martes, 23 de junio de 2015

Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand. O cuando perder así es ganar.


Ficha:
Título: Cyrano de Bergerac
Autor:  Edmond Rostand
Nº de páginas: 240 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Espasa Calpe
Lengua: castellano
Traducción: Laura Campmany, Jaime Campmany
Introducción: Jaime Campmany

Sinopsis:
El protagonista, espadachín terrible, polemista violento, brillantemente locuaz y célebre por su desproporcionada nariz, oculta una pasión avasalladora por su prima Roxana, que, a su vez, está enamorada de Christian, un guapo cadete carente de ingenio. Mediante un pacto, Cyrano escribirá, enajenado por un juego que lo embriaga y angustia, las intensas cartas de amor que su rival envía a la joven.

Opinión personal:
Antes de nada, debo decir que esta entrada contendrá grandes spoilers. Si no han leído la obra o no han visto las películas —si las han visto no hay problema, ya que argumentalmente no desvelo nada que no se sepa—  ni saben nada de la historia mejor huyan de aquí.

No soy mucho de relecturas. Y sin embargo es la tercera vez que he leído Cyrano de Bergerac. Y no sé ni cuantas veces habré visto la película de Depardieu. Cyrano de Bergerac es una de esas lecturas a la que vuelvo de vez en cuando. Especialmente en momentos de inflexión. Hay que volver a Cyrano. O bien leyéndola, o bien viéndola en la gran pantalla. Tanto la adaptación de 1950, protagonizada por José Ferrer, como la de 1990 por Gerard Depardieu, están muy logradas. Pocas obras literarias han tenido tanta suerte como esta pieza de Rostand a la hora de ser llevadas a la ggran pantalla.
La primera vez que la leí fue hará más de diez años en una edición en catalán. La segunda vez, fue una edición de Espasa-Calpe. Y esta tercera también ha sido en una edición de Espasa-Calpe, pero con una nueva traducción a cargo de Laura y Jaime Campmany, la cual considero muy lograda.

La aparición de Cyrano de Bergerac en los escenarios fue algo un tanto anacrónico. Estrenada en 1897, hacía ya décadas que el romanticismo como movimiento literario había pasado. El realismo, las nuevas corrientes simbolistas y el teatro de Ibsen aupaban aquella escena de final de siglo. Y ahí, como digo, se estrenó la pieza teatral de la que hablamos. ¿Qué pasó para que esta obra provocara que el público prorrumpiera en una salva de aplausos interminable? Según crónicas de la época, al bajar el telón los aplausos duraban largos minutos y tenían que volver a subir el telón más de una vez para que los actores siguieran recogiendo la ovación. Hasta se dice que los espectadores se abrazaban unos a otros. ¿Por qué este furor? Bueno, contextualmente hay una explicación: cuando se representó la obra en 1897 no había ninguna guerra de por medio, pero lo cierto es que sí había cierta tensión. Francia había perdido años atrás los territorios de Alsacia y Lorena en manos de los alemanes. Y estaba también la tirantez con Inglaterra por el Canal de Suez y Egipto —debido a esto, poco después se produciría la batalla de Fashoda—. Cyrano de Bergerac es la historia de un personaje grandilocuente, heroico, fascinante, al que el espectador elevó a héroe nacional… y que acaba fracasando estrepitosamente. ¿Tal vez los franceses, henchidos de amor patrio, veían su propia concepción patriótica ideal reflejada en Cyrano a la vez que eran conscientes de que su querida Francia pasaba por horas bajas? Gustó tanto la pieza teatral que hasta Edmond Rostand fue condecorado pocos días después del estreno con la medalla de la Legión de Honor. Además, la obra está ambientada en el siglo XVII, una época de esplendor añorada por Francia —cuando España ya declinaba—, y basada en un personaje real, porque, efectivamente, existió un Cyrano, y fue un librepensador rebelde y contestatario, aunque sin esa idealización y romanticismo que Rostand sí le atribuyó al personaje.

Edmond Rostand, el hombre que levantó los ánimos de toda Francia


Pero sería un grave error pensar que el éxito de Cyrano de Bergerac se debió al hecho de llegar justo en el momento histórico preciso.Y también sería un error reducir la obra a una lectura patriótica. Han pasado más de 100 años, y el espectador actual no recuerda nada de aquel momento histórico, no lee la obra ya en clave nacional, y, al tratarse de un clásico universal, es muy probable que el espectador no sea de nacionalidad francesa. Y ahí sigue el espectador actual, entusiasmado. De la misma manera que sería limitado pensar que Cyrano de Bergerac fue una obra propiamente del romanticismo pero estrenada a posteriori. Sí, es romántica si tenemos en cuenta sobre todo al personaje de Cyrano, con su individualismo feroz enfrentado a una sociedad que considera sumisa, mediocre e ignorante—en el famoso enfrentamiento del primer acto Cyrano no se ofenderá tanto porque se hayan burlado de su nariz, sino porque lo han hecho con escaso talento e ingenio—, su idealismo enfrentado a la realidad mezquina, el sentimiento amoroso que lleva en soledad, o su anhelo vitalista de encontrar un algo más que la propia vida no parece capaz de ofrecer. Y dejando de lado al protagonista, como buen drama romántico, también podemos decir que Cyrano de Bergerac nos lleva cronológicamente al pasado y hasta nos ofrece toques costumbristas que recogían el colorido de la vida cotidiana de París, y todo esto escrito en verso y en cinco actos titulados. Sí, sin duda una obra romántica. Pero ¿saben que sucede con una obra que contiene todos los ingredientes prototípicos del movimiento romántico pero no tiene insuflada vida? Pues que se queda en una obra de cartón piedra, de ideas y tópicos prefabricados. No es el caso de Cyrano de Bergerac. Una obra que además no sólo miraba al pasado, pues resultaba también moderna para su época. Sin nada que envidiar tampoco a los planteamientos del teatro realista.

