lunes, 8 de febrero de 2016

Soy leyenda, de Richard Matheson. O cuando el vampirismo deja de ser fantasía para ser ciencia ficción en un tratado de relativismo moral




Ficha:
Título: Soy leyenda
Autor: Richard Matheson
Nº de páginas: 179
Editorial: Minotauro
Lengua: castellana
Traducción: Manuel Figueroa

Sinopsis (extraída de la web de La casa del Libro):
Robert Neville, único superviviente de una guerra bacteriológica que ha convertido al resto de la humanidad en vampiros, ve como su vida se reduce a asesinarlos durante el día, y soportar su asedio cada noche. 

Opinión personal:
Se suele encuadrar el tema vampírico como subgénero fantástico. Sí, hablar de vampirismo es hablar de fantasía, de folclore y de mitología. Pero Soy leyenda, de Richard Matheson, no es una novela fantástica, es un clásico de la ciencia ficción. Y ya les dije en mi entrada anterior que me había propuesto ampliar mi bagaje en dicho género, así que La posada del Lector abre sus puertas por un buen motivo.

Soy leyenda es una obra breve de veintiún capítulos distribuidos en cuatro actos, en la que se cuenta la lucha diaria de Robert Neville por su propia supervivencia. Y entre acto y acto, se produce un pequeño salto temporal hacia adelante en la vida del protagonista —el primer acto, en enero de 1976; el cuarto, en enero de 1979—, aunque por las páginas de la novela también hay breves flashbacks, que muestran la vida civilizada y feliz que llevaba Robert Neville junto a familiares y amigos. Una vida truncada por una gran tragedia: la guerra bacteriológica. Un acontecimiento que ha transformado a la población mundial en seres que reúnen las condiciones prototípicas que siempre se han asociado a los vampiros. ¿Toda la población ha sido transformada en vampiro? No, ahí está nuestro protagonista. El único humano que no ha mutado. El último humano, por lo tanto. Como ven, Soy leyenda es una historia apocalíptica como consecuencia de una guerra mundial, y al publicarse en 1954 es difícil no pensar en la más que probable influencia de la guerra fría y el temor que ésta despertaba. Y más si tenemos en cuenta que la acción transcurre en una gran ciudad de los Estados Unidos: Los Ángeles.
Richard Matheson, que supo hacer del vampirismo ciencia-ficción
Así pues estamos ante una historia de supervivencia muy básica, y con una prosa bastante directa y con frases cortas y secas. Pero, como conté en la entrada de La carretera, menos puede ser más. Porque en Soy leyenda no hay relleno ni subtramas, nada de eso es necesario. De hecho, si hubiera más estorbaría. Matheson va al grano y el lector tampoco tiene la sensación de que falte nada. Tenemos de sobras contemplando la lucha por la supervivencia de Robert Neville frente a sus dos enemigos.

El primer enemigo y más reconocible son los vampiros. Ya que sin ellos no habría novela. Robert Neville está solo ante el peligro, atrincherado noche tras  noche en su casa, la cual ha convertido en un fortín. Allí aguanta los furiosos envites de los vampiros. Y eso durante la noche, porque durante el día los vampiros se ausentan pero no con ello se acaba el esfuerzo de Robert, ya que tendrá que reparar los desperfectos que esos monstruos provocan con sus asedios en la casa, además de acomodarla para su habitabilidad: esto es trabajar de fontanero, carpintero y electricista. Y por si eso fuera poco, Robert actúa como un científico autodidacta. Durante el día, estando despejada de chupasangres la ciudad, también acude a la biblioteca pública para informarse y empaparse de ciencia, a ver si encuentra explicaciones científicas para la mutación, y quién sabe si con suerte alguna cura con la que revertir la mutación de la humanidad, porque en la lucha contra los vampiros Robert Neville no se limita sólo a mantenerse a salvo, va a por todas contra ellos. Y evidentemente, eso implica una lucha titánica. Demasiado titánica como para que caiga sobre los hombros de una sola persona. Y sobre los hombros de Neville cae. Richard Matheson consigue transmitir bien la sensación de estrés terrorífico que sufre el protagonista, porque Soy leyenda no es sólo una novela de ciencia ficción. También es una novela de terror. Un terror que no se consigue sólo por la aparición de los vampiros, sino también incluso cuando éstos no están. Da miedo ponerse en la piel de Robert Neville en cualquier hora del día. Hay que mantenerse activo: resistir, trabajar, pensar en el día de mañana, planearlo todo, vigilar bien, que ningún detalle se te escape, ¿está toda la casa bien tapada?, ¿funciona bien la electricidad?, ¿los grifos?, ¿qué más información puedo encontrar sobre el vampirismo?, ¿por dónde pueden intentar colarse dentro esta noche?... y así día tras día. Hay que adelantarse a los movimientos del enemigo. Días para actuar, noches para resistir. Y pendiente del reloj, no vaya a ser que uno pierda la noción del tiempo mientras realiza alguna tarea planificada durante el día y caiga la noche antes de llegar a casa. Esta es la vida desolada, solitaria y estresante de Robert Neville. 

Tanta desolación, dolor y estrés que nos lleva a hablar del segundo enemigo de Robert Neville: él mismo. Porque una situación así afecta a la salud mental de cualquiera. Por eso, además de la lucha externa contra los vampiros, podemos también hablar de una segunda lucha interna contra él mismo, contra su soledad, sus fantasmas y su locura. Su deplorable estado llega a provocar tanta angustia como los propios vampiros, y mientras pasas las páginas te preguntas por su suerte. Paradójicamente, a la vez que resiste heroicamente el asedio de los vampiros, se ahoga en el alcohol. Aunque quizás no es tan contradictorio: sin el alcohol no soportaría la presión, y sin evasión tampoco habría resistencia. Así que lucha y evasión tal vez sea una alternancia necesaria. De la misma manera que alterna, junto a su frenética actividad de la que he hablado anteriormente, épocas de pereza en la que le cuesta mantenerse activo por depresión. Son ocasiones en las que su lucha se relaja, aunque nunca cesa (1). Robert Neville mantiene, pues, una lucha doble. Y por ende, un esfuerzo doble
Robert Neville, asediado por vampiros.
Muchísimo esfuerzo, tanto esfuerzo que uno se pregunta para qué. Me veo obligado a volver a citar La carretera, porque hay otro elemento que tienen en común: ante un panorama tan desolador, ¿merece la pena aferrarse tanto a la vida? Y en Soy leyenda te lo preguntas aún más. Porque en La carretera al menos se percibía una respuesta: el padre se agarra a la vida porque tiene un hijo que cuidar. Y el hijo se aferra a la vida porque parece estar poseído por esa fe esperanzadora propia de un niño. Pero en Soy leyenda la explicación es aún menos clara. Y si es que hay explicación más allá de que es pura supervivencia por la supervivencia. Me acuerdo de unas palabras atribuidas a Woody Allen: <<Aunque me gustaría, probablemente no puedo dar una buena razón para justificar que la vida merece la pena, pero si alguien entrara ahora mismo en este cuarto con una escopeta, mi reacción natural, como la de cualquiera de nosotros, será aferrarme a la vida y ponerme a cubierto>>. Eso hace Robert Neville, aferrarse a la vida y no coger una escopeta y descerrajarse la cabeza. Aunque lo suyo no sea una vida, sino un infierno. Pero seguirá viviendo aun en ese infierno. Y hasta seguirá leyendo por ocio y escuchando música clásica, quizás para no perder definitivamente la cabeza, y seguir anclado en aquella humanidad pasada.

