miércoles, 1 de abril de 2020

La habitación de invitados, de Helen Garner. O el equilibrio de la amistad


Ficha
Título: La habitación de invitados
Título original: The Spare Room
Autora: Helen Garner
Idioma: española
Idioma original: inglés
Traducción: Isabel Ferrer Marrades.
Editorial: Salamandra.
Nº de páginas: 160 páginas

Sinopsis (copiada de la contraportada)
Merecedora de diversos premios, así como del aplauso de la crítica y el favor de miles de lectores en diversos países —en Alemania figura en la lista de éxitos hasta la fecha—, esta novela marca el regreso a la ficción de Helen Garner, autora de enorme prestigio en su Australia natal.
El carácter autobiográfico de esta hermosa y emocionante exploración del ser más profundo queda evidente en las características de su personaje principal, Helen, una escritora de edad madura y arquetipo de la mujer moderna y emancipada. Helen prepara con esmero el cuarto de invitados a la espera de la llegada de su vieja amiga Nicola, tan bohemia e independiente como ella. Nicola va a quedarse tres semanas para someterse a un tratamiento de medicina alternativa, aunque muy pronto se hace evidente que se encuentra más enferma de lo que ella misma está dispuesta a aceptar. Por su parte, Helen, convertida en enfermera, ángel de la guarda y juez, apenas puede disimular su disgusto por la extravagante cura en la que su amiga confía ciegamente. El desacuerdo entre ambas no sólo genera una inesperada brecha en su amistad, sino que las mueve a reflexionar hasta qué punto están dispuestas a sacrificar los intereses propios por ayudar a otra persona, poniendo en peligro un estilo de vida al que no desean renunciar.
Exenta de sentimentalismo, pero llena de sentimiento, inteligencia y humor, La habitación de invitados ahonda en los múltiples sacrificios que exige la amistad y se pregunta dónde están los límites de la generosidad, de la paciencia, de la capacidad para engañarnos y ahuyentar así el fantasma de nuestra vulnerabilidad.

Opinión personal
Hay libros asociados a recuerdos, no ya por el contenido, sino por el momento o la circunstancia en el que se leyeron. Me sucede con La habitación de invitados, de Helen Garner, una novela que tengo vinculada a una vivencia muy concreta. Era el año 2012, y cursaba filología hispánica. Decidí probar con una asignatura de prácticas y elegí, de las diversas opciones, trabajar en una biblioteca. Un sitio lleno de libros, cómo no. Allí me ofrecieron participar en el club de lectura del mes siguiente, y el libro que tocaba leer era esta novela que hoy nos ocupa. Así que si quieren saber de esta novela, y también acerca de lo que me aconteció en la tertulia literaria, pasen y tomen algo.

La novela empieza con Helen preparando, con cariño y esmero, la habitación de invitados de su casa. Va a recibir la visita de su amiga Nicola, enferma de cáncer, que reposará durante tres semanas mientras se somete a un tratamiento para su crítica enfermedad. Aunque hay un gran pero que ponerle a ese tratamiento: es una magufada. Y por lo tanto una estafa, siendo éste un tema destacado de la obra. Helen tendrá que lidiar con el dificultoso cuidado de una enferma de cáncer más el plus de ser consciente de la estafa en la que crédulamente ha caído su amiga. Y aquí entra el segundo gran tema de la obra: la complicada relación entre el deber y la amistad, y la línea que separa lo racionalmente exigible del abuso de confianza.

Respecto al primer tema, la novela es muy clara en su condena a las pseudociencias, sin la más mínima concesión. Y desde el principio. A las pocas páginas, Helen nos cuenta cómo días antes de recibir a su amiga había quedado para cenar con un amigo suyo, psiquiatra. Y le expone la situación:
—¿Se quedará tres semanas? —preguntó mi amigo Leo, el psiquiatra. Era sábado por la noche, y yo, sentada en la espartana cocina de su casa en South Yarra, lo observaba guisar. Echó la pasta en un colador y lo agitó—. ¿Por qué tanto tiempo?
—Ha reservado plaza para un tratamiento alternativo aquí en Melbourne, en un centro de la ciudad. La han admitido con carácter de urgencia. Tiene que presentarse el lunes a primera hora de la mañana.
—¿Qué clase de tratamiento?
—No me atreví a preguntar. Me ha hablado de suero de peróxido y otras cosas horribles. En Sidney ya ha estado tomando vitamina C a grandes dosis. Ochenta mil unidades, me dijo. Por vena. Con algo que se llama glutatión, sea lo que sea.
Se quedó inmóvil con el colador en la mano. Parecía estar conteniéndose: nunca había reparado en las venas de sus sienes, bajo los rizos blancos.
—Todo eso es pura charlatanería, Helen.
Empezamos a comer. Leo dejó que se impusiera un silencio de psiquiatra mientras empuñaba el tenedor. Su terrier blanco y negro permanecía sentado junto a su silla y lo contemplaba con desvalido amor.
— Ya —dije—. Eso intuía yo. Cuando le diagnosticaron el tumor intestinal, le pidió al oncólogo que postergara el tratamiento por un tiempo para poder tomar grandes dosis de aloe vera. Y él le contestó: <<Nicola. Si el aloe vera redujera los tumores, lo recetarían los oncólogos del mundo.>>. Pero ella cree en esas cosas. En su casa, detrás del sofá, tiene una colchoneta magnética. Siempre me dice: <<Tiéndete en la colchoneta, Hel. Te curará la osteoporosis.>>
La habitación de invitados me pareció una novela muy valiente en mostrar este tema de forma clara. Así lo expuse en el club de lectura en mi turno. Y así se creó la polémica. De entre la gente, había dos personas muy convencidas de las bondades de estas “curas” alternativas. Concretamente de la cura alternativa por excelencia: la homeopatía. Eran dos personas muy puestas en general en estos temas. Una, por ejemplo, conocía perfectamente el tratamiento de vitamina C que se relata en la novela y al que se somete Nicola. La otra me dijo, muy enfadada, “que la ciencia había demostrado que la homeopatía era una cura eficaz”. Literal. ¿Y el resto de participantes? Bueno, iban de neutrales… pero los percibí inclinados hacia la opinión de esas dos señoras. <<Vale que Nicola en la novela diera con un charlatán estafador, pero Helen Garner carga demasiado las tintas contra las terapias alternativas>>, venían a convenir. En varios momentos de mi vida me he sentido claramente en minoría frente a los demás, y aquél fue uno de esos momentos. A la vez que veía –y vivía— a mi alrededor el estado de opinión sobre las pseudociencias, más valoraba esta novela. Había puesto el dedo en la llaga. Y con el valor añadido de no ser un panfleto, porque la denuncia de las pseudoterapias no es lo más esencial de la novela. Quizás porque tiene mucho de autobiográfica —tema para nada baladí—, y prima más contar una historia tal y como pasó.

