martes, 7 de junio de 2016

Mentiras populares, de Bruno Cardeñosa. O la constante proliferación de las leyendas urbanas.




Ficha
Título: Mentiras populares.
Autor: Bruno Cardeñosa
Editorial: Espejo de tinta
Nº de páginas: 292
Lengua: Castellana

Sinopsis (extraída de la web de La casa del libro)
No creas nada de lo que oigas y sólo la mitad de lo que veas. En 2006 Bruno Cardeñosa empezó a informar a los oyentes de La Rosa de los Vientos sobre mentiras populares y leyendas urbanas con enorme éxito de audiencia. Este libro es la recopilación de cientos de estas falsas informaciones y noticias que forman parte del saber popular, como la de la chica de la curva, la fan de Ricky Martin, o los famosos refrescos que causan problemas de salud.
A diferencia de otros trabajos sobre el asunto, este libro es algo más que una simple recopilación de leyendas y mentiras populares. El autor examina a la sociedad y la sienta en el diván para averiguar cuáles son los rasgos ocultos e inconfesables de su personalidad.

Opinión personal
Era yo un niño en los primeros años de los 90, unos años sin internet en los que la piratería musical, obviamente, no consistía en descargarse archivos de la red. Ni siquiera había aparecido aún el top manta, y pocos hogares tenían un ordenador, y los que lo tenían aún no funcionaba ni con Windows 95. Así que ni siquiera la copia entre amigos era de CD a CD. No, nada de eso. La música se pasaba de cassette en cassette. Y un primo mío nos pasó, a mí y a mi hermano, un cassette de hip hop que contenía una famosa canción titulada Hey, pijo —de hecho, es la única canción que recuerdo del cassette—. A mí la canción me flipaba, me parecía muy graciosa —y más siendo un niño— y me aprendí la letra, arrogante y chulesca, de memoria. No sabía entonces cómo se llamaba el rapero de la canción, ni recuerdo que nadie me lo dijera tampoco. Era simplemente “el de hey, pijo”. Y había una cosa que me decía mucha gente: que el cantante estaba muerto. Y no crean que lo decían en broma, no. Lo decían muy en serio. Porque claro, tú haces una canción metiéndote con los pijos, así que estos se enfadan y un día un grupo de pijos cabreados y psicópatas te asesinan. Eso sí, en cómo se había producido la muerte no había consenso. Uno decía que lo mataron en una discoteca. Otro que lo estaban esperando al salir de casa. Pero todos tenían claro que lo habían matado los pijos. Esto lo decían donde yo vivía: en un pueblo de la provincia de Barcelona. Aquel mismo verano, como todos los veranos, iba de vacaciones a Andalucía, la tierra de mis padres. Y llegaba yo tan feliz cantando esa canción tan molona que me había aprendido. ¿Y saben qué me dijeron allí al escucharme cantar la canción? Pues exactamente lo mismo: que al rapero que la cantaba lo mataron un grupo de pijos, a modo de venganza. Fueron pasando los años, ya no escuchaba música en cassettes, ya tenía un ordenador en casa y conexión wifi. Y gracias a la red descubrí quién era el rapero que cantaba la canción, se trataba MC Randy. Y resultaba que no, que no lo habían matado los pijos, el tipo está bien vivo y aquello de su muerte se trató de una leyenda urbana. Y a mí que fuera un bulo no me sorprendió, era lo que sospechaba siendo ya más adulto. Porque total, pensaba, ¿cómo es posible que tal suceso no lo haya visto nunca en la televisión, ni en ninguna revista musical? ¿Cómo es que no hay nunca ninguna efeméride de su muerte? Así que yo ya sospeché que aquello debió ser un bulo. Sin embargo, hubo algo que sí me dejó muy inquieto al recordar aquella leyenda urbana de mi infancia… ¿cómo se podía contar esa misma leyenda urbana tanto en Barcelona como en Almería? O sea, alguien se inventaba un bulo en algún punto de España y, en cuestión de tiempo, por el boca a boca, se extendía por todo el país, sin internet ni redes sociales. No sé a ustedes, pero a mí me fascinó y me sigue fascinando.

