sábado, 27 de septiembre de 2014

Ciento volando de catorce, de Joaquín Sabina. O cuando un cantautor prueba suerte con los sonetos pero en su cancionero sigue estando su mejor literatura.




Ficha 
Título: Ciento volando de catorce.
Autor: Joaquín Sabina.
Número de páginas: 142
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Visor libros
Lengua: Castellano

Sinopsis (copiada de la contraportada, palabras de Luis García Montero)
El mundo de Joaquín es real y matizado porque surge de la melancolía para desembocar en los impulsos irónicos. El vitalismo de sus consignas procura darle la vuelta a los relojes y a las palabras. Cuando camina, lo mismo que cuando baila, no hace otra cosa que soñar con los pies, perseguir en los horizontes de la len titud un argumento seductor para la defender la prisa. Y Joaquín resulta convincente porque su mundo personal es fruto de una experiencia colectiva, recuerdo de unos años en los que había que correr para escapar de la mediocridad, la sopa triste, la moral de las mesas de camilla y los argumentos asumidos a golpe secreto de renuncias personales.

Opinión personal
Varias veces, siendo estudiante, tuve profesores de lengua y literatura que ponían de ejemplo a Joaquín Sabina como un tipo que escribía unas letras excelentes. Y aunque a mí me molestaba el hecho de que parecía que Sabina era el único cantante que componía buenas letras —os lo juro, nunca me citaron a otro—, la comparación me parecía acertada. Con 13 años cayó en mi mano el disco Esta boca es mía, el cuál me fascinó y es hasta la fecha mi disco favorito del cantautor de Úbeda. Canciones como "Ruido", "Siete crisantemos" o "Por el bulevar de los sueños rotos" las escuché innumerables veces. Así Joaquín Sabina pasó a ser uno de mis cantautores favoritos y, desde luego, a esa edad ya me di cuenta de que aquellas letras eran mejores que las del 90% de canciones que sonaban en las radiofórmulas. Normal que, unos pocos años más tarde, cuando me enteré de que Sabina había sacado un libro de sonetos, fuera a la librería a hacerme con esta obra que hoy, queridos bebedores literarios, se tratará en La posada del lector.


Ciento volando de catorce es un libro de sonetos, 100 en total y distribuidos en varias partes diferenciadas. Así pues, tenemos:
— Los poemarios agrupados en “Señales de vida”, que nos muestran los sonetos con un yo más personal de todo el poemario.
— Los que están agrupados en “Pies de foto”, en los que se retrata y/o homenajea a amigos y familiares. Desfilan por esta serie personalidades famosas como Pablo Milanés, Andrés Calamaro, Fernando Savater, Javier Krahe, Francisco Umbral, Rafael Alberti y un largo etcétera.
— Tenemos otros 7 sonetos que giran en torno a la tauromaquia bajo el título de “Seis dedos en la llaga de Tomás y un brindis a la sombra de Antoñete”.
— Otro pequeño grupo de temática amorosa, “Quién lo probó lo sabe”.
— La serie de sonetos “Benditos Malditos Malditos Benditos”, en los que todos tienen la misma estructura, y Sabina se dedica a bendecir o a maldecir aquello que adora o detesta.
— Por último, tenemos dos sonetos más: el de introducción y el de despedida. El de introducción es una captatio benevolentia en toda regla, en la que Sabina, consciente de su fama y de que llega al gran público, expresa el deseo de que el lector salte desde su obra a otros poeta (1).

