema, su albedrío,
sus postres con tufillo a despedida,
sus álamos, su prótesis, su río.

De pie sigo, lo digo sin orgullo
pero con garapullos de cobarde
que todo espera porque nada es suyo:

el sabotaje de las utopías,
la amnistía que llega mal y tarde,
el chantaje de las radiografías.

(3) PUNTOS SUSPENSIVOS
Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijama con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es escalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

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