viernes, 24 de noviembre de 2017

Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven, de Albert Espinosa. O cuando tan sólo tienes azúcar… y nada más.


Ficha
Título: Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven.
Autor: Albert Espinosa
Editorial: Grijalbo
Lengua: Castellana
Nº de páginas: 200

Sinopsis (extraída de internet)
Dani se dedica a buscar niños desaparecidos. En el mismo instante en que su pareja hace las maletas para abandonarle, recibe la llamada de teléfono de un padre que, desesperado, le pide ayuda.
El caso le conducirá a Capri, lugar en el que aflorarán recuerdos de su niñez y de los dos personajes que marcaron su vida: el señor Martin y George. El reencuentro con el pasado llevará a Dani a reflexionar sobre su vida, sobre la historia de amor con su pareja y sobre las cosas que realmente importan.

Opinión personal
Siempre he pensado y sigo pensando que no valdría para crítico literario —no, no considero que lo que hago en mi blog sea estrictamente crítica literaria, aunque se le parezca—. Por blando y bienintencionado. Soy de los que piensan que por muy horrible que me parezca una obra, algo bueno siempre se le puede encontrar en ella. Y además, personalmente he disfrutado de obras que buenas, lo que se dice buenas, no es que lo fueran mucho. Pero algo tenían, al menos me entretenían, y jamás me avergonzaré de haberlas devorado. Tampoco me gustan las críticas a mala leche, esas que destrozan sin piedad la obra. Porque pienso que todo autor se ha tomado su tiempo y su esfuerzo en sentarse a producir algo. Y aunque sólo sea por ese esfuerzo, prefiero no cargar las tintas. Pero a veces pasa que me encuentro una obra en la que me resulta sumamente difícil encontrar algo bueno, obras que siento que se me caen de las manos. Me temo que es lo que me ha pasado con Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven, de Albert Espinosa. Lamento abrir La Posada del lector con disfraz de poli malo. Pero ante todo les debo sinceridad, apreciados lectores.

¿De qué trata la novela? Pues tenemos a Daniel, el protagonista y narrador de la historia, que nos cuenta que trabaja de detective buscando niños perdidos —ya sean secuestrados o simplemente desaparecidos—, y que ha recibido un nuevo caso que investigar, y todo esto en un momento de su vida en el que tiene una crisis amorosa con su pareja. Daniel no ha tenido una vida fácil, sus padres murieron cuando él era niño, y se quedó a vivir con su hermano mayor, el cuál lo maltrataba. Así que decidió huir muy jovencito, en un viaje en barco hasta Capri. En su viaje conoció a dos adultos, el señor Martín y el señor George, que le revelaron secretos de la vida y le ayudaron a crecer mentalmente. Además, Daniel también creció físicamente para alivio suyo, ya que era muy bajito y eso le acomplejaba, pero pegó un estirón y llegó a la edad adulta sin ser un enanito como él temía. Sí, éste es el argumento. Y prácticamente os lo he contado todo. Sí, todo. Porque esto que acabo de explicarles es el esqueleto básico argumental de la obra… que ya es prácticamente el argumento de la obra. Porque argumentalmente no se desarrolla mucho más. Los cabos sueltos son muchos, la falta de explicaciones es un continuum en toda la novela. Por ejemplo, cuando dice que de niño se escapó de su hogar y viajó en barco, ¿de dónde sacó el dinero? ¿Le vendieron el billete sin problema? ¿O es que era un polizón? ¿Cómo vivió durante todos esos años hasta llegar a la edad adulta y hacerse detective?  Nada se nos dice argumentalmente de esto. Toda la novela es una abstracción que no nos dice nada. Incluso el final se resuelve casi —o sin el casi— milagrosamente. Así que, salvo el final que no explico para no destrozar la obra, ya les he contado todo.
Albert Espinosa

Pero Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven no es ni será la primera novela en la que el argumento esté en un segundo plano, como algo minimizado. Puede haber buenas novelas así, en las cuales se ponga el acento en cualquier otra característica, como en las ideas transmitidas, o en la hermosura de la prosa poética. ¿En qué intenta poner el acento esta novela que tratamos hoy? Pues en algo que me parece evidente: la emotividad. La novela busca conmover, y se le nota. Es por ello que, estilísticamente, hay algo salta a los ojos: la constante proliferación de puntos suspensivos. Y también abundan las frases entrecortradas. Parece que Albert Espinosa buscara crea una ambientación intimista, como un susurro. Pero la arbitrariedad de estos puntos suspensivos, puestos cada pocas líneas y sin ton ni son, me temo que no producen el efecto deseado. Hay una profundidad aparente, con frases azucaradas que parecen querer decir mucho y que, asombrosamente, no dicen nada. Y mejor que no lo digan, porque parece que Albert Espinosa, buscando el ingenio, llega a escribir cosas como éstas:
Me daba cuenta de que era un luchador implacable, lo notaba en su letra.
Mi padre siempre me había aconsejado que tuviera buena letra, porque es la forma que tienes de demostrar a los demás que eres de fiar.
Creo que poseo una letra de fiar, de la que mi padre estaría muy orgulloso.
Les haré una confesión, queridos lectores: no tengo una letra bonita. En absoluto. No la he tenido nunca y encima, en mis años universitarios, con las prisas de coger apuntes, aún se me estropeó más. Se supone que uno lee un libro de Espinosa para sentirse bien, por el aroma de autoayuda complaciente que desprende, con ese viaje del protagonista que le dará confortantes respuestas.  Y al final uno acaba descubriendo que no es una persona de fiar porque tiene mala letra. Gracias, Albert. Pero prosigamos: Les acabo de decir que la novela tiene un aroma de autoayuda. Y es que a veces tenía la sensación de que el protagonista estaba perdido al inicio de la novela para mostrarnos cómo consigue encontrar su camino, y todo esto de forma les sirvan a ustedes. Aunque les aviso, apreciados lectores, de que esas soluciones edificantes que tan bien le funcionan al protagonista difícilmente les ayuden a ustedes. Por ejemplo, dudo que tenga alguna utilidad pragmática “colocar un olor en una maleta” a la hora de resolver un problema:
Y de repente… Se me ocurrió una forma mejor de deshacerme de aquello, una que no me hiciera sentir culpable.
Coloqué su olor en mi bolsa de viaje.
Salí rápidamente de casa, pero no cerré con llave. No me importaba que entrasen a robar; no quedaba nada de valor en aquel hogar.
Bueno, será algo simbólico y/o poético, me dirán. Pero aunque sea así, sinceramente, vuestro amigo Letraherido no lo ve convincente. Como metáfora no me parece brillante. Tampoco veo utilidad en creer que el universo pueda ayudarles, como en este otro fragmento en el cual Albert Espinosa parece discípulo de Paulo Coelho:
—Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?
—Moverlo —dije con seguridad—. ¡Moverlo!
Él se unió a mí y comenzó a gritar conmigo: <<Moverlo, moverlo>>.
Y todo lo que lo moveríamos… Parándolo…
Y digo más: tampoco me gusta creer en el concepto milagroso de “energía”. Energía, esa palabra comodín que parece querer decir mucho y  profundo y en realidad no dice nada:
Había algo en esos rostros, en esas miradas, que desprendía energía. Sonreí.
—Hay energía en ellos, ¿vedad?
Él también sonrió.
—Mucha. Tres de ellos son más que perlas… Son esas energías especiales de las que te hablé en el barco, esas que has de encontrar… Almas que se funden con la tuya propia.
—¿De verdad? —Estaba entusiasmado con esa definición.
De repente recordé lo que pasó tras la muerte del Sr.Martín; quizá aquello fue su alma fundiéndose con la mía… No podía estar seguro.
En definitiva, porque no es necesario que dé más ejemplos, dudo mucho que energías y extraños destinos —parece una casualidad casi mágica el regreso de Daniel a Capri— que parecen regir el universo en la novela sean de utilidad alguna para el lector. Al fin y al cabo, uno no va por la vida creyéndose encontrar con un maestro Yoda, ¿verdad? Y no, no es que aparezca un maestro Yoda en la novela. Pero sí aparecen el señor Martín y el señor George, dos especies de mentores que ayudarán al joven Daniel. Dos personajes que no se diferencian, absolutamente clónicos el uno del otro: ambos son señores mayores, ambos son muy sabios, ambos están desdibujados hasta ser un mero arquetipo, ambos aparecen casi por arte de magia en el camino de Daniel, ambos tienen la necesidad de aleccionar sobre la vida. Y hasta ambos físicamente son parecidos, ya que se les describe corpulentos. Del señor Martín se dirá que “era muy grande, medía casi dos metros y rozaba los 150 kilos”, y del señor George se nos dirá que “tenía mucha fortaleza corporal”. Difícil distinguirlos porque ambos personajes están escasamente trabajados, así como la relación que mantienen con Daniel. Una relación que está ahí y te la tienes que creer como un acto de fe. Una relación aparentemente de íntima amistad pero sin ningún detallismo y completamente forzada, hasta el punto de que es imposible empatizar con ningún personaje, y pasas por la novela sin conocer en profundidad a nadie. Porque ningún personaje ni ningún vínculo tejido entre ellos está trabajado lo más mínimo. Ni la relación de Daniel con sus mentores te parece creíble, ni la relación de Daniel con su pareja te hace sentir el dolor de una ruptura. Lo dicho: nadie ni nada tiene profundidad en la obra, cosa que contrasta enormemente con esa ambientación azucarada y sensible que te acompaña durante toda la novela, que Espinosa quiere recrear una y otra vez con ahínco, pero que desemboca, nuevamente, en nada.