Dejando de lado las luchas del protagonista, hay dos características que destacan positivamente en Soy Leyenda, y conviene detenerse en ellas. La primera, como ya he señalado al principio de la entrada, es que Soy leyenda es una novela de ciencia ficción y no de fantasía. ¿Por qué? Por el tratamiento del tema vampírico. Porque hay explicación “científica” y no fantástica. Y lo considero uno de los puntos fuertes de la novela no porque crea que la ciencia ficción sea superior a la fantasía —ni viceversa, ya que dependerá de la obra—, sino porque la parte “científica” está muy lograda. Y especial atención al capítulo diecisiete, muy  significativo en este aspecto. Como he dicho anteriormente, Robert Neville actuará como un científico. E incluso se fabricará un microscopio, e investigará empíricamente, usando el método ensayo-error. Hasta experimentará con los vampiros, cazándolos de día. O mejor dicho, con las vampiras. Porque parece que las mujeres son su predilección para sus experimentos. ¿Quizás por su abstinencia sexual obligada? ¿O tal vez por misoginia? Richard Matheson no profundiza en ello, pero lo apunta (2). El caso es que los vampiros serán objeto de estudio. Éstos actúan como en las leyendas antiguas, es cierto. Ni soportan el ajo ni quieren ver cruces. Pero ¿por qué sucede esto? ¿Porque sí y ya está? No, no hay pensamiento mágico. Hay explicación. Parece que el autor realice en Soy leyenda un ajuste de cuentas metaliterario con la tradición literaria-folclórica vampírica (3).

La segunda cosa a destacar de la novela es que la historia avanza y el final sorprende al lector. Pero lo sorprende lográndolo sin trampas. No hay ningún deus ex machina, tampoco hay información oculta, ese tipo de información que el autor se saca de la manga en el último momento. No hay trampas en Soy leyenda, como sí las hay en otras novelas, series —¿recuerdan Lost?—o películas. Toda la información está a la vista del lector. No revelaré qué es lo que sucede, sólo diré que el final acaba siendo un tratado de relativismo moral. Una cuestión de perspectiva. Y te das cuenta de que la ética, lo bueno y lo malo, lo normal y anormal, puede depender de un factor numérico, de un mero concepto estadístico. Y no diré más. Quien haya leído la novela entenderá mis palabras.

Voy terminando ya con esa entrada. Quizás hayan visto la película Soy leyenda protagonizada por Will Smith y dirigida por Francis Lawrence. Yo sinceramente no la he visto, así que no puedo opinar por mí mismo. Pero según me han dicho —y no está bien hablar de oídas porque no os puedo asegurar nada, queridos lectores, pero como digo no he tenido ocasión de ver la versión fílmica—, no le hace justicia a la novela. Y el final, ese gran final, no es igual en la película. Y otra cosa a destacar que me han contado: el Robert Neville de la película es un personaje más heroico, idealizado, en comparación al Robert Neville de la novela del que os he estado hablando, un hombre más común y hasta con aspectos oscuros. Y me creo totalmente esta versión idealizada del film, porque mi experiencia con adaptaciones de Hollywood me dice que suelen endulzar las novelas cuando las llevan a la gran pantalla.
Will Smith hizo de Robert Neville descafeinado en una película del 2007
En definitiva, me propuse leer clásicos de la ciencia ficción y Soy leyenda me ha animado a proseguir en la tarea. Porque es una obra interesante, profunda y con un buen ritmo narrativo que engancha al lector y que no decae en ningún momento, cosa que tiene su mérito teniendo en cuenta que Richard Matheson nos habla de la supervivencia de un único personaje. Su brevedad es otro punto a favor, siempre lo es cuando la novela no deja cabos sueltos y contiene exactamente lo que debe contener, de lo contrario sería relleno superficial. Así que, apreciados lectores, os animo a leer Soy leyenda. Yo me animaré a buscar otra obra de Richard Matheson. ¿Qué tal El increíble hombre menguante? Espero que sea una buena elección.

Valoración: notable
Te gustará si te gusta: la ciencia ficción, historias de vampiros, historias de supervivencia, dilemas morales.
Fragmentos: 
(1) Robert Neville se cuida a la vez que se abandona:

Se limpió con cuidado los dientes. Era ahora su propio dentista y debía cuidarse. Muchas cosas podían irse al diablo, pero no su salud. ¿Por qué no dejar también el alcohol?, pensó. ¿Por qué no acabar con aquel infierno?
Recorrió luego la casa, apagando luces. Miró el mural durante unos minutos y trató de creer que era realmente el océano. ¿Pero cómo creerlo con todos aquellos chillidos y gritos nocturnos?
Apagó la lámpara de la sala y entró en el dormitorio.
Torció la boca, disgustado. El serrín cubría la cama. Lo limpió con la mano pensando que debía separar el almacén del dormitorio. Mejor hacer esto, mejor hacer aquello, pensó cansadamente. Había tanto que hacer. Nunca solucionaría el verdadero problema.

 (2) La soledad y la abstinencia hace estragos en Neville:

Volvió a cerrar los ojos. La presencia de las mujeres empeoraba las cosas, pensó; las mujeres como muñecas lascivas en la noche. Esperaban que él las viese, y se decidiera a salir.
Se estremeció. Todas las noches ocurría lo mismo. Leía y escuchaba música. Luego pensaba en aislar la casa, y al fin pensaba en las mujeres.
Otra vez aquel calor insoportable en las entrañas. Conocía muy bien aquellas sensaciones y lo enfurecía no poder dominarse. El calor crecía y crecía y tenía que incorporarse y pasearse por el cuarto con los puños apretados. Entonces debía encender el proyector, y ver una película, o comer mucho, o beber mucho, o aumentar el volumen de la música hasta lastimarse los oídos.
Sintió que los músculos del abdomen se le retorcían como espirales de alambre. Recogió el libro e intentó leer, deletreando lenta y dolorosamente cada palabra.
Pero un instante más tarde el libro estaba otra vez en sus rodillas. Miró la biblioteca. Aquella sabiduría no calmaría nunca sus entrañas; siglos y siglos de palabras no podían satisfacer aquel deseo silencioso e irracional.
Se sintió enfermo, insultado. Se le habían cerrado todas las salidas. Lo habían obligado al celibato, y debía seguir así.

 (3) Robert Neville se pregunta qué es verdad y qué no. Y por qué.

Era extraño el efecto del ajo. Debía de alejarlos el olor, ¿pero por qué?
Había muchas cosas extrañas: que no salieran de día, que no toleraran el ajo, que los mataran las estacas, que temieran aparentemente las cruces, que evitaran los espejos.
De acuerdo con la leyenda, eran invisibles en los espejos o se transformaban en murciélagos. Pero la lógica y la realidad habían desvanecido aquellas supersticiones. Era igualmente disparatado creer que se transformaban en lobos. Había, sin duda, perros vampiros; los había visto y oído fuera de la casa, de noche. Pero eran sólo perros.
Neville apretó los labios. Olvídalo, se dijo a sí mismo; no estás preparado aún. Un día podrás enfrentar todo esto, pero no ahora. Hay problemas más urgentes.

lunes, 25 de enero de 2016

Propósitos para el 2016



Empezó nuevo año, y con él he visto en algunos blogs una lista de propósitos literarios. Y cada cual la confecciona a su medida. Hace unos años yo participaba en algunos de esos retos anuales, pero llegó un momento en el que ya preferí no ponerme metas ni contar el número de lecturas. Y no es que de golpe lo de ponerse retos literarios me pareciera mal, ni mucho menos. Tienen su encanto. Y de hecho, como me dijo una amiga que se propuso hacer el reto de los cincuenta libros leídos en un año, no se trataba de convertir en obligación una afición, sino que a veces hasta con las cosas que nos gustan y enriquecen nos podemos apalancar. Y tener un reto siempre nos mantiene activos. Y además, no te hace disfrutar menos de la lectura —o al menos a mí nunca me hizo disfrutar menos—.
Pero cada momento es particular. Uno tiene otras preocupaciones en la cabeza, y hay momentos en los que bastantes retos nos pone la vida como para cargarnos con retos propios. Ni tampoco me apetece ahora guiar mis lecturas de forma muy marcada, prefiero ir más por libre. Así que como verán, apreciados lectores, no tengo una lista creada sobre mis propósitos de futuras lecturas para compartir. Pero… un momento. Vale, no tengo una lista escrita, inmutable y sellada con la que cumplir. Pero quiera o no, paso por distintas épocas en las que me apetecen unas determinadas lecturas. O quizás sí puedo decir que tengo una lista de propósitos, pero de forma inconsciente, a largo plazo y de forma dosificada. Qué demonios, creo que aunque no tenga ningún reto propuesto a rajatabla sí puedo hablar de lecturas que espero que caigan con relativa proximidad. Así que a poco que piense es evidente que las puedo compartir en mi blog. Allá va:

1- Me declaro fan entusiasta de nuestro teatro romántico español. De acuerdo, nuestro romanticismo palidece al lado del alemán o el británico. Pero yo le cogí el gustillo. Así que poco a poco, sin prisa pero sin pausa, voy leyendo sus obras. Ya leí Los amantes de Teruel, de Juan Eugenio Hartzenbusch; Don Álvaro o la fuerza del sino, del Duque de Rivas; El zapatero y el rey, de Zorrilla; Macías, de Larra o La conjuración de Venecia, de Francisco Martínez de la Rosa. Pero ya saben cómo es la literatura, que tiras de una rama y arrancas tres o cuatro más. Y hay un clasicazo que aún me falta por leer: Don Juan Tenorio de Zorrilla. Me conozco la obra y la he visto representada, pero no puedo decir que la he leído. Pero además del Tenorio, hay más obras teatrales de Zorrilla. Y también le tengo ganas a El trovador, de García Gutiérrez.

