Ficha
Título: Melotocones helados
Autor/a: Espido Freire
Editorial: Planeta
Nº de páginas: 328
Lengua: castellana
Sinopsis (copiada de la contraportada)
Elsa, una joven pintora, se ha visto
obligada a abandonar su casa ante unas amenazas de muerte de las que desconoce
la razón, y marcha a otra ciudad a vivir con su abuelo. En esa suerte de exilio
que nadie desea tomar en serio, Elsa se adentra en las intrincadas relaciones
humanas, que había descuidado para dedicarse a la pintura, y se mueve entre la
propia historia de su familia y, sobre todo, la de una prima con la que comparte
nombre y apellidos. De ese modo se enfrenta a su fragilidad, a los errores, a
la mezcla de identidades, a vivir una vida equivocada sin saberlo. ¿Es posible
que incluso al morir se produzcan confusiones?
Opinión personal
Tenía desde hace años este libro por casa, y que mejor
que haberlo leído durante el confinamiento, y rebajar así un poquito la lista
de pendientes acumulada en el estante. Ya les hablé del debut literario
de Espido Freire, con Irlanda. Fue la
primera vez que leía algo de Espido Freire, y repito por segunda
vez con Melocotones helados, su tercera novela y con la que ganó el
Premio Planeta en 1999, siendo la autora más joven —25 años— en ganar el
premio. Si creen que les puede interesar lo que les tenga que contar, pasen y
tomen algo.
Melocotones helados es la historia de Elsa, una chica joven, muy
centrada en sus obligaciones, con su noviazgo serio y formal de toda la vida y que intentan labrarse un camino como pintora. Parece que su vida va bien, hasta
que empieza a recibir amenazas anónimas. No tiene ni idea de quién se las manda
ni por qué las recibe, precisamente ella que siempre ha vivido de manera tan
formal, tan correcta por el buen camino, y sin meterse en líos. Frente al temor
de unas amenazas que no cesan, Elsa deja su localidad y se va a vivir a casa
de su abuelo. Y así empieza una nueva vida para Elsa, sin saber
hasta cuándo durará. Y así sabremos nosotros como lectores cómo le irá a
partir de ahora… y de cómo le irá también —o cómo le fue— a más personajes de
la novela. Porque aunque la protagonista es Elsa, habrá que llamarla Elsa
grande, para diferenciarla de dos Elsas más con las que comparte protagonismo.
Una es su prima Elsa, a la que se le llama Elsa pequeña —cuatro años menor—, y
es la destinataria real de las amenazas, pero que por error le llegan a Elsa
grande.
Además de Elsa grande y Elsa pequeña, sabremos de la
niña Elsa, la tía de las primas Elsas y hermana menor de sus padres, y que
desapareció misteriosamente de niña, y nunca más se supo de ella. Estas tres
historias se irán contando en paralelo, junto a la historia de juventud del
abuelo Esteban. Así pues, se nos narrará dos historias en presente —la de las
dos Elsas— y dos en pasado —el abuelo y Elsita—. Y en un segundo plano, aún
podemos encontrar alguna historia más: como la de Blanca, la mejor amiga de
Elsa grande. Y también de Elsa sabremos inevitablemente de Rodrigo, por ser su novio. Y de la Tata, la sirvienta del abuelo Esteban y por qué se quedó a
servir a la familia.
Y todo esto nos lo contará en diez capítulos sin título, más
un epílogo. Además, cada capítulo está dividido en fragmentos, y dentro de un
mismo capítulo se puede pasar del pasado al presente, y de un lugar a otro.
Creando así una visión panorámica que lo abarque todo. No por ello Melocotones
helados resulta una novela confusa, pese a las tres Elsas y los
distintos planos temporales, pero a la hora de presentar la
información y seguir las historias he acabado sintiendo cierta descompensación:
en algunas tramas los detalles no eran del todo relevantes; en otras, en
cambio, creo que faltó más desarrollo. El problema de la historia —de las
historias— de Melocotones helados no son las ideas de las que
parte Espido Freire como motor argumental, que diría que son
dos:
2- Una especie de
destino mágico, más allá de lo puramente azarístico, que parece conectar todo y
que se palpa de fondo, como si hubieran unos hilos invisibles en la
(intra)historia de la novela. Algo de lo que no se puede escapar, da igual
donde vayas. No es casual que el nombre de Elsa se repita en tres personas, y
que da igual donde vayas. No puedes escapar. No es casual tampoco que la novela se abra con esta cita de Kavafis:
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre (…)
pues es siempre la misma.No busques otra,
no la hay.