Esta leyenda urbana que recuerdo de mi infancia y os acabo de contar no aparece en el libro del que os voy a hablar hoy: Mentiras populares, de Bruno Cardeñosa. Pero bien podría haber figurado entre sus páginas, y concretamente en el capítulo 2 que lleva por título “Con nombre propio”, y en el que se recogen leyendas urbanas acerca de personajes famosos. El libro con el que hoy abro La posada del lector “nació” primeramente en septiembre del 2006 como una sección del programa de radio La Rosa de los vientos, la cual versaba sobre estas historias que tanto rodaban por la sociedad. Y Bruno Cardeñosa, periodista y locutor de dicho programa, lo pasó a formato libro en el 2008, añadiendo material nuevo. En el libro las leyendas están clasificadas temáticamente a través de los doce capítulos. La clasificación es un poco arbitraría, porque hay leyendas que podrían estar a la vez en algún otro capítulo, sin embargo no lo señalo como un defecto. Porque de alguna manera hay que clasificar estas historias en capítulos, y Bruno Cardeñosa encuentra un nexo común para agruparlas. Y además de los doce capítulos, el libro se abre con una introducción en la que Bruno Cardeñosa nos cuenta qué intencionalidad persigue:
Si servidor fuera psiquiatra y la sociedad mi paciente, para psicoanalizar al <<enfermo>> sentaría en el diván informaciones como las que pretendo exponer en este trabajo. Y es que he descubierto que revelan mucho más sobre nosotros de lo que nos imaginamos, porque son historias que reflejan los miedos, inquietudes, comportamientos, prejuicios, ideas, creencias, etcétera, que nuestra sociedad esconde y alberga de forma latente, bajo la supeficie, puesto que estos relatos, muchas veces, son el auténtico código genético de la opinión pública, y en no pocas ocasiones, ese código esconde eslabones dañados. Precisamente, ése es uno de los aspectos sobre los que pretendo profundiza en las páginas que siguen.
Como el propio autor dice, Mentiras populares no se trata sólo de un mero recopilatorio de leyendas urbanas y de mentiras que se han repetido mil veces hasta convertirse en “verdad”, sino que intenta explicar por qué a veces se crean estas leyendas, qué explicación social hay, y qué revela acerca de nosotros. Además, rastrea Cardeñosa la fuente de algunas de estas leyendas, buscando el lugar en el que se originó, y si había una base real —base real que con el tiempo se deforma tanto que al final acabamos teniendo una burda mentira—. En ocasiones, Cardeñosa coteja las distintas versiones de una misma leyenda urbana según la zona geográfica. Por ejemplo, ¿conocen la zoofílica leyenda urbana de Ricky Martin en el programa de Sopresa Sorpresa y la chica del perro y la mermelada?  Bueno, pues sospechosamente pasó la misma historia en Chile. Pero el protagonista no era Ricky Martin, sino Luis Miguel. Y Cardeñosa llega aún más lejos con esta leyenda urbana, y nos cuenta que “aunque casi nunca es posible encontrar el origen de una [leyenda urbana], posiblemente, en este caso, servidor ha dado con un relato que quizá nos sirva para reconstruir algo mejor la <<mentira>>. Se trató de una historia que empezó a circular en Estados Unidos allá por comienzos de la década de los noventa —unos pocos años antes del caso protagonizado por Ricky Martin—, y que el folclorista Jan Harold Brunvand recogió”.  Y es que, queridos amigos, las leyendas urbanas traspasan fronteras, y se adaptan a otros países y culturas. Ahí va otra: ¿nunca han escuchado que viajaba en avión Ana Obregón y por la presión se le reventaron los implantes de silicona de los pechos? Bueno, pues a parte de asegurarles que tal acontecimiento no sucedió nunca, este mismo hecho también le “sucedió” a varias “Ana Obregón” de otros países. En los países nórdicos le sucedió a la actriz Brigitte Nielsen. Y en Estados Unidos la que se quedó sin implantes de silicona fue Pamela Anderson.