2- Clásicos de la ciencia ficción. Poco a poco espero ir leyéndome las obras más canónicas. A Wells, Verne, Asimov, Clarke, Dick… Ahora mismo, estoy con un libro destacado del género: El pueblo, de Zenna Henderson.

3- Clásicos de la literatura fantástica. Suelo leer al menos una saga de literatura fantástica al año. O, en su defecto, varios libros sueltos de un autor. El año pasado cayó la trilogía de La materia oscura, de Philip Pullman. Para este año, gracias a los generosos préstamos bibliófilos de una amiga, será el turno de la Dragonlance. Al menos de los libros principales escritos al alimón por Margaret Weis y Tracy Hickman. Ya que es una saga ampliada por varios autores.

Y creo que estos tres puntos es todo lo que tengo mínimamente planeado. Todo lo demás es ya a salto de mata, son muchos autores y muchas obras que tengo ganas de leer. E irán cayendo tal y como caigan en mis manos. Espero abrir La posada varias veces para contarles qué tal han ido.

Algunas de mis lecturas para este 2016

domingo, 13 de diciembre de 2015

La ley de la calle, de Susan E.Hinton. O cuando no puedes guiar a nadie sin antes saber a dónde ir




Ficha
Título: La ley de la calle
Autor: Susan E.Hinton
Nº de páginas: 128
Editorial: Alfagura
Lengua: Castellana
Traducción: Javier Lacruz

Sinopsis (copiada de la contraportada)
A Rusty James le hubiera alegrado cantidad ver a su viejo amigo Steve aquel día en la playa, si no le hubiera traído a la memoria duros recuerdos del pasado: las pequeñas escaramuzas que pronto se convirtieron en asuntos de gravedad, las chicas, las amenazas a la vuelta de la esquina, las peleas en las que tantas veces brillaba el acero, los malos ratos pasados en el reformatorio, las fiestas en las que las anfetas y el alcohol cargaban el ambiente…y sobre todo el profundo recuerdo del Chico de la  Moto, el personaje inolvidable al que siempre quiso parecerse.

Comentario personal
Le dedicaba la anterior entrada a un clásico de la literatura juvenil realista: Rebeldes, de Susan E.Hinton. Y destaqué que era una novela que solía gustar mucho, y a la prueba de las constantes reediciones me remitía, porque Rebeldes se alza más allá del lector-tipo al que iba dirigido —lector adolescente—. Pero no es Rebeldes la única novela de Susan E.Hinton. Tiene en su haber otros títulos como Tex, Domando al campeón, Esto es otra historia o La ley de la calle. Todos los citados de temática adolescente. El caso es que terminé la reseña anterior y seguí dándole vueltas al asunto. Caí en la cuenta de que mi libro favorito de Hinton no era Rebeldes, sino La ley de la calle. Y aunque en general no percibo que sea una novela que reciba malas críticas, ni mucho menos, sí he leído/escuchado comentarios de gente que se entusiasmó con Rebeldes y que, sin embargo, con La ley de la calle se llevó un chasco. O en todo caso te dicen que La ley de la calle está bien pero muy lejos del nivel de la ópera prima de Hinton. Normal. Pongo la mano en el fuego de que lo que produce tal decepción en algunos lectores es esperar otra novela como Rebeldes. Pero se encuentran con algo distinto. Me atrevo a decir que La ley de la calle es, en cierto modo, una réplica al optimismo final de Rebeldes. Y, ya que les hablé de Rebeldes en mi anterior entrada, qué mejor que aprovechar la inercia para volver a abrir La posada del lector y hablarles de mi novela favorita de Susan E.Hinton.

El protagonista de La ley de la calle es Rusty James. Al empezar esta breve novela —la más breve que he leído de Hinton—, nos lo encontramos a sentado frente al mar, apático, sin nada que hacer, como ausente de todo. Hasta que despierta de su letargo porque aparece Steve Hays, su viejo mejor amigo, con el que formaba una extraña pareja, no se podía decir que tuvieran mucho en común (1). Llevaban años sin verse. Steve se alegra del encuentro con su viejo amigo, parece que a Steve las cosas le han ido bien. Pero Rusty preferiría que su amigo no lo hubiera encontrado frente al mar, más que nada porque le trae a la memoria recuerdos que preferiría olvidar. Tanto el capítulo primero como el último —el duodécimo— suceden en el presente, en esa playa en la que Rusty James deja que pase el tiempo. Los otros diez capítulos de la novela que quedan en medio contienen el meollo central, y son un flashback en el que el protagonista nos narrará lo que sucedió en el pasado…

Rusty es un adolescente de 14 años de clase media-baja y vive en un ambiente marginal. Condición que comparte totalmente con Ponyboy Curtis, el protagonista de Rebeldes. Pero si Poniboy nos resultaba un personaje tierno y sensible, no es así con Rusty: un personaje grosero, endurecido y más falto de empatía (2). Rusty va al instituto, tiene una novia y es líder de una pandilla. Vive en un eterno y crudo presente, sin más perspectiva que vivir en el ahora. “No me parece que sirva para nada pensar en el futuro”, dirá. Pero en cierto modo, sí tiene una meta. Y es que Rusty mitifica las bandas que veía años atrás, y que ahora son inexistentes. Porque las pandillas de su época ya son otra cosa, y anhela el regreso de una épica pandillera que él idealiza. Pero sobre todo, su ideal es parecerse a su hermano, el protagonista de la novela: el Chico de la Moto. Y digo protagonista porque una cosa es ser el personaje principal—Rusty James, que es quien hace avanzar la trama y nos informa a través de su voz—, y otra el protagonista, alrededor del cuál todo gira, incluso cuando no está presente.
En primer plano, Rusty James, representado por Matt Dillon, con sus acólitos pandilleros detrás. El de gafas es Steve, desentonando.