Una historia que nos lleva forzosamente al otro gran tema citado: ¿Hasta qué punto se es generoso u egoísta? ¿Cuál es el límite que separa una cosa de otra? Este dilema sobre la generosidad y el egoísmo se entrelaza muy bien con el de la pseudociencia. Porque la pseudoterapia en la que cree Nicola y a la cuál se aferra con total convicción es lo que hace peligrar la relación de amistad, y añade dificultades en el cuidado de la enferma. Ya de por sí pasar un cáncer es duro, pero la cosa se agrava si encima te sometes a un tratamiento estafa que te provoca durísimos efectos secundarios:
Por la noche tuvo sudores. Sufrió dolores en el vientre y el hombro. Cada vez que yo oía moverse entraba en su habitación sin decir nada. Ella intentaba sonreírme: hacía ver que no padecía. Lo único que tenía para aliviarla era la última dosis de Digesic del día. Le llevé agua en la jarra de porcelana con un dibujo de hortensias rosadas y se la serví en uno de mis vasos más bonitos. Yo también bebí, para acompañarla. Por lo visto, la vitamina C administrada por vía intravenosa le destrozaba la columna vertebral: no podía permanecer erguida. La cuidé, retirando sábanas y haciendo un rebujo con ellas, sacando otras limpias, refrescando la cama y volviendo a refrescarla. Mientras lo hacía, ella se sentaba en la silla de madera del rincón, con la cabeza inclinada y las manos largas unidas sobre el regazo. Finalmente concilió un sueño profundo. Yo volví a rastras a mi habitación y la casa quedó en silencio... Siempre había pensado que la pena era la emoción más agotadora. Ahora sabía que era la ira.
(…)
—No entiendo cómo pueden seguir administrándote el tratamiento de vitamina C sabiendo que tiene esos horribles efectos secundarios. ¿En teoría para qué sirve?
—Pero, Helen —susurró—, pasa lo mismo con la quimio y la radio. Nadie sabe cómo actúan, ni la una ni la otra, pero siguen aplicándose.
Como ven, pese a su sufrimiento físico, Nicola tiene un gran consuelo mental, creyendo seguir el tratamiento correcto. ¿Pero qué pasa con Helen? Pasa que ve cómo su amiga paga 2000 dólares semanales a una clínica estafadora y va a peor. Helen también sabe que el cáncer de su amiga se halla en fase cuatro, y por lo tanto no tiene solución. Pero eso no quita que podría pasar lo que le quede de vida tratándose con medicina de verdad, aceptando analgésicos que le aliviarían el dolor e intentar disfrutar y exprimir lo que le quede de vida. Mas no es esa la idea de Nicola. Y no es sólo que Helen tenga que ver como Nicola va a peor por una idea totalmente equivocada, es que Helen se ha convertido en enfermera a tiempo completo, y tendrá que atender a Nicola en sus dolores e incomodidades. Dolores e incomodidades que, repito, podrían ahorrarse Y la tarea resulta titánica para Helen.
Una habitación de invitados

Porque hete aquí uno de los puntos más interesantes de la novela: todo lo que concierne a los cuidados. El título de la novela me parece muy bien escogido por ello: “La habitación de invitados”. Abrir las puertas de tu casa, y ceder una habitación a alguien que quieres, y cuidar a esa persona. Y por eso también resulta fundamental el punto de vista: no relata Nicola, la enferma. Relata Helen, la cuidadora. En la tertulia del club de lectura, alguien comentó que le había parecido cruel que lo viéramos todo desde los ojos de Helen, y que tuviéramos que empatizar con las fatigas de la cuidadora, cuando en realidad, la enferma de cáncer y la que va a morir es Nicola —Y esto no es ningún spoiler: desde el inicio se sabe que está ya en fase terminal—. Tomé la palabra, y repliqué que a mí me pareció todo un acierto. Y que jamás lo había visto en ninguna otra novela. ¿Novelas sobre enfermos de cáncer? Varias, e incluso se ha convertido en un manido tópico —Hola, Albert Espinosa—. ¿Novelas en las que una persona debe de hacer de enfermera por amistad? Sólo ésta. Debo decir que, afortunadamente, al manifestar este punto de vista mío no sólo no vi desaprobación como con el tema de las pseudociencias, sino que les pareció interesante mi punto de vista, incluso algunos asintieron con la cabeza. Pero volvamos a la novela y a los cuidados. En un primer momento, antes de recibir a Nicola, Helen habla con Iris, la sobrina de su amiga enferma, y llega a sentirse un poco ofendida:
Teníamos que permanecer en contacto, eso por supuesto: me dio su dirección de correo electrónico. Iris y su novio Gab podían venir, pero no ese fin de semana, sino el siguiente: el colegio donde ella daba clases no le concedería más días libres. Si me sentía desbordada, se la llevarían a casa, con ellos. ¿Desbordada? Eso me hirió el orgullo. Se suponía que yo era una mujer útil en los momentos de crisis.
Pero no sabía lo que le esperaba. Quizás no lo sabemos hasta que nos toca a nosotros. Y es un trabajo muy desvalorado, tal vez porque ha recaído siempre de forma mayoritaria sobre las espaldas de las mujeres. De hecho, Helen necesitará desahogarse ante la nueva situación de cuidadora en la que se ve, y todos los personajes con los que hablará son femeninos: su amiga Peggy, su hermana Lucy, y la sobrina de Nicola, Iris.

