domingo, 13 de diciembre de 2015

La ley de la calle, de Susan E.Hinton. O cuando no puedes guiar a nadie sin antes saber a dónde ir




Ficha
Título: La ley de la calle
Autor: Susan E.Hinton
Nº de páginas: 128
Editorial: Alfagura
Lengua: Castellana
Traducción: Javier Lacruz

Sinopsis (copiada de la contraportada)
A Rusty James le hubiera alegrado cantidad ver a su viejo amigo Steve aquel día en la playa, si no le hubiera traído a la memoria duros recuerdos del pasado: las pequeñas escaramuzas que pronto se convirtieron en asuntos de gravedad, las chicas, las amenazas a la vuelta de la esquina, las peleas en las que tantas veces brillaba el acero, los malos ratos pasados en el reformatorio, las fiestas en las que las anfetas y el alcohol cargaban el ambiente…y sobre todo el profundo recuerdo del Chico de la  Moto, el personaje inolvidable al que siempre quiso parecerse.

Comentario personal
Le dedicaba la anterior entrada a un clásico de la literatura juvenil realista: Rebeldes, de Susan E.Hinton. Y destaqué que era una novela que solía gustar mucho, y a la prueba de las constantes reediciones me remitía, porque Rebeldes se alza más allá del lector-tipo al que iba dirigido —lector adolescente—. Pero no es Rebeldes la única novela de Susan E.Hinton. Tiene en su haber otros títulos como Tex, Domando al campeón, Esto es otra historia o La ley de la calle. Todos los citados de temática adolescente. El caso es que terminé la reseña anterior y seguí dándole vueltas al asunto. Caí en la cuenta de que mi libro favorito de Hinton no era Rebeldes, sino La ley de la calle. Y aunque en general no percibo que sea una novela que reciba malas críticas, ni mucho menos, sí he leído/escuchado comentarios de gente que se entusiasmó con Rebeldes y que, sin embargo, con La ley de la calle se llevó un chasco. O en todo caso te dicen que La ley de la calle está bien pero muy lejos del nivel de la ópera prima de Hinton. Normal. Pongo la mano en el fuego de que lo que produce tal decepción en algunos lectores es esperar otra novela como Rebeldes. Pero se encuentran con algo distinto. Me atrevo a decir que La ley de la calle es, en cierto modo, una réplica al optimismo final de Rebeldes. Y, ya que les hablé de Rebeldes en mi anterior entrada, qué mejor que aprovechar la inercia para volver a abrir La posada del lector y hablarles de mi novela favorita de Susan E.Hinton.

El protagonista de La ley de la calle es Rusty James. Al empezar esta breve novela —la más breve que he leído de Hinton—, nos lo encontramos a sentado frente al mar, apático, sin nada que hacer, como ausente de todo. Hasta que despierta de su letargo porque aparece Steve Hays, su viejo mejor amigo, con el que formaba una extraña pareja, no se podía decir que tuvieran mucho en común (1). Llevaban años sin verse. Steve se alegra del encuentro con su viejo amigo, parece que a Steve las cosas le han ido bien. Pero Rusty preferiría que su amigo no lo hubiera encontrado frente al mar, más que nada porque le trae a la memoria recuerdos que preferiría olvidar. Tanto el capítulo primero como el último —el duodécimo— suceden en el presente, en esa playa en la que Rusty James deja que pase el tiempo. Los otros diez capítulos de la novela que quedan en medio contienen el meollo central, y son un flashback en el que el protagonista nos narrará lo que sucedió en el pasado…