No sé si Susan E.Hinton lo planteó a propósito o le salió por casualidad, pero La ley de la calle tiene un aire de literatura romántica decimonónica. Y en gran medida lo tiene por este personaje principal grandilocuente, excepcional y ajeno a las normas del mundo. Al inicio de la historia que Rusty James nos relata, el Chico de la Moto no está en la ciudad, se marchó —hacia destino desconocido— y no se sabe si volverá. Sólo sabemos de él por lo que hablan el resto de personajes, retrasando así Hinton la aparición para crear expectación. Un recurso efectista muy del gusto de los románticos para presentar a sus héroes —en Cyrano, por ejemplo, también se creaba expectación  antes de que el espadachín apareciera—. Casi se podría decir que el Chico de la Moto es un como un caballero medieval idealizado en época contemporánea. Salvo que en vez de ir a caballo se desplaza en motocicleta. “Es la única persona que he conocido en mi vida que parece sacada de un libro”, dirá Steve acerca de él. Y es que el Chico de la Moto, a ojos de los demás, es un chico extraño. Un personaje introvertido y culto con un asombroso mundo interior y que resulta inaccesible para los demás. Pero que, lejos de ser un bicho raro al que rechazar, infunde respeto y temor —por algo fue el gran líder de una pandilla—. No es un marginado, pese a que estrictamente no se pueda decir que tenga amigos. Tan enigmático resulta que nadie, a excepción de Rusty James y su padre, saben cuál es su verdadero nombre, ni siquiera a los lectores se nos revela. Comprenderán que, ante semejante mito viviente, Rusty James lo tenga difícil para llegar a cumplir el propósito de ser como su hermano.
El mítico Chico de la Moto, protagonizado por Mickey Rourke
Y con ese propósito va transcurriendo la vida de Rusty James, sorteando los días e intentando afianzar la pandilla que lidera. Sin reglas ni más objetivos que los descritos. ¿No le controlan en casa, marcándole algún camino concreto? Su madre decidió largarse y, en cuanto a su padre, Rusty James no tiene ninguna queja de él. No estamos ante un caso de padre maltratador o padre que sienta aversión por su hijo. Pero es un borracho, vive de una pensión, y a veces está días sin aparecer por casa. No ejerce ningún control sobre su hijo, algo que Rusty James valora como algo positivo. Pero evidentemente, ¿es ese el ideal de padre que esperamos? Desde luego que no. No podemos decir que sea un buen padre debido a su omisión. Y sin embargo, cuesta juzgarle mal. Porque no es un mal hombre, sino un personaje perdido en su mundo.

Y es que La ley de la calle va de eso: de personajes perdidos que no tienen respuesta. Va esencialmente de eso más allá de pandillas, marginación y bajos fondos. No creo desvelar nada de la trama si les cuento una conversación mantenida en el último capítulo —los spoilers puros y duros vendrían si les desvelada qué sucede desde el segundo capítulo al undécimo— entre Rusty y Steve:

—Decidí que tenía que largarme de allí, y me largué —siguió diciendo Steve—. Eso fue lo que aprendí: que, si quieres llegar a alguna parte, sólo tienes que decidirlo, y trabajar como una bestia hasta el final. En esta vida, si quieres ir a algún lado, lo único que tienes que hacer es trabajar hasta conseguirlo.
—Claro —le dije—. No estaría mal, si se me ocurriese algún sitio adonde ir.
Si trabajas muy duro podrás salir del agujero, nos viene a decir Steve. Es exactamente el mismo mensaje que se te queda en la mente una vez que cierras la última página de Rebeldes. De hecho, mientras escribo estas líneas, a bote pronto me viene a la memoria una escena de Rebeldes que me parece muy significativa: en la pelea campal, Poniboy mira a su hermano Darry y reflexiona. Poniboy se dice algo así como que Darry no acabará convertido en un maleante porque es una persona responsable que trabaja muy duro. Su hermano Darry saldrá adelante. Rebeldes planteaba una salida a la marginación social. Pero ya ven la respuesta de Rusty a Steve. Por desgracia, parece que no es tan fácil, no es sólo cuestión de esfuerzo esta vida tan confusa. Tampoco la amistad es ya un valor seguro. Si Poniboy estaba rodeado de amigos leales y fieles —hasta al duro y peligroso Dallas Winstons le latía un corazoncito—, si la pandilla era la segunda familia, Rusty James no podrá decir lo mismo en la novela que tratamos. Tendrá que andarse con ojo entre sus propios pandilleros, quizás podrían intentar arrebatarle el liderazgo de la banda. Y este devenir deprimente en el cual Hinton no nos da ninguna salida es la notable diferencia con Rebeldes. Además, en La ley de la calle se agudiza aún más la dureza social: hay cabida para la heroína en sus páginas —la droga fue el motivo principal por el cuál las bandas desaparecieron—, mientras que Rebeldes no se pasaba de tabaco y cerveza. Ya ven que la crudeza es superior en el ambiente de Rusty, y los pilares que sostenían la esperanza en Rebeldes aquí están hecho añicos. Y cuando no hay pilares en los que sostenerse suele suceder que la angustia existencial aparece, y en ella acabará atrapado Rusty James —él que nunca se había preocupado más allá de lo material y tangible (3)—. Hasta el punto de que, muy a su pesar, acabará comprendiendo a su mitificado hermano. Ya saben: cuidado con lo que deseas, que puede cumplirse.

Pero es hora de que entre ya en mi opinión más personal y subjetiva. ¿Por qué mi novela favorita de Hinton es La ley de la calle y no Rebeldes? ¿Porque es más deprimente? Pues no, que una novela sea más deprimente o esperanzadora ni me quita ni me añade. Y tampoco considero que La ley de la calle sea objetivamente mejor que Rebeldes. De hecho, concedo que tal vez Rebeldes sea una novela más redonda, porque en ella no eché en falta más páginas, y con La ley de la calle sí. Quizás podría estar más exprimida y mejor aprovechada (4). Pero La ley de la calle me cautivó porque me pareció una novela profundamente poética. Y no sé si poética es la palabra exacta, pero es la que mejor se me ocurre. Y digo poética no porque presente belleza formal en su narrativa —Hinton no se anda con lirismos, el lenguaje es sencillo y coloquial, con argot juvenil, y sin recrearse en la más mínima floritura—, sino por esa atmósfera que consigue crear. Soy consciente de que ahora voy a sonar a modo de los modernistas finiseculares del siglo XIX —ya saben, que veían la belleza en la decadencia—, pero encuentro encanto en esos callejones en los que se pierde Rusty James y acecha el peligro, en ese sopor existencial, en la figura que todos evocan del Chico de la Moto y en esa épica pandilleril que Rusty quiere resucitar. ¿Era el único que veía todo esto en La ley de la calle? Pues yo pensaba que sí… hasta que vi la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola, protagonizada por Mickey Rourke como el Chico de la Moto y Matt Dillon en el papel de Rusty James. Con Rebeldes considero que Coppola no supo hacerle justicia al libro, pero con la versión de la novela que tratamos lo bordó. Lo mismo que sentía pasando las páginas de la novela lo sentí ante la pantalla, e incluso lo sentí más y mejor, tal vez hasta supere a la novela. Y es que no creo que Coppola decidiera rodar la película en blanco y negro —salvo una notable excepción que no desvelo— gratuitamente. Nunca he hecho un top-ten de mis películas favoritas, pero La ley de la calle de Coppola no puede quedarse fuera.

Ya se pasa de largo esta entrada, y tendría que ir haciendo un pensamiento. Pero no sin antes comentar dos cosas. La primera es que, al igual que pasa con Rebeldes, nos ha llegado una traducción inventada del título original, el cuál es Rumble Fish y se podría traducir como Pez luchador. Si leen la novela, entenderán el sentido del título.
La segunda, y ya finalizo, es una curiosidad. Me encontré en youtube un vídeo con la canción Agotados de esperar el fin, de Ilegales —algún día debo empezar mi proyecto en este blog de hacer entradas sobre grupos musicales—, acompañado de imágenes de la película
AVISO: NO VER EL VÍDEO SIN ANTES HABER LEÍDO O VISTO LA PELÍCULA (SPOILERS EN LAS IMÁGENES)

A quién se le ocurrió la idea de unir la canción con la película creo que acertó de lleno, porque ambas casan la mar de bien. La canción nos habla de pandilleros sin futuro, desesperados, con esa acidez tan propia de Ilegales. Pandilleros agotados de esperar el fin, como parece que esté Rusty James, sin el más mínimo proyecto de vida.

Valoración: notable alto.
Te gustará si te gusta: la literatura juvenil realista, historias crudas, existencialistas.
Fragmentos:
(1) Rusty James se pregunta por qué Steve es su mejor amigo:

Me preguntaba por qué Steve era mi mejor amigo. Le dejaba venirse con nosotros, les paraba los pies a los demás para que no le pegasen, y escuchaba todos sus problemas. ¡Dios, cómo se preocupaba aquel chaval por todo! Hacía todo eso por él, y a veces él me hacía los deberes de Matemáticas y me dejaba copiar los rollos de historia, así que nunca cargué curso. Pero a mí no me importaba cargar, con que no era mi mejor amigo por eso. A lo mejor era porque le conocía desde hacía más tiempo que a cualquiera que no fuera pariente mío. Para ser un duro, tenía la fea costumbre de dejarme enganchar por los demás.

