jueves, 26 de septiembre de 2019

Rabia, de Stephen King. O una tragedia visionaria.



Ficha
Título: Rabia
Título original: Rage
Autor: Stephen King
Editorial: Plaza Janés
Idioma: español
Traducción: Hernán Sabaté
Número de páginas: 277

Sinopsis (copiada de la contraportada)
Un adolescente al borde de la locura toma veinticuatro rehenes en un colegio. Los intentos de encontrar una salida pacifica por parte del profesorado y la policía resultan vanas. Mientras, los jóvenes retenidos se contagian gradualmente del frenesí de violencia que les impone su captor. Cada palabra, cada acto, se convierten en descarnadas acusaciones contra un sistema de enseñanza corrupto y un modelo de familia basado en la hipocresía, que obligan a los jóvenes a reprimir sus sentimientos para convertirlos en carnaza de una sociedad que les devorará implacablemente...

Opinión personal
No sé si alguna vez lo conté por aquí, pero una amiga mía, haciendo “limpieza” de su estantería de libros, me regaló una bolsa de novelas de Stephen King. Y probablemente en esa bolsa no habrá ni una cuarta parte de todo lo que ha publicado el autor norteamericano. No es ningún secreto lo prolífico que resulta King. Pero llegó a serlo tanto que, como bien se explica en una nota preambular en esta edición, su editor le instigó a publicar algunos de sus títulos bajo el pseudónimo de Richard Bachman, para no saturar el mercado con su auténtico nombre. Y es que 1974 debutó con Carrie —novela de la que les hablé aquí—, prosiguió en 1975 con El Misterio de Salem’s Lot, y remató en 1977 con El resplandor. En ese mismo año, 1977, salió a la venta bajo pseudónimo la novela que nos ocupará hoy, Rabia. Un título peculiar dentro de su producción, así que pongámonos manos a la obra. Antes, un aviso: no cuento nada del final, pero si son muy —pero que muy— recelosos de los spoilers quizás no sea conveniente seguir leyendo.

Rabia, al contrario que otras historias de King, no contiene elementos sobrenaturales. Aquí no hay ningún personaje con telequinesis, ni un payaso terrorífico, ni vampiros, ni ningún perro monstruoso. En aquel 1977 fue una historia real lo que publicó “Richard Bachman”. Y más real ha acabado siendo con el paso de las décadas y en un país como Estados Unidos. Porque, ¿de qué trata Rabia? Resumidamente, es la historia de un chico que un día llega armado a clase, mata a dos profesores y secuestra como rehén a su clase. Noticia demasiado familiar a estas alturas. Tan familiar que el propio King acabó pidiendo la retirada del libro, sobre todo por un caso concreto: el de un tiroteo en una escuela secundaria, del estado de Kentucky, perpetrado por un chico de catorce años y que tenía un ejemplar Rabia en su taquilla. Así que King, preocupado de que su obra pudiera inspirar algún caso más, pidió el cese de reediciones en el futuro —desconozco si el veto sigue vigente—.
Ante este hecho, parece que Rabia vaya a ser una obra repleta de violencia física y explícita. Y la verdad, no tanto como se puede esperar. De acuerdo, obviamente hay violencia: dos profesores muertos al recibir un balazo. Pero desde luego, he leído novelas mucho más gores que esto:
—… Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios. Por ejemplo…
La señora Underwood alzó la mirada, alarmada, al tiempo que se ajustaba las gafas en la nariz.
—¿Tiene usted un pase de administración, señor Decker?
—Sí —respondí, y saqué la pistola de la cintura.
Ni siquiera sabía con certeza si estaba cargada hasta que sonó el disparo. Le di en la cabeza. La señora Underwood no llegó a enterarse de qué le había sucedido, estoy seguro. Cayó de lado sobre el escritorio y luego rodó hasta el suelo. Y aquella expresión expectante jamás se borró de su rostro.
Y es que no es tanto la violencia física lo que impacta en la obra… como sí la locura subterránea del ser humano y de la sociedad. Y eso es lo que resulta violento y terrorífico en esta novela. ¿Qué pasa en la mente de Charlie Decker, el protagonista? Pues pese a que es el propio Charlie quien narra en primera persona y en retrospectiva, seguimos sin tener una respuesta —si es que acaso puede haber respuesta ante su acción asesina—.  El joven adolescente en ocasiones plantea si está loco o no, y no se termina de inclinar por una respuesta cerrada. Por no decir que se muestra, deliberadamente, ambiguo:
Y os aseguro que estoy totalmente cuerdo. Es cierto que me falta algún tornillo ahí arriba, pero todo lo demás funciona perfectamente, muchas gracias.
Lo que es evidente es que se trata de un chico inteligente y se da muestra de ello en la novela: saca buenas notas, hace agudas reflexiones y su mejor amigo, Joe, lo define como “el cerebro de la pareja”. Un chico que sabe captar la extrañeza del mundo, o más aún: el fondo oscuro que tenemos. Ese fondo oscuro que, al parecer por lo poco que le he leído, es un tema recurrente en Stephen King y con el que nos interpela a todos. Y es que como bien explica Charlie:
Cordura.
Uno puede pasarse la vida diciéndote que la vida es lógica, prosaica y cuerda. Sobre todo, cuerda. Y creo que así es. He tenido mucho tiempo para pensar en ello. Y siempre vuelve a mi memoria la declaración de la señora Underwood antes de morir: <<Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios.>>
Estoy realmente convencido de ello.
Pienso, luego existo. Tengo vello en la cara, luego me afeito. Mi esposa y mi hijo se encuentran en estado crítico tras un accidente de coche, luego rezo. Todo es lógico, todo es cuerdo. Vivimos en el mejor de los mundos posibles, de modo que ponme un cigarrillo en la izquierda, una cerveza en la derecha, sintoniza Starsky y Hutch y escucha esa nota suave y armoniosa que es el universo celestial. Lógica y cordura. Como la coca-cola, la vida es así.
Sin embargo, como tan bien saben la Warner Brothers, John D. MacDonald y la Long Islan Dragway, existe un Mr.Hyde para cada feliz rostro de doctor Jekyll, una cara oscura al otro lado del espejo.
Aunque esta ambigüedad oscura entre locura y cordura no está sólo en Charlie. En el momento en el que el protagonista entra en el aula, mata a dos profesores y encierra a la clase, tan sólo dos alumnas gritan, y se quedan en estado de shock. El resto parece extrañamente impasible. Y pasará de ser impasible a formar parte colaboracionista del plan de Charlie. ¿Síndrome de Estocolmo? No, es otra cosa lo que se produce. Es una catarsis colectiva, una extraña liberación emocional y un intercambio de confidencias secretas y personales entre Charlie y el resto de la clase. Y nosotros, como lectores, tendremos la sensación de estar espiando una intimidad muy velada. Tan sólo un alumno, Ted Jones, se opone al secuestro de Charlie y tacha de absoluta locura lo que está sucediendo. El resto de la clase fluye y disfruta de la situación como si fueran más libres siendo “secuestrados” en el aula que fuera del instituto, donde policías y periodistas llegan a la escena y rodean el edificio. Charlie, no obstante, se siente poderoso, y juega psicológicamente con el director y el psiquiatra del centro a través del intercomunicador de la clase. Casi que pareciera una lucha generacional, al ver a los adultos temerosos y perdidos bajo la batuta chantajista de Charlie. Curioso panorama: el mundo adolescente dentro del aula, liberado, y el mundo adulto fuera, aprisionado. Siendo Ted Jones un adulto prematuro y que, por lo tanto, es el único "sensato" que se rebela ante el secuestro de Charlie.