Y a todo este duro trabajo de cuidados, ya he comentado que Nicola no es una enferma cualquiera. Y eso implica más trabajo extra para Helen a la hora de cuidarla. Así como también batallar psicológicamente con ella, para que abandone la clínica pseudocientífica y deje de creer como a una autoridad al “doctor” Theodore. Y todo ello intentando no tensar la relación de amistad. Pero con Nicola es mucha la paciencia que hay que tener. No es cosa de Helen y su cansancio, la novela nos ofrece otras perspectivas, como la de la sobrina de Nicola:
—Me horrorizaba la idea de que pasara tres semanas aquí contigo. No tiene ni idea de lo que le pide a la gente. Ese buen ánimo suyo tan exasperante… Incluso veinticuatro horas pueden bastar para sacarte de quicio. Pero si le planteas las cosas a las claras se pone a la defensiva, así que pensé que si se lo sugería por teléfono y le reservaba un pasaje sin decir nada, tal vez madurara la idea durante la semana y el domingo estuviera dispuesta a volver a casa con nosotros. Pero no quiso ni oír hablar de ello. Siguió en sus trece, diciendo: <<Sé que voy a mejorar, y si no continúo con el tratamiento, moriré.>>
Y también nos basta conocer a Nicola por sus diálogos, el propio lector puede ver cómo se cuelga de la gente y no acepta que le digan lo que no quiere escuchar:
—Escúchame, Nicola. Esto no es una cuestión de collarines. Necesitarás un equipo de personas que te cuide a diario, y noche tras noche: que te cambie las sábanas y las lave, que te compre comida y te cocine. Tu familia y amigos no te permitirán trasladarte a un hotel. Eso no va a ser así. Debes volver a Sidney.
—Mañana por la mañana cogeré el avión. Tú vendrás conmigo, ¿no? No puedo viajar sola. Me pondré de acuerdo con Iris, y pasaré a recoger unas cuantas cosas que necesito. La semana que viene volveré. Tengo docenas de queridas amigas del colegio que viven en Melbourne. Me aceptarán en sus casas de todo corazón.
Me invadió una rabia vertiginosa. Me entraron ganas de estrellar el coche contra un poste, pero para que muriese sólo ella.
La novela se abre con la siguiente cita de la poeta norteamericana Louise Glück —reconozco que no sabía quién era y tuve que googlear—:“¿… o es que así se porta el corazón cuando sufre?”. Y el caso es que, por lo que deja ver Helen, jamás tuvo ningún problema con su amiga Nicola. Ni es una mala persona, todo lo contrario: siempre se hizo querer. Helen y Nicola son dos mujeres con muchas similitudes: ambas son dos mujeres mayores, sexagenarias, modernas, independientes —Nicola sin pareja, y Helen divorciada— y emancipadas económicamente. Y desde que se conocieron quince años atrás, jamás habían tenido ningún problema. Desde el primer momento, supo Helen que Nicola creía en estas cosas exóticas/esotéricas, pero eso jamás le importó lo más mínimo. No les separaba en absoluto, cada una con su vida y con lo que creyera —o no creyera—. Pero una vez enferma de cáncer Nicola, y siendo cuidadora Helen, la relación no puede ser igual que en aquellos tiempos pasados y felices. Las creencias acientíficas de Nicola no las puede ignorar ya Helen, debido a que son el principal problema. El choque será inevitable. El optimismo de Nicola, que a priori puede parecer positivo, acaba siendo contraproducente y de una ceguera absoluta. Porque es un optimismo que niega su realidad. Puro pensamiento mágico. Y como bien reflexiona Helen, “la muerte no debe negarse. Intentarlo es una presunción. Infunde locura en le alma. Absorbe la virtud. Envenena la amistad y convierte el amor en una farsa”. Así pues, Nicola pese a su optimismo, en el fondo, muy en el fondo, tiene ese dolor latente. Y en cuanto a Helen, pese a su buena disposición y generosidad, aguantará y aguantará… hasta no poder más. Y veremos a Helen  lidiando con  el trabajo duro de una enfemera, a Helen lidiando con el carácter de Nicola, a  Helen lidiando con la clínica estafadora. Veremos, en definitiva, a dos personajes que sufren, sometidas a una fuerte presión para mantener la amistad.