(2) Con estos modales actuará Rusty James:

Encendí un pitillo y apoyé los pies en el respaldo de la butaca de delante. ¿Qué culpa tenía yo de que hubiese alguien allí sentado? El tipo de delante se dio la vuelta y me miró con ara de mala leche. Le sostuve la mirada, como si no me apeteciese otra cosa más que partirle la cara. Se corrió dos butacas.

(3) Rusty James se ve en una situación novedosa:

Me había sentido raro todo el día. Había empezado esa noche, cuando el Chico de la Moto me había dicho por qué me daba miedo estar solo. Tenía un poco la sensación de que nada era sólido, como si la calle fuese a inclinarse de repente y a tirarme a un lado. Sabía que eso no iba a pasar, pero era lo que sentía. Además, desde que me habían currado, lo veía todo muy raro, como si lo estuviese viendo a través de un cristal deforme. No me gustaba. No me gustaba un pijo. En toda mi vida, sólo había tenido que preocuparme de cosas reales, cosas que se podían tocar, a las que podías darles un puñetazo, o de las que podías escapar. Había tenido miedo más veces, pero siempre había sido de algo real: no tener pelas, o un tiazo con ganas de arrearte, o si el Chico de la Moto se habría ido para siempre. No me enrollaba esto de tenerle miedo a algo, y no saber exactamente lo que era. No podía luchar contra ello, si no sabía lo que era.

(4) Por ejemplo, el personaje de su padre me parece interesante, quizás se podría haber aprovechado más:

Mi padre hablaba de una forma muy curiosa. Había estudiado Derecho en la Universidad. Nunca se lo conté a nadie, porque nadie se lo hubiera creído. A mí mismo me costaba creerlo. Nunca pensé que los que habían estudiado Derecho acabasen convertido en borrachos pensionistas. Pero supongo que algunos sí.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Rebeldes, de Susan E.Hinton. O la novela juvenil atemporal que marcó el camino de un nuevo género





Ficha
Título: Rebeldes
Autor: Susan E.Hinton
Nº de páginas: 194
Editorial: Alfaguara
Lengua: Castellana
Traducción: Miguel Martínez-Lage

Sinopsis (extraída de la web de La Casa del Libro):
Las peleas callejeras entre bandas rivales desencadenan tal violencia, que muchas terminan de forma trágica. Los conflictos familiares, la marginación, la ausencia de futuro... llevan a algunos jóvenes a buscar en la calle y en el grupo lo que no encuentran en casa. Pero siempre queda un destello de esperanza.

Opinión personal
Hace unos años me llegó online uno de estos típicos cuestionarios que circulan, concretamente trataba sobre libros y literatura. Ya saben, en el que tienes que responder a cosas como libro favorito, libro que menos te ha gustado, libro del que esperabas más, libro que prohibirías, etc. Y de todas esas cuestiones, hubo una a responder que me llamó la atención. Se te pedía un libro que recomendarías. Hasta ese momento, nunca había pensado qué difícil era recomendar un libro así, a secas. Difícil y absurdo a poco que se piense. Porque, ¿cómo recomendar sin saber los gustos de la otra persona? A mí me resulta imposible. Sencillamente creo que no se puede hacer nunca una buena recomendación a ciegas. Así que la pregunta me parecía “irrespondible”. Pero algo tenía que responder, no podía dejar un hueco en blanco. Después de mucho pensar, y aún sabiendo que no existe recomendación a ciegas que sea perfecta, sólo se me ocurrió una obra: Rebeldes, de Susan E.Hinton. Porque aunque incluso de Rebeldes he sabido de gente a la que no le ha resultado satisfactoria la lectura, es la novela en la que he visto un mayor consenso favorable. Hasta el punto de que he conocido a lectores que a priori abominaban del género al que pertenece la novela, juvenil-realista-problemas sociales, y han cambiado de opinión después de leerla.

El éxito de la novela es indiscutible. Tan sólo un dato: la edición de Alfaguara que yo he manejado es de julio de 2004, se trata de la ¡quincuagésima segunda edición! —la primera de Alfaguara fue en 1985—. Y publicada, originariamente en Estados Unidos, en el año 67. Rebeldes ronda ya los cincuenta años, pero ahí sigue como lectura aún vigente, edición tras edición, con el recibimiento favorable por parte de los nuevos lectores. Y si además hay algo sorprendente de este éxito es que Rebeldes fue publicado cuando la autora contaba con tan sólo 17 años. ¿Por qué Rebeldes sigue siendo una lectura tan leída década tras década? Es lo que me propongo a exponer a continuación.
La jovencícisima Susan E.Hinton


La literatura juvenil realista, esa que responde a la suma de “adolescencia + X problema social”, a veces carga con unas determinadas críticas negativas. Las más destacadas son un tono moralista-didáctico en exceso y unos personajes acartonados y estereotipados. Susan E.Hinton supera —al menos en gran parte— estos dos efectos. Pero es que con Hinton nos encontramos con una adolescente de talento literario precoz escribiendo sobre adolescentes. Y eso, en mi opinión, produce una comunión mágica. Y por eso nos suena todo tan cercano en Rebeldes, porque está descrita y narrada con una mirada horizontal. De joven a joven. Y no con una mirada adulta, desde arriba, que resulta en ocasiones demasiado condescendiente a la hora de crear una novela juvenil, y parece que se mueva en base a patrones prefigurados. Si la memoria no me falla, leí hace años no sé dónde que Hinton con esta ópera-prima se propuso escribir la novela que le gustaría leer, pero que nunca encontraba. La fuente de inspiración principal de la autora era su ambiente cotidiano, su mundo real. Un mundo juvenil que ningún autor adulto plasmaba en sus novelas.  Me pregunto si la “novela juvenil” —al menos tal y como la conocemos hoy en día— nació aquí, con Rebeldes. Porque no conozco un referente más antiguo. Bueno, de acuerdo, en el año 1951 se publicó El guardián entre el centeno, de Salinger, también con protagonista adolescente. Pero sinceramente, me parece otro tipo de novela muy distinta. No es lo que hoy en día se entiende bajo la etiqueta de "Literatura juvenil". Y fíjense si Rebeldes es una novela de literatura juvenil que en sus páginas no encontrarán a ningún personaje adulto con un mínimo de peso. Todo queda entre jóvenes.

La voz que nos narra la novela es la de Poniboy Curtis, un chico de 14 años, aún estudiante, que perdió a sus padres y vive con sus dos hermanos mayores: Sodapop, de 16 años, y Darry de 18. Ambos trabajan, pero será Darry quien más ejerza un papel propio de cabeza de familia, como un nuevo padre para Poniboy. A parte de este núcleo familiar, hay que sumar al resto de chicos de la pandilla, que son prácticamente miembros de la familia también. Se trata de Dallas Winston,  Johnny Cake, Steve Randle, y Two-Bit. Y los 7 personajes son greasers, una tribu urbana de la condición más baja de la sociedad. Y están en guerra declarada con otra tribu urbana, ésta de clase alta: los socs. Ya tenemos, pues, el punto de partida contextual desde el que arranca la novela. Y como decía, todo esto narrado por Poniboy, en un tono coloquial que no desentona en ningún momento y es perfectamente coherente con el personaje. Hay algo peculiar en el personaje de  Poniboy: su sensibilidad, más acusada que en el resto de personajes. Y, al contrario que los demás chicos de la pandilla, tiene la lectura como afición —aunque bueno, estos dos rasgos están también en Johnny, que por algo es su mejor amigo—. Hasta cuatro menciones literarias hay en la novela: al poeta Robert Frost; a las novelas de Jack London; a Grandes Esperanzas, de Dickens; y Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell.