Y podría seguir relatando bulos y leyendas urbanas que circularon sobre famosos —que por cierto, la mayoría negativas que dejaban en mal lugar al famoso en cuestión, salvo las del anterior rey Juan Carlos, que lo dejaban como un campechano dispuesto a ayudar siempre al prójimo de forma anónima—, pero si tuviera que citar todas las leyendas urbanas que aparecen en el libro no terminaría nunca. Eso sí, déjenme que les cite otro recuerdo personal relacionado con otra leyenda urbana, esta vez referente a la ya citada de Ricky Martin y la mermelada: la leyenda urbana me pilló en la época del instituto,  y una chica de clase juró y perjuró que esa historia era verdad, porque su madre la vio en la tele, decía. Obviamente mintió. Y es que respecto a las leyendas urbanas siempre hay alguien que dice que “yo conozco a uno que vio o sufrió tal cosa”. Cuando no te cuentan que directamente ellos protagonizaron la leyenda urbana o fueron testigos directos. ¿Y por qué le gusta tanto a la gente mentir? Buena pregunta, para la que Bruno Cardeñosa no parece tener respuesta. Pero es obvio que la gente miente. E incluso, si les demuestras que lo que ellos creían a pies juntillas no era verdad, pueden llegar a tomárselo muy mal, tal y como cuenta Cardeñosa en el capítulo 8, “Sucesos impersonales”. Como digo, no sé por qué a la gente le gusta mentir, pero sí sospecho por qué pueden enfadarse y negar toda evidencia para permanecer a lomos del burro: porque las leyendas urbanas, aunque falsas, se asientan sobre nuestras emociones, sobre nuestra concepción del mundo para darnos la razón, y a todos nos gusta tener razón. Quizás Bruno Cardeñosa lo explique mejor:
El hecho de que este tipo de relatos alcancen tanta notoriedad —y lo he dicho ya en otras ocasiones—, se debe a que cuentan con elementos que los convierten en creíbles, porque abordan asuntos que sabemos que son reales. Las estafas lo son, los delitos también, la maldad humana igualmente… Pero la investigadora Linda Dégh añade a la condicionante de <<realidad>> una segunda característica que está presente, a la que denomina <<ilusiones aceptadas como ciertas por la generalidad>>, es decir, particularidades sobre cada uno de estos relatos que, si bien resultan excepcionales, entendemos que podrían llegar a suceder.
Puede ser que en un momento determinado un terrorista quiera avisar a las víctimas, porque entendemos que puede existir una pizca de humanidad en él. O bien puede ser que se lleven a cabo prácticas sexuales que se salgan de la norma. Sin embargo, en ocasiones, algunas leyendas urbanas pasan de puntillas sobre ambas condiciones y, pese a ello, crecen hasta convertirse en mentiras populares que nuestro yo interno acepta sin rechistar, si bien se considera que su complejidad hace necesario —al subconsciente—, crear estrategias para reforzar la creencia y darla a conocer con seguridad. Tales pautas son indispensables para que los relatos sobre algunos sucesos imposibles lleguen a creerse a pies juntillas, pese a que sea imposible, a todos los niveles, que el relato sea verídico.
A veces, la situación llega al punto de que el investigador de estos relatos se convierte en un enemigo, un papel que he sufrido en no pocas ocasiones.
Pinocho no era tan trolero en comparación de la gente que difunde leyendas urbanas