Pero no es exactamente una rebeldía adolescente frente a los adultos lo que veo. Sí, Stephen King pone un foco de atención sobre la edad adolescente, presentándola como un microcosmos particular, como ya hizo en Carrie. Y no lo retrata con idealismo: el mundo infantil y adolescente también tiene sus reglas, su crueldad y sus códigos. Sin embargo, no es tanto una lucha generacional lo que se plantea, sino la desconfianza hacia los valores que el mundo adulto transmite. Un mundo adulto hipócrita y mezquino y del cual resulta irónico esperar algún tipo de educación moral. En el caso de Charlie, el autoritarismo de su padre le ha marcado negativamente, a través de vivencias traumáticas que le han generado temores, y también por la exigencia de convertirse en lo que se entiende que debe ser un hombre. Y un detalle importante: la pistola que usa Charlie la ha cogido de su padre. Cómo no pensar en el debate de las armas en Estados Unidos, aunque la novela no entra en dicha cuestión — me pregunto por curiosidad porque desconozco la respuesta: ¿había ya debate sobre las armas en la década de los 70?—, pero el hecho está ahí. Además de la figura paterna, el resto de figuras adultas no salen tampoco bien paradas —a excepción quizás de la madre de Charlie, pero poco sabemos de ella—. Así, del profesor Carlson también se dice que humillaba a los alumnos en la pizarra. Y en cuanto al psiquiatra del centro, el señor Grace, un hombre del que se presupone cierto valor social en la sociedad, se nos dice que:
—¿Te has vuelto loco? —preguntó de pronto Harmon Jackson.
—Creo que sí —respondí—. Según me han enseñado, todo el que mata a otro está loco.
—Bueno, quizá deberías entregarte —sugirió Harmon—. Y acudir a alguien que pudiera ayudarte. Ya sabes, un médico…
—¿Te refieres a uno como Grace? —intervino Sylvia—. ¡Dios mío, ese cerdo repugnante! Tuve que entrevistarme con él cuando arrojé aquel tintero a la vieja señora Green, y lo único que hizo fue mirarme de arriba abajo y preguntarme sobre mi vida sexual.
La sociedad tiene una cara oscura. Y nadie se libra de ella, ni siquiera los psiquiatra. Rabia logra que pasemos de preguntarnos qué pasa en la cabeza de Charlie a qué pasa en la cabeza de sus compañeros de clase, cuando, extrañamente, reaccionan como reaccionan ante la tragedia sucedida. Y de qué pasa en la mente de estos chicos adolescentes pasamos a preguntarnos qué pasa en las cabezas del mundo adulto. Así, Stephen King no se queda sólo en describir un mero suceso trágico, en la novela se ve constantemente una mirada hacia la psicología humana. Pasas de plantearte la salud mental de Charlie a la salud mental de la sociedad. Charlie se ha convertido en un monstruo, sí, pero el límite entre ser un monstruo y ser normal parece difuminado, como si todos fuéramos monstruos potenciales. El terror puede aflorar donde menos lo esperas, en plena vida cotidiana del primer mundo. Un terror que lo oculta una capa de normalidad, pero que si la rascas un poco resulta demasiado fina. Sí, hay un fondo oculto.

Y toda esta historias la plantea Stephen King de manera ágil y dinámica. Al igual que Carrie, pero a diferencia de otras de sus obras como It, Rabia es una novela breve. Y estructurada en 35 capítulos, de los cuáles algunos no llegan ni a una página. En dos tardes se puede leer. La forma de narrar es directa y clara, escribiendo sin grandes alardes retóricos, pero tampoco con excesiva simpleza. La pluma de King es funcional, y cumple su cometido con descripciones rápidas y eficaces. Por ejemplo:
El señor Denver hojeaba El Clarín, el periodicucho de la escuela. Era un hombre alto y cadavérico que se parecía ligeramente a John Carradine. Enjuto y calvo, tenía unas manos grandes, con prominentes nudillos. Llevaba la corbata aflojada y el botón superior de la camisa desabrochado. La piel del cuello se veía irritada y grisácea por un exceso de afeitado.
Incluso, como se puede ver, valiéndose de comparaciones con actores. Y no es la única referencia social/cultural del libro, referencias que usa a modo de explicación o de ejemplos. Así la historia avanza ágilmente, y eso que tampoco es una novela repleta de acción. Obviamente contiene su dosis, pero abundan más los recuerdos de Charlie, y las conversaciones en el aula. Pero, como digo, la novela avanza rápida. Y de manera lineal, salvo por los flashbacks —que suelen ocupar capítulos enteros— para las historias que rememora Charlie. Respecto a la atención del lector, la mantiene in crescendo, pues a medida que va avanzando la novela también lo hace la intriga.