Porque aunque aparecen más personajes en la obra —a descatar el Dr.Theodore, el charlatán estafador—, son Nicola y Helen el eje principal de la novela. Y ambos personajes están bien construidos, te los crees psicológicamente. A pesar de lo paciente que es Helen, entiendes que acabe explotando —muchos habríamos explotado antes—, y pese a que Nicola se hace odiosa, comprendes que algo tiene para haber conquistado la amistad de su amiga. Por eso, pese a lo duro de la situación que he ido describiendo, y pese a esa constante tensión que en algunos momentos explota, aún quedará también espacio para momentos alegres, y hasta humorísticos. Un humor leve que rebaja la dureza de la situación. Porque Garner no se recrea ni se regodea, ni añade más dramatismo del que la historia tiene. Sólo hay dos discusiones tensas: las que Helen tiene con Nicola y con el Dr.Thedore. Pero son discusiones a las que se llega por el propio peso de las circunstancias. Y Garner tampoco cae en el sentimentalismo facilón. La novela es emotiva, y los sentimientos hacen acto de presencia—cariño, amor, tristeza, dolor, ira…—, pero no se desbocan. Y ni siquiera la presencia de la muerte hace que la obra caiga en el tenebrismo.

La habitación de invitados es una novela sencilla y lineal. Una sencillez que, mientras leía, no terminaba de apreciarla, ya que me pareció que tenía un punto extraño: su estructura interna. Respecto a la externa nada a destacar, los capítulos son pausas no titulados ni enumerados. Simplemente, una página termina en punto y final, y con la siguiente hoja en blanco. Y se sabe así que hay un cambio de capítulo.
Helen Garner

Y dentro de cada capítulo, se marcan pequeños espacios entre fragmentos. Volviendo a la estructura interna, me chocó lo siguiente: en cuanto Nicola debe proseguir su tratamiento en otro lugar, y deja de ser la invitada en casa de Helen, la historia se acelera, y acaba rápidamente la novela. Helen nos pone al corriente de lo que acontece una vez marcha Nicola, pero es como un resumen final. Todo el foco de la historia ha estado en la convivencia —y por ello, abundan los diálogos en la novela, los cuáles están bien construidos—. Y como he comentado anteriormente, hay un detalle de vital importancia: la novela está basada en una experiencia real que vivió la autora. Estamos ante una autoficción, y Helen Garner nos cuenta de primera mano cómo tuvo que cuidar de su amiga. Quizás por ello, por su toque autobiográfico, la convivencia entre Helen y Nicola, sea el meollo de la novela, y lo que pase después queda como una explicación rápida. Tuve la sensación —reconozco que subjetiva— de que La habitación de invitados no pretendía ser una obra ambiciosa. Cosa que tampoco significa que sea una obra descuidada o excesivamente simple. Sino que parece discreta, con un aire deliberamente poco pretencioso. Como si la autora hubiera querido retratar un momento de su vida, una particular vivencia. Pero ahí está su logro, y es más de lo que parece.

Por eso considero que ha sido una lectura que ha valido la pena. Por tratar las relaciones de amistad y lo complicadas que pueden llegar a ser —pese a que haya sincero cariño—, y por poner de relieve un tema, el de las pseudociencias, que a Helen Garner le llegó de sopetón a través del cuidado de su amiga. Y en cuanto a mí, pues bueno, no me volvieron a ver por el club. Que no es mi ánimo de ofender a nadie, pero no puedo comulgar con ruedas de molino. Y menos cuando se trata de niños.

Valoración: Notable

Te gustará si te gustan: las historias intimistas, de relaciones personales, que cuestionen las pseudociencias.

viernes, 27 de marzo de 2020

Cuarentena

Sé que debería volver con una nueva reseña, y de hecho la tengo ya acabada. Pero hago un alto en el camino por el Coronavirus.

Espero, apreciados lectores, que lo lleven lo mejor posible.

En mi caso lo llevo bien. O al menos, todo lo “bien” que se puede llevar, que también hay momentos negativos. Pero creo que tengo cierta ventaja: soy introvertido —me consta que los extrovertidos lo están llevando peor, o eso me dicen—, y mis placeres son solitarios. Así que me dedico, y con más tiempo, a leer, a estudiar cosas necesarias, a rebajar mi listado de películas y a otras tarea pendientes que tenía en casa. A veces sí caigo en añorar tareas del exterior, o cosas que quería  visitar desde hace tiempo y el confinamiento me las recuerda. Como mínimo, nos comemos recluidos parte del mes de abril. Pero rápidamente pienso: las cosas del exterior son imposibles, no está en mi mano realizarlas. Así que, al tener menos opciones por causa mayor, menos remordimientos por lo que no hago en el exterior, y más valor le doy a lo que sí estoy haciendo confinado en casa.

Ya digo que soy introvertido, y filólogo

Aunque mentiría si dijera que los primeros días lo llevé tan “bien”. No hice apenas nada, no lograba concentrarme en nada, y hasta me enfadaba conmigo mismo por desaprovechar el tiempo. Demasiado pendiente de las redes, demasiado enfadado con los grupos de whatsapp, con la de bulos y vídeos y porquería informativa que me llegaba, con sus teorías de la conspiración. Y cierta morralla que va de activista, usando esta pandemia como escaparate. Lo cantaba Joaquín Sabina en una canción: “En tiempos tan oscuros nacen falsos profetas”. En estos días la actividad ha bajado un poco en el whatsapp, por suerte. Pero sobre todo, me da más igual las gilipolleces del whatsapp, abro los grupos, no leo nada, y los cierro. Ya tengo asumida toda esa morralla. Lo malo también está lo de detenerme a pensar en el futuro. Y eso no se ha quedado en los primeros días, aún sigue. Le doy vueltas a días, a ratos.