No hay caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
El problema es la ejecución. Y especialmente con la
segunda idea. Parece que la novela me quiera señalar una especie de hilo
invisible que une a las Elsas en una especie de tradición familiar. Por
ejemplo, de Elsa Grande se dirá que “no era la primera de la familia que había
tenido que huir de Desrein. Sin saberlo, repetía el mismo viaje que su abuelo
había hecho al terminar la guerra”. Pero pese a ello, como lector, no la
termino de ver esa gran conexión, como que aún falta más relación, y por eso no
me resulta del todo creíble pese a que me lo tengo que creer.
Mientras leía Melocotones helados, me era imposible no acordarme de Irlanda, la opera prima de Espido Freire. Y siendo dos
historias muy distintas, a la vez encontré varias similitudes, rasgos en común
que, aún habiendo leído sólo dos novelas de Freire, veo que parecen configurar
un universo literario propio. Así pues, en Irlanda había dos
primas —aunque éstas llegan a interactuar y mucho, cosa que no pasa con las
Elsas—. También coincide cierta rencilla latente entre familias, sin que en
ninguna de las novelas llegue a explosionar el conflicto. Y en ambas obras, la autora ahonda en
la introspección emotiva de los personajes, en sus sentimientos de zozobra,
inquietud y soledad, y ahonda igual de bien independientemente de la voz
narrativa que use —primera persona en Irlanda, tercera persona
omnisciente en Melocotones helados—.
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Espido Freire |
Y aún podemos hablar de otros elementos
reconocidos. En el caso de los personajes, Freire los
contrapone mucho entre sí. En Irlanda, sucede entre las dos primas.
Y en Melocotones helados también con las dos Elsas coetáneas.
Elsa pequeña, alocada y de decisiones errática en la vida, y Elsa grande, más
recta y ceñida a su guión y a su camino bien trazado. Hasta los padres de ambas
las comparan:
Si los padres de Elsa pequeña envidiaban la sensatez y la cordura de su sobrina la mayor, los padres de la otra Elsa, en cambio, hubieran preferido que su hija viviera más, que no siguiera una pauta tan marcada. Como las orugas de las procesionarias, Elsa grande parecía seguir un sendero trillado y desbrozado por otros antes; estaban seguros de que si arriesgara un poco más, su talento conseguiría grandes logros.
—Viaja, conoce mundo… ¿Cómo pretendes saberlo ya todo a tu edad? Eres pintora, debes buscar imágenes nuevas, historias no contadas que plasmar. Hace falta una gran curiosidad, deseos de no atarse a ninguna parte para ser artista.
Pero Elsa grande quería pintar retratos, casarse joven, dedicar mucho tiempo a la familia y a la casa. Y así, tranquila, estudiar y profundizar en lo que le pareciera a a cada momento.
—Pero ya tendré tiempo para viajar, mamá. Cuando envejezca no tendré ya cerebro ni deseos de estudiar, pero siempre me quedará hueco para viajar.
Pero
no sólo se queda ahí: también hay cierta oposición — y hasta rivalidad— entre
Elsa Grande y su mejor amiga, Blanca. E incluso, podríamos hablar, en un plano
más secundario, de la rivalidad entre el abuelo Esteban y Melchor Arana, en un
asunto de amoríos. O entre los hermanos Miguel y Carlos, padres de las Elsas.
Respecto a la temática, se comparte una
misma idea: las apariencias. En las dos novelas las cosas no siempre son lo que
parecen. Hay cierta concepción de la vida que yo me atrevería a calificar de
tenebrosa, de una maldad camuflada. Y varios personajes avanzan por la vida
ocultando secretos, desde los más grandes hasta pequeñas mezquindades, e
incluso actúan con astucia para conseguir un fin.