Respecto a los personajes, Rabia no es una novela de personajes propiamente dicha, en la que interese demasiado detenerse en cada uno de ellos, ya se pone un foco más abierto: hacia la sociedad. Así que no esperen grandes introspecciones —salvo en Charlie—, pero las pinceladas que se dan están bien, resuelve de forma correcta, y evita que los personajes sean planos como tablas. Aunque particularmente, sí he echado en falta saber algo más de Joe, el mejor amigo de Charlie, y el cuál es el narrador del penúltimo capítulo en forma de carta. Su presencia sí que me sabe a poco.

Llegado a este punto, ¿cuál es mi impresión de la novela? Es buena, pero buena a secas. Hay algo de King que me genera frustración: siento que la obra aún puede dar más de sí. Qué tiene una potencialidad que no termina de explotar. Su planteamiento valiente me encanta, y no es que la novela me parezca defectuosa, pero con King siempre siento que me falta ese algo. Y además de ese “algo”, que no puedo explicar más allá de “una dosis más de genialidad”, hay otro rasgo en el que la novela flaquea un poco. No mucho, pero sí un poco. Me refiero a la verosimilitud. Considero que Stephen King la logra transmitir sólo a medias. La reacción de la clase es demasiado extraña, y más con el cadáver de la profesora en mitad del aula, durante el secuestro. El propio King lo sabe, y por eso con habilidad usa un recurso sencillo pero efectivo: hace que el Charlie se haga eco de lo extraño de la situación, un recurso que siempre hace aumentar la sensación de verosimilitud cuando se presenta un hecho difícil de creer:
Permanecieron en silencio durante, quizá, cinco minutos, hasta que los coches de bomberos llegaron a la escuela. Me miraron y yo les miré. Tal vez todavía hubieran podido largarse, y hay gente que todavía me pregunta por qué no lo hicieron. <<¿Por qué no echaron a correr, Charlie? ¿Qué les hiciste?>> Algunos lo preguntan casi con temor, como si hubiera algo diabólico en mi interior. Yo no respondo. No contesto a ninguna pregunta sobre lo que sucedió esa mañana en el aula 16. Pero si tuviera que decir algo al respecto, afirmaría que han olvidado qué es ser joven, vivir en estrecha intimidad con la violencia, las habituales peleas a puñetazos en el gimnasio, las riñas en las discotecas de Lewiston, las crudas imágenes en la televisión, los asesinatos en las películas. (…)
No trato de justificar nada, ¿entendido? Actualmente no estoy de humor para emprender ninguna clase de cruzada. Sólo pretendo plantear que los jóvenes norteamericanos viven rodeados de violencia, tanto real como imaginaria. Además, ese día me convertí en el centro de interés. ¡Eh!, Charlie Decker se ha vuelto loco esta mañana, ¿te has enterado? ¡No! ¿De veras? Sí, sí. Yo estaba allí. Era como ver Bonnie and Clyde, en el cine, salvo que Charlie se había vuelto majara y no había palomitas de maíz.
Y digo más, al leer tal cosa me puse a pensar, a recordar mi paso por el instituto. Y sí, podría contar casos de insensibilidad tan grandes que resultarían inverosímiles. O casos conocidos de adolescentes —y de adultos— que admiran profundamente a psicópatas y asesinos, y hasta les escriben cartas a la prisión. No, Stephen King no se aleja de la realidad en sus planteamientos. Pero a pesar de eso, y pese a su esfuerzo por hacerlo creíble, siento que no termina de alcanzar la sensación de verosimilitud por completo.
Imagen de Charlie Decker frente al aula, en la portada de la edición inglesa


Ya es hora de ir acabando. Personalmente, me gustó más Carrie. Su historia me pareció conmovedora, y empaticé más con el personaje de Carrie que con Charlie Decker. Pero Rabia no es una mala novela, y ha sido una buena lectura que nos recuerda y que anticipó que el terror puede producirse en el lugar más cotidiano.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Stephen King, los thrillers psicológicos, las historias de adolescentes frustrados.

lunes, 29 de julio de 2019

Diarios


Nunca he sido de escribir un diario. Aunque desde niño siempre me llamó la atención cuando lo veía en series o películas, o en novelas con formato de diario. Automáticamente quien escribía en un diario me producía una extraña admiración, y no hacía falta que se contasen cosas grandilocuentes, ni de grandes vidas. La simple capacidad de narrar el día a día, de sacar sentimientos y vivencias de la cabeza,  y darles cierto orden narrativo, ya me parecía maravillosa. Además, ¿cosas grandilocuentes? ¿grandes vidas? Frecuentemente lo maravilloso está en lo pequeño, y en lo cotidiano que, de tan cotidiano, se nos hace invisible.