¿Cuántas veces debo haber repetido ya la palabra “nada” en esta reseña? Unas cuantas. Pero es la palabra que mejor define el contenido de la novela. Así que, para no repetirme, pasemos a otra cosa: a su estructura. Encontrarán veintidós capítulos, breves, y cada uno anunciado con un título llamativo, un título que parece prometer un contenido interesante, pero que ya saben lo que se encontrarán, no me hagan repetir la palabra. Es como si Espinosa quisiera mostrar más su ingenio en la elección del título del capítulo que en el contenido en sí. Y hablando de capítulos, hay algo que me ha llamado la atención, y quizás sea una manía rara, o tal vez me he fijado en ello porque el contenido del libro me parecía decepcionante. Pero el caso es que hay muchas hojas en blanco. Leí esta novela hace años, pero recuerdo una abundancia de páginas en blanco. Creo recordar —y quizás recuerde mal— que cada título de cada capítulo se anunciaba en una única hoja, y en la hoja siguiente empezaba el capítulo en cuestión. ¿Para qué? ¿Para dar solemnidad? ¿Para que el lector se recreara más en esa sensación emotiva que la novela promete? No lo sé. Y quizás hasta me falle la memoria y los capítulos no estaban presentados así, pero que había abundancia de hojas en blanco sí os lo puedo asegurar. Además creo recordar letra interlineada, y párrafos cortos que rápido llenan la página. Lo dicho, apreciados lectores, al igual es escrúpulo mío, pero demasiado papel para estos tiempos que deberían ser más ecológicos. Pero bueno, volvamos a la estructura. ¿Cómo se distribuye la historia a lo largo de estos veintidós capítulos? Pues la historia principal, la de la investigación —si es que se le puede llamar investigación— del niño secuestrado, es como el río Guadiana: aparece y desaparece. Resulta intermitente porque hay una cantidad de flashbacks que se ponen en primer plano, ocultando la —escasa— historia central del protagonista. Y estos flashbacks le dan pie a Albert Espinosa para mostrarnos sus reflexiones homeopáticas, es decir: contienen azúcar y nada más. Y con alguna palabra malsonante en la narración, en un gesto que, imagino, pretende sonar coloquial y cercano al lector, pero que desentona totalmente con el pretendido tono intimista.

Y bueno, ya apenas me queda nada por decir. Pero no me resisto a comentar algo: de Albert Espinosa vi la serie de televisión que guionizó,  Polseres Vermelles, en TV3. ¿Qué me pareció? Pues que no era una gran serie y de nuevo estaba llena de tópicos y buscaba tocarte la fibra sensible. Sin embargo, sí tenía algo aquella serie que no ha tenido Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven: argumento. Y en lo de tocarte la fibra también estaba más logrado. En definitiva, la recuerdo como una serie que, con todos sus defectos —que eran muchos y no me cabe aquí hablar de ellos— sí tenía algo que mostrar y daba lo que prometía. En cambio, En Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven se nota extremadamente cómo el autor busca conmoverte sin ofrecer nada para ello. Me encanta subrayar frases en las novelas, frases que me conmuevan o me resulten muy evocativas. ¿Saben cuántas he subrayado en Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven? Ni una. Bueno, estoy de acuerdo con ésta:
Ojalá siempre intentáramos entender a las personas antes de juzgarlas. Y ojalá la gente fuera capaz de ser honesta y contarnos su vida para que pudiéramos valorarla con comprensión
Pero para valorar esta frase únicamente de toda la novela... en serio, para este viaje no hacían falta alforjas.
Polseres Vermelles, de Espinosa, no era una gran serie, pero al menos tenía fuerza argumental
Y sin embargo, siempre le deberé algo a esta lectura. Algo muy importante para mí. Una de las mejores personas que jamás he conocido y que tengo la gran suerte de poder llamarla amiga. Yo leí esta novela a principios del 2014, y como ya han comprobado, me pareció catastrófica. Así que me puse a googlearla para buscar opiniones, a ver si era el único al que se le había caído el libro de las manos. ¿Y a dónde fui a parar? Pues aquí. Dejé mi comentario en un 27 de febrero del 2014. Y ya va quedando menos para que se cumplan cuatro años. En la novela no hay nada, pero gracias a que la leí, encontré una amistad en la que cabe todo. Porque Bettie Jander es fabulosa. Cosas de la literatura, cosa de los libros, que te pueden hacer conocer gente.

Valoración: suspenso

Te gustará si te gusta la autoyuda, lo sensiblero, Paulo Coelho.

lunes, 16 de octubre de 2017

La tarda del senyor Andesmas, de Marguerite Duras. O la inexorable ley de vida que se nos revela en una tarde somnolienta


Ficha
Título: La tarda del senyor Andesmas
Autor: Marguerite Duras
Editorial: LaBreu
Lengua: catalana
Lengua original: francés
Traducción: Marc Colell
Nº de páginas: 82

Sinopsis (copiada de la contraportada y traducida del catalán al castellano por un servidor)
Una tarde de junio el señor Andesmas, ya mayor, visita la casa aislada que acaba de adquirir para su hija Valérie. La casa, envuelta por el bosque, tiene vistas al mar y al pueblo, donde se celebra un baile. Andesmas tiene una cita con el contratista del pueblo, Michel Arc, para presupuestar la terraza que quiere construir, al gusto de su hija: semicircular, a dos metros del precipicio de luz. El tiempo se le va entre la somnolencia y las visitas intercaladas de un perro que vagabundea, una niña y una mujer. Pequeñas dosis de dramatismo salpican la plácida tarde, una tarde de viento y sombras perfumadas por una felicidad dulcísima e inabarcable. Un dolor antiguo se desliza entre las cabezadas de Andesmas, sentado en su butaca de mimbre, al ritmo de la música lejana y los sonidos que llegan del bosque.

Opinión personal
Llevaba tiempo sin poder abrir La Posada del lector. Ando muy escaso de tiempo por suerte y por desgracia, pero bien requiere un esfuerzo hablarles de la primera novela que he leído de Marguerite Duras, ya que la lectura lo ha merecido. Se trata de La tarde del señor Andesmás. Y antes de nada debo señalarles que, como habrán visto en la ficha técnica, la he leído de la editorial LaBreu, por lo tanto la he leído en catalán. Lo indico para que sepan que las citas que leerán en esta entrada son una traducción mía de esta traducción realizada por Marc Colell. Y excelente traducción, por cierto. Para quien quiera leer a Duras en catalán ha sido todo un acierto que LaBreu nos haya traído este título y con esta traducción. Respecto a quien la quiera en castellano, se publicó en Seix Barral hace ya décadas. Pero también más recientemente en la editorial Demipage, concretamente en el año 2011, y con otro título: La siesta del señor Andesmas, por decisión de la traductora Amelia Gamoneda. He leído cierta polémica sobre esta decisión por falta de literalidad con el título original, pero no me compete a mí entrar a valorar este hecho, aunque entiendo  la elección de la palabra “siesta”. Cosa que ustedes también entenderán al leer la reseña que abordo a continuación.

No se fíen de las ochenta y dos páginas —en las que ni sobra ni falta nada—. La tarde del señor Andesmas no es una novela ligera que se lea en nada. O al menos, no conviene leerla con rapidez. Es conveniente desacelerar el paso para caminar por su pulsión poética, sus logradas descripciones y su sutileza hasta zambullirnos en su cauce simbólico. Porque hay más, mucho más, de lo que aparentemente se lee en esta novela publicada en el año 1962 y que se podría enmarcar dentro del movimiento Noveau Roman. Algo que ya nos da una idea de lo que nos encontraremos: poca acción y mucha introspección. Porque argumentalmente no pasa gran cosa, pero subterráneamente sí sucede, y mucho.