Y a través de esta mirada sensible de Poniboy iremos conociendo el desarrollo de la historia. Nuestro protagonista es un personaje bien perfilado. Y creo que se ve en su curiosa doble vertiente: por un lado, siente orgullo de ser greaser, y de pertenecer a dicha tribu urbana. Y es algo que se manifiesta en un simple detalle: su preocupación por tener siempre bien el pelo, luciéndolo orgullosamente. Pero por el otro lado, cuestiona también si los greasers hacen lo correcto (1), porque su fondo autocrítico anhela un futuro mejor, un futuro en el que no hay —no debe haber—lugar para las bandas, tal y como le dijo su amigo Jonhnny: “debe de existir un lugar en el que no haya ni greasers ni socs”. Ambas vertientes, contradictorias en principio, se aúnan muy bien, de forma natural. O al menos, vuestro servidor Letraherido entiende que en un mundo complejo esta doble vertiente no es tan incoherente como en un principio pudiera parecer: has nacido dónde has nacido, en el ambiente en el que te has criado y con la familia y amigos —a los que quieres— que te han tocado. Por eso, pese a que ante una pelea contra los socs Poniboy sabe que en realidad no cambiará nada ni aunque ganen, y que esa pelea es un sinsentido, Poniboy irá y participará en la trifulca. Lo irreal —y bonito— sería que Poniboy dijera “ya no seré más un greaser”. Pero la vida no es tan sencilla, y Poniboy no puede ir más allá de un posibilismo, e intentar llevar el camino más recto y mejor —algo que realmente se propone— dentro del marco social en el que está. Rebelándose contra la resignación y la falta de perspectiva que se le ofrece. Que no es poco. Podría decidir seguir los pasos de su amigo Dallas Winston, pero no es ese el camino que él quiere.

En general en Rebeldes los personajes están insuflados de vida, rápidamente te haces una idea de cómo son y de sus personalidades, y con rapidez acaban resultándote familiares. Susan E.Hinton consigue este efecto porque, a través de las explicaciones de Poniboy, nos va dando pequeños detalles de la vida cotidiana de tal o cuál personaje. Una anécdota, una pequeña manía, un gesto, una actitud. Así los personajes se perfilan bien y de forma breve (2), se distinguen unos de otros y no resultan greasers clónicos. Esto es así en general, aunque hay un personaje que está demasiado desdibujado: Steve Rander, del cual se dice que es el mejor amigo de Soda, y poca cosa más. Pero salvo la excepción de Steve, Hinton logra crear unos personajes carismáticos.

Y es que los personajes importan mucho en esta novela. Porque Rebeldes no es tan sólo una novela de rivalidad entre bandas callejeras, con tensión y su dosis de adrenalina, que también. Rebeldes es, sobre todo, una novela de relaciones personales. De amistad, lealtad y comprensión. Los tres hermanos Curtis tienen que hacer frente a la pérdida de sus padres, entenderse y reconstruir los cimientos familiares de nuevo. Algo que no les resultará fácil. Además está la amistad, los amigos son esa segunda familia. El caso de Johnny Cake es el más significativo, por lo trágico que resulta: la despreocupación de sus padres hace que la pandilla sustituya a la familia. Y es curiosa la amistad entre Johnny y Dally, porque son personajes muy contrapuestos y a la vez con una gran apreciación mutua (3). Y por supuesto también está la relación entre socs y greasers. Dos conceptos, dos caracteres que en principio están bien diferenciados pero que al final quedan relativizados en sus diferencias, porque las cosas no son blancas o negras, y a veces en esta vida tan azarosa todo depende, simplemente, de en qué lado hayas nacido —o a qué lado te haya llevado una desgracia, lo sabrán por Darry, y no digo más para no spoilear—. 
Un greaser y un soc (de izquierda a derecha respectivamente), en plena batalla campal

Rebeldes es en definitiva una novela dura y a la vez muy emotiva y tierna, sensible sin por ello resultar empalagosa. Una novela notable, precursora de un género, escrita por una chica de 16 años. Empezaba esta reseña hablando de que Rebeldes es una apuesta bastante segura para acertar en una recomendación. Creo que lo que suele gustar es que, a pesar de toda la dureza, esa esperanza reconforta mucho al lector. Una esperanza que, mientras leía, me parecía un poco ingenua en el fondo. Pero a veces, si uno quiere seguir en esta vida, no le queda otra que tener esperanza para no bajar los brazos y no aceptar la rendición. Por ingenua que sea.

Aquí podría poner punto y final a la reseña. Pero que no se me queden en el tintero tres cosas:
La primera es sobre el título de la novela. El título original es The Outsiders,  al que desde luego, la traducción de Rebeldes no es la más apropiada. Un título más fiel al concepto original creo sería algo así como Los marginados. De hecho, en la edición catalana de este clásico así es como se le conoce: Els marginats. Pero supongo que siendo ya Rebeldes un clásico ahora sería complicado cambiar el nombre.

La segunda es que, en el capítulo dos, cuando están en el cine Johnny, Dally, Poniboy y Two-bits en alguna ocasión se cita erróneamente a Dally como Darry. Me pregunto si fue un error de traducción que no se subsanó o fue una errata de la propia Hinton y al traducirlo se decidió mantenerla. Porque me extraña que hayan ido pasando ediciones y siguiera el mismo error. No sé si aún será así en la edición actual.

La tercera y última es que no quería acabar la entrada sin comentar que hubo película por parte de Francis Ford Coppola. ¿El resultado? Personalmente no me entusiasmó. La vi hace años y recuerdo que la película era muy fiel al libro, pero carente de esa magia que la novela sí tiene. Me dejó bastante frío y no me conmovió como sí lo hizo la lectura. Al menos, como nota curiosa, destaca la aparición en el film de unos jóvenes actores que posteriormente tendrían una exitosa carrera en Hollywood. Por suerte, Coppola sí hizo un auténtico peliculón con otra novela de Hinton: La ley de la calle. Pero de esa otra novela se hablará en La posada del lector en otra ocasión.
Los siete greasers principales en la película de Coppola

Valoración: notable
Te gustará si te gusta la novela juvenil realista.
Fragmentos:
 (1) Ejemplo de reflexión autocrítica:

Nos ganamos a pulso buena parte de nuestros problemas, pensé. Dallas se merece todo lo que le cae encima, y podría ser mucho peor, si quieres que te diga la verdad. Y Two-Bit, en realidad, ni quiere ni necesita la mitad de las cosas que manga. Sencillamente le parece muy divertido afanar todo lo que esté bien vigilado.
(2) En una pincelada, Susan E.Hinton nos diferencia a dos chicas socs:

—Ponyboy, ¿vienes conmigo a por palomitas? —me preguntó Cherry.
Pegué un bote.
—Claro. ¿Queréis todos?
—Yo sí —dijo Marcia. Estaba terminando la Coca-Colsa que le trajo Dally. En este momento me di cuenta de que Cherry y Marcia no eran iguales. Cherry había dicho que bebería la Coca-Cola de Dally ni aunque se estuviera muriendo de sed, e iba en serio. Era por principio. Pero Marcia no tenía razón alguna para tirar una Coca-Cola perfecta y gratis.
(3) Ejemplo de cómo Johnny es capaz de ver algo noble en Dallas Winston.

—Me juego lo que quieras a que eran gente fenómena —dijo con los ojos brillantes, después que yo le leyera la parte en que cabalgaban hacia una muerte segura sólo porque eran galantes—. Me recuerdan a Dally.
—¿Dally? —dije sorprendido—. Pero si Dally no tiene mejores modales que yo. Y ya viste qué manera de tratar a las chicas la otra noche. Soda se parece más a los tíos del Sur.
—Sí, en los modales un poco, y en eso del encanto también, digo yo —dijo Johnny lentamente—, pero una noche vi cómo a Dally se lo llevaban los de la bofia y estuvo todo el rato tranquilo del todo. Lo pillaron por romper las ventanas del edificio de la escuela, y el que lo hizo fue Two-Bit. Y Dally lo sabía. Pero no hizo más que oír la sentencia sin parpadear ni intentar negarlo. Eso sí que fue galante.
 

miércoles, 5 de agosto de 2015

La carretera, de Cormac McCarthy. O mantener fe y ética cuando el mundo cae en la barbarie.