Pero en general, lo llevo lo mejor posible. Es un momento duro el que estamos viviendo, pero lo intento exprimir lo máximo que pueda. No porque crea en las chorradas del pensamiento positivo, que me parecen una frivolidad inhumana muchas veces. Sino porque creo que es lo más sensato, y lo mejor que podemos hacer para nosotros.

¿Y ustedes? Si alguien me lee ¿qué tal lo llevan?



jueves, 2 de enero de 2020

Feliz año 2020: otro año más aquí


Sí, no ha sido un año muy prolífico en mi blog. Ahí podéis ver las pocas entradas. Tampoco ha sido un año muy prolífico para mí en cuanto a lecturas. Ha sido un año un poco de cambio este 2019, y tiene pinta de que este 2020 será igual. Sin embargo, seguiré por aquí. Aunque sea con un ritmo bajo, pero seguiré.

Sin embargo, me he planteado una cosa. Mi año ha sido poco lector pero sí bastante cinéfilo. Y a veces he pensado si no podría venir aquí a hablar de alguna película vista. O de series. Porque cuando escribo sobre una lectura me pasa que le doy muchas vueltas, tantas que tardo mucho en hacerlas. Además, que me gusta exprimirlas, por deformación profesional, supongo. Pero con una película no me pasa eso. Cuando comento una película no le doy tantas vueltas. Sobre una lectura tengo miedo de escribir un churro, con una película no. Acepto que mis críticas pueden ser un churro, y extremadamente subjetivas. Y no me importa. Así que podría actualizar de vez en cuando para comentar alguna película o serie. Quizás mejor series. Porque mi problema no es que necesite leer para venir aquí a comentar. Muchas entradas son de lecturas pasadas, incluso de años atrás. Y yo cuando leo siempre lo hago tomando notas y apuntado reflexiones e impresiones. Así que tan sólo tengo que recuperar esas notas para hacer una entrada. No necesito venir aquí a comentar la obra en caliente. Mi problema es que necesito tiempo y relax para sacar todo de mi cabeza y crear así una entrada. Y en estos tiempos líquidos de prisas, distracciones, objetivos y exigencias no siempre es posible. Y a esto, sumémosle lo ya dicho: mi incapacidad de hacer una entrada del tirón en minutos.

El año pasado ya me planteé hacer entradas de otro tipo, más amenas, más breves, y así publicar más. Pero no sabía de qué. El caso es que dije que seguiría por aquí, y lo mantengo. Aunque sea por romanticismo. De hecho, que sea una comunidad tan pequeña, y no tan ruidosa como Twitter, me gusta más. Sigo por aquí a algunas personas a las que comento con cierta regularidad. Y no sé ellas, pero en este 2020 me apetece seguir.

Así que feliz año 2020. Nos leemos.

jueves, 26 de septiembre de 2019

Rabia, de Stephen King. O una tragedia anticipada.



Ficha
Título: Rabia
Título original: Rage
Autor: Stephen King
Editorial: Plaza Janés
Idioma: español
Traducción: Hernán Sabaté
Número de páginas: 277

Sinopsis (copiada de la contraportada)
Un adolescente al borde de la locura toma veinticuatro rehenes en un colegio. Los intentos de encontrar una salida pacifica por parte del profesorado y la policía resultan vanas. Mientras, los jóvenes retenidos se contagian gradualmente del frenesí de violencia que les impone su captor. Cada palabra, cada acto, se convierten en descarnadas acusaciones contra un sistema de enseñanza corrupto y un modelo de familia basado en la hipocresía, que obligan a los jóvenes a reprimir sus sentimientos para convertirlos en carnaza de una sociedad que les devorará implacablemente...

Opinión personal
No sé si alguna vez lo conté por aquí, pero una amiga mía, haciendo “limpieza” de su estantería de libros, me regaló una bolsa de novelas de Stephen King. Y probablemente en esa bolsa no habrá ni una cuarta parte de todo lo que ha publicado el autor norteamericano. No es ningún secreto lo prolífico que resulta King. Pero llegó a serlo tanto que, como bien se explica en una nota preambular en esta edición, su editor le instigó a publicar algunos de sus títulos bajo el pseudónimo de Richard Bachman, para no saturar el mercado con su auténtico nombre. Y es que 1974 debutó con Carrie —novela de la que les hablé aquí—, prosiguió en 1975 con El Misterio de Salem’s Lot, y remató en 1977 con El resplandor. En ese mismo año, 1977, salió a la venta bajo pseudónimo la novela que nos ocupará hoy, Rabia. Un título peculiar dentro de su producción, así que pongámonos manos a la obra. Antes, un aviso: no cuento nada del final, pero si son muy —pero que muy— recelosos de los spoilers quizás no sea conveniente seguir leyendo.