Empecemos, pues, con la parte argumental. Nos encontramos desde el principio con el señor Andesmas. Un señor mayor de sesenta y ocho años que, sentado en una butaca de mimbre frente al acantilado que hay delante de su casa, espera la visita del arquitecto del pueblo, Michel Arc, ya que éste le tiene que construir una terraza. Dicha construcción es un regalo del señor Andesmas para su querida hija adolescente Valérie. Un regalo más, puesto que la casa en sí, situada en un bello paisaje en la ladera de un pueblecito de Francia que da al mar y a la montaña, ya era también un regalo para su hija. Así que, por amor a su retoño, está esperando el señor Andemás desde las cuatro de la tarde al arquitecto. El cual, por cierto, llega tarde. Pues se habían citado a las cuatro menos cuarto. Y el señor Andesmas espera en soledad. Su hija Valérie no está presente porque, precisamente, ha ido en busca del arquitecto. Sin embargo, a lo largo de la tarde, Andesmas recibirá visitas durante su espera. Un perro, una niña y una mujer adulta, paulatinamente. Y hasta aquí puedo leer, que no les quiero destripar la obra. Y sí, uso el vocablo “destripar” porque, con un argumento tan aparentemente insulso, al final se revela un giro sorpresivo en la trama. Y es que Marguerite Duras supedita el argumento frente a una arrolladora fuerza poética y rica en sensaciones, pero eso no quiere decir que desdeñe la historia que se cuenta ni la descuide. El buen pulso narrativo de Duras es magistral, y está ahí llevándote poco a poco hasta el giro final mientras te embelesa en una profunda emoción. Poco a poco se van viendo pequeñas revelaciones a medida que se avanzan páginas, y la historia va in crescendo.  Y de los dos capítulos que dividen la novela, será en el segundo en el que más se concentre la acción argumental —toda la acción argumental que puede haber en este tipo de novela, se entiende— y su desenlace final. Esta estructura tan breve, por cierto, recuerda a una obra de teatro por la unidad de tiempo —una tarde— y de lugar —la colina—. Y sí, probablemente más de uno ya habrá pensado en Esperando a Godot, por esa espera como argumento central. Y todo esto contado, además de con una bella prosa poética, con un elaborado ejercicio estilístico. Se solapan dos planos narrativos, uno en el que el narrador cuenta en tiempo pasado la situación y la percepción del señor Andesmas, pero sin llegar a ser omnisciente. Y otro plano en el que los pensamientos del señor Andesmas se insertan en primera persona en el texto, en estilo indirecto libre. Y además, se adereza todo con un algún que otro flashback, producido por las cavilaciones y recuerdos del viejo sexagenario. Pero también con alguna referencia al futuro, en la cual se nos dirá qué recuerda el señor Andesmas de aquella tarde.

Vayamos ahora con ese fondo subyacente que hace de La tarde del señor Andesmas una obra deliciosa. Empezaré destacando la ambientación que Duras consigue gracias a sus descripciones, algo crucial porque en esta novela el ambiente ya es el fondo. Es como leer un libro de poesía que te deja un estado emocional en el cuerpo. Resulta magistral cómo describe Duras el paso de las horas, el cambio de la luz y la sombra con el declinar de la tarde —mucha especial atención a esto—, así como su descripción del paisaje. Y además hay que destacar un constante eco sonoro que le llega a Andesmas durante su espera: la fiesta del pueblo que se está produciendo debajo de su colina, con un baile y una canción que se va repitiendo con cierta asiduidad (1). Duras nos describe un paisaje visual y sonoro con un ambiente totalmente sugestivo, en el que hay algo bello pero a la vez asfixiante, y hasta misteriosamente reflexivo (2). Sí, hay poética de la extrañeza en obra que se nos ocupa, igual que la había en la última novela que les reseñé, Seda. Salvo que en La tarde del señor Andesmas todo está más logrado. Así que ya ven, en ese paisaje está sentado el señor Andesmas, esperando. Esperando entre cavilaciones y cabezadas de sueño, hasta el punto en el que a veces le cuesta distinguir si está en la realidad o sea ha vuelto a dormir. Andesmas no habla demasiado ante las visitas, y cuando lo hace es para tener una conversación banal. En La tarde del señor Andesmas aparentemente todo lo que sucede es banal. Pero a medida que lees, te vas haciendo preguntas… ¿Por qué tarda tanto el señor Michael Arc? ¿Y qué pasa con Valérie? Y para algunas de estas preguntas te dará Duras la respuesta… pero para otras no. Tendrás que intuirlas, o interpretarlas. La novela está llena de insinuaciones. Y yo disfrutaba haciéndome preguntas y buscando detalles que me dieran alguna respuesta. Por poner un ejemplo, ¿es casualidad que la casa en la que habita el señor Andesmas sea una casa solitaria en la colina respecto al pueblo? (3) ¿Es casualidad que esa casa haya pasado de mano en mano constantemente y la mujer que aparece en el segundo capítulo no recuerde a los anteriores propietarios? ¿Es esto una metáfora del aislamiento del señor Andesmas y del paso de la vida?  Y así podría proseguir. Ya les dije que es una lectura con la que conviene estar atento. E interpretes lo que interpretes, la pluma de Duras te cautiva.

Centrémonos ahora en los personajes. Como ya pasó con La ley de la calle, hay que distinguir protagonista de personaje principal. El protagonista es Andesmas porque es a quien vemos en la novela y a quien seguimos en su espera de duermevelas y cavilaciones.
¿Y quién es el personaje principal? Pues aunque pienso que al arquitecto Michael Arc tal vez se le podría considerar como tal, por la intriga de cuándo acudirá a la cita, me inclino más por pensar que el auténtico personaje principal es la también ausente Valérie. Todo gira en realidad alrededor de ella. Empezando por el propio señor Andesmas que tiene de forma permanente a su hija en sus pensamientos, pensando en cómo hacerla feliz. ¿Y cómo es la relación entre el señor Andesmas y Valérie? Pues no se sabe, porque no conocemos a Valérie ni su punto de vista, y por lo tanto nos falta perspectiva. Pero sí se intuye claramente que el señor Andesmas la está perdiendo, de ahí sus esfuerzos para retenerla. Lo que les expondré a continuación, apreciados lectores, es una interpretación mía, si leen la novela puede que ustedes vean otra cosa, pero ahí va mi impresión sobre la idea de trasfondo de La tarde del señor Andesmas:
En un primer momento, me planteé si Andesmas había sido un mal padre en el pasado, o si sólo quiere contentar a su hija con obsequios materiales —constantemente piensa en qué regalarle— porque no ha sabido ganarse su afecto. Pero a medida que leía, iba descartando esa opción. No sólo porque no se muestra en la novela ningún indicio de negligencia paternal por parte de Andesmas, sino sobre todo por el contraste entre la inmovilidad de Andesmas y la vitalidad de Valérie. Cosa que me lleva a pensar en el inexorable paso del tiempo, es la inevitable ley de vida. Es decir: la vejez de Andesmas cada vez es más acuciante y la juventud de Valérie resplandece. Y no parece que la pluma de Duras juzgue y condene esta ley de vida. Simplemente nos la muestra como una fuerza inevitable, algo que hay que aceptar. El tiempo fluye, como fluye la tarde en la que el señor Andesmas espera. El tiempo fluye y hace que, como dice la eterna canción que sube desde la fiesta del pueblo hasta la colina, las lilas florezcan, tal y como Valérie florece a la vida. El tiempo fluye y recluye al señor Andesmas cada vez más en su vejez y en sus quilos de más. Una reclusión que el señor Andesmas no parece aceptar. Y por eso se sigue proyectando en planes de futuro que consisten en contentar y retener a su hija Valérie. Queriendo prolongar la niñez de su ya cada vez menos niña Valérie y prolongarse a él mismo en esta vida a base de proyectos terrenales, una prolongación futil de querer seguir anclado en una realidad, cuando ésta ya no le permite avanzar. Y su pasividad será doble: no avanza ya en proyectos de vida por mucho que él se aferre a ello. Pero tampoco avanza físicamente. Su cuerpo viejo y pesado no lo levantará de la silla en toda la novela, y lo moverá con dificultad. La pluma de Marguerite Duras nos mostrará el declinar de una preciosa y melancólica tarde, pero a la vez tampoco escatimará en describir ese corpachón grotesco en el que está recluido el señor Andesmas y que tanto trabajo le cuesta mover (4), haciendo además más ridículo ese cuerpo al encajarlo en una butaca que le va pequeña. Así que ya ven, espera y esperanza se mezclan en el sentir de Andesmas, y durante la tarde cambiará de opinión y de humor con sus cavilaciones, y alternará momentos de desánimo y optimismo. En otras ocasiones se autoengañará o se pondrá a imaginar qué sucede a su alrededor. Y paradójicamente, está más metido en sus cavilaciones que en mostrarse interesado por los demás, pero a la vez desea la compañía (5).
Póster de la película


Antes de ir terminando, cabe detenerse en algo importante: les he dicho que no parece haber condena por parte de Duras hacia esta ley de vida que nos recluye en la vejez y nos impulsa a vivir cuando somos jóvenes. Y no lo parece además por una más que probable interpretación autobiográfica. Me entero por Vila-Matas—gran admirador de esta obra— que el propio nombre de Andesmas es la contracción de tres amantes que tuvo Marguerite Duras: Antelme, Des Forêts y Mascolo. Y además me entero también por palabras de Vila-Matas que

le reprochaban sus excesivas intervenciones en la prensa. Tal vez quiso reírse de ellos, indicarles a sus tres queridos amantes que ya no necesitaba de ninguna clase de tutela masculina, que podía andar perfectamente sola y había entrevisto, además, un lugar de soledad magnífica ante el abismo: un lugar encontrado (según Adler en su biografía sobre la escritora) entre Saint-Tropez y Gassin, una casa fascinante porque desde ella podía dominarse un valle, un bosque, un pueblo, y al fondo el inmenso mar. Esa casa, que no acabó comprando y a la que sólo parecía faltarle una terraza frente al espacio que se estiraba hacia el vacío, la transformó en el escenario de su ficción sobre el señor Andesmas, anciano sobrecogido por la intensidad de una luz y de un abismo.