Siempre me resultó llamativo, pero como digo jamás me dio por escribir ninguno. Y eso que alguna vez, alguien pensó que yo le cuadraba en esa imagen de <<persona que escribe un diario>>. “Tú eres de los que escriben diarios, ¿no?”, me dijo. Pues no, le respondí con sinceridad.  Pero no iba tan desencaminada. ¿Por qué nunca me dio por escribir un diario si me parecía algo atrayente? No tengo una respuesta clara. Supongo que por una mezcla de pereza —¿voy a escribir un diario en este rato, teniendo otras cosas urgentes por hacer?—y sentirme estúpido. No, por supuesto que escribir un diario no es estúpido. Pero yo sí me sentía algo estúpido si me imaginaba escribiendo sobre mi día a día. Falta de autoestima, tal vez. Y además imaginaba que sería, conociéndome, una tarea autoimpuesta, y que probablemente abandonaría el hábito.

Y sin embargo, llevo unos meses escribiendo un diario personal. Concretamente desde el pasado abril. ¿Qué me ha hecho ponerme definitivamente a ello pese a las objeciones que acabo de hacer? Fue algo más inmediato, una necesidad de escribir casi sin pensarlo. Estaba frente a la pantalla del ordenador, abrí un documento de word, puse la fecha, y empecé a explayarme —no es tan romántico como un diario escrito a mano, lo sé—. Sin ningún tipo de preocupación estilística o de contenido. Y así seguí unos días más, cada vez que volvía a encender el pc. En mis primeros escritos contaba cosas breves, me limitaba a contar qué tal mi día. Pero a medida que ha ido pasando el tiempo, voy entrando en otros terrenos, más íntimos y confesionales. Y lo siento como una necesidad. Y por eso escribo. Por supuesto que tengo buenas amistades con las que hablar, y por supuesto que me escuchan atentamente. Pero hay cosas que las necesito reflexionar uno mismo. O al menos, expurgarlas en un escrito, que tampoco me gusta abusar de la atención de los demás.

Y ustedes, queridos lectores, si es que alguien me lee en el mundo de la blogosfera, ¿escriben o han escrito diarios? ¿Cómo fue que os iniciasteis?

miércoles, 3 de abril de 2019

Debo ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome, de Eduardo Izquierdo. O un cantaor que se come la ficción.



FICHA
Título: Debo ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome
Autor: Eduardo Izquierdo
Editorial: Ediciones Lupercalia
Lengua: española
Ilustración de la portada: Jordi del Río Macías
Nº de páginas: 82

Opinión personal
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No me digan que no hay algo llamativo en su figura. Incluso imponente. Parece un personaje de ficción, un actor sacado de un western. Pero no, es una persona real. Se trata de un cantante. Bueno ,¿qué digo cantante? Como bien corrige un personaje de la novela: un cantaor, José Domínguez “El Cabrero”. Y Eduardo Izquierdo ha escrito con muy buen tino esta breve novela ficcionalizando al Cabrero, cuya figura bien se presta a ello. El título de la novela ya suena muy potente —un título así ya es todo un acierto—. Y aprovechando que el Cabrero está en su última gira de despedida, que mejor que abrir La Posada del Lector para que les cuente sobre esta lectura.

¿Les gusta el flamenco? No importa si la respuesta es no, la novela merece la pena igual. Un servidor tampoco es un entendido del género, aunque hay cosillas que le gustan y mucho. Al propio Eduardo Izquierdo también le he leído en alguna entrevista no ser un entendido, ni que fuera fácil ser un flamencólogo. Aunque, todo sea dicho, Izquierdo se maneja bien. Pero como les digo, no hace falta ser un entendido en flamenco para disfrutar la novela. Su protagonista supera las barreras de un género musical. Por eso, no es disparatado que Izquierdo trace paralelismos con otros artistas como Johny Cash, o haga referencias a Bob Dylan o Joe Strummer. Sí, estilos musicales distintos. Pero puntos en común en cuanto a actitud. El lector ya los descubrirá. Y, para favorecer estos vasos comunicantes, qué mejor que un periodista musical a modo de personaje —éste sí, completamente ficticio— que lleve parte del peso narrativo. En el primer capítulo nos encontramos en la redacción de la revista Rolling Stone de Estados Unidos, allí conocemos a Jackson Chandler, el periodista con raíces españolas que descubre al Cabrero, y decide pelear para que sus jefes le den el visto bueno a viajar a España y entrevistar al cantaor. A partir de este planteamiento, se alternarán los capítulos que ficcionalizan momentos destacados de la vida y trayectoria del Cabrero con los de Jackson Chandler en pos de su ansiada entrevista. Además, en algunos otros capítulos tendrán protagonismo otros personajes, relacionados directa o indirectamente con el cantaor.

Y serán en total veinte capítulos breves, numerados y sin título, pero cada uno con una fecha y un lugar. Los capítulos de Jackson Chandler se producirán en la línea temporal del presente—año 2012, la novela se publicó en el 2013—, y los del Cabrero darán saltos temporales de manera no lineal. Pese a toda esta fragmentación que presenta la novela, no resulta en absoluto una lectura liosa, sabe atraparte y meterte dentro de la historia. Debo ser muy buena presa cuando tengo tantas escopetas apuntándome es una novela ágil y amena, y favorece a ello la abundancia de diálogo, tanto en forma directa como indirecta libre en otras ocasiones, es decir: insertado en la narración. A parte de los veinte capítulos, hay que contar con dos breves “prólogos” —por llamarlos de algún modo—, que llevan por título “Salía” y “Segunda salía” respectivamente. El primero es una conversación del autor con su pareja, sobre la impresión sobre esta novela que ya ha terminado, y el segundo es una anécdota que le cuenta Kiko Veneno. Por cierto, que yo he leído la primera edición, pero por lo que veo, en la segunda edición hay además un prólogo de Carlos Zanón. Y la obra la cierra unas “Breves notas del autor”, en las que Eduardo Izquierdo explica, o mejor dicho aclara, la ficcionalidad de esta novela. Y nos dirá que
Esta no es una historia real, o sí. O casi. En cualquier caso no está montada a partir de datos autobiográficos fieles, sino que está construida a través de los cuentos y las fábulas que mi abuelo, José Marcos, me explicaba sobre aquel cantaor al que él tanto admiraba y a lo que provocaban en mi imaginación.
No negaré el haber utilizado alguna referencia externa, especialmente extraídas de la página web del propio Cabrero y su biografía oficial, pero he preferido mantenerme más fiel a las historias de mi abuelo y su forma de contarlas que a lo que pasó realmente. Por eso esto que acabas de leer no es una biografía, ni mucho menos, sino una novela casi tan real como la vida misma