Ficha
Título: La carretera
Autor: Cormac McCarthy
Nº de páginas: 216 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Debolsillo
Lengua: castellano
Traducción: Luís Murillo Fort 

Sinopsis (extraída de la web de La Casa del Libro):
Una demoledora fábula sobre el futuro del ser humano, ganadora del Premio Pulitzer 2007. La carretera transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo un viaje con él. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan sus escasas pertenencias, recorren los lugares donde el padre pasó una infancia recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío «capaz de romper las rocas».

Opinión personal
Cormac McCarthy es uno de esos autores vivos que suenan como candidato al Nobel de literatura. ¿Obtendrá McCarthy tal galardón? No sé, tal vez me equivoque, pero me da la impresión de que cuando un nombre suena mucho en las quinielas para hacerse con el premio lo más probable es que no se lo den. Pero mejor que no me pierda por vericuetos nobelísticos, que ahora no proceden. El caso es que me picó la curiosidad, y decidí leer alguna novela de este autor. La que cayó en mis manos  fue La Carretera. Y la verdad, la impresión ha sido bastante positiva, tendré que repetir con McCarthy. Vayamos ya con la novela que nos ocupa:
Cormac McCarthy

La carretera se puede encuadrar en un subgénero típico de la ciencia ficción: la novela post-apocalíptica. Añadiéndole además un toque de “novela de carretera”. ¿Qué ha pasado con la civilización para que nos hallemos en este escenario post-apocalíptico? Parece que los indicios —tierras calcinadas, bajadas de temperaturas, cielos cubiertos y grises— apuntan a un estallido nuclear, aunque en ningún momento se da la mínima explicación del por qué de la tragedia, tal vez porque el origen de la catástrofe ya no importa. No hay tiempo para mirar atrás cuando nuestros dos protagonistas, un padre y un hijo, tienen que mirar al frente y sobrevivir día tras día, sin más equipaje que unas pocas pertenencias que caben en el carrito de supermercado que arrastrarán a lo largo de las páginas. Y todo con el objeto de llegar al sur, con la esperanza de encontrar algo mejor, a la vez que sortean peligros, o lo que es lo mismo: a otros humanos en el camino. Esa es, muy resumidamente, la historia básica que nos encontramos en La carretera. Y todo esto contado de forma escueta pero no por ello deficiente. No sé si han oído hablar del dicho que dice “menos es más”. Pues bien, esa máxima extraigo yo de La carretera. Parece que McCarthy quiera ahorrar verborrea inútil y largos fragmentos explicativos. Tampoco se recrea en lo que cuenta. Porque McCarthy te lo cuenta todo sin ahorrar nada, pero sin por ello regodearse lo más mínimo. Y es que a veces algo que a priori parece poca cosa puede resultar ser mucho, y eso pasa con La carretera. La mayoría de críticas que ha recibido la obra han sido elogiosas, hasta el punto de que la novela se alzó con el prestigioso premio Pulitzer. Sin embargo, hay una crítica que ha llamado mucho mi atención, porque es de las pocas críticas negativas que he encontrado, la pueden leer aquí, y ya adelanto que estoy en desacuerdo con ella. Pero lo bueno de la literatura es eso: que puede haber disparidad de opiniones. Y un mismo rasgo literario, que para alguien es un desatino, para otro puede suponer todo un acierto. Y parece que eso nos pasa al señor Gándara y a mí respecto a La carretera. Así que mostraré esta crítica negativa tres fragmentos, para servirme de ellos como muleta argumentativa y exponer mi opinión de la novela de McCarthy.
<<Lo primero que sorprende es la escasa gama adjetivadora y de recursos de que el narrador dispone para describir el paisaje desolado y terminal de una tierra que ha sufrido un holocausto nuclear. Con el frío, lo gris y lo ceniciento insistiendo como un solo de tambor página tras página (repito: página tras página) no parece que puedan conseguirse grandes efectos ni emociones.” (…)Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela)>>.
Cierto. Hay una persistencia de lo gris en las descripciones. ¿El motivo? No hay ni una brizna de hierba, ni rastro de vida. Nada de animales o plantas. El paisaje está calzinado, así que es normal que el gris sea el color predominante. No por ello me parece una descripción descuidada. Cierto, no hay una reiterativa acumulación de adjetivos a la hora de describir, pero tal cosa no significa que la descripción sea poco detallada ni descuidada. (1)
Y sí, lo gris nos acompañará a lo largo de la novela. Página tras página, como dirá Gándara. Pero no parece ser por falta de talento de McCarthy —del cuál, según he leído en otras críticas aunque no puedo asegurarlo con mi palabra, el resto de su producción literaria presenta unas descripciones muy alejadas de las que encontramos en La Carretera—, sino más bien como un efecto producido expresamente.
Porque ese gris sempiterno de los cielos y esas cenizas que pisan refuerzan el efecto que nos producen las penurias de los protagonistas. ¿Hace falta una retahíla de adjetivos y una recreación más lírica o exhaustiva? Yo, sinceramente, no lo he echado en falta. La sobriedad no empeora necesariamente una descripción, ni el recargamiento la mejora tampoco forzosamente.
<<Por lo que respecta al punto de vista, es decir, a quién cuenta, por qué y cómo se justifica, nos hallamos ante la habitual voz narrativa que vale para un roto y para un descosido, a saber, neutra (para entendernos) y saliendo de no se sabe dónde, quizá de alguna esfera sideral, como un ojo de cámara cuyo operador es Dios mismo (tengo oído que ya existe película de esta novela).>>
Tiene razón de nuevo Gándara respecto a la voz narrativa: es neutra. Pero cuando se pregunta que de dónde sale la voz narrativa me pierdo un poco. Si el narrador es externo, si no nos narra un personaje de la novela, no entiendo el por qué preguntarse de dónde sale la voz. Y sí, la voz es fría y monocorde. Pero volvemos a lo mismo que he comentado sobre la persistencia del gris: no es un rasgo que lastre la novela, más bien al contrario. Esa voz aséptica, como una cámara objetiva, nos transmite ese frío que sienten los personajes, esa sordidez del día a día de supervivencia. Pero además, en La carretera no importa sólo lo que se dice. Importa también lo que no se dice. ¿Cómo se llaman los protagonistas? No lo sabemos, son “el hombre” y “el chico”, sin más. Y esta omisión podría tener valor simbólico: ¿representan nuestros protagonistas a la humanidad y por eso no se detallan los nombres? Porque siguiendo con los nombres, ¿en qué territorio están de los Estados Unidos? ¿Qué pueblos recorren? ¿De qué Estado? Tampoco lo sabemos. ¿Pero acaso importa? Cuando la civilización cae y entramos en la más absoluta barbarie, cuando no hay ningún tipo de justicia ni orden administrativo, ¿qué importan los nombres territoriales? Este aire indefinido, esta falta de concreción onomástica crea una atmósfera fantasmal en la novela, y hasta amenazante. Y como lector, también he tenido a veces la sensación de que un silencio recorre la novela. Un silencio que puede ser muy triste en la soledad de nuestros dos personajes, pero también es sinónimo de seguridad. Si no hay ruido, no hay amenaza. También los diálogos entre padre e hijo estarán cargados de unos silencios con mucho significado.
<<En este orden de cosas, los alardes literarios del narrador, consistentes sobre todo en el quebranto y fragmentación de la frase, y el uso de los diálogos sin el signo de guión y sin acotaciones, sirven para desfigurar las referencias y para construir un paisaje literaturizado que oculta la percepción material de la catástrofe. Ya entiendo que esta percepción podría ser elidida en función de otros objetivos. Pero no los hay. Y no los hay porque lo que la novela cuenta es la historia de un padre y de un hijo pequeño que tienen que atravesar un desierto en el que antes se erigía la civilización, y cuanto les ocurre es lo que ocurriría a cualquiera en esas circunstancias. Sin haber más en esta narración. En suma, peripecia previsible y nada más que peripecia.>>
De nuevo hay aquí información objetiva y cierta: los diálogos están carentes del signo discursivo del guión. No hay tampoco división de capítulos, y la novela está estructurada en una sucesión de fragmentos, la mayoría no muy extensos. Pero no veo que oculte “la percepción material de la catástrofe”. La catástrofe la vemos no sólo por la calcinación y la falta de vegetación, también por pueblos fantasmales y edificios abandonados. Volvemos a lo comentado anteriormente, ¿qué se necesita para que la catástrofe esté visibilizada? ¿Largas descripciones ricas en adjetivos? Hasta aquí he mostrado ya mis discrepancias con la crítica. Creo que, evidentemente, hay un punto subjetivo en nuestras opiniones. Y tal vez sea cosa mía que me miro la novela con buenos ojos, o que este tipo de descripción no me desagrada. Pero ahora llegamos a un último punto discrepante en el que vuestro amigo Letraherido no se bajaría de la burra ni aunque le pagaran. Me refiero a eso de que en La Carretera no hay nada más que una historia de supervivencia de un padre y un hijo, “peripecia previsible y nada más que peripecia”. Porque, a poco de empezar la obra, había algo en la relación padre e hijo, algo que se ve en sus diálogos, que ya me llamaba la atención. Es un tema que sobrevuela a los protagonistas, más allá de la dificultad de subsistir en un mundo salvaje y hostil, y me atrevería a decir que es el tema principal de la novela: la ética.
El hombre y el chico, padre e hijo, protagonizados por Viggo Mortensen y Smit-McPhee respectivamente. En la película homónima dirigida por John Hillcoat
No, La carretera no es ni de largo un tratado de ética. Ni tampoco un ensayo sobre moralidad. Afortunadamente no es nada de eso —de serlo, la novela sería, imagino, algo así como un panfleto infumable—. Pero en esa relación padre-hijo ves que no sólo se preocupan de sobrevivir, tienen además la necesidad de creer que hacen lo correcto, de “seguir siendo los buenos”. Que por cierto, esta pregunta que formula el niño, “¿aún seguimos siendo los buenos?”, suena tan inocente y tierna como devastadora. El niño parece el último reducto de humanidad para una sociedad que ya no parece humana, porque en La carretera se vuelve no ya a una civilización dura y primitiva, sino a la barbarie absoluta. No es la primera vez que la ficción ha tocado el tema de la caída de la civilización y de cómo se instaura la ley del más fuerte. Pero personalmente, como lector, sí es la primera obra que me encuentro en la cual además ya no hay vegetación ni animales. Sólo quedan humanos deambulando en una tierra estéril. Así que para alimentarse, cuando no puede haber ni caza, ni pesca, ni agricultura ni ganadería, sólo hay dos posibilidades: 1- Latas de conserva de la extinta civilización —el problema es que, obviamente, cada vez son más escasas y difíciles de encontrar, ya que es lo primero que se busca— y 2- Canibalismo. Cualquier humano que te encuentres en el camino puede ser un potencial depredador. Y en este contexto, en el cual más que nunca “el hombre es un lobo para el hombre”, el niño pretenderá ayudar y hacer todo lo posible por cualquier persona que encuentre en el camino. Nunca le faltará al chico la compasión para nadie. Para disgusto de su padre, más consciente del peligro que corren, ya sea porque el auxiliado pudiera tener intenciones poco agradecidas con sus benefactores, o ser un cebo en mitad del camino. Además de que, cuando el hambre les hace estragos, puede ser suicida compartir los escasos víveres que posees con una tercera persona. Pero he aquí una paradoja: el niño cuestionará la negativa sensata del padre a ayudar al prójimo… gracias precisamente a la educación del propio padre (2). Porque él le enseñará que “llevamos el fuego”, y que “somos los buenos”.
Y así, sobreviviendo a duras penas, prometiéndose no involucionar de personas a monstruos, nuestro padre e hijo siguen camino hacia el sur, con más fe que esperanza en encontrar algo nuevo, algún espacio humanitario. Hacia el sur, y siempre hacia el sur, dirigirán sus pasos con una ingenuidad auto imbuida, un auto engaño forzoso para seguir con vida. De no ser así, uno se pregunta para qué vivir, si merece la pena seguir con vida de esta guisa, con el eterno miedo en el cuerpo. Aunque este autoengaño lo veo más presente en el padre que en el hijo, ya que al “hombre” le asaltarán dudas de si no tendría que usar su pistola para poner fin al sufrimiento, como sí hizo una persona querida por él —revelado en uno de los flashbacks presentes en la novela—. Pero el padre encuentra un anclaje a la vida: su hijo. Es todo lo que tiene, y me aventuro a decir que si sigue adelante es únicamente por eso. Porque debe haber —o nacer en breves— un nuevo mundo incorrupto para alguien aún no embrutecido. “Si él no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca”, dirá viendo a su hijo dormir.
Supongo, apreciados lectores, que ya se les hace larga y pesada esta entrada. Así que abrevio con un último detalle: esa cita a Dios no me parece casual. Y no es la única que encontraremos en esta lectura. Se me quedó un regusto bíblico (3) al cerrar la novela. Lo mismo que con lo de “llevar el fuego”, que me ha recordado al mito de Prometeo. Esto que expongo a continuación es pura conjetura mía, pero, igual que Prometeo tuvo que pagar un precio por llevar el fuego a la humanidad, nuestros protagonistas “llevan el fuego” y reciben también un castigo, aunque sea por parte de una realidad insoportable.
La Carretera es, en definitiva, una novela dura. Una novela de ciencia ficción post-apocalíptica en la que los motivos y causas de tal desastre no importan, porque es más que nada una historia de supervivencia, como dice Gándara. Pero para mí hay algo más. Es un viaje buscando una esperanza, cuando nada invita ya a ella. McCarthy sitúa a dos personajes que se niegan a ser monstruos para sobrevivir en la situación más extrema posible, y en algo tienen que aferrarse si deciden seguir adelante y no despedirse de la vida.