Y es por lo tanto que, como he dicho anteriormente, tengo la impresión de que Valérie es el personaje principal. No se condena el hecho de que Valérie estuviera allí abajo, exprimiendo su juventud en la fiesta de un pueblo costero. Si el señor Andesmas es una construcción de los amantes de Marguerite Duras, me resulta inevitable no ver ese paralelismo entre Duras y Valérie, por la vitalidad y la tutela que Valérie ya no parece necesitar.

En definitiva, con La tarde del señor Andesmas estaréis ante una novela en la que no pasa “nada”, porque lo que pasa es la vida que nos va despojando de todo lo que creíamos permanente, por mucho que nos empeñemos en creer —o querer— que podemos vivir en una fotografía fijada. Cosa imposible, claro. Y por eso en La Tarde del señor Andesmas se dan cita muchos sentimientos profundos que, aunque velados, están ahí: miedo, deseo, soledad y frustración. Y todo esto, en esa espesa tarde en la que llegan ecos de una fiesta lejana. Hermoso y triste cuadro. El paso inexorable de la vida y la extrañeza ante ésta se dan la mano en esta obra.

Desde luego, que volveré a leer a Marguerite Duras. Porque he caído rendido a Duras con esta novela, igual que han estado rendidos a ella dos autores españoles como Vila Matas y Antonio Gamoneda —Amelia Gamoneda,  la traductora de la edición Demipage que he nombrado anteriormente, es su hija—. Así que volveré a Duras, y probablemente con La amante, su novela más famosa.
Marguerite Duras

 
Valoración: Notable

Te gustará si te gusta la prosa poética, la Noveau Roman, las novelas introspectivas

Fragmentos:

(1) La canción es Le square, y la interpretaba Juliette Greco. Fue la canción del verano y el trozo de la letra que más aparece es: “Cuando las lilas florezcan, amor mío, / cuando las lilas florezcan para siempre”. Tienen toda la letra entera aquí

(2)
La sombra del haya se encaminaba hacia ella. Y mientras los dos callaban y la mujer aún escrutaba tensa y fascinada la plazadel pueblo, Andesmas veía que aquella sombra se aproximaba hacia ella, en una aprensión cada vez más fuerte. Sorpresa de repente por la frescura de esta sombra, al darse cuenta de que es más tarde de lo que pensaba, ¿se irá?Se da cuenta.Ve, en efecto, que a su alrededor sobreviene un cambio. Se gira, busca de dónde proviene esta frescura, esta sombra, echa un vistazo al haya, después a la montaña, y al final al señor Andesmas, un largo rato, pidiéndole una última certeza que parece que aún espere, que cree querer definitiva.
(3)
Entre aquel pueblo y la casa que el hombre acaba de comprar para su hija, Valérie, no se alzaba en efecto ninguna otra construcción (...)—Compré esta casa —le explicó a Michel Arc—, sobre todo porque es única. Alrededor, fíjese, el bosque, sólo el bosque. Bosque, por todos lados. El camino dejaba de ser transitable a cien metros de la casa. El señor Andesmas había llegado en coche hasta aquel punto, donde dejaba de serlo, un claro de terreno aplanado donde los automóviles podían dar la vuelta. Valérie lo había llevado, y se volvió a ir. No bajó del vehículo  ni subió hasta la casa, no parecía tener ganas. Había aconsejado al padre esperar a Michel Arc, y después ella misma, al anochecer, cuando empezara a refrescar —no le dijo la hora—, vendría a buscarlo.
(4)
A trancas y barrancas, se medio incorpora, arrastra la butaca un poco más adelante, un poco más cerca de la punta de la plataforma para hacerse más visible desde abajo. Pero no mira el vacía. Aún bailan, si hace caso de los cantos. Más bien mira el cuerpo apoltronado en el sillón —más apoltronado que cuando la chiquilla estaba— vestido con este bonito tejido oscuro. El vientre le reposa sobre las rodillas, embutidas dentro de un jersey de este mismo tejido oscuro elegido por Valérie, su hija, porque es de buena calidad, neutra, y los hombres de mucha corpulencia se encuentran escondidos con más comodidad y seguridad.
(5) 
El viejo explicó que en aquel momento temió que se levantara y partiera para el pueblo, pero que si lo hubiera hecho, le habría rogado que se quedara. Pese a saber de todo corazón que no podría satisfacer nunca la ávida curiosidad que ella le despertaba, deseó que la mujer permaneciera a su lado aquella tarde. A su lado, aunque callase sin fin, a su lado, la quiso aquella tarde.

lunes, 29 de mayo de 2017

Seda, de Alessandro Baricco. O la inexplicable y extraña suavidad de la vida



Ficha
Título: Seda
Autor: Alessandro Baricco
Editorial: Anagrama
Lengua: castellana
Traducción: Xavier González Rovira y Carlos Gumpert

Sinopsis (palabras del propio Alessandro Baricco)
“Ésta no es una novela. Ni siquiera es un cuento. Ésta es una historia. Empieza con un hombre que atraviesa el mundo, y acaba con un lago que permanece inmóvil, en una jornada de viento. El hombre se llama Hervé Joncour. El lago, no se sabe.
Se podría decir que es una historia de amor. Pero si solamente fuera eso, no habría valido la pena contarla. En ella están entremezclados deseos, y dolores, que se sabe muy bien lo que son, pero que no tienen un nombre exacto que los designe. Y, en todo caso, ese nombre no es amor. (Esto es algo muy antiguo. Cuando no se tiene un nombre para decir las cosas, entonces se utilizan historias. Así funciona. Desde hace siglos).
Todas las historias tienen una música propia. Esta tiene una música blanca. Es importante decirlo porque la música blanca es una música extraña, a veces te desconcierta: se ejecuta suavemente y se baila lentamente. Cuando la ejecutan bien es como oír el silencio y a los que la bailan estupendamente se les mira y parecen inmóviles. La música blanca es algo rematadamente difícil.
No hay mucho más que añadir. Quizá lo mejor sea aclarar que se trata de una historia decimonónica: lo justo para que nadie se espere aviones, lavadoras o psicoanalistas. No los hay. Quizá en otra ocasión”.

Opinión personal
Demasiado tiempo sin levantar la persiana, y tengo muchas reseñas pendientes de mis lecturas del pasado año 2016. Una de ellas es Seda, de Alessandro Baricco, una obrita de la que había leído opiniones muy extremas. Desde gente que la encumbre hacia el Olimpo literario —la crítica de Vargas Llosa fue entusiasta— hasta gente que dice que es una aberración. Leyendo críticas me dio la impresión que no había término medio. Pues bien, parece ser que el término medio lo tendré que defender yo, ya que ni me ha parecido una obra brillante ni tampoco algo indigno de leer. La he disfrutado mientras la iba leyendo, pero no la volvería a releer. Y toca abrir la Posada del lector para explicarme.

Como bien habrán leído en la sinopsis anterior, que recoge las palabras de Baricco, parece ser que estamos ante una novela distinta —y lo de novela, como ya ven, es un decir según el propio autor —. ¿Cómo es entonces Seda? Baricco juega todo el rato con la indefinición y espera que juzguen ustedes lo que se van a encontrar. ¿Y que me he encontrado yo?
Pues que se puede llamar novela corta o cuento largo, pero se llame como se llame, lo que hay objetivamente es una obra corta, de sesenta y cinco capítulos breves, de dos a tres páginas de media, y algunos incluso de tan sólo unas pocas líneas. Y hay algo que no me parece baladí señalar: la escritura en los capítulos se inicia casi a media página, con un gran margen blanco en la parte superior, algo más propio de los libros de poesía que de los de narrativa. Pero en el caso de Seda creo que tiene mucho sentido por su cadencia poética, por esa música de la que habla Baricco. En ocasiones he tenido la sensación de leer un haiku puesto en prosa, por las frases cortas, descriptivas, cortantes, y sugerentes. Alessandro Baricco hace todo un ejercicio estilístico, pretendiendo crear una atmósfera emocional, una sensación melancólica y hasta onírica. Incluso el título, Seda, parece una metáfora de la ligereza y suavidad que encontraremos en su interior. Sin recargarnos de información hasta el punto de que argumentalmente habrá cosas que no se explicarán y seremos nosotros, los lectores, quienes tendremos que rellenar algunos huecos. Pero no es que el argumento esté descuidado, sino que está supeditado a esta intencionalidad sensitivo-poética. Por eso leer Seda es leer descripciones con una cadencia pausada y musical. Descripciones que incluso en ocasiones llegan a repetirse palabra por palabra a lo largo de las páginas. ¿Y quién nos describe así en esta novelita? Pues un narrador en tercera persona y omnisciente. Omnisciente dentro de lo posible, claro, que ya les he dicho que hay mucha información omitida.