Rabia, al contrario que otras historias de King, no contiene elementos sobrenaturales. Aquí no hay ningún personaje con telequinesis, ni un payaso terrorífico, ni vampiros, ni ningún perro monstruoso. En aquel 1977 fue una historia real lo que publicó “Richard Bachman”. Y más real ha acabado siendo con el paso de las décadas y en un país como Estados Unidos. Porque, ¿de qué trata Rabia? Resumidamente, es la historia de un chico que un día llega armado a clase, mata a dos profesores y secuestra como rehén a su clase. Noticia demasiado familiar a estas alturas. Tan familiar que el propio King acabó pidiendo la retirada del libro, sobre todo por un caso concreto: el de un tiroteo en una escuela secundaria, del estado de Kentucky, perpetrado por un chico de catorce años y que tenía un ejemplar Rabia en su taquilla. Así que King, preocupado de que su obra pudiera inspirar algún caso más, pidió el cese de reediciones en el futuro —desconozco si el veto sigue vigente—.
Ante este hecho, parece que Rabia vaya a ser una obra repleta de violencia física y explícita. Y la verdad, no tanto como se puede esperar. De acuerdo, obviamente hay violencia: dos profesores muertos al recibir un balazo. Pero desde luego, he leído novelas mucho más gores que esto:
—… Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios. Por ejemplo…
La señora Underwood alzó la mirada, alarmada, al tiempo que se ajustaba las gafas en la nariz.
—¿Tiene usted un pase de administración, señor Decker?
—Sí —respondí, y saqué la pistola de la cintura.
Ni siquiera sabía con certeza si estaba cargada hasta que sonó el disparo. Le di en la cabeza. La señora Underwood no llegó a enterarse de qué le había sucedido, estoy seguro. Cayó de lado sobre el escritorio y luego rodó hasta el suelo. Y aquella expresión expectante jamás se borró de su rostro.
Y es que no es tanto la violencia física lo que impacta en la obra… como sí la locura subterránea del ser humano y de la sociedad. Y eso es lo que resulta violento y terrorífico en esta novela. ¿Qué pasa en la mente de Charlie Decker, el protagonista? Pues pese a que es el propio Charlie quien narra en primera persona y en retrospectiva, seguimos sin tener una respuesta —si es que acaso puede haber respuesta ante su acción asesina—.  El joven adolescente en ocasiones plantea si está loco o no, y no se termina de inclinar por una respuesta cerrada. Por no decir que se muestra, deliberadamente, ambiguo:
Y os aseguro que estoy totalmente cuerdo. Es cierto que me falta algún tornillo ahí arriba, pero todo lo demás funciona perfectamente, muchas gracias.
Lo que es evidente es que se trata de un chico inteligente y se da muestra de ello en la novela: saca buenas notas, hace agudas reflexiones y su mejor amigo, Joe, lo define como “el cerebro de la pareja”. Un chico que sabe captar la extrañeza del mundo, o más aún: el fondo oscuro que tenemos. Ese fondo oscuro que, al parecer por lo poco que le he leído, es un tema recurrente en Stephen King y con el que nos interpela a todos. Y es que como bien explica Charlie:
Cordura.
Uno puede pasarse la vida diciéndote que la vida es lógica, prosaica y cuerda. Sobre todo, cuerda. Y creo que así es. He tenido mucho tiempo para pensar en ello. Y siempre vuelve a mi memoria la declaración de la señora Underwood antes de morir: <<Así, se entiende que cuando aumentamos el número de variables, los axiomas en sí no sufren cambios.>>
Estoy realmente convencido de ello.
Pienso, luego existo. Tengo vello en la cara, luego me afeito. Mi esposa y mi hijo se encuentran en estado crítico tras un accidente de coche, luego rezo. Todo es lógico, todo es cuerdo. Vivimos en el mejor de los mundos posibles, de modo que ponme un cigarrillo en la izquierda, una cerveza en la derecha, sintoniza Starsky y Hutch y escucha esa nota suave y armoniosa que es el universo celestial. Lógica y cordura. Como la coca-cola, la vida es así.
Sin embargo, como tan bien saben la Warner Brothers, John D. MacDonald y la Long Islan Dragway, existe un Mr.Hyde para cada feliz rostro de doctor Jekyll, una cara oscura al otro lado del espejo.
Aunque esta ambigüedad oscura entre locura y cordura no está sólo en Charlie. En el momento en el que el protagonista entra en el aula, mata a dos profesores y encierra a la clase, tan sólo dos alumnas gritan, y se quedan en estado de shock. El resto parece extrañamente impasible. Y pasará de ser impasible a formar parte colaboracionista del plan de Charlie. ¿Síndrome de Estocolmo? No, es otra cosa lo que se produce. Es una catarsis colectiva, una extraña liberación emocional y un intercambio de confidencias secretas y personales entre Charlie y el resto de la clase. Y nosotros, como lectores, tendremos la sensación de estar espiando una intimidad muy velada. Tan sólo un alumno, Ted Jones, se opone al secuestro de Charlie y tacha de absoluta locura lo que está sucediendo. El resto de la clase fluye y disfruta de la situación como si fueran más libres siendo “secuestrados” en el aula que fuera del instituto, donde policías y periodistas llegan a la escena y rodean el edificio. Charlie, no obstante, se siente poderoso, y juega psicológicamente con el director y el psiquiatra del centro a través del intercomunicador de la clase. Casi que pareciera una lucha generacional, al ver a los adultos temerosos y perdidos bajo la batuta chantajista de Charlie. Curioso panorama: el mundo adolescente dentro del aula, liberado, y el mundo adulto fuera, aprisionado. Siendo Ted Jones un adulto prematuro y que, por lo tanto, es el único "sensato" que se rebela ante el secuestro de Charlie.