En las dos novelas también aparece la
muerte, pero con diferente tratamiento. En Melotocones helados la
muerte es doble: el asesinato físico, pero también mediante el olvido. La
novela empieza de esta manera tan potente:
Existen muchos modos de matar a una persona y escapar sin culpa: es fácil deslizar una seta venenosa entre un plato de inofensivos hongos. Con los ancianos y los niños, fingir una confusión con los medicamentos no ofrece problemas. Se puede conseguir un coche y, tras atropellar a la víctima, darse a la fuga. Si se cuenta con tiempo y crueldad, es posible seducirla con engaños, asesinarla mediante puñal o bala en un lugar tranquilo, y deshacerse luego del cadáver. Cuando no se desean manchas en las manos propias, no hay más que salir a la calle y sobornar a alguien con menos escrúpulos y menos dinero. Existen sofisticados métodos químicos, brujería, envenenamientos progresivos, palizas por sorpresa o falsos atracos que finalizan en tragedias.Existe también una forma antigua y sencilla: la expulsión de la persona odiada de la comunidad, el olvido de su nombre. Durante algún tiempo el recuerdo aún perdura, pero los días pasan y dejan una capa de polvo que ya no se levanta. Todo el pueblo se esfuerza en dejar atrás lo sucedido con los puños apretados y la voluntad decidida, y poco a poco, el nombre se pierde, los hechos se falsean y se alejan, hasta que, definitivamente, llega el olvido.Llega la muerte.
Este olvido asesino está ausente en Irlanda —más
bien al contrario, y no haré spoiler— Pero en ambas novelas la vida sigue para
los vivos, con sus apariencias, su hipocresía y con esa maldad que
se esconde en lugares y gente insospechada. Y sé, apreciados lectores, que
estoy comparando mucho Irlanda con Melocotones helados,
pero la comparación es pertinente. Era normal que me acordase de la novela
debut de Freire mientras leía Melocotones helados,
por todo un universo simbólico compartido, pero también porque lo que en Irlanda me
pareció un acierto, en la novela que nos ocupa me fallaba. Porque Irlanda era
una novela breve, centrada en una sola trama, con menos personajes, y con una
atmósfera y una tensión in crescendo más lograda. En Irlanda los
elementos se explotan mejor, y el final me llegó a sorprender. En Melocotones
helados, sin embargo, aumenta el número de páginas y se nota una ambición
mayor que, por desgracia, no está a la altura del resultado final. Como dije,
la veo desequilibrada en sus historias —unas se pasan, otras se quedan cortas,
diluidas—. Y respecto al final de la novela, sentí que, aunque coherente,
quedaba demasiado abierto, y falto de homogeneidad con tanta historia.
Como también queda demasiado difuminado el
elemento fantástico, que acompaña al personaje de la niña Elsa. Tengo serias
dudas de que la nota fantástica favorezca a la obra. Lo que en Irlanda se
ve claro que es la fantasía del mundo propio del personaje de Natalia, en el
caso de la niña Elsa queda más ambiguo, hasta el punto de que el elemento
mágico coquetea innecesariamente con hacer sombra al realismo de la novela.
Este realismo ya de por sí está un poco diluido, si bien en este caso no lo
considero un desacierto, porque simplemente es el mundo evocativo que Espido
Freire crea para su novela. Y a este realismo un tanto nebuloso contribuye la
toponimia: Desrein, Virto, Desra, Lorda… nombres ficticios,
evocativos. E incluso aunque la historia del abuelo Esteban se sitúa en plena
guerra civil española y en la posterior posguerra, el acontecimiento bélico es
un mero telón de fondo. No se menciona ningún personaje histórico, y ni
siquiera sabemos en qué bando luchó. De la misma manera, aunque la novela
tienes varios planos temporales tampoco se hace hincapié en el choque
generacional. En Melocotones helados todo se construye a favor
de ese hado misterioso, y de las emociones, pasiones —o falta de ellas— y
deseos que mueven a los personajes.