Valoración: notable.
Te gustará si te gusta las novelas de ciencia ficción post-apocalítptica. No te la recomiendo, sin embargo, si no puedes con las novelas deprimentes ni de catástrofes.
Fragmentos:
 (1) Puede gustar o no, pero yo no diría que este texto es descuidado:
Cuando hubo clareado lo suficiente observó el valle con los prismáticos. Todo palideciendo hasta sumirse en tinieblas. La suave ceniza barriendo el asfalto en remolinos dispersos. Examinó lo que podía ver. Segmentos de carretera entre los árboles muertos allá abajo. Buscando algo que tuviera color. Algún movimiento. Algún indicio de humo estático. Bajó los prismáticos y se quitó la mascarilla de algodón que cubría su cara y se frotó la nariz con el dorso de la muñeca y luego miró otra vez. Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno (…)
Despertó antes del alba y vio despuntar el día gris. Lento y medio opaco. Se levantó mientras el chico dormía y se puso los zapatos y envuelto en la manta caminó entre los árboles. Bajó a una grieta en la piedra caliza y se agachó para toser y tosió durante mucho rato. Luego permaneció de hinojos en la cenizas. Levantó la cara al pálido día.

(2) Cuando eres un niño espabilado y te das cuenta de que la realidad de la vida no coincide con la del cuento:
 Pasaron allí todo el día, sentados entre las cajas de la tienda.
                tienes que hablarme, dijo.
                Estoy hablando.
                ¿Seguro?
                Ahora te estoy hablando.
                ¿Quieres que te cuente un cuento?
                No.
                ¿Por qué?
                El chico le miró y apartó la vista.
                Esos cuentos no son verdad.
                No tienen por qué. Son cuentos.
                Sí, pero en esas historias siempre estamos ayudando a gente y nosotros no ayudamos a la gente.
                ¿Por qué no me cuentas tú algo?
                No tengo ganas.
                Vale.”
(3) Sólo un ejemplo más: 
Cruzar aquella región costrosa y gris les llevó dos días. Más allá la carretera seguía la cresta de un cerro a ambos lados del cual el monte árido descendía. Está nevando, dijo el chico. Miró al cielo. Un solitario copo grisáceo que cayera de un tamiz. Lo atrapó en la palma de su mano y lo vio expirar como la postrera hostia de la cristiandad.