Eduardo Izquierdo

No es casual, sabiendo esto, que una de las tres citas que abren la obra sea ésta de Mark Twain: “conoce primero los hechos y luego distorsiónalos como quieras”. Hay otras dos citas más, de dos músicos. Una de Kris Kristofferson y otra de Jimmy Hendrix. La primera dice “La libertad es otra manera de decir que no tienes nada que perder”, y la de Hendrix “seré yo quien se muere cuando me llegue la hora, así que dejarme vivir como quiera”. Está claro que ambas citas hacen referencia a la figura central de la novela. Porque la impresión que causa la figura del Cabrero no es sólo estética. También lo es su forma de ser. Libertad, convicción, rebeldía y fidelidad a uno mismo es algo que transmite el personaje. Eso hace que se niegue a cantar en una peña si cree que el trato no ha sido el adecuado o que se niegue a cambiar su indumentaria por mucho que el protocolo lo exija. Siempre pegado a un modo de vida que él siente más cercano y natural, y al que no renuncia bajo ningún concepto. Así, El Cabrero vive según sus principios inquebrantables. Aunque, puesto que hasta las virtudes considero que tienen su contrapartida negativa, podríamos decir que también adolece de cierta terquedad. Una terquedad contra la que, a veces, conocidos y amigos del cantaor tienen que luchar, es el caso para que acceda a grabar discos:

Pepe Carrasco miró por la ventana. Sabía qué era lo que debía hacer José, pero también sabía que no lo iba a convencer. Nunca lo había conseguido y esa vez no tenía pinta de ser una excepción.
—Pero Cabrero, tendrás que seguir cantando…
—Yo ya le canto a las cabras.
—Pero la gente te ha de oír todavía José, que aún hay mucho que decir. Mira Morente, mira el Camarón.
—Que no me va don Pepe. Que a mí eso de Enrique con el grupo ese de rock no me gusta. Que eso no es Flamenco. Eso es otra cosa. Eso no se pué repiquetear encima una mesa. Ni lo del Camarón con Paco. Eso es otra cosa.
—José, todo cambia, se ha de evolucionar.
—Y evoluciono, pero a mi manera. Yo evoluciono con la vía. Yo evoluciono con el monte. Pero el monte siempre está igual. Él no cambia. Están sus árboles y sus arbustos, y sus ríos y sus jilgueros. Y hay que aguachinar y andar a cimbarazos. Yo no sé cantar con los moros como Juan Peña… Que yo respeto mucho a Paco pero para mí el flamenco es Mairena jefe.
—Ay José, ¿y cuándo volverás a grabar?
—Pues nunca jefe, igual no grabo nunca más. Que ya se lo dije a la primera, que a mí eso no me va.
—¿Quieres un trabajo aquí? ¿Conmigo?
—No me haga reír don Pepe. Yo sólo sirvo estar en el campo. más. Y allí me voy. Me iré pasando a verle y ya está. Que yo le tengo mucho aprecio a usted don Pepe.
—Y yo a ti José, y yo a ti.

Menos mal que accedió a grabar

Como se ve en el fragmento copiado, la forma de hablar del Cabrero es peculiar, y en ocasiones alguna palabra la pronuncia mal. Pero, lejos de hacer de él un personaje ridículo o paródico, le confiere esa personalidad única. Además de que, socialmente, El Cabrero se ha criado en el campo y apenas fue a la escuela, teniendo que trabajar desde niño. Lo suyo es un habla popular. Y sobre el tema cultural, hay algo en lo que siempre hay que hacer hincapié: no hace falta ser alfabetizado para tener cultura —basta recordar antiguos tiempos en los que la oralidad era predominante—. No deja de resultar entrañable cómo el protagonista, además de su conocimiento del arte flamenco, se configura un mundo temático y artístico, prestando atención y asimilando lo que le atrae:
Así empezó todo. Con ese <<Cabrerito cántate algo>>. Así es como José pasó de ser el hijo del Cabrero a ser, con el tiempo, simplemente el Cabrero. Y a cobrar por cantar. Porque todos estaban dispuestos a pagar por oír su voz. Fuera una perra gorda, fuera un real. Dinero que José guardaba bajo la almohada y que su padre completaba hasta las 25 pesetas que valía un bocadillo y el autobús de ida y vuelta a Sevilla para conocer la ciudad. Pa que te hagas un hombre. eso has de conocer la ciudad. Y José va, como padre quiere, pero no sale de la estación de autobuses. En la estación de la Barranca, en una máquina de esas que hacen sonar una canción por una perra, pasa las horas muertas. Allí conoce a Gardel, y le cambia la vida. Pero no sólo eso, también oye las músicas de un tal Ennio Morricone. Canciones sin letras, de las películas del oeste que ve su padre en la televisión del economato, de las que empiezan con una trompeta o un silbido, de las que lo dicen todo sin hablar. Y allí conoció también al americano.

¿Entienden, apreciados lectores, cómo el personaje se hace grande con el discurrir de las páginas? Y pese a ser una ficcionalización, biográficamente aparecen en la novela los momentos más relevantes de su trayectoria. A saber: la gira con Peter Gabriel, su estancia en la cárcel por blasfemia, su gira de teatro por Europa con la compañía La Cuadra o el documental de Beatrice Soulé —que lo pueden ver en youtube clickando aquí—. Pero no les contaré más detalles sobre El Cabrero, como tampoco les diré si al final Jackson logra su ansiada entrevista. Mejor léanlo ustedes.

