miércoles, 5 de agosto de 2015

La carretera, de Cormac McCarthy. O mantener fe y ética cuando el mundo cae en la barbarie.





Ficha
Título: La carretera
Autor: Cormac McCarthy
Nº de páginas: 216 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Debolsillo
Lengua: castellano
Traducción: Luís Murillo Fort 

Sinopsis (extraída de la web de La Casa del Libro):
Una demoledora fábula sobre el futuro del ser humano, ganadora del Premio Pulitzer 2007. La carretera transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo un viaje con él. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan sus escasas pertenencias, recorren los lugares donde el padre pasó una infancia recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío «capaz de romper las rocas».

Opinión personal
Cormac McCarthy es uno de esos autores vivos que suenan como candidato al Nobel de literatura. ¿Obtendrá McCarthy tal galardón? No sé, tal vez me equivoque, pero me da la impresión de que cuando un nombre suena mucho en las quinielas para hacerse con el premio lo más probable es que no se lo den. Pero mejor que no me pierda por vericuetos nobelísticos, que ahora no proceden. El caso es que me picó la curiosidad, y decidí leer alguna novela de este autor. La que cayó en mis manos  fue La Carretera. Y la verdad, la impresión ha sido bastante positiva, tendré que repetir con McCarthy. Vayamos ya con la novela que nos ocupa:
Cormac McCarthy

