jueves, 26 de septiembre de 2019

Rabia, de Stephen King. O una tragedia visionaria.



Ficha
Título: Rabia
Título original: Rage
Autor: Stephen King
Editorial: Plaza Janés
Idioma: español
Traducción: Hernán Sabaté
Número de páginas: 277

Sinopsis (copiada de la contraportada)
Un adolescente al borde de la locura toma veinticuatro rehenes en un colegio. Los intentos de encontrar una salida pacifica por parte del profesorado y la policía resultan vanas. Mientras, los jóvenes retenidos se contagian gradualmente del frenesí de violencia que les impone su captor. Cada palabra, cada acto, se convierten en descarnadas acusaciones contra un sistema de enseñanza corrupto y un modelo de familia basado en la hipocresía, que obligan a los jóvenes a reprimir sus sentimientos para convertirlos en carnaza de una sociedad que les devorará implacablemente...

Opinión personal
No sé si alguna vez lo conté por aquí, pero una amiga mía, haciendo “limpieza” de su estantería de libros, me regaló una bolsa de novelas de Stephen King. Y probablemente en esa bolsa no habrá ni una cuarta parte de todo lo que ha publicado el autor norteamericano. No es ningún secreto lo prolífico que resulta King. Pero llegó a serlo tanto que, como bien se explica en una nota preambular en esta edición, su editor le instigó a publicar algunos de sus títulos bajo el pseudónimo de Richard Bachman, para no saturar el mercado con su auténtico nombre. Y es que 1974 debutó con Carrie —novela de la que les hablé aquí—, prosiguió en 1975 con El Misterio de Salem’s Lot, y remató en 1977 con El resplandor. En ese mismo año, 1977, salió a la venta bajo pseudónimo la novela que nos ocupará hoy, Rabia. Un título peculiar dentro de su producción, así que pongámonos manos a la obra. Antes, un aviso: no cuento nada del final, pero si son muy —pero que muy— recelosos de los spoilers quizás no sea conveniente seguir leyendo.