Debo ser muy buena presa, cuando tengo tantas escopetas apuntándome es una novela breve, se puede leer en una tarde. Y creo que era la novela que un tipo como El Cabrero bien merecía en una buena incursión novelística por parte del periodista musical Eduardo Izquierdo. Antes de esta novela, El Cabrero ya era un cantaor famoso y admirado dentro del flamenco. Yo lo conocía ya desde pequeño, porque en casa había cassettes de él. En la adolescencia, por el grupo Marea, me reencontré con él por la versión que el grupo navarro hizo de la canción “como el viento de ponente” en su disco Besos de perro del año 2002 —aunque yo los descubrí dos años más tarde—, poniendo la voz el propio Cabrero al inicio de la canción. No he entrado en las letras del cantaor, por cierto, bien seleccionadas por él, ya que opina que no puede cantar cualquier letra. Pero esta entrada que ya acaba se me haría demasiado larga, así que volvamos al Cabrero. No me era el cantaor, en definitiva, una figura desconocida cuando leí esta novela. Y aún así, me resultó una lectura grata. Muy recomendable.

P.D:
Una última cosa. Eduardo Izquierdo, como he comentado, ha sabido trazar paralelismos entre El Cabrero y otra serie de artistas del mundo de la música. Pero hay un paralelismo literario que también me recuerda a la figura del cantaor: el gaucho Martín Fierro, la obra argentina de José Martí. Son épocas diferentes y países diferentes. Cierto. Pero, guardando todas las distancias, siempre recordaré en la carrera, cuando tuve que leer sobre aquel gaucho que vivía en la pampa argentina y que sacaba la guitarra y se ponía a “payar”, cómo me venía a la mente la imagen de nuestro cantaor flamenco, que parece un personaje de ficción, pero no, es real.



Valoración: notable.

Te gustará si te gustan las historias de gente peculiar, grandes artistas, el flamenco, la música en general.

jueves, 28 de febrero de 2019

Cuestionario cruzado


Pues nada, Bettie Pathway y yo hemos hecho un test conjuntamente. A ver si acertamos muchas, y qué imagen tenemos el uno del otro. Me da un poco de cosa, porque pese a conocernos, creo, que bastante bien… pueden salir cosas muy dispares. Ahí va:

¿Qué personaje literario representa a Bettie/Letraherido y por qué?
En mi caso ¿tiene que ir acorde con el sexo de uno? Porque me identifiqué mucho con Ana Ozores (La Regenta). Por querer escapar de cierto ambiente social. No creo que Bettie haya citado a Ana Ozores, porque tiene esta novela eternamente pendiente.
También con Cyrano, pero no con la parte guay (gran espadachín y artista), sino con la peor: la de su inseguridad.

A Bettie, de niña, me la imagino como Matilda, de Roald Dahl. Ahí lo tengo claro. De mayor… aún no lo tengo. Pero diría que su personaje literario aún se tiene que crear. Y será un gran personaje.

2 Asígnale una canción.
No sé qué canción me habrá asignado Bettie. Ni siquiera sé qué canción me asignaría a mí mismo. Me gustan muchas. Me identifico con muchas. Y sinceramente, no sé qué canción me puede representar. Así que dejo esta canción desierta.

Me resulta imposible no asignarle “El hijo de nadie”, de Loquillo. No sé por qué fue, en uno de sus post del blog, le puse esa canción, sin pensar ni remotamente que le fuera a gustar tanto. Y el caso es que le encantó. Es muy ella esa canción. Luchó desde lo más bajo, “sin padrinos dando sus respaldo”.
Así que, en primer lugar, sin duda “El hijo de nadie”.

Pero tengo otra canción que le asigno: Del tiempo perdido, de Robe. Cuando ella está pasando un mal momento, deseo que haga caso de esa canción.

3 Quedas con Bettie/Letraherido. ¿Dónde irías?
Yo soy muy básico: a una cafetería. Me gusta hablar tranquilamente con la gente, y para eso una cafetería es perfecta. O mejor aún: una librería/cafetería.

¿Y Bettie? Creo que también le gustaría una cafetería/librería.
Aunque si debo quedar yo concretamente con Bettie, únicamente una cafetería/librería se me queda corta. Me gustaría ir con ella a museos o exposiciones, al cine o al teatro.

4 ¿Qué cambiaría Bettie/Letraherido de sí misma/o?
Siempre que doy un paso, intento que sea seguro, o tener una mínima red detrás. Me cuesta mucho liarme la manta a la cabeza y saltar al vacío. Y creo que a veces me convendría. Tener más seguridad en mí mismo y soltarme un poco más, arriesgar un poco más. Creo que Bettie también piensa esto de mí.

Bettie cambiaría… vivir más el aquí y el ahora, quitarse presiones y metas. Creo que Bettie gran parte de su vida ha corrido detrás de una meta, y una vez conseguida… como que le falta otra. Y creo que querría cambiar eso. Y otra cosa más: le cuesta aceptar cumplidos y halagos de los demás. Ojalá lo cambiara, y si no quiere cambiarlo debería.

5 ¿Cuál es el principal defecto de Bettie/Letraherido?
Tengo muchos. Pero quizás… mi principal defecto es que me como mucho la cabeza. En plan mal. Y me preocupo por cosas que no han pasado y probablemente no vayan a pasar. Eso hace que, también, ponga la venda antes que la herida.

El principal defecto de Bettie… supongo que está relacionado con lo que he comentado en el apartado anterior, creo que se autoexige y se autocastiga demasiado.

6 ¿Cuál es la principal virtud de Bettie/Letraherido?
Mi principal virtud creo que es, aunque tal vez no siempre lo parezca, aferrarme a las pequeñas cosas y sacarles mucho provecho. Las exprimo y las disfruto. Incluso en los peores momentos.