Alessandro Baricco
Pero a todo esto, les he estado hablando de cómo está contada la historia pero no de qué historia se trata: estamos en el siglo XIX, en un pueblo francés llamado Lavilledieu y en el que habita nuestro  protagonista, Hérvé Joncour, el cual se encarga de la industria local de la seda y está felizmente casado con su esposa Hélèn. Pero debido a una enfermedad que sufren los huevos de los gusanos de seda, hay que buscar una solución alternativa para salvar el negocio. Y la solución consistirá en viajar a otro país para comprar huevos sanos, concretamente a Japón. Gracias a estos constantes viajes el negocio seguirá siendo próspero y Hérvé Joncour irá aumentando su riqueza, pero no serán en realidad motivos de negocios los que le harán volver una y otra vez al país del sol naciente. Será una obsesión amorosa con una misteriosa chica, que no posee rasgos asiáticos y que pertenece a Hara Kei, que es algo así como el gobernador de la región. Y hasta aquí pueden leer, no les diré nada de cómo termina esta historia, o mejor dicho: no les diré nada de lo que yo interpreto que sucede en esta historia, para no spoilearles ni condicionarles en la lectura. Porque con tantos silencios y sutilezas Baricco da juego a que sea el lector quien extraiga ciertas cosas del desarrollo argumental.

Además de esta forma poética y argumentalmente algo difusa en Seda, creo que hay otra característica fundamental en la obra: el tono fabulístico. Mientras leía Seda, tenía la sensación de leer un cuento, y digo cuento y no cuento infantil, debido al trasfondo existencial y al erotismo presente. El caso es que este tono de cuento lo consigue Baricco usando tres elementos: el exotismo de una tierra lejana, el tratamiento de los personajes y, por último, la astucia y la riqueza como subtema.
En el primer caso, Japón es presentado como un territorio exótico para los ojos y las vivencias del protagonista occidental. Japón incluso se define como el destino al que se llega “siempre recto. Hasta el fin del mundo”. Por este exotismo se difumina el realismo y se aumenta la sensación de misterio, quedando ese aire de cuento del que les hablo. ¿Y qué pasa con la Francia occidental y la época en la que se inserta la historia? Pues que se nos presenta con una pincelada ultra breve, como un decorado y sin entrar en disquisiciones sociales. Es tan sólo un telón de fondo. Y así nos lo muestra Baricco en el primer capítulo de la historia:
Era 1861. Flaubert estaba escribiendo Salammbô, la luz eléctrica era todavía una hipótesis y Abraham Lincoln, al otro lado del océano, estaba combatiendo en una guerra cuyo final no vería.
Hervé Joncour tenía treinta y dos años.Compraba y vendía.Gusanos de seda.

De la misma manera que tampoco encontrarán una disertación sobre los viajes de los comerciantes del siglo XIX y del cultivo de la seda. Es algo que está ahí, fundamental para contextualizar la novela, pero sin que el foco de la novela recaiga en ello.
Eso en cuanto al marco exótico y social, vayamos ahora a los personajes. Ya podrán imaginar que no es una novelita que muestre gran introspección psicológica, e incluso los personajes tienen un aire plano, sin evolución. Y hasta arquetípicos, como es el caso de Baldibiou que representa la sabiduría y es como una especie de mentor de Hérvé Joncour. O como Hara Kei, representante del poder. Y después tenemos a las dos mujeres, los dos amores del protagonista. A priori pueden parecer ambos personajes muy pasivos, y hasta desdibujados, pero tengan paciencia al empezar la lectura, que hay muchas sutilezas y giros al final de la obra. Y por supuesto, tenemos a Hérvé Joncour, nuestro protagonista. El único personaje que sí evoluciona, pues la historia de Seda será la historia principal del protagonista y de su viaje exterior a Japón que implicará también un viaje interior en él. En un principio, se nos dirá que era “uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla”. Pero tomará iniciativa para verse inmerso en la persecución obsesiva de una pasión.
Y ya por último, está esa subtemática de riqueza y sabiduría. ¿No han escuchado jamás ninguna fábula de cómo alguien se enriquece gracias a su ingenio? Apostaría a que sí, pues se pusieron muy de moda hace unos años —hola, Jorge Bucay—. Y si no caen en qué tipo de fábulas me estoy refiriendo lean el capítulo seis de Seda, es el ejemplo perfecto de lo que les estoy hablando. Dicho capítulo gira en torno a la figura de Baldibiou y cómo se enriquece dándole una lección de sabiduría al alcalde del pueblo. Así es, ya les dije que Baldibiou era un personaje arquetípico. Se hace rico y no porque, paradójicamente, le mueva la avaricia, sino la sabiduría desinteresada. Pasa lo mismo con Hervé Joncour. Se hace inmensamente rico gracias al negocio y sin ser un hombre codicioso. Hervé Joncour será de hecho como un protector para el pueblo. En un momento dado de la novela, el negocio de la seda irá mal, ¿y qué hará Hervé Joncour? Mandará hacer, altruistamente, construcciones para que el pueblo tenga trabajo. Resaltando así las características positivas del buen ciudadano, o mejor dicho: del buen burgués benefactor en este caso. Porque en Seda no hay cabida a conflictos sociales ni luchas de clases por la sencilla razón de que no hay análisis social de ningún tipo.

Bueno, llegados a este punto, creo que ya sólo me queda mojarme. Decir en qué me ha gustado Seda y en qué me ha fallado. Empecemos por la parte positiva: Baricco sabe lo que hace. No deja cosas al azar. Y todo lo que no se dice explícitamente en Seda, esos huecos silenciosos, cumplen su función para crear misterios. Así como sus repeticiones, que parecen transmitir la desidia del paso de los días en Hervé Joncour. Los personajes, como les he contado, no están muy trazados descriptivamente y pecan de ser algo planos, pero tampoco están huecos, y nos hacemos una idea de cómo son a través de sus acciones y de ciertas sugerencias simbólicas. Los personajes, por lo tanto, son correctos para este tipo de lectura. En definitiva, todo lo que parece que falta en Seda no se atribuye a ningún descuido del autor. Todo está puesto adrede para así conseguir el efecto deseado. Seda se ha traducido a muchos idiomas y ha vendido bien, algo que siempre provoca un aumento paulatino de críticas negativas, puesto que hay obras peores que han vendido menos y no provocan semejante rechazo. Además hubo adaptación cinematográfica por parte del director francés François Girad, en el año 2007, pero como no la he visto no les puedo decir nada.


¿Qué me ha fallado? Pues que aunque la jugada no le sale mal a Baricco, está lejos de ser una obra maestra. La sinfonía está bien ejecutada, pero no es una excelente sinfonía. Ni siquiera una sinfonía notable. En cuanto a la originalidad, lo más destacado es esta prosa de Baricco… que no está mal, pero no me resulta mejor que leer un buen libro de haikus. Y como he comentado, Seda es como un cuento adulto, pero aún así ese exotismo me parece propio de una lectura infantilizada. Algo que rara vez no acartona. El triángulo amoroso tampoco me ha resultado llamativo ni su típica división entre un amor acomodado y hogareño y un amor pasional y prohibido. Ya ven, Seda es una lectura que no está mal, una lectura bonita, pero que no me llega a entusiasmar. Aunque, para acabar, me gustaría despedirme con el mejor sabor de boca que me ha dejado la novela: por reseñas leídas en la red, se defiende mucho la idea de que el tema principal de Seda es el triángulo amoroso. Pero para mí, el tema central ha sido la extrañeza de la vida. Como si ésta fuera una película que pasa ante nuestros ojos, y no siempre sabemos qué hacer ni qué decisión tomar. Y que tomemos la decisión que tomemos, somos más espectadores que actores. En un principio Hervé era un personaje pasivo, hasta que se deje llevar, persigue una pasión y toma decisiones. Pero aún así, la vida sigue siendo extraña, tan extraña que de qué manera protagonizar lo que no se entiende. Sencillamente no se puede. Y sólo nos queda el papel de espectador. Es la idea de Seda que más me ha llegado y con la que me quedo. Y sí, ha logrado dejarme un poso melancólico y de vacío de esta manera:
De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta la poesía japonesa, los cuentos antiguos, la escritura minimalista.

lunes, 6 de febrero de 2017

El maestro de esgrima, de Arturo Pérez-Reverte. O un protagonista que deja huella




Ficha
Título: El maestro de esgrima
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara
Lengua: Española
Nº de páginas: 329

Sinopsis (copiada de la contraportada)
En el Madrid galdosiano de 1868 Jaime Astarloa es un maestro de esgrima que trabaja dando clases de florete a algunos nobles de la ciudad. Todo el escenario cambia cuando entra en juego una dama que desea tomar clases de esgrima con Astarloa..