Pero vamos ya a comentar la obra. ¿Qué me ha parecido la lectura? Pues veréis, Joaquín Sabina domina más que de sobras los recursos literarios en sus canciones: sabe crear buenas comparaciones, anáforas y asíndetons que arman bien estructuralmente la canción, personificaciones, metáforas, etc. Y todo esto se encuentra también en sus sonetos, de la misma manera que también encontramos esa temática canalla, urbana y con una dosis de realismo cotidiano, a veces un tanto sórdido — bueno, esto último, dicho así, puede dar la idea de que el poemario es deprimente, pero no: hay muchos sonetos para la risa y para la amistad, y además ese realismo triste se matiza con un toque hedonista, que invita a vivir los pequeños placeres (2)— . Y sin embargo, a pesar de que en Ciento volando de catorce encontramos los mismos recursos poéticos y temáticos que en su cancionero, hay algo que no me termina de convencer, algo que no me funciona igual de bien que en sus canciones. Quizás lo más primordial en un soneto es su fluidez, su musicalidad. Por eso en la literatura española se considera a Garcilaso de la Vega el autor que dignificó el soneto pese a no ser él el primero en escribirlos, ahí estaba el Marqués de Santillana. Pero el soneto del Marqués de Santillana no fluía con la misma naturalidad que el de Garcilaso. Porque no basta con cuadrar las 11 sílabas en 14 versos, el verso debe fluir y no quedarse constreñido. Por eso no es nada fácil escribir un soneto, y a veces en la lectura tenía la sensación de que el verso estaba un poco anquilosado, con giros y expresiones un tanto bruscas —algunas en inglés, o usando expresiones populares como el “candemor” de Chiquito de la Calzada, que no me acaba de sonar bien—, y tomándose a veces Sabina ciertas licencias poéticas, como en el poema "Plasticorazones", en el que al final de un verso con una nota al pie nos dirá “sí, falta una s ¿pasa algo?”, o en el poema “Todo a cien” que escribe una frase en inglés y nos señala que hay que pronunciarse tal y como se escribe.

Y dejando de lado la musicalidad intrínseca del verso y su fluidez, tampoco es un poemario en el que me recree gustosamente leyendo, una y otra vez, un mismo poema. De su poesía amorosa pocas composiciones me llegan a decir algo. No me deleito en ellos como sí con la poesía de otros poetas como Pablo Neruda o Pedro Salinas. Aunque hay sonetos que no están nada mal como el de "Puntos suspensivos"(3), en mi opinión de los más logrados de la obra. Y en otras ocasiones me encuentro un verso muy bueno, o incluso una estrofa que me parece impecable, pero el conjunto total del soneto me suele fallar. Por eso prefiero las letras de sus canciones —recogidas, por cierto, en la obra Con buena letra, y que con cada nuevo disco van ampliando el libro en una nueva edición—. Y conste que no digo esto como desprecio, no es fácil escribir una buena letra de canción, ni siquiera creo que sea un género menor. El propio Luis García Montero nos cuenta en el prólogo escrito especialmente para la obra que nos ocupa que:

<<Esta conciencia de los tonos diferentes exigidos por el poema y la canción no supone un orden jerárquico, un privilegio valorativo a favor de alguno de los dos mundos. No nos engañemos, porque Joaquín respeta demasiado a la poesía, y no está dispuesto a jugar la partida hipócrita y su fama por un plato de musas solitarias y purísimas. Aunque sea costumbre desear lo que no se tienen, quien haya asistido a un concierto de Sabina en la Plaza de Las Ventas puede comprender sin dificultad que el cantante no está en canciones de despreciar su trabajo. Hay pocos espectáculos tan emocionantes como la complicidad vital que se da entre este peregrino de la noche que ajusta cuentas con el mundo, rebelde hasta el pliegue final de su consciencia, y una multitud decidida a corear sus carreras ante los toros del tiempo, la muerte, las renuncias y los diversos disfraces de la policía. Una canción capaz de emocionar y de definir sentimentalmente la historia de tres generaciones es algo que debe tomarse muy en serio. El arte no consiste en tener buenas ideas, sino en llevarlas a cabo de un modo convincente, y Joaquín Sabina se ha salido muchas veces con la suya, por la capacidad que tiene de convencer con sus historias, sus imágenes y sus palabras>>

 
Luis García Montero y Joaquín Sabina
Para terminar, resumiendo todo lo dicho, Ciento volando de catorce no es mi libro de poesía favorito. Y me quedo con el Sabina de las canciones. Sin embargo, el poemario es simpático, hay sonetos que te hacen esbozar una sonrisa, así que tampoco lo desaconsejo.