La carretera se puede encuadrar en un subgénero típico de la ciencia ficción: la novela post-apocalíptica. Añadiéndole además un toque de “novela de carretera”. ¿Qué ha pasado con la civilización para que nos hallemos en este escenario post-apocalíptico? Parece que los indicios —tierras calcinadas, bajadas de temperaturas, cielos cubiertos y grises— apuntan a un estallido nuclear, aunque en ningún momento se da la mínima explicación del por qué de la tragedia, tal vez porque el origen de la catástrofe ya no importa. No hay tiempo para mirar atrás cuando nuestros dos protagonistas, un padre y un hijo, tienen que mirar al frente y sobrevivir día tras día, sin más equipaje que unas pocas pertenencias que caben en el carrito de supermercado que arrastrarán a lo largo de las páginas. Y todo con el objeto de llegar al sur, con la esperanza de encontrar algo mejor, a la vez que sortean peligros, o lo que es lo mismo: a otros humanos en el camino. Esa es, muy resumidamente, la historia básica que nos encontramos en La carretera. Y todo esto contado de forma escueta pero no por ello deficiente. No sé si han oído hablar del dicho que dice “menos es más”. Pues bien, esa máxima extraigo yo de La carretera. Parece que McCarthy quiera ahorrar verborrea inútil y largos fragmentos explicativos. Tampoco se recrea en lo que cuenta. Porque McCarthy te lo cuenta todo sin ahorrar nada, pero sin por ello regodearse lo más mínimo. Y es que a veces algo que a priori parece poca cosa puede resultar ser mucho, y eso pasa con La carretera. La mayoría de críticas que ha recibido la obra han sido elogiosas, hasta el punto de que la novela se alzó con el prestigioso premio Pulitzer. Sin embargo, hay una crítica que ha llamado mucho mi atención, porque es de las pocas críticas negativas que he encontrado, la pueden leer aquí, y ya adelanto que estoy en desacuerdo con ella. Pero lo bueno de la literatura es eso: que puede haber disparidad de opiniones. Y un mismo rasgo literario, que para alguien es un desatino, para otro puede suponer todo un acierto. Y parece que eso nos pasa al señor Gándara y a mí respecto a La carretera. Así que mostraré esta crítica negativa tres fragmentos, para servirme de ellos como muleta argumentativa y exponer mi opinión de la novela de McCarthy.
<<Lo primero que sorprende es la escasa gama adjetivadora y de recursos de que el narrador dispone para describir el paisaje desolado y terminal de una tierra que ha sufrido un holocausto nuclear. Con el frío, lo gris y lo ceniciento insistiendo como un solo de tambor página tras página (repito: página tras página) no parece que puedan conseguirse grandes efectos ni emociones.” (…)Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela)>>.
Cierto. Hay una persistencia de lo gris en las descripciones. ¿El motivo? No hay ni una brizna de hierba, ni rastro de vida. Nada de animales o plantas. El paisaje está calzinado, así que es normal que el gris sea el color predominante. No por ello me parece una descripción descuidada. Cierto, no hay una reiterativa acumulación de adjetivos a la hora de describir, pero tal cosa no significa que la descripción sea poco detallada ni descuidada. (1)
Y sí, lo gris nos acompañará a lo largo de la novela. Página tras página, como dirá Gándara. Pero no parece ser por falta de talento de McCarthy —del cuál, según he leído en otras críticas aunque no puedo asegurarlo con mi palabra, el resto de su producción literaria presenta unas descripciones muy alejadas de las que encontramos en La Carretera—, sino más bien como un efecto producido expresamente.
Porque ese gris sempiterno de los cielos y esas cenizas que pisan refuerzan el efecto que nos producen las penurias de los protagonistas. ¿Hace falta una retahíla de adjetivos y una recreación más lírica o exhaustiva? Yo, sinceramente, no lo he echado en falta. La sobriedad no empeora necesariamente una descripción, ni el recargamiento la mejora tampoco forzosamente.
<<Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela).>>
Tiene razón de nuevo Gándara respecto a la voz narrativa: es neutra. Pero cuando se pregunta que de dónde sale la voz narrativa me pierdo un poco. Si el narrador es externo, si no nos narra un personaje de la novela, no entiendo el por qué preguntarse de dónde sale la voz. Y sí, la voz es fría y monocorde. Pero volvemos a lo mismo que he comentado sobre la persistencia del gris: no es un rasgo que lastre la novela, más bien al contrario. Esa voz aséptica, como una cámara objetiva, nos transmite ese frío que sienten los personajes, esa sordidez del día a día de supervivencia. Pero además, en La carretera no importa sólo lo que se dice. Importa también lo que no se dice. ¿Cómo se llaman los protagonistas? No lo sabemos, son “el hombre” y “el chico”, sin más. Y esta omisión podría tener valor simbólico: ¿representan nuestros protagonistas a la humanidad y por eso no se detallan los nombres? Porque siguiendo con los nombres, ¿en qué territorio están de los Estados Unidos? ¿Qué pueblos recorren? ¿De qué Estado? Tampoco lo sabemos. ¿Pero acaso importa? Cuando la civilización cae y entramos en la más absoluta barbarie, cuando no hay ningún tipo de justicia ni orden administrativo, ¿qué importan los nombres territoriales? Este aire indefinido, esta falta de concreción onomástica crea una atmósfera fantasmal en la novela, y hasta amenazante. Y como lector, también he tenido a veces la sensación de que un silencio recorre la novela. Un silencio que puede ser muy triste en la soledad de nuestros dos personajes, pero también es sinónimo de seguridad. Si no hay ruido, no hay amenaza. También los diálogos entre padre e hijo estarán cargados de unos silencios con mucho significado.
<<En este orden de cosas, los alardes literarios del narrador, consistentes sobre todo en el quebranto y fragmentación de la frase, y el uso de los diálogos sin el signo de guión y sin acotaciones, sirven para desfigurar las referencias y para construir un paisaje literaturizado que oculta la percepción material de la catástrofe. Ya entiendo que esta percepción podría ser elidida en función de otros objetivos. Pero no los hay. Y no los hay porque lo que la novela cuenta es la historia de un padre y de un hijo pequeño que tienen que atravesar un desierto en el que antes se erigía la civilización, y cuanto les ocurre es lo que ocurriría a cualquiera en esas circunstancias. Sin haber más en esta narración. En suma, peripecia previsible y nada más que peripecia.>>