Opinión personal
Les hablé en mi última reseña de Allan Karlson, el protagonista de la novela El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Novela que no fue de mi agrado, así como tampoco el personaje protagonista. Les contaba que uno de los rasgos más destacados de dicho personaje era su apoliticismo, su negativa a querer involucrarse políticamente en nada. Pero aclaraba que si el personaje me parecía tan pobremente construido y tan hueco no era debido a su apoliticismo per se. Sí, eso les contaba en mi última reseña, y como tenía que ir pensando en la siguiente, me acordé de otro personaje apolítico. Pero éste, a diferencia del protagonista de la novela de Jonas Jonason, no era un tronco hueco, sino un gran personaje. Me refiero a Jaime Astarloa, el maestro de esgrima, y que da este mismo título a la novela de la que hoy nos ocuparemos. Pero antes de que me sigan leyendo, un inciso: no desvelaré nada del final de la obra. Ni un solo giro argumental sorprendente será destripado en esta entrada. Así que no habrá ningún spoiler que os eche a perder la lectura. Pero sí doy pinceladas que, si son ustedes personas ultra recelosas de los spoilers, de ésas que ni leen las sinopsis, quizás sí les pueda llegar a molestar. En sus manos queda la decisión de entrar hoy a tomar algo en La posada del lector.

El maestro de esgrima fue de las primeras obras de Arturo Pérez-Reverte. Concretamente su segunda novela, publicada en 1988. Se acercan ya los treinta años de su publicación, y considero que no envejece mal. Como les decía, el personaje protagonista es clave en esta novela. Sí, ya, claro, en todas las novelas el personaje principal es importante, me dirán. Pero en la obra que hoy nos ocupa muy especialmente —no en vano, ya digo que es el personaje quien da el título a la obra—. Será nuestro maestro de esgrima quien sustente el mayor peso narrativo —y emotivo— de la novela. Y a través de un narrador omnisciente en tercera persona, conoceremos en todo momento a Jaime Astarloa, con sus creencias arraigadas, su forma de entender —y entenderse— con el mundo y las sensaciones que irá experimentando a lo largo de la historia.
Jaime Astarloa, en la película homónima dirigida por Pedro Olea

¿Y cómo es don Jaime Astarloa? Se trata de un hombre ya entrado en la cincuentena y que resulta ser el mejor esgrimista de Madrid —y probablemente de España—. La edad no ha conseguido, todavía, robarle del todo sus facultades, pues se sigue manteniendo ágil. Vive sin lujos pero con humilde comodidad en una casa de alquiler, ganándose la vida impartiendo clases de su arte —él se niega a llamarlo deporte— a miembros de la nobleza. Y lo más característico de él: es un hombre de un idealismo fuera de lo común.
Idealismo y amor por la caballerosidad y las buenas maneras. No en vano, la novela se abre con la siguiente cita del autor del romanticismo alemán Henrich Heine, extraída de sus Cuadros de viaje: <<Soy el hombre más cortés del mundo. Me precio de no haber sido grosero nunca, en esta tierra donde hay tantos insoportables bellacos que vienen a sentarse junto a uno, a contarle sus cuitas e incluso a declamarles sus versos>>. La cita no es casual, se le aplica perfectamente a don Jaime Astarloa. Pero don Jaime no es sólo que no resulte grosero frente al desliz ajeno, es que además suele tener una mirada indulgente. El maestro de esgrima vive en su mundo particular, con sus reglas y su idealismo, pero no por ello es antisocial ni se cree moralmente superior a nadie. No se siente altivo, ni mira a los demás desde ninguna altura. Y es algo que se puede ver fácilmente en cómo se relaciona con el resto de personajes. Por ejemplo, cuando acude a la tertulia del café El progreso, a sentarse con unos viejos amigos, e irremediablemente la cosa termina derivando en discusión política, mayormente por dos contertulios que encarnan dos facciones políticas enfrentadas de la época —de todo ello les hablaré más adelante—. Una discusión política de la cual el maestro de esgrima se siente totalmente ajeno. E incluso, aunque no medie política de por medio, don Jaime Astarloa sigue desentonando, puesto que un hombre que no parece tener los pies puestos en la realidad pragmática. Pero lo cierto es que, pese a todo, don Jaime valora esa compañía:
Le aburrían soberanamente las interminables polémicas que libraban sus contertulios, pero no eran éstos una compañía peor ni mejor que otra cualquiera. El par de horas que cada tarde pasaba con ellos le ayudaba, al menos, a aliviar su soledad. Con todos los defectos, gruñones y malhumorados, despotricando contra cualquier bicho viviente, al menos se proporcionaban unos a otros la ventaja de poder comunicarse en voz alta sus respectivas frustraciones.
Así como también valora la amistad de uno de sus alumnos, Luís de Ayala, el marqués de los Alumbres. Y la valora pese a que Luís de Ayala no encarne los supuestos valores ideales que debe encarnar un hidalgo y sí los defectos propios de la hidalguía (1). Pero don Jaime, aunque vea los defectos del marqués y cómo éste lleva un tipo de vida tan distinta a la suya, no le juzgará mal. Mas al contrario, en la novela se nos dirá que “le gustaba Luis de Ayala, y también que éste lo llamara maestro, aunque no se tratase exactamente de uno de sus alumnos. En realidad, el de los Alumbres era uno de los mejores esgrimistas de la Corte, y hacía años que no precisaba recibir lecciones de nadie. Su relación con Jaime Astarloa era de otra índole”.

Jaime Astarloa va transitando por la vida de esta guisa, amable y solícito para con los demás, pero a la vez con sus momentos de soledad reservados para sí, junto con su biblioteca y su dedicación al esgrima como noble arte. Un arte al cual no sólo se dedica como profesor, sino también como investigador, como erudito que va detrás de un sueño: la estocada perfecta. Una búsqueda que todavía le obliga a pasarse algunas noches en velas. Parece que es el único objetivo por cumplir que le queda a su edad, pues don Jaime Astarloa ha llegado a encontrar una melancólica calma, una tranquilidad de espíritu que definiría, pese a que dudo que Pérez-Reverte pensara en ello, casi como algo zen (2). Su rutina resulta armoniosa y tranquila, y cuando el maestro no da clases, pasea por Madrid y visita el café El progreso. Y a través de esos paseos y esas visitas al café de nuestro protagonista, la novela nos ofrecerá, por momentos, un cuadro costumbrista y político de la época. Costumbrista porque veremos esas calles y esos ambientes de los cafés en el verano de un Madrid de 1868. En las páginas de la novela se nos mentarán calle Riaño, la Plaza Mayor, el Paseo del Prado o la calle de Bordadores en la que vive nuestro protagonista. Y en ocasiones, Pérez-Reverte nos dará ribetes descriptivos de ese Madrid. Y este costumbrismo, como digo, nos lo ofrece por momentos, porque no es un continuum a lo largo de toda la novela, son pequeñas pinceladas en las que a veces Pérez-Reverte se detiene (3), y sobre todo en la primera mitad de la obra, concretamente en los cuatro primeros capítulos. Así que en mi opinión no es que El maestro de esgrima sea una novela costumbrista, sino que tiene parajes que parecen extraídos de un cuadro de costumbres de Mesonero Romanos. Cosa que a mí particularmente como lector me ofrecía aún más ese aroma decimonónico. También me ha recordado, por momentos, a Galdós o incluso a Clarín (4), como si Pérez-Reverte guiñase a la tradición literaria del siglo XIX.

Y en cuanto al tema político de trasfondo, la novela sucede durante el verano de 1868, y finaliza una vez entrada ya en el mes de septiembre. Nos encontraremos, por lo tanto, ante  las puertas de “la Gloriosa”. Los liberales más rebeldes sueñan con instaurar una República, y esperan que Prim regrese a España del exilio, y concretamente a Madrid. Por contra, estaba el sector más conservador y acérrimo a la monarquía, una monarquía con Isabel II en horas bajas. Pero mejor nos cuenta cómo estaba la cosa el narrador omnisciente de la novela:
En las tertulias, todas las conversaciones giraban en torno al calor y a la política: se hablaba de la elevada temperatura a modo de introducción y se entraba en materia enumerando una tras otra las conspiraciones en curso, buena parte de las cuales solía ser del dominio público. Todo el mundo conspiraba en aquel verano de 1868. El viejo Narváez había muerto en marzo, y González Bravo se creía lo bastante fuerte como para gobernar con mano dura. En el palacio de Oriente, la reina dirigía ardientes miradas a los jóvenes oficiales de su guardia y rezaba con fervor el rosario, preparando ya su próximo veraneo en el Norte. Otros no tenían más remedio que veranear en el exilio; la mayor parte de los personajes de relieve como Prim, Serrano, Sagasta o Ruiz Zorrilla, se hallaban en el destierro, confinados o bajo discreta vigilancia, mientras dedicaban sus esfuerzos al gran movimiento clandestino denominado La España con honra. Todos coincidían en afirmar que Isabel II tenía los días contados, y mientras el sector más templado especulaba con la abdicación de la reina en su hijo Alfonsito, los radicales acariciaban sin rebozo el sueño republicano. Se decía que don Juan Prim llegaría de Londres de un momento a otro; pero el legendario héroe de los Castillejos ya había venido en un par de ocasiones, viéndose obligado a poner pies en polvorosa. Como cantaba una copla de moda, la breva no estaba madura. Otros opinaban, sin embargo, que la breva empezaba a pudrirse de tanto seguir colgada del árbol. Todo era cuestión de opiniones”.
Como ven, todo un polvorín político… al que don Jaime apenas reparará atención, ni mostrará interés. No es así con los dos tertulianos habituales del café antes citados: Agapito Cárceles y Lucas de Rioseco. Republicano liberal el primero y monárquico conservador el segundo. A través de estos tertulianos, por sus diálogos —o mejor dicho: por sus discusiones—, iremos teniendo también noticias de aquella actualidad política y de cómo iba avanzando la situación. Como ven, no sólo tendremos la información dada por el narrador omnisciente, y por eso no creo que sea casual que Pérez-Reverte haga que Cárceles y Rioseco sean los personajes con más intervenciones en el Café. Y además tendrán estos dos tertulianos un ligero toque caricaturizado, dando un leve tonillo humorístico a la obra. Dichos personajes exaltados y politizados, sentados en una misma mesa con don Jaime Astarloa, sirven para crear un gran contraste con el protagonista. Los otros dos compañeros de mesa, Marcelino Romero y Antonio Carreño, pasan a un discreto plano, y especialmente el último citado.