Pero no es exactamente una rebeldía adolescente frente a los adultos lo que veo. Sí, Stephen King pone un foco de atención sobre la edad adolescente, presentándola como un microcosmos particular, como ya hizo en Carrie. Y no lo retrata con idealismo: el mundo infantil y adolescente también tiene sus reglas, su crueldad y sus códigos. Sin embargo, no es tanto una lucha generacional lo que se plantea, sino la desconfianza hacia los valores que el mundo adulto transmite. Un mundo adulto hipócrita y mezquino y del cual resulta irónico esperar algún tipo de educación moral. En el caso de Charlie, el autoritarismo de su padre le ha marcado negativamente, a través de vivencias traumáticas que le han generado temores, y también por la exigencia de convertirse en lo que se entiende que debe ser un hombre. Y un detalle importante: la pistola que usa Charlie la ha cogido de su padre. Cómo no pensar en el debate de las armas en Estados Unidos, aunque la novela no entra en dicha cuestión — me pregunto por curiosidad porque desconozco la respuesta: ¿había ya debate sobre las armas en la década de los 70?—, pero el hecho está ahí. Además de la figura paterna, el resto de figuras adultas no salen tampoco bien paradas —a excepción quizás de la madre de Charlie, pero poco sabemos de ella—. Así, del profesor Carlson también se dice que humillaba a los alumnos en la pizarra. Y en cuanto al psiquiatra del centro, el señor Grace, un hombre del que se presupone cierto valor social en la sociedad, se nos dice que:
—¿Te has vuelto loco? —preguntó de pronto Harmon Jackson.
—Creo que sí —respondí—. Según me han enseñado, todo el que mata a otro está loco.
—Bueno, quizá deberías entregarte —sugirió Harmon—. Y acudir a alguien que pudiera ayudarte. Ya sabes, un médico…
—¿Te refieres a uno como Grace? —intervino Sylvia—. ¡Dios mío, ese cerdo repugnante! Tuve que entrevistarme con él cuando arrojé aquel tintero a la vieja señora Green, y lo único que hizo fue mirarme de arriba abajo y preguntarme sobre mi vida sexual.
La sociedad tiene una cara oscura. Y nadie se libra de ella, ni siquiera los psiquiatra. Rabia logra que pasemos de preguntarnos qué pasa en la cabeza de Charlie a qué pasa en la cabeza de sus compañeros de clase, cuando, extrañamente, reaccionan como reaccionan ante la tragedia sucedida. Y de qué pasa en la mente de estos chicos adolescentes pasamos a preguntarnos qué pasa en las cabezas del mundo adulto. Así, Stephen King no se queda sólo en describir un mero suceso trágico, en la novela se ve constantemente una mirada hacia la psicología humana. Pasas de plantearte la salud mental de Charlie a la salud mental de la sociedad. Charlie se ha convertido en un monstruo, sí, pero el límite entre ser un monstruo y ser normal parece difuminado, como si todos fuéramos monstruos potenciales. El terror puede aflorar donde menos lo esperas, en plena vida cotidiana del primer mundo. Un terror que lo oculta una capa de normalidad, pero que si la rascas un poco resulta demasiado fina. Sí, hay un fondo oculto.

Y toda esta historias la plantea Stephen King de manera ágil y dinámica. Al igual que Carrie, pero a diferencia de otras de sus obras como It, Rabia es una novela breve. Y estructurada en 35 capítulos, de los cuáles algunos no llegan ni a una página. En dos tardes se puede leer. La forma de narrar es directa y clara, escribiendo sin grandes alardes retóricos, pero tampoco con excesiva simpleza. La pluma de King es funcional, y cumple su cometido con descripciones rápidas y eficaces. Por ejemplo:
El señor Denver hojeaba El Clarín, el periodicucho de la escuela. Era un hombre alto y cadavérico que se parecía ligeramente a John Carradine. Enjuto y calvo, tenía unas manos grandes, con prominentes nudillos. Llevaba la corbata aflojada y el botón superior de la camisa desabrochado. La piel del cuello se veía irritada y grisácea por un exceso de afeitado.
Incluso, como se puede ver, valiéndose de comparaciones con actores. Y no es la única referencia social/cultural del libro, referencias que usa a modo de explicación o de ejemplos. Así la historia avanza ágilmente, y eso que tampoco es una novela repleta de acción. Obviamente contiene su dosis, pero abundan más los recuerdos de Charlie, y las conversaciones en el aula. Pero, como digo, la novela avanza rápida. Y de manera lineal, salvo por los flashbacks —que suelen ocupar capítulos enteros— para las historias que rememora Charlie. Respecto a la atención del lector, la mantiene in crescendo, pues a medida que va avanzando la novela también lo hace la intriga.

Respecto a los personajes, Rabia no es una novela de personajes propiamente dicha, en la que interese demasiado detenerse en cada uno de ellos, ya que se pone un foco más abierto: hacia la sociedad. Así que no esperen grandes introspecciones —salvo en Charlie—, pero las pinceladas que se dan están bien, resuelve de forma correcta, y evita que los personajes sean planos como tablas. Aunque particularmente, sí he echado en falta saber algo más de Joe, el mejor amigo de Charlie, y el cuál es el narrador del penúltimo capítulo en forma de carta. Su presencia sí que me sabe a poco.