De nuevo hay aquí información objetiva y cierta: los diálogos están carentes del signo discursivo del guión. No hay tampoco división de capítulos, y la novela está estructurada en una sucesión de fragmentos, la mayoría no muy extensos. Pero no veo que oculte “la percepción material de la catástrofe”. La catástrofe la vemos no sólo por la calcinación y la falta de vegetación, también por pueblos fantasmales y edificios abandonados. Volvemos a lo comentado anteriormente, ¿qué se necesita para que la catástrofe esté visibilizada? ¿Largas descripciones ricas en adjetivos? Hasta aquí he mostrado ya mis discrepancias con la crítica. Creo que, evidentemente, hay un punto subjetivo en nuestras opiniones. Y tal vez sea cosa mía que me miro la novela con buenos ojos, o que este tipo de descripción no me desagrada. Pero ahora llegamos a un último punto discrepante en el que vuestro amigo Letraherido no se bajaría de la burra ni aunque le pagaran. Me refiero a eso de que en La Carretera no hay nada más que una historia de supervivencia de un padre y un hijo, “peripecia previsible y nada más que peripecia”. Porque, a poco de empezar la obra, había algo en la relación padre e hijo, algo que se ve en sus diálogos, que ya me llamaba la atención. Es un tema que sobrevuela a los protagonistas, más allá de la dificultad de subsistir en un mundo salvaje y hostil, y me atrevería a decir que es el tema principal de la novela: la ética.
El hombre y el chico, padre e hijo, protagonizados por Viggo Mortensen y Smit-McPhee respectivamente. En la película homónima dirigida por John Hillcoat
No, La carretera no es ni de largo un tratado de ética. Ni tampoco un ensayo sobre moralidad. Afortunadamente no es nada de eso —de serlo, la novela sería, imagino, algo así como un panfleto infumable—. Pero en esa relación padre-hijo ves que no sólo se preocupan de sobrevivir, tienen además la necesidad de creer que hacen lo correcto, de “seguir siendo los buenos”. Que por cierto, esta pregunta que formula el niño, “¿aún seguimos siendo los buenos?”, suena tan inocente y tierna como devastadora. El niño parece el último reducto de humanidad para una sociedad que ya no parece humana, porque en La carretera se vuelve no ya a una civilización dura y primitiva, sino a la barbarie absoluta. No es la primera vez que la ficción ha tocado el tema de la caída de la civilización y de cómo se instaura la ley del más fuerte. Pero personalmente, como lector, sí es la primera obra que me encuentro en la cual además ya no hay vegetación ni animales. Sólo quedan humanos deambulando en una tierra estéril. Así que para alimentarse, cuando no puede haber ni caza, ni pesca, ni agricultura ni ganadería, sólo hay dos posibilidades: 1- Latas de conserva de la extinta civilización —el problema es que, obviamente, cada vez son más escasas y difíciles de encontrar, ya que es lo primero que se busca— y 2- Canibalismo. Cualquier humano que te encuentres en el camino puede ser un potencial depredador. Y en este contexto, en el cual más que nunca “el hombre es un lobo para el hombre”, el niño pretenderá ayudar y hacer todo lo posible por cualquier persona que encuentre en el camino. Nunca le faltará al chico la compasión para nadie. Para disgusto de su padre, más consciente del peligro que corren, ya sea porque el auxiliado pudiera tener intenciones poco agradecidas con sus benefactores, o ser un cebo en mitad del camino. Además de que, cuando el hambre les hace estragos, puede ser suicida compartir los escasos víveres que posees con una tercera persona. Pero he aquí una paradoja: el niño cuestionará la negativa sensata del padre a ayudar al prójimo… gracias precisamente a la educación del propio padre (2). Porque él le enseñará que “llevamos el fuego”, y que “somos los buenos”.
Y así, sobreviviendo a duras penas, prometiéndose no involucionar de personas a monstruos, nuestro padre e hijo siguen camino hacia el sur, con más fe que esperanza en encontrar algo nuevo, algún espacio humanitario. Hacia el sur, y siempre hacia el sur, dirigirán sus pasos con una ingenuidad auto imbuida, un auto engaño forzoso para seguir con vida. De no ser así, uno se pregunta para qué vivir, si merece la pena seguir con vida de esta guisa, con el eterno miedo en el cuerpo. Aunque este autoengaño lo veo más presente en el padre que en el hijo, ya que al “hombre” le asaltarán dudas de si no tendría que usar su pistola para poner fin al sufrimiento, como sí hizo una persona querida por él —revelado en uno de los flashbacks presentes en la novela—. Pero el padre encuentra un anclaje a la vida: su hijo. Es todo lo que tiene, y me aventuro a decir que si sigue adelante es únicamente por eso. Porque debe haber —o nacer en breves— un nuevo mundo incorrupto para alguien aún no embrutecido. “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”, dirá viendo a su hijo dormir.
Supongo, apreciados lectores, que ya se les hace larga y pesada esta entrada. Así que abrevio con un último detalle: esa cita a Dios no me parece casual. Y no es la única que encontraremos en esta lectura. Se me quedó un regusto bíblico (3) al cerrar la novela. Lo mismo que con lo de “llevar el fuego”, que me ha recordado al mito de Prometeo. Esto que expongo a continuación es pura conjetura mía, pero, igual que Prometeo tuvo que pagar un precio por llevar el fuego a la humanidad, nuestros protagonistas “llevan el fuego” y reciben también un castigo, aunque sea por parte de una realidad insoportable.
La Carretera es, en definitiva, una novela dura. Una novela de ciencia ficción post-apocalíptica en la que los motivos y causas de tal desastre no importan, porque es más que nada una historia de supervivencia, como dice Gándara. Pero para mí hay algo más. Es un viaje buscando una esperanza, cuando nada invita ya a ella. McCarthy sitúa a dos personajes que se niegan a ser monstruos para sobrevivir en la situación más extrema posible, y en algo tienen que aferrarse si deciden seguir adelante y no despedirse de la vida.

