domingo, 22 de mayo de 2016

Odio a Titivillus



A la izquierda Titivillus, al acecho, para liársela al escriba
Pues sí, odio a Titivillus. Y quién es Titivillus, se preguntarán. Pues era un diablillo encargado de fastidiar a los monjes amanuenses de la Edad Media. Y es que cuando los monjes realizaban su titánica labor de copistas, como custodios del saber cultural, por ahí andaba Titivillus siempre, retocando textos y haciendo de las suyas. Una falta de ortografía, una repetición de palabra o una omisión, un borrón de tinta o, en definitiva, cualquier tipo de errata era cosa suya. También era responsable de fragmentos con mala caligrafía, que pareciera que al copista se le había dormido la mano de tanto copiar. Pero no, en realidad era Titivillus que le había movido el pulso.
Nunca se le ha achacado a Titivillus faltas graves como atacar a nadie ni mostrar comportamiento violento, así como tampoco hay que temer que el diablillo robe almas y se las lleve al infierno. Pero tocar los huevos un rato largo —si se me permite la expresión— a cualquiera que se dedicara a la tarea de escriba sí, en eso Titivillus era el mayor culpable. De hecho, era el único culpable.
Se suponía que la aparición de la imprenta de Gutenberg iba a poner fin a las fechorías de Titivillus, y que este ser toca pelotas dejaría de existir, igual que se dice que si no crees en las hadas éstas se extinguen. Pero qué va, aquí sigue. Porque Titivillus siempre supo adaptarse a los nuevos tiempos, y maneja las nuevas tecnologías como el que más. Y la prueba más palpable de ello es que, en la actualidad, Titivillus anda por blogs haciendo de las suyas. Al menos, en La Posada del Lector es morador habitual, por mucho que vuestro amigo Letraherido le tenga el acceso denegado.
La cosa es así: yo escribo un texto, lo corrijo, y lo vuelvo a repasar de nuevo con una relectura muy cuidadosa. Está perfecto, así que abro La Posada del Lector para publicarlo. Y una vez publicado, Titivillus resulta que pasa por ahí y ya me ha cambiado cosas. De repente, falta o sobra alguna letra, falta o sobra alguna palabra o cualquier anomalía sucede en la sintaxis. Por suerte, lo suelo pillar a tiempo con las manos en la masa, así que puedo echarlo fuera de La posada y arreglar el desaguisado que ha provocado. Pero es cuestión de tiempo que Titivillus vuelva. Y no sé por dónde se cuela, pero el caso es que me lo vuelvo a encontrar en el párrafo más insospechado cualquier día.
Así que ya saben, si un día entran a La posada del lector a tomar algo, y ven alguna errata, entenderán a qué se debe todo. Y si tienen blog vigilen, que el día en el que estén más confiados Titivillus se os cuela dentro y os provoca algún estropicio.
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