Puntuación: Suficiente
Te gustará si te gusta Joaquín Sabina, y también si te gusta cierta poesía de circunstancia cotidiana (esos bares que nombra en un soneto, esos amigos que salen con él de juerga, esa secretaria que le lleva las cuentas, etc)
Fragmentos:
 (1) El primer cuarteto del soneto "Coitus interruptus (sic)" nos dirá:
Ojalá quien visite este folleto
sea lego en Chaquespiare y en sor Juana,
no compite mi boina de paleto
con el chambergo de Villamediana.

(2) Se ve muy bien en el soneto “De pie sigo”, que nos dice que la vida conlleva vivir todos sus contratiempos, pero qué carajo, hay que vivir, aunque duela, que al menos estamos vivos:

DE PIE SIGO
            Para Ale
Ni abomino del mundo por sistema
ni invierto en los entuertos que desfago.
El aire que respiro es un problema
que no tienen los muertos. Cara pago

la prórroga roñosa de la vida
con su ya, su enfisema, su albedrío,
sus postres con tufillo a despedida,
sus álamos, su prótesis, su río.

De pie sigo, lo digo sin orgullo
pero con garapullos de cobarde
que todo espera porque nada es suyo:

el sabotaje de las utopías,
la amnistía que llega mal y tarde,
el chantaje de las radiografías.

(3) PUNTOS SUSPENSIVOS
Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijama con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es escalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

sábado, 24 de mayo de 2014

La melancólica muerte de Chico Ostra, de Tim Burton. O las consecuencias de ser un freak



 

Ficha

Título: La melancólica muerte de Chico Ostra
Autor: Tim Burton
Nº de páginas: 144 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Anagrama
Lengua: Castellano
Traducción: Francisco Segovia
ISBN: 9788433968999

Sinopsis (extraída de la web de la casa del libro)
En este libro, escrito y dibujado por Tim Burton, el cineasta de Ed Wood, Batman, Eduardo Manostijeras y Beetlejuice se muestra fiel a su universo de una inventiva tan particular, en la que se mezclan la crueldad y la ternura, lo macabro y lo poético.
Tim Burton nos ofrece una asombrosa galería de niños solitarios, extraños y diferentes, excluidos de todos y próximos a nosotros, que nos van a horrorizar y enternecer, a emocionar y hacer reír.

Opinión personal
Hablar de Tim Burton es hablar, esencialmente, de cine. Pero el cineasta también explotó su vena creativa con La melancólica muerte de Chico Ostra, un poemario de 23 poemas narrativos ilustrados por el propio Burton. Y, aunque Burton cambia de registro artístico, en La melancólica muerte de Chico Ostra nos ofrece el mismo universo Burtiano de siempre, reconocible para todos aquellos que estén familiarizados con su cine.

Un inciso: me gustan varias películas de Tim Burton, aunque con otras no termino de disfrutar. Con el cine de Tim Burton me pasa algo curioso, y es que siento que me da una de cal y otra de arena. Por un lado, me gusta muchísimo lo que expresa en su cine, me gustan mucho sus personajes extraños a ojos de los demás, inadaptados, que no pertenecen al mundo porque forman parte de otro —o de ninguno, porque están entre dos mundos, y por ende de ninguno—. Pero por otro lado, hay algo que no me acaba de convencer de Burton… y no sabría explicar exactamente el qué, quizás es la combinación de la estética gótica con el humor.