Por eso, da igual lo crítico y escéptico que uno sea. Es imposible no haberse tragado alguna vez una de estas historias tomadas por verdaderas. Y uno de los encantos de la lectura es, al menos para vuestro servidor Letraherido, ir descubriendo qué leyenda urbana nos hemos tragado. Ahí confieso una que me tragué hace años: la de los bolis, lápices, la NASA y los rusos. Pues nada, resulta que en el espacio, por la falta de gravedad, los bolígrafos no escribían bien porque la tinta también se quedaba flotando. Así que la NASA invertió tiempo y dinero en fabricar un super bolígrafo que pudiera escribir en condiciones. Los rusos fueron más inteligentes: usaron lápices. Esta historia, que parece típica de un libro de coaching motivador para ejemplificar el ingenio, tiene un problema: es falsa —de ahí que desconfíe tanto del coaching, pero no me meteré ahora en ese jardín—. Veamos qué se dice sobre dicha leyenda en el libro que nos ocupa:
Uno de los que se refirió a este tema es el astronauta español Pedro Duque, que ha viajado en algunas de las misiones dirigidas por los rusos. Durante uno de sus viajes, exactamente el 23 de octubre de 2003, escribió la siguiente crónica: <<Estoy escribiendo estas notas en el Soyuz con un Boli barato. ¿Por qué tiene eso importancia? Resulta que llevo 17 años trabajando en programas espaciales, 11 como astronauta, y siempre he creído, porque así me lo han explicado, que los bolígrafos normales no escriben en el espacio. La tinta no cae, decían. Escribe un momento boca abajo con un boli y verás como tengo razón, decían. En mi primer vuelo, como todos los astronautas del Shuttle, yo llevé un boli muy caro, de esos que tienen el cartucho de tinta a presión. Sin embargo, el otro día estaba con mi instructor de Soyuz, y vi que estaba preparando los libros para el vuelo, y estaba poniéndonos un boli con un cordel para escribir una vez en órbita. Ante mi asombro, me dijo que los rusos siempre han usado bolis en el espacio. Yo también metí uno nuestro, de propaganda de la Agencia Europea del Espacio (no vaya a ser que los bolis rusos sean especiales), y aquí estoy, no deja de funcionar y ni <<escupe>> ni nada>>. (…)
Por cierto: los primeros bolígrafos no viajaron al espacio hasta 1965. Hasta entonces, los astronautas de la NASA —y no los rusos—, había utilizado lápices. Sí, lápices. Pero curiosamente, dejaron de hacerlo porque descubrieron que en las condiciones que se daban dentro de las naves, la madera y el grafito era altamente inflamable y podría resultar un serio peligro. <<Así que de lápices nada>>, dijo alguien en la NASA. Paradójico final para esta leyenda urbana.
Pero como les digo, nos las creemos. Porque nos reafirman en nuestras creencias, y les damos veracidad. Por nuestros miedos, por nuestros prejuicios y hasta por nuestra educación les damos veracidad, pese a que algunas leyendas urbanas hacen aguas, a poco que les apliquemos la lógica. Como aquello que se decía de que en los porteros automáticos de las viviendas se dibujaba un código secreto compartido por los ladrones, en los que daban información de los inquilinos a otros ladrones…vaya, ¿desde cuándo son tan generosos y altruistas los ladrones con otros ladrones que prefieren ceder el botín? Sólo les faltaría montar un sindicato. U otro clásico: la del tráfico de órganos, que en cualquier lugar te pueden drogar, y despertarte en una bañera faltándote un riñón. Como verán, muy coherente todo, sí:
De todos modos, y para quien dude, basta pensar dos veces para darnos cuenta de que los relatos sobre el tráfico de órganos no son verídicos. La extracción es un proceso tan complejo que escapa a las posibilidades de una banda de traficantes. En principio, donante y receptor deben efectuarse análisis para averiguar si entre ellos existe histocompatibilidad, algo que implica la imposibilidad de elegir aleatoriamente a alguien para extraerle un órgano, operación que, además, puede durar más de ocho horas y requiere la colaboración de un extenso equipo de médicos. Encima, la conservación del riñón exige un instrumental del que sólo disponen algunos hospitales, y unas sustancias químicas de acceso restringido. Todas estas condiciones hacen imposible el tráfico de órganos. Es importante saber que en el proceso (y por tanto también en un hipotético tráfico), es imprescindible que participen cientos de personas, y personal de todo tipo, por lo que es seguro que alguien, al menos en alguna parte del mundo, tendría que haber sido detenido en algún momento. Y eso, hasta ahora, no ha ocurrido.
Pero no digamos que todo se debe a los prejuicios, ingenuidad y temores de la población. Los medios de comunicación colaboran mucho en su difusión. Y cuando las leyendas urbanas están insertadas en la prensa seria —supuestamente seria—da igual lo cultos o escépticos que podamos ser, las posibilidades de que nos las creamos son muy altas. No es que seamos ya manipulables, sino que directamente nos dan en ocasiones información manipulada, y es muy difícil descubrir que una historia es falsa si desde los medios se propaga con toda naturalidad, hasta ser asumida por la población. Y por desgracia no es sólo un problema de falta de profesionalidad periodística, es directamente mala intencionalidad. Cardeñosa denuncia en ocasiones en Mentiras populares la falta de escrúpulos del poder. Y buscando información acerca del autor, me doy cuenta de que ha escrito varios libros sobre conspiraciones.  Dichos libros, si les soy sincero, no me llaman demasiado. Porque aunque Mentiras populares me resulta una lectura grata, no soy amigo de estas teorías de la conspiración. Al menos, considero que más del 90%, la gran mayoría, tienen más de imaginación y de huecos rellenados que de información objetiva, y por lo tanto considero que creer en ellas es más un acto de fe que otra cosa. Y en algunos momentos de Mentiras populares Cardeñosa deja caer su visión conspiranoica.
Pero aunque yo no sea partidario de teorías de la conspiración, sí le doy la razón al autor en que el poder manipula. Quizás no digan en los medios de comunicación una mentira directa —bueno, a veces también—, pero sí omiten parte de la información… y las omisiones provocan el falseamiento de una noticia. También me creo que al poder —sea el que sea— le interesa promover determinadas leyendas urbanas, o al menos no desmentirlas. Es algo que veo por mí mismo, sin que nadie me lo cuente, en la forma de dar ciertas noticias en los telediarios.