Hay quien se emociona con Cyrano de Bergerac por la historia de amor. Obvio. Estamos ante una de las historias más conmovedoras de toda la literatura. Pero nuevamente me toca decir que sería limitar la obra si nos quedáramos con que es una mera historia amorosa. No obstante, para  empezar a desgranar la obra, se debe partir de aquí, de la historia de amor, puesto que en torno a ella gira toda la trama. Cyrano está enamorado de su prima Roxana, y ha estado enamorado prácticamente desde niño. Pero debido al complejo físico de su gigantesca nariz, “por miedo a ser burlado” como él dice, es incapaz de declararse amorosamente a nadie. Un día su prima Roxana lo cita, y Cyrano acude esperanzado pensando si no será que algo se ha despertado en el corazón de su prima. Pero una vez acude a la cita, ésta le confiesa estar enamorada de un joven cadete llamado Christian. No han intercambiado Christian y Roxana ni una palabra, pero ella está prendada de la belleza física del joven. El motivo por el que Roxana cita a Cyrano es para pedirle que, puesto que Christian entraría en su regimiento, tuviera cura de él y le protegiera. Cuando Cyrano conozca a Christian, el joven le dirá que está enamorado de Roxana, pero que es incapaz de hablarle, que no tiene ningún talento para cortejar a una dama con la palabra. En ese mismo instante, a Cyrano se le ocurrirá una idea: él le escribirá las cartas de amor a Christian para que se las dé a Roxana, le cederá su palabra para que Christian sea capaz de conquistarla. Llegados a este punto, cabe preguntarse cuántos triángulos amorosos como éste hubo anteriormente en la literatura. Porque el triángulo de dos personas enamoradas de una tercera sí, ha habido y habrá. ¿Pero que uno ayude a su rival a conquistar a la persona que él también ama? ¿Qué mueve a Cyrano a actuar así? Pues esencialmente lo hará por dos motivos. El primero es el amor incondicional que Cyrano siente por su prima. Si Roxana ama a Christian, Cyrano hará lo posible para que ella pueda estar con el ser amado. La dicha de Roxana será la dicha de Cyrano, pese a que a la vez le parta el corazón. Y de todos modos, parece que Cyrano ya ha renunciado a ella, ve a su prima como un imposible. De hecho siempre ha sido es incapaz de tener la mínima desenvoltura verbal con Roxana cuando se trata de expresarle sus sentimientos. Cyrano es un excelente poeta, capaz de batirse en duelo a la misma vez que compone un soneto contra su rival. Es vital, atrevido, ingenioso, valiente, locuaz de palabra… pero sólo podrá apenas articular sonidos cuando cree erróneamente que Roxana le podría confesar su amor:

ROXANA. (Sin soltarle la mano.)
                                               Es fuerza que me atreva,
pues a hacerlo me empuja la niñez recobrada.
Cyrano, te confieso que estoy enamorada.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Y él no sabe nada, al menos por ahora.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Pero va a saberlo muy pronto, si lo ignora.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Verás, es un joven que rondándome está,
Pero que no se atreve a sincerarse.
CYRANO.
¡Ya!
ROXANA.
Será de los que piensan que callar es de sabios,
mas yo he visto que al verme le temblaban los labios:
CYRANO.
¡Ah!
(Termina Roxana de hacerle un pequeño vendaje con su pañuelo.)
ROXANA
Y además resulta que, para mi contento,
sirve precisamente en vuestro regimiento.
CYRANO
¡Ah!
ROXANA. (RIENDO.)
Puesto que es cadete de vuestra compañía.
CYRANO.
¡Ah!
ROXANA.
Su aspecto denota bravura, gallardía…
Es joven, noble, audaz… ¡y apuesto!
CYRANO. (Levantándose, pálido)
¿Cómo? ¿Apuesto?
ROXANA.
¿Qué tenéis?
CYRANO. (Muestra la mano, sonriendo.)
Nada, nada, el corte, que es molesto.
ROXANA.
En resumen, que le amo. Aunque debéis saber
que fuera del teatro no le he podido ver.