Sin embargo, La melancólica muerte de chico Ostra si es totalmente de mi agrado, ya que recoge lo que más me gusta de Burton. Por los poemas desfilan una serie de niños extraños, literalmente monstruosos, —porque Burton es muy literal—, así Chico Brie tendrá literalmente un queso por cabeza, y Carboncillo será un niño de carbón. Uno se acuerda, irremediablemente, de Eduardo Manostijeras. Un personaje con una peculiaridad física —en vez de manos tiene tijeras— que le hace ser un “monstruo” y sin embargo es extremadamente bondadoso e inocente. Al principio, para la comunidad social, Eduardo Manostijeras es una novedad muy mona, pero al final la mezquindad del vecindario, que desde luego no tiene la bondad ni la candidez del protagonista, lo verá como un monstruo peligroso, y le cogerá miedo. De la misma manera, en La melancólica muerte de Chico Ostra, da la sensación de que los personajes, pese a su apariencia monstruosa, no tienen ni pizca de maldad y son pura inocencia, y si algunos provocan miedo es porque ni ellos son conscientes de que están haciendo algo mal. Por citar un caso: Chico Momia, que resulta que es un antiguo faraón reencarnado, le gusta jugar a perseguir doncellas para sacrificarlas. Lo cual, evidentemente, conllevará el rechazo de los demás y hará que Chico Momia se quede triste y solo. Y al final acabará muerto de un palazo en la cabeza  al ser confundido con una piñata. La obra, por lo tanto, tiene también un toque de humor negro, en una mezcla extraña de crueldad y ternura.

Así pues, cada poema nos irá presentando uno de estos niños monstruitos y ninguno acabará demasiado bien. Algunos mueren, como el  ya citado Chico Momia. Y otros se llevarán algún chasco en la vida o fracasando. Es el caso de Ojos de Clavo, que ilusionado se hace su arbolito de navidad pero, estando ciego, el pobre no se da cuenta de que su árbol es un desastre y está mal hecho. O el Chico Robot, al que todo el mundo acabará confundiendo con un cubo de basura. O la Chica Vudú, que tiene agujas clavadas en el corazón y cuando enamora a algún chico no podrá abrazarlo si no quiere que sus propias agujas se le clavan aún más adentro — Dios Santo, ¿no es una metáfora perfecta? . Tanto las narraciones y los personajes pueden parecer un poco absurdos a priori, pero a poco que reflexionas sobre los poemas te das cuenta de lo metafóricos que son. Personalmente, me encantó la metáfora que veo en el de Chico Tóxico, pero no la comentaré que bastante he destapado ya de poemario.
El pobre Chico Robot, usado como cubo de basura.


La obra se lee en nada, los poemas son breves y de fácil comprensión tanto en español como en inglés —la edición que manejo, de anagrama, los muestra también en inglés en el anexo final—, y con un toque a modo infantil. Y digo "a modo infantil" porque creo que es más un tono aparente que no el hecho de que sea una obra propiamente dirigida a niños. O al menos, no sé si es muy adecuado para un niño que se citen problemas de erección —en el caso del padre de Chico Ostra—, o que el Chico Robot sea un robot porque su madre fue adúltera y mantuvo relaciones sexuales con un horno. Así que yo, personalmente, veo la obra más destinada al público adulto —a un público adulto que no tenga prejuicios ante barnices infantiles, claro—. ¿Y por qué son los protagonistas niños? Tal vez Tim Burton se base en circunstancias de su infancia. En palabras del propio Burton (de su biografía My Art and Films): “Muchas de las cosas que ves cuando eres niño permanecen contigo. Pasas la mayor parte de tu vida intentando asimilar esas experiencias”.

En definitiva, La melancólica muerte de Chico Ostra ha sido una buena lectura, amena, y más profunda de lo que aparentemente pueda parecer. Y los dibujos merecen también mención especial, ya que refuerzan el mensaje de los poemas.

Puntuación: Notable.
Te gustará si te gustan especialmente las películas de Tim Burton y su universo estético.
Un framento:

CARBONCILLO

En Navidad, Carboncillo, como siempre recibió
carbón, lo que lo alegró.

En Navidad, Carboncillo, en lugar de su carbón,
algo pequeño encontró,
cosa que lo confundió.

En Navidad, Carboncillo padeció una confusión:
alguien creyó que era hollín
y a la calle lo barrió.