De Bettie, su principal virtud es la constancia.

7 ¿Cuál es la película favorita de Bettie/Letraherido?
Imposible decir una favorita, tengo varias y siempre me olvido alguna… pero diré Cyrano de Bergerac, la de 1990 de Gerard Depardieu, no puede faltar en la lista. Más que nada porque creo que Bettie es probable que diga ésa.

¿La película favorita de Bettie? Pues seguro que alguna vez me lo ha comentado… o lo desveló en algún tag de su blog, pero no sé cuál es su favorita. Diré una que le gusta (o creo recordar que le gusta): La Bella y la Bestia. Aunque tanto como su favorita no sé.

8 ¿Cuál es la película más odiada por Bettie/Letraherido?
Muy rara vez soy hater de algo. Porque si algo no me gusta, simplemente lo ignoro y ya está. Tengo dos películas odiadas. Una Bettie la sabe (porque se lo he dicho): Birdman, a medida que pasaban los minutos, se me hacía más pedante. Sé que mucha gente adora esta película, pero yo no conecté nada con ella. Y no sólo eso: me causa rechazo.
La otra es En busca de la felicidad, y creo que ésta Bettie no la sabe. Con la excusa de dar un mensaje bonito de superación se justifica el capitalismo más salvaje. Me daría para una entrada aparte en el supuesto de que escribiera entradas sobre películas.

La película más odiada de Bettie... Sé que Birdman tampoco le gustó nada de nada. Así que digo Birdman.

9 ¿Qué es lo que más valora Bettie/Letraherido en una persona?
Yo lo que más valoro… cuesta decir sólo una. Diría que la bondad. Pero he visto gente buena hacer mucho daño, por estupidez, dogmatismo o egoísmo. Así que mejor diría la honestidad. Honestidad con los demás y uno mismo. Y no es fácil ser honesto. De hecho, la gente que se llena la boca con honestidad suele ser la más deshonesta.

Lo que más valora Bettie en una persona… diría que valora mucho que sea considerada con los demás.

10 ¿Con qué defecto humano Bettie/Letraherido se muestra más indulgente?
Yo con la ignorancia. Todos somos ignorantes en infinidad de cosas, y no es un deshonor no saber. Ni siquiera sé si es correcto tacharlo como defecto. Prefiero a un ingnorante pero humilde y buen tipo que a un cabrón ilustrado. Eso sí, remarco que hablo de alguien ignorante y que no alardea de sabiondo.

En cuanto a Bettie… ni idea. No creo que diga también la ignorancia, pero tampoco la he visto jamás reírse de alguien por no saber. ¿Tal vez sea indulgente con la pereza? Sí, creo que es indulgente con la pereza.

11 ¿Con qué defecto humano Bettie/Letraherido se muestra más inclemente?
Yo con la soberbia y la falta de respeto. No puedo con ellos, y más desde que gente así se cargan ideales en los que creo.

Bettie creo que no soporta a la gente engreída y que además siempre anda reprochando a los demás mientras ellos se colocan en un pedestal.

12 ¿De qué se disfrazaría Bettie/Letraherido?
Yo soy muy soso. No me gusta disfrazarme XD

¿Bettie? Pues no sé si querría disfrazarse de esto, pero de chica rockabilly de los años 50 le sentaría muy bien.

13 Si no fuera él/ella, a Bettie/Letraherido le gustaría ser…
Me gustaría ser… un tipo como Miguel Delibes. Lo admiro mucho. Y no sólo como escritor.

Bettie… creo que le gustaría ser como Pippi Långstrump

14 ¿A dónde le gustaría viajar a Bettie/Letraherido?
A cualquier lugar que tenga buena comida y buena oferta cultural. Museos y monumentos históricos. Y a poder ser, que haya tranquilidad. Por suerte, en España hay muchos lugares así. Por citar ciudades en las que no he estado y me gustaría estar: Toledo, Cuenca, Granada, Oviedo o Salamanca.

Y en cuanto a Bettie, creo que su respuesta será similar a la mía. No sé si a ella le gustará, pero por alguna razón me la imagino en el museo del Louvre de París (quizás ni le llame especialmente, pero me la imagino allí). O quizás quisiera viajar de nuevo a Irlanda, si se puede repetir lugar.

15 ¿Qué le regalarías a Bettie/Letraherido?
Yo a Bettie le regalaría… uy, no lo puedo decir. O le chafaré el próximo regalo cuando la vuelva a ver.

Creo que ella me regalaría... un libro sonará muy tópico. Pero quizás me podría regalar algo más manual. Una carta, por ejemplo. Sería un buen regalo.

16 Un momento que hayas compartido con Bettie/Letraherido.
En mi visita a Córdoba, compartí muchos buenos momentos con Bettie. Pero siempre recordaré haber visto junto a ella un documental de Luis García Montero.

¿Y ella? Tal vez ese momento también.

17 ¿Qué superpoder elegiría Bettie/Letraherido?
Yo la teletransportación. Sería muy cómodo, y cuántas cosas podría visitar.

Creo que Bettie eligiría, a veces, el poder de ser invisible. Pero espero equivocarme y que haya elegido un poder más molón.

18 ¿En qué pecado capital cae Bettie/Letraherido?
Sin duda, para mí la Gula
Para Bettie… creo que la gula también, que le gustan mucho las chuches y los dulces. Como a mí.

19 ¿Qué tipo de comida o plato sería Bettie/Letraherido?
Yo sería un plato de patatas fritas con huevo.

Bettie un bizcocho, tierno, dulce y esponjoso.

20 Si a Bettie/Letraherido le tocara un millón de euros, ¿qué haría con ese dinero?
Vivir comodamente mientras me dedico a seguir estudiando. Por placer.