Por eso, el segundo motivo por el cual Cyrano accede a ayudar a Cristián es para poder ver cumplido un deseo suyo —aunque sea cumplido sólo a medias—: declararse a su amada. Cyrano sabrá que, aunque Roxana suspira pensando que le escribe Cristian, en realidad son sus palabras y sus sentimientos los que producen tal efecto. Por eso, su momento de felicidad más grande será cuando, debajo del balcón y protegido por la oscuridad de la noche, haciéndose pasar por Cristian y seduciéndola para él, podrá desatar libremente su lengua y su corazón:

CYRANO
Si supierais, señora, cómo adoro este instante.
Si jamás fui elocuente…
ROXANA
                                   Lo habéis sido bastante.
CYRANO
Nunca vibró mi voz tan rotunda y sonora
como en estos momentos
ROXANA
                                   ¿Y eso?
CYRANO
                                               Porque hasta ahora
yo os hablaba por boca…
(Está a punto de desvelar el juego, pero rectifica.)
                                   … del estremecimiento
que invade a quien os mira. Pero esta noche siento
que aunque os hablé más veces, lo hago por vez primera.
(…)
¿Puedes sentirme el alma en esta oscuridad?
¡Oh Dios, qué noche! Nunca soñé con algo así.
Yo os hablo a vos, y vos, vos me escucháis a mí.
Ni en mi ambición más alta, ni en la menos modesta,
esperé lograr tanto. Ahora sólo me resta
morir, pues es mi aliento el que aviva tus llamas
y hace que te estremezcas de amor entres las ramas.
Porque tiemblas cual hoja, y la causa soy yo.
Porque siento que tiemblas, y lo quieras o no,
el temblor de tu mano enardece el jardín,
desciende por las ramas y estalla en el jazmín.
Cyrano de Bergerac, interpretado por José Ferrer, el cuál ganó un oscar por ello

Cyrano es, pues, un personaje complejo y de contrastes. Ya que, a parte del contraste entre su valentía en la batalla y su cobardía en el amor, también es simpático y antipático a la vez. Porque no nos engañemos: Cyrano nos cae bien por su nobleza y honestidad, por su osadía para romper con toda hipocresía social, viviendo en total libertad y sin vasallaje a ningún noble poderoso. Pero se abre el telón y nos encontramos, metateatralmente, con la representación de una obra de teatro, y por ventolera de Cyrano la actuación debe suspenderse porque no soporta al actor protagonista, independientemente de lo que opinen el resto de espectadores, e incluso los amenaza si alguien osa rechistar su voluntad. Eso sí, en un gesto grandilocuente, comprendiendo que esa gente ha pagado la entrada por ver el espectáculo, decide arrojar toda su bolsa de dinero como pago. Para el conde De Guiche, personaje en principio antagonista, Cyrano es un payaso bravucón. Y su fiel amigo, Le Bret, lejos de aplaudirle, no puede evitar preocuparse por la suerte de su amigo, porque sabe que esos gestos grandilocuentes le acabarán pasando factura:
PORTERO. (A Cyrano.)
¿Vos no cenáis?
CYRANO.
                        Yo, no.
(Sale el Portero.)
LE BRET.

                                   ¿Puedo saber por qué?
CYRANO. (Viendo que no está el Portero.)
No tengo ni un ochavo.
LE BRET. (Imitando el gesto de arrojar la bolsa.)
                                   ¿Y la bolsa de escudos?
CYRANO.
Todo lo que tenía iba entre aquellos nudos.
LE BRET.
¿Cómo vas a aguantar este mes?
CYRANO.
                                               Con lo puesto.
LE BRET.
¡Tirar así el dinero! ¡Qué idiotez!
CYRANO
                                                           ¡Y qué gesto!

Y sin embargo nos gusta Cyrano, empatizamos con él. Pero en cierto modo, ¿Le Bret y De Guiche no tienen razón al ofrecer otra visión contrapuesta del protagonista? Considero que también la tienen, y eso que Le Bret quiere mucho a Cyrano y De Guiche al final no podrá evitar quitarse el sombrero ante él —y por su parte, Cyrano también acabará reconociendo valor y nobleza en el conde—. Pero ahí está la grandeza de la obra, gracias a esa pizca de ambigüedad. Cyrano es grandioso, pero precisamente es grandioso a pesar de —o más bien gracias a— sus defectos.
Y no sólo el personaje, toda la obra de Cyrano de Bergerac tiene esa doble cara: hay una profunda  tristeza, pero en la vida cotidiana no faltan las risas. Hay placer, pero también dolor. Y grandeza y ridiculez pueden llegar a confundirse y ser cosas inherentes, formando una curiosa dualidad. Se ve claro en el pastelero Regueneau. Un pastelero amante de la poesía que se erige como mecenas, y quiere que acudan a su pastelería cuantos más poetas mejor, él a cambio les invitará a merendar, para disgusto de su mujer. ¿Resultado? Su pastelería se llenará de poetastros gorrones, más preocupados por devorar pasteles que de componer versos. Regueneau, visto así, acaba siendo un tonto al que engañan… pero en su “ingenuidad” ¿no hay cierta grandeza? Cyrano lo alabará, y aunque no se profundiza demasiado en la relación de amistad Reguenau-Cyrano, se nota la mutua admiración que se tienen:

CYRANO. (Aparte, a Raguenau.)
                                                           Al amparo de Orfeo,
¿no ves cómo te esquilman la despensa?
RAGUENEAU. (En voz baja y sonriendo.)
                                                                       Ya veo…
Fingir que no se mira no equivale a no ver.
Para mí, recitar es un doble placer,
pues doy rienda a dos pasiones de mi vida:
dar a las musas versos y a los hombres comida.
CYRANO. (Dando a Ragueneau una palmada en el hombro.)
Me gustas.