Rabia, al contrario que otras historias de King, no contiene elementos sobrenaturales. Aquí no hay ningún personaje con telequinesis, ni un payaso terrorífico, ni vampiros, ni ningún perro monstruoso. En aquel 1977 fue una historia real lo que publicó “Richard Bachman”. Y más real ha acabado siendo con el paso de las décadas y en un país como Estados Unidos. Porque, ¿de qué trata Rabia? Resumidamente, es la historia de un chico que un día llega armado a clase, mata a dos profesores y secuestra como rehén a su clase. Noticia demasiado familiar a estas alturas. Tan familiar que el propio King acabó pidiendo la retirada del libro, sobre todo por un caso concreto: el de un tiroteo en una escuela secundaria, del estado de Kentucky, perpetrado por un chico de catorce años y que tenía un ejemplar Rabia en su taquilla. Así que King, preocupado de que su obra pudiera inspirar algún caso más, pidió el cese de reediciones en el futuro —desconozco si el veto sigue vigente—.
Ante este hecho, parece que Rabia vaya a ser una obra repleta de violencia física y explícita. Y la verdad, no tanto como se puede esperar. De acuerdo, obviamente hay violencia: dos profesores muertos al recibir un balazo. Pero desde luego, he leído novelas mucho más gores que esto:
—… Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios. Por ejemplo…
La señora Underwood alzó la mirada, alarmada, al tiempo que se ajustaba las gafas en la nariz.
—¿Tiene usted un pase de administración, señor Decker?
—Sí —respondí, y saqué la pistola de la cintura.
Ni siquiera sabía con certeza si estaba cargada hasta que sonó el disparo. Le di en la cabeza. La señora Underwood no llegó a enterarse de qué le había sucedido, estoy seguro. Cayó de lado sobre el escritorio y luego rodó hasta el suelo. Y aquella expresión expectante jamás se borró de su rostro.
Y es que no es tanto la violencia física lo que impacta en la obra… como sí la locura subterránea del ser humano y de la sociedad. Y eso es lo que resulta violento y terrorífico en esta novela. ¿Qué pasa en la mente de Charlie Decker, el protagonista? Pues pese a que es el propio Charlie quien narra en primera persona y en retrospectiva, seguimos sin tener una respuesta —si es que acaso puede haber respuesta ante su acción asesina—.  El joven adolescente en ocasiones plantea si está loco o no, y no se termina de inclinar por una respuesta cerrada. Por no decir que se muestra, deliberadamente, ambiguo:
Y os aseguro que estoy totalmente cuerdo. Es cierto que me falta algún tornillo ahí arriba, pero todo lo demás funciona perfectamente, muchas gracias.
Lo que es evidente es que se trata de un chico inteligente y se da muestra de ello en la novela: saca buenas notas, hace agudas reflexiones y su mejor amigo, Joe, lo define como “el cerebro de la pareja”. Un chico que sabe captar la extrañeza del mundo, o más aún: el fondo oscuro que tenemos. Ese fondo oscuro que, al parecer por lo poco que le he leído, es un tema recurrente en Stephen King y con el que nos interpela a todos. Y es que como bien explica Charlie:
Cordura.
Uno puede pasarse la vida diciéndote que la vida es lógica, prosaica y cuerda. Sobre todo, cuerda. Y creo que así es. He tenido mucho tiempo para pensar en ello. Y siempre vuelve a mi memoria la declaración de la señora Underwood antes de morir: <<Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios.>>
Estoy realmente convencido de ello.
Pienso, luego existo. Tengo vello en la cara, luego me afeito. Mi esposa y mi hijo se encuentran en estado crítico tras un accidente de coche, luego rezo. Todo es lógico, todo es cuerdo. Vivimos en el mejor de los mundos posibles, de modo que ponme un cigarrillo en la izquierda, una cerveza en la derecha, sintoniza Starsky y Hutch y escucha esa nota suave y armoniosa que es el universo celestial. Lógica y cordura. Como la coca-cola, la vida es así.
Sin embargo, como tan bien saben la Warner Brothers, John D. MacDonald y la Long Islan Dragway, existe un Mr.Hyde para cada feliz rostro de doctor Jekyll, una cara oscura al otro lado del espejo.
Aunque esta ambigüedad oscura entre locura y cordura no está sólo en Charlie. En el momento en el que el protagonista entra en el aula, mata a dos profesores y encierra a la clase, tan sólo dos alumnas gritan, y se quedan en estado de shock. El resto parece extrañamente impasible. Y pasará de ser impasible a formar parte colaboracionista del plan de Charlie. ¿Síndrome de Estocolmo? No, es otra cosa lo que se produce. Es una catarsis colectiva, una extraña liberación emocional y un intercambio de confidencias secretas y personales entre Charlie y el resto de la clase. Y nosotros, como lectores, tendremos la sensación de estar espiando una intimidad muy velada. Tan sólo un alumno, Ted Jones, se opone al secuestro de Charlie y tacha de absoluta locura lo que está sucediendo. El resto de la clase fluye y disfruta de la situación como si fueran más libres siendo “secuestrados” en el aula que fuera del instituto, donde policías y periodistas llegan a la escena y rodean el edificio. Charlie, no obstante, se siente poderoso, y juega psicológicamente con el director y el psiquiatra del centro a través del intercomunicador de la clase. Casi que pareciera una lucha generacional, al ver a los adultos temerosos y perdidos bajo la batuta chantajista de Charlie. Curioso panorama: el mundo adolescente dentro del aula, liberado, y el mundo adulto fuera, aprisionado. Siendo Ted Jones un adulto prematuro y que, por lo tanto, es el único "sensato" que se rebela ante el secuestro de Charlie.