Pero claro, si en la vida apacible del maestro de esgrima lo más interesante fueran las tertulias, no tendríamos novela… pero la tendremos. Porque con El maestro de esgrima no estamos ante una novela sin acción con ribetes costumbristas. No. El maestro de esgrima es una novela histórica y a la vez un thriller. Y lo será básicamente por dos motivos:
El primero será por un personaje femenino que entrará en la vida de don Jaime Astarloa, y que hará su aparición ya en el primer capítulo. Se trata de Adela de Otero, una joven y elegante mujer de veintisiete años, adinerada y misteriosa que un día llama a la puerta de casa del maestro para pedirle, ni corta ni perezosa, que le enseñe a ejecutar su famosa estocada, una estocada particular del maestro que tiene un precio a parte, concretamente dos cientos escudos. Resulta algo insólito que, por aquel entonces, una mujer decidiera practicar esgrima, y por ello don Jaime Astarloa rechazará darle clases pese a la cuantiosa suma que Adela de Otero le ofrece. Sin embargo, Adela de Otero no es mujer que se rinda, y llamará a la puerta de la casa del maestro de esgrima por segunda vez, consiguiendo convencer a nuestro protagonista para que acceda a darle clases. ¿Cómo lo consigue? Demostrándole un conocimiento asombroso del arte de la esgrima, sorprendiendo al maestro y obligándole a abandonar su reticencia inicial. El personaje de Adela de Otero es fundamental en la novela, casi tan importante como Jaime Astarloa. Y no sólo porque hará avanzar la acción argumental, sino porque también trastocará la apacible y célibe vida emocional del maestro, provocándole una lucha interna consigo mismo, una lucha entre la fascinación que siente por la joven por un lado y su deber y caballerosidad pasiva por el otro. No podrá evitar que un chispazo  de emoción se le encienda por dentro. Pero racionalmente, a su edad, no quiere prestarse tampoco a ningún juego amoroso ni a soñar ninguna posibilidad fantasiosa. Aunque el poso esté ahí (5).
Y hasta aquí pueden leer y hasta aquí les puedo explicar acerca del personaje de Adela de Otero —y créanme, les podría explicar muchas cosas—, pero ya que les dije que no habría spoilers importantes.
El segundo motivo que alterará la vida del apacible Jaime Astarloa será la política. Sí, ya, les dije que Jaime Astarloa vivía al margen, y mucho más aún de conspiraciones en la sombra. Pero la vida a veces tiene grandes ironías. Y desde luego para don Jaime Astarloa tendrá una preparada, con unos documentos inesperados de por medio llegará a sus manos  y que desencadenarán la acción.
Omero Antonutti y Assumpta Serra, los actores que encarnarán a Jaime Astarloa y Adela de Otero
Y toda esta historia dividida en ocho capítulos y precedida por un breve prólogo. Pero se puede trazar una línea divisoria entre los cuatro primeros capítulos y los cuatro últimos. Como he comentado anteriormente, hay escenas costumbristas en la novela, estancias en las tertulias del café y paseos por Madrid, pero eso lo encontraremos sobre todo en los cuatro primeros capítulos, así como también las clases de esgrima que don Jaime impartirá a Adela de Otero. Porque ésa es otra, e inevitable no mencionarla: la esgrima. Un elemento crucial en la novela por motivos obvios. Así que nos encontraremos largas charlas y descripciones sobre dicho deporte arte, y hasta los capítulos están titulados con un movimiento de esgrima. Y todo esto en los cuatro primeros capítulos, como les decía. Pero a partir del quinto la novela da un giro. Un asesinato hará que empecemos a leer un thriller y que la novela adquiera tintes policíacos, siendo la intriga el elemento más visible y no ya tanto el ambiente descriptivo de Madrid, y se notará aún más la influencia de la literatura de folletín —la sombra de Dumas es alargada— en Pérez-Reverte. Sobre todo, al finalizar algunos capítulos, deteniendo la narración justo en un momento de gran suspense. Y como he comentado, la historia como telón de fondo, con el acontecimiento de la Gloriosa al caer, y trazándose un paralelismo entre el aumento de la tensión política del país con la tensión emocional que vivirá

El maestro de esgrima no es una novela muy extensa —y menos si la comparamos con otras obras del mismo autor—,y se lee con fluidez. Pues aunque tiene partes descriptivas, éstas tampoco se eternizan —a bote pronto, si la memoria no me falla, recuerdo más densas las descripciones en la novela Trafalgar de Pérez-Reverte—. El lenguaje narrativo es sencillo —que no descuidado—, y no recuerdo, al contrario que en otras novelas de Arturo, onomatopeyas en la narración. Estamos, como en todas las novelas de Pérez-Reverte, con el clásico esquema de introducción, nudo y desenlace porque lo de Pérez-Reverte es siempre contar historias. Una historia lineal salvo algunos pocos flashbacks que nos cuentan la vida del protagonista.