Siguiendo con más personajes de la obra, hay quien dice que Roxana y Cristián salen mal parados. La primera por ser esa prototipo de “ángel de amor”, o lo que es lo mismo: mujer pasiva cuya única función es ser ese recipiente de halagos. El segundo por ser el tonto que no articula palabra y cuyo único mérito es tener una cara bonita. De acuerdo, tal vez al principio ambos personajes sean así. Puede que al principio les notemos faltos de grandeza —sobre todo comparados con el protagonista, que empequeñece a cualquiera—. Pero evolucionarán, y probablemente por la influencia que les irradia Cyano. Me parece cuestionable que Roxana sea una mujer florero, puesto que tendrá la valentía de plantarse en mitad de la guerra acompañada de Reguenau, y además con víveres para la tropa —la cual sufría un asedio, y el hambre hacía estragos—. No sólo eso, sino que las cartas de Cyrano tuvieron tal efecto que ella misma llegó al siguiente razonamiento: ¿cómo pude llamar amor a lo que sentía por Christian sin saber nada de su interior? Ahora sí que siento amor, ahora sí estoy enamorada. A esa conclusión llegará Roxana, y al decirle eso a Christian éste también tendrá una revelación, y más cuando ya empezaba a sospechar de los verdaderos sentimientos de Cyrano. Así que Christian, en un acto de honradez, decide ponerle fin a la farsa, pidiéndole a Cyrano que le cuente la verdad a Roxana, y que ella decida con quién se queda. Cyrano, por primera vez, al saber que Roxana le dice literalmente a Christian que le amaría aunque fuera feo, llega a esperanzarse. Pero antes de poder decir nada llega la noticia de que Christian muere, y Cyrano ya no ve propicio revelarle la verdad a Roxana después de esto.

Christian, interpretado por Vincent Pérez


Cyrano de Bergerac es una obra que nos muestra contradicciones y contrastes. Hay momentos de seriedad y grandilocuencia y a la vez que detalles de cotidianidad nimia —como en la primera escena del primer acto—. Y por esos detalles nos creemos la historia, porque nos parece real como la vida misma. Y más que personajes buenos y malos, encontramos personajes con intereses contrapuestos. Porque hagámonos una pregunta: ¿quién es el malo de la obra? En principio todo apunta a que el conde De Guiche tendrá el papel antagonista. No traga a Cyrano, y viéndose burlado por el matrimonio secreto de Christian con Roxana, movilizará justo en ese instante al regimiento de sus dos odiosos rivales para la guerra contra España en un acto de venganza. Y sin embargo, avanza la obra y De Guiche al final no es el enemigo malvado de nadie. En la guerra demuestra su valor, luchando hombro con hombro con Cyrano, frente al enemigo común. Y llegamos al último acto, en el que han pasado catorce años, y Roxana, viuda por la muerte de Christian, decide enclaustrase en un convento. De Guiche, sintiéndose culpable por la muerte de Christian en la guerra, será amigo de Roxana, y acabará cogiendo aprecio a Cyrano hasta el punto de preocuparse por su suerte debido a los enemigos que continuamente se granjea, advirtiendo a Le Bret de que cuide de su amo y que sea precavido. Pero parece que el aviso llega demasiado tarde. Cyrano, al salir de casa para ir a visitar y entretener a su prima como cada sábado, sufrirá un accidente al caerle una viga en la cabeza. Se sospecha que pudo ser hecho a posta por cualquier enemigo suyo… sin especificar quiénes son esos enemigos. Y sin saber realmente si ha sido un accidente provocado o cosa del azar. Porque aunque se tiene la sospecha, en ningún momento se confirma o desmiente que ha sido un asesinato y no un accidente por puro azar. ¿Quién ha sido el malvado ruin que ha asesinado a Cyrano? No hay nombre, no se sabe quién —y si es que ha sido alguien—. Porque en el fondo da igual que no haya nombre. La enemiga en sí parece ser la propia vida, con sus irónicas bromas pesadas y sus zancadillas. Y en el quinto y último acto se nos mostrará la disyuntiva más dolorosa que la vida puede ofrecernos: por un lado, se nos describe a Cyrano pobre como una rata, sin apenas un trozo de pan que llevarse a la boca, viviendo en extrema soledad —¿dónde está ahora ese pueblo que tanto le aclamaba cuando realizaba una victoria heroica?—. Ser un librepensador y no doblegarse ante nadie tiene un precio y Cyrano debe pagarlo. Y por el otro lado, el conde de Guiche ya no es conde, ahora es duque. Y posee una posición social aún más elevada y respetada, en concordancia con el aumento de su riqueza material. Pero algo le entristece. No puede evitar confesar que admira e incluso siente celos del espadachín protagonista. Sabe que para vivir bien ha tenido que pagar un precio. Todos los precios que Cyrano se ha negado a pagar. De Guiche siente un vacío en su interior, algo que su inmensa fortuna no puede suplir:

Duque de Guiche:
¿Pena de qué? ¿No es cierto que ha vivido sin pactos,
amo de sus ideas y dueño de sus actos?
Le Bret. (De nuevo amargamente)
Con todo…
Duque. (Con cierta altivez)
                 Sí, ya sé. Yo soy rico y Cyrano…
¡Pero ojalá pudiera estrecharle la mano!
(…)
A veces, siento celos.
Cuando ya se han colmado los más nimios anhelos,
uno siente, no habiendo causado grandes males,
mil pequeñas zozobras, mil pruritos males,
que aunque no desazonan, sí causan malestar.
Pues el manto de duque arrastra a su pesar,
mientras de la excelencia se suben los peldaños,
un crujir de renuncias y amargos desengaños.

¿Qué es el triunfo? ¿Qué es el fracaso? De nuevo la vida nos ofrece algo ambiguo en ambos conceptos. Vemos a De Guiche rico y respetado, pero un punto de tristeza hay en su interior, no se siente realizado. Y en cambio el propio De Guiche ve a Cyrano como un triunfador pese a su pobreza, aunque el propio Cyrano no opina lo mismo de su vida. Él soñaba con poner fin a su vida heroicamente en combate, y no que la muerte se le materializara de forma vulgar, por una viga caída en su cabeza. También es un poeta talentoso, un genio con la pluma, pero no ha podido, al contrario que Molière, triunfar en las letras. Nunca superó tampoco su complejo físico. Así es la vida, donde triunfo y fracaso se mezclan y se confunden según el punto de vista. Lo más curioso es que esta dicotomía la vivió en sus propias carnes Edmond Rostand por el enorme éxito de la pieza teatral que nos ocupa. ¿A qué artistas no le gustaría ver una obra suya triunfar a lo grande? En principio a nadie, pero hay un dicho que dice “cuidado con lo que deseas, que se puede cumplir”. Edmond Rostand, como creador, se sintió arrollado ante semejante éxito. Ya jamás supo hacer otra obra al mismo nivel, sintiéndose artísticamente estéril. La sombra de Cyrano fue tan alargada que nunca se pudo sacudir el peso de encima. Incluso su mujer, la poeta Rosemonde Gérard, declaró que “siempre he vivido a la sombra de Cyrano de Bergerac; momento hubo en que no sabía de quién era viuda: si de Edmond Rostand o de Cyrano de Bergerac” (1). Sí, su Cyrano fue un éxito. Pero un éxito envenenado.

Han pasado más de cien años, y Cyrano de Bergerac ha entrado en la historia de la literatura universal. Y es universal porque nos interpela a nosotros mismos frente a la vida y a los avatares de ésta. Parece que no basta con elegir un camino, ni siquiera basta con encontrar el camino que efectivamente habíamos deseado, tal y como les sucede a De Guiche y a Cyrano. La vida nos enseña que, en el mejor de los casos, no se puede tener todo, porque por cada cosa que se decide obtener se está rechazando otra. Y eso por no hablar cuando en el día a día se nos lanzan estocadas inesperadas, algunas a traición por la espalda. Dicho de esta manera, parece que Cyrano de Bergerac nos deja un regusto amargo y triste con semejante concepción trágica de la vida. Pero yo no lo veo del todo así. Porque seamos realistas: la vida no es un Edén, la vida no es fácil y nos hará fracasar constantemente. Asumámoslo. Pero cada vez que mordamos el polvo no está de más recordar que no necesariamente por perder se es un fracasado. No siempre vencer consiste en tener éxito. Cyrano podía lamentarse en su agonía todo lo que quisiera, pero si caía derrotado en la vida era porque sólo una persona como él podía perder así. Porque si triunfaba sentiría el vacío que sentía el conde De Guiche. Por eso Cyrano pierde. Y perder así es ganar.


Valoración: obra maestra
Te gustará si te gusta la capa y espada, el drama histórico, las historias de amor, la poesía.

(1) Cita extraída del prólogo de Jesús Pardo. De la edición de: Rostand, Edmond. Cyrano de Bergerac (Jesús Pardo, ed). Madrid. Espasa Calpe. 1999.

miércoles, 20 de mayo de 2015

"¿Pero cómo no has leído todavía esa obra?". O la pregunta tan tonta que varias veces me han hecho