Pero nos desviamos demasiado del libro. Estábamos en que el poder, los poderosos, se valen de leyendas urbanas para velar por sus intereses. Por ejemplo, metiéndonos miedo. Y así, en aras de nuestra seguridad, implementar más medidas de control aún a costa de nuestra libertad. Saben perfectamente cómo explotar nuestro miedo y que lo acabemos interiorizando aún más, tal y cómo se explica en el capítulo 6, “Miedo a todo”. No en balde, muchas leyendas urbanas resultan terroríficas, porque nuestro miedo las alimentan y las difunden. Como aquella de psicópatas conductores que circulan con las luces apagadas, y esperan que alguien, con buena voluntad, les avise con los faros de que llevan las luces apagadas y firmen así su sentencia de muerte, puesto que el asesino psicópata esperará el aviso lumínico del incauto bienintencionado para asesinarlo. Un asesinato así, estaría bien documentado… ¿pero saben cuántas denuncias de agresiones de este tipo hay documentadas en las comisarías de España? Ninguna. Como también las snuff movies, que son filmaciones en las que se graban asesinatos reales. Hasta la fecha, o al menos hasta el año 2008 en el que se publicó el libro, jamás se ha hallado ninguna.

Aunque si por un lado el poder utiliza el miedo para amedrentar a la población contando o no desmitiendo bulos, a veces desde abajo surgen leyendas urbanas en contra de aquello que consideramos que tiene un poder social y económico injusto. Y de nuevo se apela al miedo contra ello. Quizás por eso hay tantas leyendas urbanas en contra de marcas comerciales, como recoge Cardeñosa en el capítulo 4, “Marcas diabólicas”, en el cuál nos cuenta por qué nacen este tipo de leyendas:
Las grandes firmas comerciales han sido casi siempre un objetivo perfecto para los fabricantes de leyendas urbanas. Se trata de una reacción social al poder de estas marcas, que pese a que sus productos son consumidos de forma masiva, generan un halo de duda sobre la honestidad de sus operaciones comerciales y lo idóneo de aquellos para el consumo o la salud.
Lógicamente, los hombres y mujeres que formamos parte de la sociedad solemos ser desheredados del sistema capitalista, que hace ricos a unos pocos y vulgares consumidores a la mayoría, pero lo aceptamos porque sí, o porque nos da de comer, o porque tememos cualquier cambio. A esos desheredados pertenecemos tú y yo, y en no pocas ocasiones nos sentimos insatisfechos de forma inconsciente. Y aunque tú y yo no lo hagamos, algunos de nuestros congéneres sí que ponen en liza determinadas <<verdades>> que cuestionan a los iconos que mejor representan el sistema en el que vivimos; un sistema que nos llena de descontento, desconfianza, inseguridad… He ahí la pared sobre la cual se abren grietas que aprovecha la sociedad para insertar leyendas urbanas como las que voy a contar en este capítulo.
Y no seré yo quien defienda a las multinacionales y grandes corporaciones, pero por amor a la verdad conviene que lo que se diga de ellas sea cierto. Como también nos conviene, sobre todo, erradicar las leyendas urbanas tecnófobas. Personalmente, hay leyendas que me parecen divertidas e inocuas, pero las tecnófobas no me hacen ninguna gracia. Veo en ellas un miedo irracional hacia el progreso. Teléfonos móviles y microondas se llevan la palma a la hora de provocar miedos infundados. Pero no todas las leyendas urbanas tienen el miedo como motor creativo. El sentimiento de piedad y generosidad es apelado por quien difunde falsas historias, y así se ve en peticiones solidarias de las que se nos habla en el capítulo 9, “Leyendas para incautos”, que no son otra cosa que estafas camufladas que apelan a la compasión humana. Otras leyendas en cambio son educativas, parecen fábulas escritas por un cuentista con un mensaje moral de fondo. Y es que el vocablo “leyenda” procede del latín, y etimológicamente significa “lo que debe ser leído”, no es de extrañar, pues, este componente ejemplarizante.
Como me pasa en cada entrada, llega un momento en que de tan larga ya les debo estar aburriendo, y es hora de finiquitar. En definitiva, Mentiras populares ha sido una lectura curiosa, amena e interesante. Sólo por la entretenida retahíla de leyendas que se han tomado por verdad merece la pena leerla. Mentiras sociales que a veces es imposible no creerse, y es que no basta con abrir bien los ojos e informarse lo mejor que se pueda. Nunca podemos estar 100% seguros de que no nos la han colado. Y da igual que avance la tecnología y vivamos en un mundo más conectado, porque con las redes sociales aún más virales se vuelven estos engaños. Hasta a la gente de ciencias se la cuelan, y con ello me despido con la siguiente cita del libro:
<<Tras el estudio nos dimos cuenta de que en la comunidad médica circulan ideas que nunca han sido probadas>>, señalan los autores del estudio publicado en diciembre de 2007 en British Medical Journal. <<No debemos creer algo sólo porque lo hemos escuchado anteriormente>>, dicen los investigadores de la Universidad de Indiana, dirigiéndose a sus propios colegas.
Y es que todo puede ser mentira.

Valoración: Notable

Te gustará si te gustan: las recopilaciones de leyendas urbanas, Jan Harold Brunward, las teorías de la conspiración. 
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