 
Carboncillo, en lugar de su carbón, algo pequeño encontró, cosa que lo confundió.

lunes, 14 de abril de 2014

Sánchez Piñol, la narrativa, el comic y la ética



Encontré el otro día un vídeo interesante, en el que el escritor Albert Sánchez Piñol hacía una reflexión curiosa y anecdótica. No puedo privarme de compartirla públicamente. Al estar el vídeo en catalán, les hago un resumen traducido de sus palabras para los que sean de fuera de Cataluña:


<<Yo comencé a introducirme en la narrativa a través del cómic. Antes explicaba sobre como conformamos el mundo a través de la narrativa. Yo soy de una generación que sufría con la generación vaquilla, ibas por la calle y los quinquis te quitaban la bolsa de pipas. Yo lo que pensaba es que a los quinquis había que cogerlos y bombardearlos, y fin del problema. Cuando ibas a clase y preguntabas en clases de ética y religión por qué no bombardeábamos a los quinquis que te robaban la bolsa de pipas yo ni recuerdo la explicación que te daban. ¿Y por qué no la recuerdo? Porque no era nada convincente. Pero un día, en la pre adolescencia, me acuerdo que leí un cómic de Spiderman, el cuál tenía una novia que estaba muy buena: Gwen Stacy. Si te acuerdas bien, hay un cómic en el que el Duende Verde mata a Gwen Stacy, un cómic que marcó época. Allí sí entendí por qué no había que matar a los quinquis, porque Spiderman no mata al Duende Verde. ¡Ahá! Porque si Spiderman mata al Duende Verde se convertirá en el Duende Verde. ¿Y verdad que es su peor enemigo? Esto si te lo dice un cura no tiene ningún sentido. Si te lo dice Spiderman lo entiendes. Este es uno de los valores de la narrativa.>>

domingo, 23 de marzo de 2014

Dos biografías musicales, y el duro camino al éxito.


Terminé hace días la autobiografía de Miguel Ríos, Cosas que siempre quise contarte. Y ando leyendo justo ahora una biografía de Barón Rojo, escrita por Mariano Muniesa. Hay dos fragmentos que he destacado de ambas lecturas, dos fragmentos que hablan de la incertidumbre y de lo que cuesta llegar a triunfar. Muchos artistas, después de trabajo y esfuerzo, lo logran. Tanto Miguel Ríos como Barón Rojo, más allá de gustos musicales personales, están en las páginas de la historia musical de este país. ¿Pero y los que se cayeron por el camino y no llegaron? Son muchos los que caen. Y los que triunfaron, muchas veces, estuvieron a punto de caer también.Comparto dos fragmentos con ustedes:


El capricho ingobernable de la memoria amontona en mi cabeza los recuerdos amargos de los múltiples reveses que me ha propinado mi empecinamiento en vivir de un oficio más inestable que la Bolsa. Las noches de insomnio y confusión, atrapado en el círculo vicioso del miedo al fracaso. El miedo a no ser elegido. Esas imágenes de pensiones malolientes, de hoteles de carretera, de trenes de medianoche, de pueblos remotos, de salas semivacías, de públicos que miran lejos del foco que me enmarca, de inciertas carreteras secundarias que muestran tras la última curva un escenario sin luces, un equipo que no funciona, un camerino sin váter. De ese continuo desasosiego, emerge un chaval que se sobrepuso al insalvable revés de no debutar en el Rex. Un chaval sostenido por la esperanza y la necesidad de triunfar. Eso es lo que le contaba a mi cuñado, asesor y confidente en la distancia, en la mayoría de las cartas de esos años inciertos: <<Si no fuera porque sé que voy a triunfar, a ser el número 1, me volvería a casa. Son muy duras la incertidumbre y la soledad. Pero ¿qué voy a hacer en Granada?>>