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Algo mágico parece haber en la niña Elsa |
Y
no es que la novela no presente la realidad social, sino que la muestra como
decorado, sin profundizar en explicaciones sociológicas. Así pues, se ve y se
cita la degradación urbana el primer capítulo, y se hace mención a la pobreza, a
la falta de oportunidades, a las drogas y al racismo. Pero todo esto queda
explicado brevemente, en unas pocas páginas. Y debido a esta sociedad urbana
degradada, la secta de Los caballeros del Grial se asienta, aprovechándose de
la desgracia. Es decir: no es que la pobreza social la genere la Secta, sino que la Secta la
aprovecha para sus intereses. Al igual que en Irlanda, existe una maldad intrínseca, independiente de
condicionamientos externos. Pero lo que en Irlanda
me hizo pensar sobre la condición humana, en Melocotones helados me pareció desdibujado. No se incide mucho sobre
la Secta del Grial, y como resultado da un tópico manido. Porque se ve claramente que está formada por
gente poderosa económicamente, pero no se ve ningún interés social ni económico
que los justifique. Y quizás me ha parecido tan pobre porque leí este libro en
plena pandemia, con absurdas teorías de la conspiración que te hablan de un mal
abstracto con determinada gente rica y famosa como cabecilla pensante. Pero
estos teóricos de la conspiración nunca te explican por qué harían lo que
harían, si no lo necesitan, y hasta les perjudicaría sin reportarles
beneficios. Los teóricos de la conspiración ven muchas cosas, y las ven sin
prueba alguna —no las necesitan—. Pero no ven la realidad. Ésa no. Y quizás por esto, por estar muy harto de esta gente y sus teorías, con el asunto de
la secta sentí que faltaba algo en la novela, más anclaje a una la realidad.
Evidentemente que sé que existen las sectas en la vida real, y que hay gente
que no necesita motivos racionales para hacer lo que hace. El problema es que
en Melocotones helados toda la parte
de la secta no me resultó verosímil, y sí estereotipado y difuso. Y tampoco es
que me ponga estupendo ante una obra de ficción. ¿Con cuántas obras de malos
malosos no he disfrutado? Pero son historias que me ofrecen otras cosas por
otro lado. Con el tema de las sectas y las descripciones sociales no pude evitar pensar que
se notaba que la novela se escribió en los noventa. No sabría
desarrollar esto mejor, pero simplemente lo percibía. Y también me pregunté
cómo habrán evolucionado las novelas de Freire después de la crisis —no la
actual con el coronavirus, sino la de 2008 y que tanto se prolongó, y si es que realmente llegó a acabar—. Quizás algún lector lo sepa, pero yo de Freire
sólo he leído las dos novelas que les estoy nombrando.
Pero
regresemos al contenido de la lectura. Así va funcionando Melocotones helados: con esa especie de destino invisible que mueve
los hilos y con esa maldad humana, que habita entre nosotros bajo afables
apariencias. Todo ello insertado en nuestra realidad. Una realidad que en
ocasiones tiene hasta toques costumbristas, sobre todo en la parte del pueblo
de Virto, cuando se cuenta por ejemplo esta escena de la criada, la Tata:
Era coqueta. Una vez cada quince días se acercaba a la peluquería del barrio y se hacía teñir el pelo de colores diferentes. Se miraba con cuidado al espejo en la puerta, al entrar, y luego al salir, porque sólo se fiaba de la luz natural, y señalaba las canas supervivientes, que tenían que cortarle de raíz con una tijerita. Las clientas y las peluqueras la creían una señora de posibles, y ella nunca las sacó de su error; había aprendido del caso del médico, y hubiera matado a quien insinuara una relación sucia entre el señor Esteban y ella. De modo que observaba a las mujeres del barrio bajo el casco plateado de la peluquería, y al verse con los pelos mojados, como una gallina triste, sonreía y dejaba a las otras cacarear.