Llegué por curiosidad a esta entrada que enlazo aquí, en la que se nos muestra una lista de 20 libros que la gente finge haber leído. La mayoría son clásicos, porque ya se sabe, suelen ser los clásicos los que más se finge haber leído. Pero también se cuelan en el ranking libros más populares como Harry Potter y Cincuenta sombras de grey (aunque creo que éste último podría entrar en otro ranking: libros que la gente ha leído y no lo reconoce). Alguien me comentó que no le parecía creíble haber fingido leer un best seller popular de nuestra época, y menos Cincuenta sombras de grey, pero yo sí me lo creo, porque conozco a gente que es sólo lectora de best seller actual. Porque todos damos por hecho que existe un elitismo hipster, pero también existe un elitismo bestselliano. Quizás algún día hable de elitismos.
Pero ahora no me quiero desviar. En general, no le suelo dar mucha importancia a las listas de ningún tipo. Me resultan curiosas, eso sí, y no me declaro nunca enemigos de listas y rankings, pero eso no significa que crea que se deben tomar como un baremo objetivo. El caso es que el ranking que aquí cito me ha hecho pensar en algo… si es verdad que la gente finge haber leído libros que no ha abierto en la vida, ¿por qué será?
Tal vez esté relacionado con algo que me ha sucedido a mí en varias ocasiones. Nadie se sorprenderá si digo que mi afición favorita es la literatura —por algo ustedes me están leyendo en este blog—, así como tampoco se sorprenderá nadie si digo que termino un libro y cojo otro. Vale, pues no se imaginan la cara tan rara que me han puesto cuando he reconocido no haber leído tal o cuál libro. Me ha pasado en diversas ocasiones. Por ejemplo, una vez le dije a alguien que no había leído—y todavía aún no he podido leer— La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza. Cara rara al canto. Es todo un clásico de uno de nuestros autores barceloneses, me dijo. Y de nada sirvió citarle otras novelas de Mendoza que sí había podido disfrutar. El caso es que no podía ser que no lo hubiera leído. En otra ocasión, fue un lector aficionado a la literatura japonesa, que me dejaba caer que cómo podía ser un buen lector “si tu conocimiento de literatura asiática es  tan pobre”. Y bueno, el caso de “¿y cómo no has leído aún tal novela?¡Si es un clásico!” se ha repetido algunas veces más.
Digo yo que al igual por eso hay gente que miente, para evitar esas caras raras a modo de reproche, por miedo a parecer ignorante y no sólo para fardar de lo que se ha leído. Y normalmente, mi experiencia me dice que los que se suelen extrañar de que no se haya leído a tal o cuál novela no suelen ser precisamente los que más abarcan, porque no se puede ser un buen lector sin saber que año tras año tu lista de lecturas pendientes, lejos de disminuir, aumenta. La literatura es insondable, por mucho que acotes elitistamente y uno se diga a sí mismo que sólo leerá clásicos. Da igual. Porque la materia literaria aún seguiría siendo enorme: el número de clásicos de otros países a lo largo de sus otras épocas es inmenso. De hecho, acotar tanto te lleva, paradójicamente, a lo mismo: a perderte grandes obras. Por no hablar de que cada vez que coges un libro hay otro que no estás cogiendo —y perdonen lo obviedad, pero visto lo visto conviene señalar lo obvio—. Si repaso mis lecturas de los últimos meses, me doy cuenta que por escoger la trilogía de La materia oscura decidí postergar El señor de los Anillos, por coger Orgullo y Prejuicio al final la famosa Madame Bovary me sigue esperando, y por leerme Muerte en Venecia hay otra obra cumbre de la literatura alemana, Fausto, que aún espera que abra sus páginas. Y para qué seguir.
Para más inri, me pasa también lo siguiente: me gustan prácticamente todos los géneros literarios. Y todas las épocas literarias, desde la época antigua grecolatina, pasando por la Edad Media. Así que picoteo de aquí y de allá. Tanta dispersión hará que uno nunca se especialice en ningún género o época literaria en concreto. Cierto. Nunca seré maestro de nada, pero qué quieren que les diga, apreciados lectores: me hace más feliz ser aprendiz de todo.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Pícnic junto al camino, de Boris Strugatski y Arkadi Strugatski. O cómo los extraterrestres ni se dignaron a mirarnos.




Ficha
Título: Pícnic junto al camino
Autor: Boris y Arkadi Strugatski
Número de páginas: 239
Tapa: blanda
Editorial: Ediciones B
Lengua: Castellano

Sinopsis (extraída de anobii):
La fugaz visita de naves extraterrestres ha dejado misteriosos desperdicios fruto del insólito pícnic junto al camino de unos seres absolutamente incomprensibles. Las que fueron Zonas de aterrizaje son ahora lugares peligrosos y prohibidos, donde unos misteriosos objetos desencadenan todas las ambiciones humanas. Los stalkers se arriesgan a entrar furtivamente en la Zona para rescatar, cual hormigas laboriosas, esos restos abandonados por los que suspiran al unísono la ciencia y el hampa.