Llegado a este punto, ¿cuál es mi impresión de la novela? Es buena, pero buena a secas. Hay algo de King que me genera frustración: siento que la obra aún puede dar más de sí. Qué tiene una potencialidad que no termina de explotar. Su planteamiento valiente me encanta, y no es que la novela me parezca defectuosa, pero con King siempre siento que me falta ese algo. Y además de ese “algo”, que no puedo explicar más allá de “una dosis más de genialidad”, hay otro rasgo en el que la novela flaquea un poco. No mucho, pero sí un poco. Me refiero a la verosimilitud. Considero que Stephen King la logra transmitir sólo a medias. La reacción de la clase es demasiado extraña, y más con el cadáver de la profesora en mitad del aula, durante el secuestro. El propio King lo sabe, y por eso con habilidad usa un recurso sencillo pero efectivo: hace que el Charlie se haga eco de lo extraño de la situación, un recurso que siempre hace aumentar la sensación de verosimilitud cuando se presenta un hecho difícil de creer:
Permanecieron en silencio durante, quizá, cinco minutos, hasta que los coches de bomberos llegaron a la escuela. Me miraron y yo les miré. Tal vez todavía hubieran podido largarse, y hay gente que todavía me pregunta por qué no lo hicieron. <<¿Por qué no echaron a correr, Charlie? ¿Qué les hiciste?>> Algunos lo preguntan casi con temor, como si hubiera algo diabólico en mi interior. Yo no respondo. No contesto a ninguna pregunta sobre lo que sucedió esa mañana en el aula 16. Pero si tuviera que decir algo al respecto, afirmaría que han olvidado qué es ser joven, vivir en estrecha intimidad con la violencia, las habituales peleas a puñetazos en el gimnasio, las riñas en las discotecas de Lewiston, las crudas imágenes en la televisión, los asesinatos en las películas. (…)
No trato de justificar nada, ¿entendido? Actualmente no estoy de humor para emprender ninguna clase de cruzada. Sólo pretendo plantear que los jóvenes norteamericanos viven rodeados de violencia, tanto real como imaginaria. Además, ese día me convertí en el centro de interés. ¡Eh!, Charlie Decker se ha vuelto loco esta mañana, ¿te has enterado? ¡No! ¿De veras? Sí, sí. Yo estaba allí. Era como ver Bonnie and Clyde, en el cine, salvo que Charlie se había vuelto majara y no había palomitas de maíz.
Y digo más, al leer tal cosa me puse a pensar, a recordar mi paso por el instituto. Y sí, podría contar casos de insensibilidad tan grandes que resultarían inverosímiles. O casos conocidos de adolescentes —y de adultos— que admiran profundamente a psicópatas y asesinos, y hasta les escriben cartas a la prisión. No, Stephen King no se aleja de la realidad en sus planteamientos. Pero a pesar de eso, y pese a su esfuerzo por hacerlo creíble, siento que no termina de alcanzar la sensación de verosimilitud por completo.
Imagen de Charlie Decker frente al aula, en la portada de la edición inglesa


Ya es hora de ir acabando. Personalmente, me gustó más Carrie. Su historia me pareció conmovedora, y empaticé más con el personaje de Carrie que con Charlie Decker. Pero Rabia no es una mala novela, y ha sido una buena lectura que nos recuerda y que anticipó que el terror puede producirse en el lugar más cotidiano.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Stephen King, los thrillers psicológicos, las historias de adolescentes frustrados.

lunes, 29 de julio de 2019

Diarios


Nunca he sido de escribir un diario. Aunque desde niño siempre me llamó la atención cuando lo veía en series o películas, o en novelas con formato de diario. Automáticamente quien escribía en un diario me producía una extraña admiración, y no hacía falta que se contasen cosas grandilocuentes, ni de grandes vidas. La simple capacidad de narrar el día a día, de sacar sentimientos y vivencias de la cabeza,  y darles cierto orden narrativo, ya me parecía maravillosa. Además, ¿cosas grandilocuentes? ¿grandes vidas? Frecuentemente lo maravilloso está en lo pequeño, y en lo cotidiano que, de tan cotidiano, se nos hace invisible.

Siempre me resultó llamativo, pero como digo jamás me dio por escribir ninguno. Y eso que alguna vez, alguien pensó que yo le cuadraba en esa imagen de <<persona que escribe un diario>>. “Tú eres de los que escriben diarios, ¿no?”, me dijo. Pues no, le respondí con sinceridad.  Pero no iba tan desencaminada. ¿Por qué nunca me dio por escribir un diario si me parecía algo atrayente? No tengo una respuesta clara. Supongo que por una mezcla de pereza —¿voy a escribir un diario en este rato, teniendo otras cosas urgentes por hacer?—y sentirme estúpido. No, por supuesto que escribir un diario no es estúpido. Pero yo sí me sentía algo estúpido si me imaginaba escribiendo sobre mi día a día. Falta de autoestima, tal vez. Y además imaginaba que sería, conociéndome, una tarea autoimpuesta, y que probablemente abandonaría el hábito.

Y sin embargo, llevo unos meses escribiendo un diario personal. Concretamente desde el pasado abril. ¿Qué me ha hecho ponerme definitivamente a ello pese a las objeciones que acabo de hacer? Fue algo más inmediato, una necesidad de escribir casi sin pensarlo. Estaba frente a la pantalla del ordenador, abrí un documento de word, puse la fecha, y empecé a explayarme —no es tan romántico como un diario escrito a mano, lo sé—. Sin ningún tipo de preocupación estilística o de contenido. Y así seguí unos días más, cada vez que volvía a encender el pc. En mis primeros escritos contaba cosas breves, me limitaba a contar qué tal mi día. Pero a medida que ha ido pasando el tiempo, voy entrando en otros terrenos, más íntimos y confesionales. Y lo siento como una necesidad. Y por eso escribo. Por supuesto que tengo buenas amistades con las que hablar, y por supuesto que me escuchan atentamente. Pero hay cosas que las necesito reflexionar uno mismo. O al menos, expurgarlas en un escrito, que tampoco me gusta abusar de la atención de los demás.

Y ustedes, queridos lectores, si es que alguien me lee en el mundo de la blogosfera, ¿escriben o han escrito diarios? ¿Cómo fue que os iniciasteis?