Bettie creo que haría lo mismo.

21 ¿De qué se siente más orgulloso/a de su vida Bettie/Letraherido?
Si de algo me siento orgulloso es de lo que una vez me dijo una amiga y no lo había pensado hasta ese momento. Me dijo que admiraba que mantuviese mis ideas y mi forma de pensar independientemente de los demás, sin importarme encajar o no. Caer bien o no.

Creo que Bettie se siente orgullosa de su tenacidad, de haber remado a contracorriente, de la enorme valentía de haber sabido cambiar de rumbo en un momento dado. Y si no se siente orgullosa de estas cosas, debería.

22 ¿Qué cree Bettie/Letraherido que más valoran positivamente los demás de ella/él?
Creo —y lo creo porque me lo han dicho y pasan los años y ahí siguen, a mi lado—, que sé escuchar y me preocupo por mis amistades. Y también me han dicho que confían en mí “porque no juzgo” —aunque yo considero que lo que me cuentan no son cosas éticamente malas para juzgar—.

De Bettie pues no sé los demás. Pero sí sé lo que valoro yo: es muy buena persona. Por eso tengo suerte de que sea mi amiga.

23 Una manía confesable de Bettie/Letraherido
Bueno, aquí creo que tenemos algo en común (aunque no sé exactamente si es una manía): empezamos a comernos el trozo de pizza por los bordes. Porque lo mejor lo dejamos para el final. Venga, ya he respondido por ambos.

24 ¿Cuál sería el lema de Bettie/Letraherido?
Empiezo por el de Bettie, la relaciono con esta frase latina: <<Ad astra per aspera>>. A las estrellas por el camino duro.

El mío… creo que la frase “Siempre queda algo por descubrir” me gusta mucho.

25 ¿Qué le gustaría aprender a Bettie/Letraherido?
Me hubiera gustado aprender a tocar algún instrumento Pero hablo en pasado. Ahora me da igual ya. Y en el presente, me gustaría saber más de historia y filosofía. Así que poco a poco he empezado a leer cositas.

¿A Bettie? Diría que cualquier cosa cultural le gusta aprender. O mejor: cosas artísticas.

Y bueno, eso es todo. Ahora, a ver la comparativa XD


lunes, 7 de enero de 2019

Feliz año 2019 y una reflexión sobre los blogs

Bueno, inauguramos otro año más. No me marcho de aquí, aunque a veces lo pueda parecer con tan poca actividad. Parece que los blogs están de capa caída. Y de eso quería hablarles brevemente.

Lansy, en su blog, ya hizo una entrada reflexionando sobre esto. Muy resumidamente, como ya comenté en el blog de Lansy, creo que otras redes sociales como Twitter e Instagram han influido mucho. Estas dos redes sociales citadas capturan mucho tiempo. Además, son dos redes sociales más inmediatas —al menos, Twitter, que lo sé de primera mano—, crean un feedback más rápido. Son el aquí y el ahora. Me fijo, en cambio, en la mayoría de blogs y veo que el número de comentarios ha bajado si lo comparo con apenas cuatro años atrás. Yo mismo no me paso tanto a leer blogs y comentar como antes, pero...

Pero aquí viene otra posible causa. Los smartphones. O al menos, a mí personalmente, tener un smartphone me influye. Leo mejor los blogs desde el PC que desde el móvil. Y sobre todo, comento mejor una entrada desde el pc que desde el móvil. Y ya no dispongo tanto tiempo para estar sentado frente al pc con el teclado, en cambio puedo sacar en cualquier rato el smartphone del bolsillo. Y además, otra razón es que, desde que tengo acceso regular a internet, veo que la imagen y el vídeo predominan sobre el texto. Han proliferado los youtubers, y eso incluye, en concreto, a booktubers. Todo esto en detrimento de los bloggers. Y yo echo en falta la letra escrita. Hay hilos de Twitter que están muy bien… pero no sé, acaban quedando como sepultados entre montañas de tuits e hilos. Irónicamente, veo que gente que antes tenía un blog de divulgación ya no usa tanto el blog, y sí hacen largos —y buenos— hilos… y gente les comenta que se podrían abrir un blog. ¿Absurdo? A priori sí, pero le entiendo: Twitter genera mucho más feedback. Interactuarás más en Twitter que en blogger. Te leerán más en Twitter que en blogger. Sé que sueno un poco como el típico yayo de “lo de antes era mejor”, pero no puedo evitarlo.

Hace unos años, leí un artículo en internet que hablaba sobre un nuevo concepto bloggero: el slow blogger o algo así era. Consistía en no actualizar de forma muy continua, pero hacer buenas entradas. Es lo que me propuse —aunque no sé si lo consigo—. La verdad es que las entradas no las escribo en un día, tardo mucho, les doy vueltas. Escribo, corrijo, borro. Es un poco desesperante para mí mismo cuando pienso en lo que tardo en publicar, pero a la vez también disfruto escribiéndolas. Me relaja ir pensando y matizando mis opiniones y sensaciones de una lectura. Dicho esto, quizás debería abrir más el blog a otro tipo de entradas. Y tener un blog tangenial y heterogéneo como el de Bettie Jander. No quiero perder la idea central de que, lo que mueve a mi blog, son las entradas literarias. Pero supongo que debería abrirme a hacer otro tipo de entradas, más rápidas y de otros temas. Esta entrada, por ejemplo, la ha escrito del tirón en un momento en el que me he sentado. También se me ha ocurrido hacer una entrada conjunta con Bettie, ya la verán. El caso, es que aquí seguiré, y como decía Lansy en su blog, “no puedo permitir que esto muera”. A mí, al igual que a ella, el blog me ha servido para mejorar en ciertas cosas y también para conocer gente.

En fin, eso es todo. Feliz año 2019. Espero seguir viéndonos por aquí.