Opinión personal
Normalmente cuando planteamos la posibilidad de que una nave extraterrestre aterrice en nuestro planeta pensamos en dos posibilidades:
1- Vienen en son de guerra a conquistarnos, los muy cabrones.
2- Vienen en son de paz, y tal vez con su súper tecnología nos ayudarán a resolver todos nuestros problemas.
Pues bueno, en Pícnic junto al camino, clásico de la ciencia ficción de los hermanos soviéticos Boris y Arkadi Strugatski (astrónomo el primero, y filólogo el segundo), se nos presenta una tercera posibilidad: esos seres, venidos de otra parte del universo, llegan hasta nuestro planeta, no sé sabe qué demonios hacen (¿recoger materias primas tal vez? Pero sólo es una suposición mía, en la novela no se da ninguna pista), y se largan. Sí, se largan pasando completamente de nosotros, ni se dignan a mirarnos.
Con este panorama arranca la novela, ya que se nos pone en antecedentes de la llamada Visita desde las primeras páginas de la obra. Han pasado ya décadas de aquel suceso y nos encontramos en Harmont, Canadá, una de las varias denominadas Zonas que recibió la Visita. Y allí donde hay una zona habrá una serie de objetos que las naves alienígenas dejaron desperdigados. Objetos extraños, que hacen cosas raras e inexplicables, y que los científicos no pueden explicar con nuestras leyes físicas y químicas(1). Las autoridades toman cartas en el asunto, y en cada zona se mantendrá un férreo control militar y se instalarán institutos científicos para estudiar los extraños restos extraterrestres así como también los incomprensibles fenómenos paranormales que suceden allí.Y en este contexto, se desarrolla la historia de Redrick Schuhart, el protagonista de la novela. Red es un stalker, es decir: un hombre especializado en entrar furtivamente en la Zona para coger esos objetos caídos del cielo, con lo que eso conlleva: perder la vida, ya sea por los peligrosísimos fenómenos inexplicables (como por ejemplo, la terrible “gelatina de bruja”) o porque un guardia te tirotee (2).
Los hermanos Strugatski

¿Saben dónde está el grandísimo encanto de esta lectura? En que, como buena novela de ciencia ficción, habla esencialmente de nosotros. Sí, vale, trata de una visita extraterrestre a la tierra, pero los extraterrestres ni aparecen en la obra. No es una novela en la cual el enemigo sea un conquistador alienígena al que debamos exterminar en un épico combate, como en tantas películas made in Hollywood nos ha mostrado. Aquí el enemigo, en todo caso (y si es que se le puede llamar así), es la Zona, con sus misterios y sus cachivaches tecnológicos esparcidos por el territorio, lo cual representa un desafío para nuestras limitadas mentes humanas. Desafío que no parece que podamos vencer, y es que hay una frase genial en la novela que lo resume todo perfectamente: “Son respuestas que nos han caído del cielo a preguntas que todavía no sabemos formular”.
 
Pícnic junto al camino no es una novela de ciencia ficción en la que tampoco prime la acción, si bien las incursiones en la Zona tienen su miga. Es más bien una fotografía social, ya que nos muestra el impacto sociológico que provoca la Visita: una gran duda e incerteza en nuestras creencias humanas, provocado por este acontecimiento. Por eso no es descabellado afirmar que Pícnic junto al camino, además de ser una novela de ciencia ficción, se puede considerar también una novela negra, con esos stalkers mercenarios y de dudosa moralidad (aunque Red nos cae bien si lo comparamos con otros stalkers que conoceremos), dados a los vicios y a la picaresca para sobrevivir, con esa sensación de miseria humana de los bajos fondos de Harmont, con su corrupción (a veces son los propios Institutos quienes compran el material furtivo a los stalkers) y ese ambiente de vigilancia militar. Todo eso conforma un paisaje desolador, y veremos qué tal le va a Redrick. La novela consta de cuatro capítulos que globalmente nos dará una historia fragmentaria, ya que cada capítulo es un salto temporal que nos muestra un momento determinado de la vida del protagonista. El primer capítulo está narrado en primera persona por Red, el resto tendrá un narrador externo. Un narrador que no será omnisciente, y es todo un acierto que no lo sea porque remarca el misterio y la incomprensión de esa huella extraterrestre que nos ha quedado en el planeta. De hecho, no se describen todos los fenómenos ni objetos extraños que se nombran. Sólo sabremos que no sabemos nada, y probablemente nunca se sabrá.

He disfrutado mucho de esta novela. Me hizo pensar que cuando estudiamos historia vemos como el antropocentrismo, al sustituir al teocentrismo, revalorizó al ser humano y nos colocamos a nosotros mismos en el centro del universo, hasta acabar dirigiendo nuestros telescopios a los cielos en nuestro afán de conocimiento. Se puede decir que la humanidad gozaba de buena autoestima. Pero parece que esta visita nos la hizo añicos. Porque ahí estamos, arriesgando la vida y montando un amplio dispositivo militar-científico alrededor de las Zonas, fascinados por lo que un día nos cayó del cielo. Y que sin embargo, qué irónico, al estar todo abandonado de cualquier manera, lo más probable es que se trate de la chatarra de otra civilización.

Por último, Pícnic junto al camino no es una novela que dé respuestas, pero sí hace que el lector se plantee muchas preguntas. Y les digo, palabra de vuestro amigo Letraherido, que sólo por la conversación que se da en el tercer capítulo entre dos personajes (Noonan, y el doctor Pilman) (3) este libro merece mucho la pena. Les recomiendo entusiastamente esta pequeña joya que es Pícnic junto al camino.