Valoración: notable.
Te gustará si te gusta las novelas de ciencia ficción post-apocalítptica. No te la recomiendo, sin embargo, si no puedes con las novelas deprimentes ni de catástrofes.
Fragmentos:
 (1) Puede gustar o no, pero yo no diría que este texto es descuidado:
Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno (…)
Despertó antes del alba y vio despuntar el día gris. Lento y medio opaco. Se levantó mientras el chico dormía y se puso los zapatos y envuelto en la manta caminó entre los árboles. Bajó a una grieta en la piedra caliza y se agachó para toser y tosió durante mucho rato. Luego permaneció de hinojos en la cenizas. Levantó la cara al pálido día.

(2) Cuando eres un niño espabilado y te das cuenta de que la realidad de la vida no coincide con la del cuento:
 Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.
                tienes que hablarme, dijo.
                Estoy hablando.
                ¿Seguro?
                Ahora te estoy hablando.
                ¿Quieres que te cuente un cuento?
                No.
                ¿Por qué?
                El chico le miró y apartó la vista.
                Esos cuentos no son verdad.
                No tienen por qué. Son cuentos.
                Sí, pero en esas historias siempre estamos ayudando a gente y nosotros no ayudamos a la gente.
                ¿Por qué no me cuentas tú algo?
                No tengo ganas.
                Vale.”
(3) Sólo un ejemplo más: 
Cruzar aquella región costrosa y gris les llevó dos días. Más allá la carretera seguía la cresta de un cerro a ambos lados del cual el monte árido descendía. Está nevando, dijo el chico. Miró al cielo. Un solitario copo grisáceo que cayera de un tamiz. Lo atrapó en la palma de su mano y lo vio expirar como la postrera hostia de la cristiandad.

4 comentarios:

  1. Una compañera de clase utilizó esta película entre otras en su trabajo de fin de máster, así que algo de rollo ético tiene que tener. Por mi parte no he visto la peli, ni leído el libro, pero dan ganas. Me gustan este tipo de historias, así que nada, a la lista de pendientes (otro más XD)

    Casi tendré que dar gracias de que no actualices demasiado...jajaja

    ¡Un beso!

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    Respuestas
    1. Sencillamente es que te salta a los ojos. Está ahí, el "somos los buenos", "llevamos el fuego". Choca esta preocupación cuando lo más fundamental es simple y llanamente mantenerse con vida.
      Yo he añadido en mi lista de pendientes cualquier otra obra de McCarthy, la primera que pille. Aunque he oído hablar mucho de dos: "Meridiano de sangre" y "No es país para viejos".
      Un abrazo :)

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  2. Iba a leer esta novela, porque lo postapocalíptico me gusta. Pero cometí el error de ver primero la película y me resultó insoportablemente desoladora. Creo que me identifiqué en exceso con el personaje del padre.

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    1. Yo también vi antes la película. Pero en mi caso no me supuso ningún problema, ni siquiera por su desolación.
      Un saludo :)

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