Empezaba esta reseña explicando que me decidí a escribirla por una comparativa entre personajes. Y apuntando algunas cosas más sobre Jaime Astarloa terminaré esta reseña. ¿Por qué me ha parecido un buen personaje? Al principio de esta entrada lo comparaba con Allan Karlson diciendo que Jaime Astarloa era apolítico pero no un tronco hueco. ¿Y a qué se debe ese apoliticismo del maestro de esgrima? ¿A falta de valores? Para nada. Jaime Astarloa tiene mucho trasfondo ético. Hasta el punto de que es el personaje más bueno desde un punto moral que jamás ha creado Pérez-Reverte que yo le haya leído —y juraría que algo así también dijo el propio autor en una entrevista, pero quizás me falla la memoria—. De hecho, uno de los logros del personaje es que resulta bueno sin ser plano y sin ser perfecto. Y pese a ser el maestro una persona peculiar, te la llegas a creer, pues Jaime Astarloa se equivoca, duda, siente, actúa —o no actúa—. Y hasta siendo un hombre recto y benévolo, puede llegar a ser injusto, como cuando en el capítulo cuarto le reprocha a su amigo del café Marcelino Romero su pasividad en el amor, que no se atreva a dar un paso adelante… cuando el propio don Jaime “sabía muy bien que algunas de las cosas que le había dicho a Romero podían serle aplicadas a él mismo, y esa certeza no lo hacía precisamente feliz”. No es un robot, como una mujer del club de lectura al que acudí definió a Allan Karlson. Y es que si Allan Karlson es indiferente a estímulos externos y parece un autómata independientemente del medio en el que esté insertado el personaje, don Jaime sí será sensible a las circunstancias. Es inevitable cuando se es humano, por mucho que se haya construido un muro entre él y el mundo. También me parece interesante comparar a Jaime Astarloa con otro personaje imprescindible en la narrativa de Pérez-Reverte: el capitán Alatriste. Ambos personajes coinciden en que son hombres con ideales, creen en la palabra dada, siguen ágiles con una empuñadura en la mano aunque la edad ya va pasando para ambos —y especialmente para Astarloa—, y encaran la vida con cierto estoicismo. El arquetipo al que responden ambos personajes es muy parecido, por no decir el mismo. Pero hay un matiz que los diferencia: Astarloa no se ha embrutecido como Alatriste, sus circunstancias han sido más amables. Y pese a que Jaime Astarloa sirvió joven en la guerra, tuvo la suerte de encontrar en la esgrima su forma de ganarse la vida. No es Jaime Astarloa de clase alta ni le sobra el dinero, pero como hemos visto anteriormente vive cómodamente bien —y mejor podría vivir aún si tuviera un sentido más pragmático de la vida, siendo un maestro tan reputado—, y no como Alatriste, que por necesidad debe ser un eterno soldado cuando hay guerra, y cuando hay paz a malvivir como mercenario “alquilándose por cuatro maravedíes en trabajo de poco lustre”. Por eso el maestro de esgrima tiene un punto más caballeroso y ético que el espadachín. Entonces ¿por qué es apolítico? ¿No le interesan que las cosas funcionen bien socialmente? ¿No cree que el futuro del país irá mejor o peor según qué postura política triunfe? ¿Piensa que ambos bandos son iguales? La respuesta, o al menos la que yo interpreto, es que vivir en su mundo interior y con sus propias reglas le hace perder cierto sentido de la realidad. Una realidad que prefiere desdeñar, y que por desdeñarla pagará un precio. Pese a que dos personajes le avisarán de que no le conviene estar tan fuera de la realidad. El primero es su alumno y amigo el Marqués de los Alumbres:
De todas formas, hace mal en aislarse de ese modo, don Jaime; permita la entrañable opinión de un amigo… La virtud no es rentable, se lo aseguro. Ni divertida. Por Belcebú, no vaya a pensar que, a sus años, intento colocarle un sermón… Sólo pretendo decirle que resulta apasionante asomar la cabeza a la calle y mirar lo que ocurre alrededor. Y más en momentos históricos como los que estamos viviendo…
Y el segundo personaje será el jefe de policía Jenaro Campillo, que aparecerá cuando la novela se convierta en un thriller policiaco, y le dirá al protagonista que:
—Hay usted algo de… De inocencia, a ver si me entiende. Quiero decir que su comportamiento podría compararse, salvando las distancias, al de un monje de clausura que de pronto se viera envuelto en el torbellino del mundo. ¿Me sigue? Usted discurre a lo largo de esta tragedia como si flotase en un limbo personal, ajeno a los imperativos de la lógica y dejándose llevar por un sentido de lo real extremadamente particular… Un sentido que, por supuesto, nada tiene que ver con lo realmente real.
Y tiene razón Jenaro Campillo, porque de Jaime Astarloa se dice que es un personaje con la mentalidad de otra época. Se lo dirá Adela de Otero. Y el narrador, en ocasiones al describir al maestro, también deja entrever ese aire como de tiempo suspendido. En definitiva, don Jaime Astarloa pertenece a una época pasada. Pero yo pregunto: ¿a qué época? Porque lo de Jaime Astarloa me parece más bien una idealización de un pasado que nunca existió realmente. Es decir, se me figura como uno de aquellos románticos decimonónicos que idealizaban la Edad Media como vía de escape de la realidad. Pero ¿acaso hubo alguna época en la que la sociedad actuase en general como actúa Jaime Astarloa? De hecho, si el maestro de esgrima desdeña el progreso y es un hombre “de otra época”, ¿no sería partidario del bando conservador y un leal defensor de la reina? ¿No compartiría opiniones con Lucas Rioseco? Y sin embargo, no es así. Astarloa siente total y completa indiferencia hacia el bando conservador-monárquico, y tampoco es defensor del antiguo régimen. El ideal de don Jaime Astarloa está fuera de la realidad y por eso no se encarna en ninguna facción política. Sigue sus propias reglas que, para el mundo real, resultan inocentes. Porque la inocencia de Jaime Astarloa es clave para entender al personaje. Él tiene sus reglas y sus propias leyes de conducta, de acuerdo. Pero para el resto del mundo son inoperantes. Porque ése es el tema real de la novela. No es un conservadores versus progresistas. Porque total, cualquier ideal político, por noble que sea, al final no vale nada si quien lo sostiene se corrompe y se vende. Eso hace que las ideas políticas queden en esta novela, en mi opinión, relativizadas —por mucho que algunas ideas sean mejores que otras—. El tema de la novela me parece, en todo caso, el mantener la honestidad de uno mismo, y el choque que se produce entre un individuo idealista frente al realismo aplastante de la vida. Una sombra quijotesca, sin duda, hay en la novela.

Por si no se nota, me ha gustado mucho el personaje. Y también la novela, claro. No puedo comentar nada del final, salvo que a mí personalmente, al empatizar con el protagonista y ponerme en su piel, me quedó un gusto agridulce. Por un lado, su mundo se desmorona. La realidad es cruel y aplastante, y mira que advirtieron al maestro. ¿Es ser un hombre honrado un idiota? Cuando llegué al capítulo octavo de la novela me hizo sentir una soledad terrible al ponerme en la piel de don Jaime Astarloa. Pero por otro lado… pareciera que Pérez-Reverte sienta piedad de su protagonista, y le hará una concesión dulce. Si la quieren descubrir, lean El maestro de esgrima. Es una buena novela de entretenimiento.
P.D: Sobre la película, está considerada por algunos como la mejor adaptación de una novela de Pérez-Reverte. Pero… me ha sabido a casi nada comparada con la novela.Además hay algún que otro cambio argumental.

Valoración: Notable

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Fragmentos:
(1) Se le describe de esta guisa:
A sus cuarenta años, soltero, apuesto y —según afirmaban— poseedor de notable fortuna, jugador e impenitente mujeriego, el marqués de los Alumbres era el prototipo del aristócrata calavera en que tan pródiga se mostró la España del XIX.
(2) Así pasaba la vida de don Jaime… hasta que los acontecimientos se cruzaron en su camino
Sin saber exactamente por qué, el maestro de esgrima se sentía derivar hacia la melancolía. Por su carácter, más inclinado a recrearse en el pasado que a considerar el presente, al viejo profesor le gustaba acariciar a solas sus particulares nostalgias; pero esto solía ocurrir sin estridencias, de un modo que no le causaba amargura alguna sino que, por el contrario, lo instalaba en un estado de placentera ensoñación que podría definirse como agridulce. (…) Sobre aquello fiaba Jaime Astarloa para conservar lo que él definía como serenidad: la paz del alma, el único atisbo de sabiduría a que la imperfección humana podía aspirar.
 (3) Por ejemplo, aquí podemos ver a don Jaime Astarloa en mitad de un cuadro costumbrista:
El sol caía vertical, haciendo ondular las imágenes sobre el adoquinado. Un aguador pasó por la calle, voceando su refrescante mercancía. Sentada junto a las cestas de legumbres y frutas, una verdulera resoplaba a la sombra, apartando con gesto mecánico el enjambre de moscas que revoloteaba alrededor. Don Jaime se quitó el sombrero para enjuagarse el sudor con un viejo pañuelo que sacó de la manga. Contempló brevemente el escudo de armas bordado en hilo azul —ya descolorido por el tiempo y los continuos lavados—, sobre la seda gastada por el uso, y continuó su camino calle arriba, con los hombros inclinados bajo el sol implacable. Su sombra era sólo una pequeña mancha oscura bajo sus pies.
(4) ¿No les recuerdan el inicio de estas líneas, nada más empezar el capítulo 5, al famoso inicio de La Regenta?
Madrid se mecía a la siesta, adormecido por los últimos calores del verano. La vida política de la capital discurría sumida en la calma de un septiembre bochornoso, bajo nubes plomizas que filtraban un sofocante torpor estival. La prensa oficialista, entre líneas, daba a entender que los generales desterrados en Canarias seguían tranquilos, desmintiendo que los tentáculos conspiradores se hubieran extendido a la Escuadra, que, a pesar de malintencionados rumores subversivos, se mantenía, como siempre, leal a SU Augusta Majestad. En lo referente al orden público, hacía ya varias semanas que no se registraba en Madrid tumulto alguno, tras el ejemplar escarmiento dado por la autoridad a los cabecillas de las últimas agitaciones populares, que ahora tenían tiempo de sobra para meditar sus desvaríos bajo la poco acogedora sombra del presidio de Ceuta.
(5) Un momento de la novela que me gustó mucho, y que quiero compartir con ustedes, sucede en el capítulo tercero. Se produce cierta tensión entre ambos personajes cuando Adela de Otero le dice que tiene que cambiarse, y don Jaime por un momento siente el deseo de contemplarla, pero no hará tal cosa y se sentirá mal consigo mismo simplemente por haber sentido esa tentación. Eróticamente sutil:
—¿Dónde puedo cambiarme?
Don Jaime creyó descubrir un escondido matiz de provocación en su voz; pero descartó el pensamiento, molesto consigo mismo. Tal vez empezaba  sentirse atraído en exceso por el juego, se dijo, disponiéndose mentalmente a rechazar con el máximo rigor cualquier indicio de senil desvarío por su parte. Con absoluta gravedad le indicó a la joven la puerta de una pequeña habitación apropiada para tal menester, mientras se mostraba repentinamente muy interesado en comprobar la solidez sospechosa de una de las tablas que formaban la tarima del suelo. Cuando ella pasó por su lado camino del vestidor, la miró de soslayo y creyó percibir una tenue sonrisa, obligándole de inmediato a pensar que se trataba tan sólo de la pequeña cicatriz, que tan engañoso gesto imprimía en su boca. Ella entornó la puerta tras de sí, dejándola entreabierta apenas dos pulgadas. Don Jaime tragó saliva, intentando mantener su mente en blanco. La pequeña rendija atraía como un imán su mirada. Mantuvo los ojos clavados en la punta de los zapatos, luchando contra aquel turbio magnetismo. Escuchó crujir de enaguas, y durante un segundo cruzó por su mente la imagen de una piel morena en la cálida penumbra. Alejó de inmediato aquella visión, sintiéndose despreciable.
<<¡Por el amor de Dios! —su pensamiento brotó en forma de súplica, aunque no estaba muy seguro de ante quién la formulaba—. ¡Se trata de una dama!>>
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