Cosas que siempre quise contarte. Miguel Rios




Mariscal Romero, productor de Larga Vida Al Rock’n’Roll, recordaba: “Cuando estábamos grabando Larga Vida Al Rock’n’Roll, tengo una imagen grabada que nunca he olvidado, y era la imagen de Sherpa. Hubo muchísimos días que vino al estudio hecho polvo, deprimidísimo, parecía un mendigo, siempre con un chándal y una gabardina, y había días que según llegaba, se tumbaba en un sofá que había en una de las salas del estudio y se echaba a dormir. ¡Incluso a veces se echaba en el suelo! Yo creo que en ese momento Sherpa no creía cien por cien en el proyecto, y hasta cierto punto era lógico: Vamos a ver, que nadie me entienda mal, Sherpa era, y es, un músico de un talento increíble, pero que en el 80 estaba muy quemado. Era el clásico músico que había estado malviviendo con la música muchos años, tuvo una carrera en solitario que no funcionó, los Módulos tampoco tuvieron el éxito que él probablemente esperaba, no sé, quizá en ese momento pensaba: esto va a ser una más de mil y una intentonas, y yo en aquella grabación no le vi volcado, no le vi creyéndoselo al cien por cien. Ahora bien, tengo que decir igualmente que cuando el Barón petó, y se dio cuenta de que aquello sí que iba a funcionar, entonces se dejó la piel, se entregó al grupo en cuerpo y alma, hizo unas canciones acojonantes, se metió en el rollo del Heavy como nadie y bueno, tú lo sabes Mariano, en directo se convirtió en la figura central de Barón Rojo. Ahora, eso sí, aquel Sherpa siempre hecho polvo, dormido con la gabardina y el chándal, esa imagen no se me ha borrado nunca”.

Barón Rojo. Mariano Muniesa.




lunes, 3 de marzo de 2014

31 canciones, de Nick Hornby. O cómo tener una buena conversación sobre música




Ficha (extraída de la web de la casa del libro):
Título: 31 cancions
Autor: Nick Hornby
Nº de páginas: 160 págs. 
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: ANAGRAMA 
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788433970428

Sinopsis (extraída de la web de la casa del libro):
El Rey -Elvis Presley- dijo una vez que la música es algo que te hace mover por dentro y por fuera. Y Nick Hornby escribe sobre las canciones que le hacen mover y le conmueven, las que amó alguna vez y las que ocupan un lugar significativo en la banda sonora de su vida. Comienza con Teenage Fanclub, «Tu amor es el lugar des de el que vengo», y termina con la espléndida Patty Smith y su mítica meada en el río. Y entre los unos y la otra, canciones de Van Morrison -Hornby quisiera que en su funeral tocaran Caravan-, de Bob Dylan, de Bruce Springsteen -ha escuchado Thunder Road cientos de veces, y fue la canción que le hizo desear ser escritor-, de Badly Drawn Boy, lan Dury, Nelly Furtado... Hornby intenta definir aquello que hay en la música pop que nos toca tan intensamente, como ninguna otra música puede hacerlo, y quizá su libro no sólo es una crónica de canciones, sino también de instantes, de revelaciones, de recuerdos ligados a estas músicas tan perecederas, tan fugaces, tan irreemplazables. «Una parábola maravillosa y nada pretenciosa sobre el poder de la música, una lectura intensamente placentera» (Vicki Green)

Opinión:
Dicen que la música no se puede explicar. Si lo que se quiere decir con esto es que no se puede poner una sonata de Chopin en palabras entonces es cierto. Pero sí creo que se puede explicar qué nos produce la música. E incluso, si nos estamos refiriendo a música acompañada con una voz que entona una letra escrita, también se puede explicar con un enfoque literario, histórico y social. Por eso tengo pendiente en este blog no sólo reseñar novelas, sino hablar también de cantantes y música. Pero eso será más adelante, no conviene que nos desviemos. Ahora la pregunta es: ¿se puede hablar de música en general y de canciones pop más concretamente y decir algo interesante? Sí. Nick Hornby lo consigue, en esta obra que lleva por título 31 canciones.