Rusty es un adolescente de 14 años de clase media-baja y vive en un ambiente marginal. Condición que comparte totalmente con Ponyboy Curtis, el protagonista de Rebeldes. Pero si Poniboy nos resultaba un personaje tierno y sensible, no es así con Rusty: un personaje grosero, endurecido y más falto de empatía (2). Rusty va al instituto, tiene una novia y es líder de una pandilla. Vive en un eterno y crudo presente, sin más perspectiva que vivir en el ahora. “No me parece que sirva para nada pensar en el futuro”, dirá. Pero en cierto modo, sí tiene una meta. Y es que Rusty mitifica las bandas que veía años atrás, y que ahora son inexistentes. Porque las pandillas de su época ya son otra cosa, y anhela el regreso de una épica pandillera que él idealiza. Pero sobre todo, su ideal es parecerse a su hermano, el personaje principal de la novela: el Chico de la Moto. Y digo personaje principal porque una cosa es ser el protagonista —Rusty James—, y otra el personaje principal. Todo gira en torno al Chico de la Moto.
En primer plano, Rusty James, representado por Matt Dillon, con sus acólitos pandilleros detrás. El de gafas es Steve, desentonando.

No sé si Susan E.Hinton lo planteó a propósito o le salió por casualidad, pero La ley de la calle tiene un aire de literatura romántica decimonónica. Y en gran medida lo tiene por este personaje principal grandilocuente, excepcional y ajeno a las normas del mundo. Al inicio de la historia que Rusty James nos relata, el Chico de la Moto no está en la ciudad, se marchó —hacia destino desconocido— y no se sabe si volverá. Sólo sabemos de él por lo que hablan el resto de personajes, retrasando así Hinton la aparición para crear expectación. Un recurso efectista muy del gusto de los románticos para presentar a sus héroes —en Cyrano, por ejemplo, también se creaba expectación  antes de que el espadachín apareciera—. Casi se podría decir que el Chico de la Moto es un como un caballero medieval idealizado en época contemporánea. Salvo que en vez de ir a caballo se desplaza en motocicleta. “Es la única persona que he conocido en mi vida que parece sacada de un libro”, dirá Steve acerca de él. Y es que el Chico de la Moto, a ojos de los demás, es un chico extraño. Un personaje introvertido y culto con un asombroso mundo interior y que resulta inaccesible para los demás. Pero que, lejos de ser un bicho raro al que rechazar, infunde respeto y temor —por algo fue el gran líder de una pandilla—. No es un marginado, pese a que estrictamente no se pueda decir que tenga amigos. Tan enigmático resulta que nadie, a excepción de Rusty James y su padre, saben cuál es su verdadero nombre, ni siquiera a los lectores se nos revela. Comprenderán que, ante semejante mito viviente, Rusty James lo tenga difícil para llegar a cumplir el propósito de ser como su hermano.
El mítico Chico de la Moto, protagonizado por Mickey Rourke
Y con ese propósito va transcurriendo la vida de Rusty James, sorteando los días e intentando afianzar la pandilla que lidera. Sin reglas ni más objetivos que los descritos. ¿No le controlan en casa, marcándole algún camino concreto? Su madre decidió largarse y, en cuanto a su padre, Rusty James no tiene ninguna queja de él. No estamos ante un caso de padre maltratador o padre que sienta aversión por su hijo. Pero es un borracho, vive de una pensión, y a veces está días sin aparecer por casa. No ejerce ningún control sobre su hijo, algo que Rusty James valora como algo positivo. Pero evidentemente, ¿es ese el ideal de padre que esperamos? Desde luego que no. No podemos decir que sea un buen padre debido a su omisión. Y sin embargo, cuesta juzgarle mal. Porque no es un mal hombre, sino un personaje perdido en su mundo.

Y es que La ley de la calle va de eso: de personajes perdidos que no tienen respuesta. Va esencialmente de eso más allá de pandillas, marginación y bajos fondos. No creo desvelar nada de la trama si les cuento una conversación mantenida en el último capítulo —los spoilers puros y duros vendrían si les desvelada qué sucede desde el segundo capítulo al undécimo— entre Rusty y Steve:

—Decidí que tenía que largarme de allí, y me largué —siguió diciendo Steve—. Eso fue lo que aprendí: que, si quieres llegar a alguna parte, sólo tienes que decidirlo, y trabajar como una bestia hasta el final. En esta vida, si quieres ir a algún lado, lo único que tienes que hacer es trabajar hasta conseguirlo.
—Claro —le dije—. No estaría mal, si se me ocurriese algún sitio adonde ir.
Si trabajas muy duro podrás salir del agujero, nos viene a decir Steve. Es exactamente el mismo mensaje que se te queda en la mente una vez que cierras la última página de Rebeldes. De hecho, mientras escribo estas líneas, a bote pronto me viene a la memoria una escena de Rebeldes que me parece muy significativa: en la pelea campal, Poniboy mira a su hermano Darry y reflexiona. Poniboy se dice algo así como que Darry no acabará convertido en un maleante porque es una persona responsable que trabaja muy duro. Su hermano Darry saldrá adelante. Rebeldes planteaba una salida a la marginación social. Pero ya ven la respuesta de Rusty a Steve. Por desgracia, parece que no es tan fácil, no es sólo cuestión de esfuerzo esta vida tan confusa. Tampoco la amistad es ya un valor seguro. Si Poniboy estaba rodeado de amigos leales y fieles —hasta al duro y peligroso Dallas Winstons le latía un corazoncito—, si la pandilla era la segunda familia, Rusty James no podrá decir lo mismo en la novela que tratamos. Tendrá que andarse con ojo entre sus propios pandilleros, quizás podrían intentar arrebatarle el liderazgo de la banda. Y este devenir deprimente en el cual Hinton no nos da ninguna salida es la notable diferencia con Rebeldes. Además, en La ley de la calle se agudiza aún más la dureza social: hay cabida para la heroína en sus páginas —la droga fue el motivo principal por el cuál las bandas desaparecieron—, mientras que Rebeldes no se pasaba de tabaco y cerveza. Ya ven que la crudeza es superior en el ambiente de Rusty, y los pilares que sostenían la esperanza en Rebeldes aquí están hecho añicos. Y cuando no hay pilares en los que sostenerse suele suceder que la angustia existencial aparece, y en ella acabará atrapado Rusty James —él que nunca se había preocupado más allá de lo material y tangible (3)—. Hasta el punto de que, muy a su pesar, acabará comprendiendo a su mitificado hermano. Ya saben: cuidado con lo que deseas, que puede cumplirse.

Pero es hora de que entre ya en mi opinión más personal y subjetiva. ¿Por qué mi novela favorita de Hinton es La ley de la calle y no Rebeldes? ¿Porque es más deprimente? Pues no, que una novela sea más deprimente o esperanzadora ni me quita ni me añade. Y tampoco considero que La ley de la calle sea objetivamente mejor que Rebeldes. De hecho, concedo que tal vez Rebeldes sea una novela más redonda, porque en ella no eché en falta más páginas, y con La ley de la calle sí. Quizás podría estar más exprimida y mejor aprovechada (4). Pero La ley de la calle me cautivó porque me pareció una novela profundamente poética. Y no sé si poética es la palabra exacta, pero es la que mejor se me ocurre. Y digo poética no porque presente belleza formal en su narrativa —Hinton no se anda con lirismos, el lenguaje es sencillo y coloquial, con argot juvenil, y sin recrearse en la más mínima floritura—, sino por esa atmósfera que consigue crear. Soy consciente de que ahora voy a sonar a modo de los modernistas finiseculares del siglo XIX —ya saben, que veían la belleza en la decadencia—, pero encuentro encanto en esos callejones en los que se pierde Rusty James y acecha el peligro, en ese sopor existencial, en la figura que todos evocan del Chico de la Moto y en esa épica pandilleril que Rusty quiere resucitar. ¿Era el único que veía todo esto en La ley de la calle? Pues yo pensaba que sí… hasta que vi la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola, protagonizada por Mickey Rourke como el Chico de la Moto y Matt Dillon en el papel de Rusty James. Con Rebeldes considero que Coppola no supo hacerle justicia al libro, pero con la versión de la novela que tratamos lo bordó. Lo mismo que sentía pasando las páginas de la novela lo sentí ante la pantalla, e incluso lo sentí más y mejor, tal vez hasta supere a la novela. Y es que no creo que Coppola decidiera rodar la película en blanco y negro —salvo una notable excepción que no desvelo— gratuitamente. Nunca he hecho un top-ten de mis películas favoritas, pero La ley de la calle de Coppola no puede quedarse fuera.