También hay una historia
propia de telenovela de sobremesa: la del abuelo Esteban y las Kodama. O el
amor truncado de juventud de la Tata. Demasiadas cosas. Y podemos meter también
la anorexia de Blanca, y su amorío con un profesor. También hay espacio para
disertar sobre el arte, como sucede en el capítulo 7, mostrando la diferencia
entre Blanca y Elsa grande. Una parte que me gustó, pero que queda un poco
como un trozo sumado en la novela, un trozo más. También me resultó
interesante, por lo evocativo, todo lo referente a la repostería, y los postres
que se citaban me abrían el apetito, y de ahí el título de la novela:
Melocotones helados, un postre al que le vi un sentido simbólico claro —me
ahorro el spoiler—, pero que de nuevo me parece insuficiente. Se establecen
relaciones demasiado débiles en la novela.
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Mientras leía, me apetecía un postre de melocotones |
Como ven son varias las cosas de la
lectura que no me convence. ¿Pero es la novela un desastre? Pues pese a todo lo
expuesto, también le encuentro logros. Melocotones helados, la
novela mantiene el suspense. Y logra gestionar la información, deslizándola
poco a poco. El estilo me ha parecido correcto, y creo que Espido
Freire logra transmitir una frialdad que queda bien. Una frialdad pese
a todo lo emocional y hasta escabroso en algunas escenas. El contraste es
curioso y logra una buena atmósfera. Frialdad en la narración y hasta frialdad
en los personajes —sobre todo cuando se desencantan—. Y ese tono frío, casi
abúlico, considero que va en consonancia con la idea del olvido, que transmite
la novela. En ocasiones hay también un deje poético el lenguaje, en el tono, en
lo que dice. Por ejemplo, el inicio de la novela —que les he copiado antes—, y
también el final, repite la misma idea, y le da cierto valor poético, de fábula
incluso. Y algo muy destacado en el estilo de la novela: los pensamientos de
los personajes están insertados como diálogos, pero en cursiva. Nunca lo había
visto así.
Melocotones helados, en definitiva, no está
mal. Pero esperaba más ya que, al fin y al cabo, ganó el premio planeta. Vale,
lo sé. El premio Planeta no es que diga mucho en cuanto a calidad, por no
hablar de otro tema aún peor. Pero leí Irlanda, y me dejó un buen
sabor de boca, siendo su primera novela. Con su tercera obra, y premiada,
esperaba más. Y me encontré con una novela, que tiene una minúscula pizca de
novela policíaca, pero sin llegar a serlo, porque no se centra en ninguna
investigación. Tiene una pizca de toque fantástico, sin saber si considerarla
como novela fantástica. Tiene una pizca de novela de saga familiar, sin llegar
a desarrollarla del todo. Sí es una novela introspectiva, que se centra en las
emociones de los personajes, y eso lo hace bien. Si bien, aunque creo que Elsa pequeña y Elsa grande están bien dibujadas, noto que otros personajes secundarios
podrían haber ofrecido más al lector. Y considero que a la novela le
faltó poda—tuve la sensación de que Melocotones helados era a
veces dos o tres novelas en una—, y unificar más y mejor. Por eso, si tengo que
recomendar leer a Espido Freire, les recomendaría mejor Irlanda.
Valoración: Suficiente/bien
Te gustará si te gustan las historias intimistas, los secretos
familiares.
Quise leer Melocotones helados hace mucho y durante bastante tiempo y no sabría decir por qué se quedó sin leer. Con los años mis ganas de leer esta novela se han enfriado y ahora mismo no es una opción de lectura para mí.
ResponderEliminarRecuerdo tu reseña de Irlanda porque era para mí una obra de la autora más desconocida y tus palabras consiguieron que la pusiera en valor. Según leía esta entrada iba pensando que me apetecería mucho más leer la opera prima de Espido Freire que la ganadora del Planeta, sensación que con el trascurrir de la lectura de tu reseña y con su última frases he corroborado. No me disgustan los libros inclasificables en cuanto a géneros y mezcla de muchas cosas, pero no me convencen cuando se plantean situaciones que al final se quedan descolgadas en meros pretextos. Está bien tener ambición pero si se sabe sostener y resolver lo ambicionado. En muchos casos es bien cierto eso de que menos es más.
Un abrazo
Yo Melocotones helados la dejaría pasar, sinceramente. La leí porque la tenía en casa, y no me arrepiento, pero no es una obra que recomendaría. Como bien dices, menos es más.
Eliminar¡Un abrazo!