Pero no es exactamente una rebeldía adolescente frente a los adultos lo que veo. Sí, Stephen King pone un foco de atención sobre la edad adolescente, presentándola como un microcosmos particular, como ya hizo en Carrie. Y no lo retrata con idealismo: el mundo infantil y adolescente también tiene sus reglas, su crueldad y sus códigos. Sin embargo, no es tanto una lucha generacional lo que se plantea, sino la desconfianza hacia los valores que el mundo adulto transmite. Un mundo adulto hipócrita y mezquino y del cual resulta irónico esperar algún tipo de educación moral. En el caso de Charlie, el autoritarismo de su padre le ha marcado negativamente, a través de vivencias traumáticas que le han generado temores, y también por la exigencia de convertirse en lo que se entiende que debe ser un hombre. Y un detalle importante: la pistola que usa Charlie la ha cogido de su padre. Cómo no pensar en el debate de las armas en Estados Unidos, aunque la novela no entra en dicha cuestión — me pregunto por curiosidad porque desconozco la respuesta: ¿había ya debate sobre las armas en la década de los 70?—, pero el hecho está ahí. Además de la figura paterna, el resto de figuras adultas no salen tampoco bien paradas —a excepción quizás de la madre de Charlie, pero poco sabemos de ella—. Así, del profesor Carlson también se dice que humillaba a los alumnos en la pizarra. Y en cuanto al psiquiatra del centro, el señor Grace, un hombre del que se presupone cierto valor social en la sociedad, se nos dice que:
—¿Te has vuelto loco? —preguntó de pronto Harmon Jackson.
—Creo que sí —respondí—. Según me han enseñado, todo el que mata a otro está loco.
—Bueno, quizá deberías entregarte —sugirió Harmon—. Y acudir a alguien que pudiera ayudarte. Ya sabes, un médico…
—¿Te refieres a uno como Grace? —intervino Sylvia—. ¡Dios mío, ese cerdo repugnante! Tuve que entrevistarme con él cuando arrojé aquel tintero a la vieja señora Green, y lo único que hizo fue mirarme de arriba abajo y preguntarme sobre mi vida sexual.
La sociedad tiene una cara oscura. Y nadie se libra de ella, ni siquiera los psiquiatra. Rabia logra que pasemos de preguntarnos qué pasa en la cabeza de Charlie a qué pasa en la cabeza de sus compañeros de clase, cuando, extrañamente, reaccionan como reaccionan ante la tragedia sucedida. Y de qué pasa en la mente de estos chicos adolescentes pasamos a preguntarnos qué pasa en las cabezas del mundo adulto. Así, Stephen King no se queda sólo en describir un mero suceso trágico, en la novela se ve constantemente una mirada hacia la psicología humana. Pasas de plantearte la salud mental de Charlie a la salud mental de la sociedad. Charlie se ha convertido en un monstruo, sí, pero el límite entre ser un monstruo y ser normal parece difuminado, como si todos fuéramos monstruos potenciales. El terror puede aflorar donde menos lo esperas, en plena vida cotidiana del primer mundo. Un terror que lo oculta una capa de normalidad, pero que si la rascas un poco resulta demasiado fina. Sí, hay un fondo oculto.

Y toda esta historias la plantea Stephen King de manera ágil y dinámica. Al igual que Carrie, pero a diferencia de otras de sus obras como It, Rabia es una novela breve. Y estructurada en 35 capítulos, de los cuáles algunos no llegan ni a una página. En dos tardes se puede leer. La forma de narrar es directa y clara, escribiendo sin grandes alardes retóricos, pero tampoco con excesiva simpleza. La pluma de King es funcional, y cumple su cometido con descripciones rápidas y eficaces. Por ejemplo:
El señor Denver hojeaba El Clarín, el periodicucho de la escuela. Era un hombre alto y cadavérico que se parecía ligeramente a John Carradine. Enjuto y calvo, tenía unas manos grandes, con prominentes nudillos. Llevaba la corbata aflojada y el botón superior de la camisa desabrochado. La piel del cuello se veía irritada y grisácea por un exceso de afeitado.
Incluso, como se puede ver, valiéndose de comparaciones con actores. Y no es la única referencia social/cultural del libro, referencias que usa a modo de explicación o de ejemplos. Así la historia avanza ágilmente, y eso que tampoco es una novela repleta de acción. Obviamente contiene su dosis, pero abundan más los recuerdos de Charlie, y las conversaciones en el aula. Pero, como digo, la novela avanza rápida. Y de manera lineal, salvo por los flashbacks —que suelen ocupar capítulos enteros— para las historias que rememora Charlie. Respecto a la atención del lector, la mantiene in crescendo, pues a medida que va avanzando la novela también lo hace la intriga.

Respecto a los personajes, Rabia no es una novela de personajes propiamente dicha, en la que interese demasiado detenerse en cada uno de ellos, ya se pone un foco más abierto: hacia la sociedad. Así que no esperen grandes introspecciones —salvo en Charlie—, pero las pinceladas que se dan están bien, resuelve de forma correcta, y evita que los personajes sean planos como tablas. Aunque particularmente, sí he echado en falta saber algo más de Joe, el mejor amigo de Charlie, y el cuál es el narrador del penúltimo capítulo en forma de carta. Su presencia sí que me sabe a poco.