El título ya es muy explícito: en capítulos breves hablará de 31 canciones de las cuáles Hornby cree que tiene algo que decir. Porque las canciones son el hilo del cual tirar y así tener pie para hablar de, por ejemplo, cómo le gustan que sean los solos de guitarra algo que, según Hornby, deben reforzar el sentir de la canción, y no ser un alarde independiente de virtuosismo egocéntrico—. O también nos contará qué le parece la temática de la canción o de la evocación que le provoca. Pero no se queda únicamente en comentar cuestiones musicales, de hecho éstas son las menos en el libro. Porque 31 canciones no es una vivisección de piezas musicales, en ningún momento se asume el papel de crítico musical, ni pretende sentar cátedra ni hacer una lista buenas canciones. Hornby habla desde lo personal, y por lo tanto desde lo personal está configurado el lista de piezas musicales. Así, en ocasiones, nos irá desgranando vivencias biográficas —aunque el libro tampoco cae mucho en esto, y él mismo explica por qué en la primera canción que comenta—, o se pondrá a reflexionar sobre otros asuntos de cariz artístico—como cuando dice que encuentra sobrevalorado reflejar el mundo duro y bronco en el arte (1)—, o nos contará la importancia de escuchar una canción en el momento idóneo de tu vida para que la canción te llegue más hondo (2). Porque una canción, como demuestra Hornby, te puede llevar a reflexionar sobre muchas cosas.

Y todo esto contado de forma coloquial, de tú a tú, sin pedanterías en su pluma. Como tampoco hay pedantería en su concepción musical. ¿Saben aquella frase famosa de “It’s only rock and roll. But I like It”? Pues se podría aplicar a Hornby. Es sólo música pop, pero le gusta. De la canción Pissing a River, nos dice que “es una canción pop, en otras palabras, y como un montón de otras canciones pop, es capaz de prácticamente casi todo”. En varios capítulos hace una defensa de lo simple y de lo popular, no es necesario recargar barrocamente las canciones ni tener grandes pretensiones para hacer una gran canción.

Y así he ido pasando las páginas de esta obra, leyendo sobre qué le gusta a Hornby y por qué y disfrutando de sus explicaciones. Lo cierto es que, mientras leía el libro, iba buscando por curiosidad las canciones en youtube y, al escucharlas, debo decir que no sentía la misma emoción y entusiasmo que Hornby sentía. Muy pocas me han gustado. Pero la coincidencia o no en el gusto es completamente irrelevante para disfrutar del libro —y creo innecesaria dar ahora una charla sobre la subjetividad del gusto—, lo interesante de la obra es, como he dicho anteriormente, a dónde nos lleva tirando del hilo de cada canción, y las diversas reflexiones que Hornby va desgranando.

No conocía a Nick Hornby, es el primer libro que leo de él, y el más atípico. En 31 canciones nos cuenta  cómo la música ha influido en su obra narrativa, haciendo referencia a algunas de sus novelas, como a Alta Fidelidad. Este libro ensayístico ha estado muy bien, así que estoy abierto a leer cualquier novela suya.

Puntuación: notable
Te gustará si te gusta mucho la música, y te encantan las recomendaciones (pese a que Hornby no recomienda nada en realidad), o que alguien te hable de su relación con algún arte.
Fragmentos: 
(1) Yo no necesito que me convenzan de que la vida da miedo. Tengo cuarenta y cuatro años y todo ha resultado ya suficientemente terrorífico, no necesito que nadie intente arrancarme de mi complacencia. Los amigos han empezado a morir de enfermedades incurables, dejando atrás a sus seres queridos, en algunos casos niños pequeños. A mi hijo le han diagnosticado una discapacidad grave y no sé qué le deparará el futuro. Y, por supuesto, en cualquier momento existe la posibilidad de que un lunático estrelle un avión contra mi casa, o contra una central nuclear, o intente echar algo en los depósitos de suministro de agua o en nuestros trenes subterráneos que nos vuelva a todos negros mientras los riñones se nos resecan. Así que permitidme que halle complacencia y seguridad donde pueda, y haced el favor de perdonarme si no quiero oír <<Frankie Teardrop>> ahora mismo.

(2) Pero más incluso de lo que lamento agotar la veta en todo lo que vale (o lo que vale para mí), lamento no haber oído nunca ninguna de esas canciones a la edad adecuada, en el año correcto. ¿Cómo habría sido escuchar <<Like a Rolling Stone>> en 1966, teniendo diecinueve o veinte años? Oí <<White Riot>> y <<Anarchy in the UK>> en 1976, con diecinueve años, pero la enorme fuerza que aquellos discos tenían entonces ahora se ha perdido en su mayor parte.