Ya se pasa de largo esta entrada, y tendría que ir haciendo un pensamiento. Pero no sin antes comentar dos cosas. La primera es que, al igual que pasa con Rebeldes, nos ha llegado una traducción inventada del título original, el cuál es Rumble Fish y se podría traducir como Pez luchador. Si leen la novela, entenderán el sentido del título.
La segunda, y ya finalizo, es una curiosidad. Me encontré en youtube un vídeo con la canción Agotados de esperar el fin, de Ilegales —algún día debo empezar mi proyecto en este blog de hacer entradas sobre grupos musicales—, acompañado de imágenes de la película
AVISO: NO VER EL VÍDEO SIN ANTES HABER LEÍDO O VISTO LA PELÍCULA (SPOILERS EN LAS IMÁGENES)

A quién se le ocurrió la idea de unir la canción con la película creo que acertó de lleno, porque ambas casan la mar de bien. La canción nos habla de pandilleros sin futuro, desesperados, con esa acidez tan propia de Ilegales. Pandilleros agotados de esperar el fin, como parece que esté Rusty James, sin el más mínimo proyecto de vida.

Valoración: notable alto.
Te gustará si te gusta: la literatura juvenil realista, historias crudas, existencialistas.
Fragmentos:
(1) Rusty James se pregunta por qué Steve es su mejor amigo:

Me preguntaba por qué Steve era mi mejor amigo. Le dejaba venirse con nosotros, les paraba los pies a los demás para que no le pegasen, y escuchaba todos sus problemas. ¡Dios, cómo se preocupaba aquel chaval por todo! Hacía todo eso por él, y a veces él me hacía los deberes de Matemáticas y me dejaba copiar los rollos de historia, así que nunca cargué curso. Pero a mí no me importaba cargar, con que no era mi mejor amigo por eso. A lo mejor era porque le conocía desde hacía más tiempo que a cualquiera que no fuera pariente mío. Para ser un duro, tenía la fea costumbre de dejarme enganchar por los demás.

(2) Con estos modales actuará Rusty James:

Encendí un pitillo y apoyé los pies en el respaldo de la butaca de delante. ¿Qué culpa tenía yo de que hubiese alguien allí sentado? El tipo de delante se dio la vuelta y me miró con ara de mala leche. Le sostuve la mirada, como si no me apeteciese otra cosa más que partirle la cara. Se corrió dos butacas.

(3) Rusty James se ve en una situación novedosa:

Me había sentido raro todo el día. Había empezado esa noche, cuando el Chico de la Moto me había dicho por qué me daba miedo estar solo. Tenía un poco la sensación de que nada era sólido, como si la calle fuese a inclinarse de repente y a tirarme a un lado. Sabía que eso no iba a pasar, pero era lo que sentía. Además, desde que me habían currado, lo veía todo muy raro, como si lo estuviese viendo a través de un cristal deforme. No me gustaba. No me gustaba un pijo. En toda mi vida, sólo había tenido que preocuparme de cosas reales, cosas que se podían tocar, a las que podías darles un puñetazo, o de las que podías escapar. Había tenido miedo más veces, pero siempre había sido de algo real: no tener pelas, o un tiazo con ganas de arrearte, o si el Chico de la Moto se habría ido para siempre. No me enrollaba esto de tenerle miedo a algo, y no saber exactamente lo que era. No podía luchar contra ello, si no sabía lo que era.

(4) Por ejemplo, el personaje de su padre me parece interesante, quizás se podría haber aprovechado más:

Mi padre hablaba de una forma muy curiosa. Había estudiado Derecho en la Universidad. Nunca se lo conté a nadie, porque nadie se lo hubiera creído. A mí mismo me costaba creerlo. Nunca pensé que los que habían estudiado Derecho acabasen convertido en borrachos pensionistas. Pero supongo que algunos sí.
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