Llegado a este punto, ¿cuál es mi impresión de la novela? Es buena, pero buena a secas. Hay algo de King que me genera frustración: siento que la obra aún puede dar más de sí. Qué tiene una potencialidad que no termina de explotar. Su planteamiento valiente me encanta, y no es que la novela me parezca defectuosa, pero con King siempre siento que me falta ese algo. Y además de ese “algo”, que no puedo explicar más allá de “una dosis más de genialidad”, hay otro rasgo en el que la novela flaquea un poco. No mucho, pero sí un poco. Me refiero a la verosimilitud. Considero que Stephen King la logra transmitir sólo a medias. La reacción de la clase es demasiado extraña, y más con el cadáver de la profesora en mitad del aula, durante el secuestro. El propio King lo sabe, y por eso con habilidad usa un recurso sencillo pero efectivo: hace que el Charlie se haga eco de lo extraño de la situación, un recurso que siempre hace aumentar la sensación de verosimilitud cuando se presenta un hecho difícil de creer:
Permanecieron en silencio durante, quizá, cinco minutos, hasta que los coches de bomberos llegaron a la escuela. Me miraron y yo les miré. Tal vez todavía hubieran podido largarse, y hay gente que todavía me pregunta por qué no lo hicieron. <<¿Por qué no echaron a correr, Charlie? ¿Qué les hiciste?>> Algunos lo preguntan casi con temor, como si hubiera algo diabólico en mi interior. Yo no respondo. No contesto a ninguna pregunta sobre lo que sucedió esa mañana en el aula 16. Pero si tuviera que decir algo al respecto, afirmaría que han olvidado qué es ser joven, vivir en estrecha intimidad con la violencia, las habituales peleas a puñetazos en el gimnasio, las riñas en las discotecas de Lewiston, las crudas imágenes en la televisión, los asesinatos en las películas. (…)
No trato de justificar nada, ¿entendido? Actualmente no estoy de humor para emprender ninguna clase de cruzada. Sólo pretendo plantear que los jóvenes norteamericanos viven rodeados de violencia, tanto real como imaginaria. Además, ese día me convertí en el centro de interés. ¡Eh!, Charlie Decker se ha vuelto loco esta mañana, ¿te has enterado? ¡No! ¿De veras? Sí, sí. Yo estaba allí. Era como ver Bonnie and Clyde, en el cine, salvo que Charlie se había vuelto majara y no había palomitas de maíz.
Y digo más, al leer tal cosa me puse a pensar, a recordar mi paso por el instituto. Y sí, podría contar casos de insensibilidad tan grandes que resultarían inverosímiles. O casos conocidos de adolescentes —y de adultos— que admiran profundamente a psicópatas y asesinos, y hasta les escriben cartas a la prisión. No, Stephen King no se aleja de la realidad en sus planteamientos. Pero a pesar de eso, y pese a su esfuerzo por hacerlo creíble, siento que no termina de alcanzar la sensación de verosimilitud por completo.
Imagen de Charlie Decker frente al aula, en la portada de la edición inglesa


Ya es hora de ir acabando. Personalmente, me gustó más Carrie. Su historia me pareció conmovedora, y empaticé más con el personaje de Carrie que con Charlie Decker. Pero Rabia no es una mala novela, y ha sido una buena lectura que nos recuerda y que anticipó que el terror puede producirse en el lugar más cotidiano.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Stephen King, los thrillers psicológicos, las historias de adolescentes frustrados.

6 comentarios:

  1. Bueno, no creo que el objetivo sea que empaticemos con Charlie. De todas maneras, a mí lo que más me llamó la atención fue lo que ocurre al final,me quedé muy confundida.

    Pero sí me gustó.

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    1. Bueno, es bastante obvio que se empatice con Carrie (yo mucho, además) y no con Charlie. No dije que fuera ése el objetivo, ni en una novela ni en la otra, pero a mí la empatía que me generó Carrie hizo que la novela ganara puntos.
      Un abrazo.

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  2. Hola!! Este autor me encanta, pero llevo muy poco leyendo sus obras. Me anoto esta sin duda. ¡Estupenda reseña! Besos!!

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  3. Quizás, precisamente, sea la intuición de que me va a faltar algo leyendo a Stephen King, la causa de que aún no haya leído nada suyo. Desconocía que hubiera escrito parte de su obra bajo seudónimo. Me atrae de esta novela las reflexiones que me pueda provocar, esa falta de cordura de nuestra sociedad. Aún así, no sé si me animaré.
    Un abrazo

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    1. Si no te llama, haz caso a tu intuición. Aún así si quieres probar, con cualquier libro bastaría. Y si no te llama pues adiós muy buenas al señor King.
      Un abrazo.

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