Puntuación: notable alto
Te gustará si te gusta la buena ciencia ficción en una obra breve y además que no proceda del mundo anglosajón. Y también si te gusta la novela negra.
Fragmentos:

(1) Objetos como los vacíos:
Llevaba meses peleando con esos <<vacíos>>; a mi modo de ver, sin beneficio alguno, ni para la humanidad ni para él mismo. En su lugar, yo ya habría mandado todo al carajo y me habría buscado otro trabajo que me proporcionara el mismo sueldo. Claro que, si uno lo piensa bien, un <<vacío>> es algo misterioso, hasta incomprensible se podría decir. Yo he tenido muchos entre las manos, pero no dejo de sorprenderme cada vez que veo uno. Son sólo dos discos de cobre, del tamaño de un plato pequeño de medio centímetro de grosor, más o menos, separados por una distancia de cuarenta centímetros. Nada más. Nada, absolutamente nada, sólo espacio vacío. Se puede meter la mano allí, incluso la cabeza si uno enloquece al contemplarlos: no hay nada, aire y nada más. Tiene que haber alguna fuerza entre los dos platitos, tal como yo lo veo, porque nadie ha logrado juntarlos, ni tampoco separarlos.
La verdad, amigos, es difícil describirlos a alguien que no los haya visto. Son demasiado simples; sobre todo cuando uno los mira muy de cerca y acaba por creer en lo que ve. Es como tratar de describir un vaso, por no decir una copa: uno acaba maldiciendo por la impotencia. Muy bien, supongamos que lo habéis entendido; y los que no lo tengan claro que lean el boletín del instituto: en todos los números hay un artículo sobre los <<vacíos>>, con fotos y todo.

(2) Redrick sale de la zona, y así nos lo encontramos:
Después me senté en el banco, con la cabeza vacía, el alma vacía. Bebía el whisky como si fuera agua. Estaba vivo. La Zona me había dejado salir. Me había dejado salir, la muy puta. Esa maldita y traicionera puta. Estaba vivo. Los sabelotodo nunca eran capaces de apreciarlo, sólo un stalker lo comprendía. Las lágrimas me corrían por las mejillas, no sé si por los tragos o por qué. Mamé de la petaca hasta dejarla seca. Yo estaba mojado; la petaca, seca. Por supuesto, no alcanzó para ese último sorbo que necesitaba sin falta. Pero eso tenía solución. Todo tenía solución, porque estaba vivo. Encendí un cigarrillo y, mientras fumaba, allí sentado, me invadió el cansancio. Entonces me acordé de la bonificación. Ésa era una de las grandes ventajas del instituto. En el mismo momento que regresas, puedes ir a retirar el sobre.

 (3) Una minúscula muestra:
—¿Cómo ha dicho?
—Un picnic. Imagine un bosque, un camino en el campo, un claro. Un coche sale del camino y se interna en el claro. Aparece un grupo de gente joven, con cestas de comida, Chicas, transistores, máquinas fotográficas, cámaras… Encienden un fuego, montan las tiendas, ponen música. Por la mañana se marchan. Los animales, los pájaros y los insectos que los han estado observando horrorizados durante la noche vuelven a salir de sus escondrijos. ¿Y con qué se encuentran? Gasolina y aceite derramados en la hierba, bujías. Todo tipo de desechos: linternas usadas, válvulas y filtros usados, alguien dejó una llave inglesa(…)
—Ya entiendo: un picnic junto al camino.
—Exactamente. Un picnic junto a algún camino del cosmos. Y usted me pregunta si van a volver.
—Déme un cigarrillo —pidió Noonan—. ¡Qué se vaya al diablo esa maldita pseudociencia! Lo había imaginado todo muy distinto.
—Está en su derecho.
—Eso significa que ni siquiera repararon en nosotros.
—¿Por qué?
—Bueno, sea como fuere, no nos prestaron ninguna atención.
—En su lugar, yo más bien me alegraría de eso, ¿sabe? —le aconsejó Valentine.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Ciento volando de catorce, de Joaquín Sabina. O cuando un cantautor prueba suerte con los sonetos pero en su cancionero sigue estando su mejor literatura.




Ficha 
Título: Ciento volando de catorce.
Autor: Joaquín Sabina.
Número de páginas: 142
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Visor libros
Lengua: Castellano

Sinopsis (copiada de la contraportada, palabras de Luis García Montero)
El mundo de Joaquín es real y matizado porque surge de la melancolía para desembocar en los impulsos irónicos. El vitalismo de sus consignas procura darle la vuelta a los relojes y a las palabras. Cuando camina, lo mismo que cuando baila, no hace otra cosa que soñar con los pies, perseguir en los horizontes de la len titud un argumento seductor para la defender la prisa. Y Joaquín resulta convincente porque su mundo personal es fruto de una experiencia colectiva, recuerdo de unos años en los que había que correr para escapar de la mediocridad, la sopa triste, la moral de las mesas de camilla y los argumentos asumidos a golpe secreto de renuncias personales.

Opinión personal
Varias veces, siendo estudiante, tuve profesores de lengua y literatura que ponían de ejemplo a Joaquín Sabina como un tipo que escribía unas letras excelentes. Y aunque a mí me molestaba el hecho de que parecía que Sabina era el único cantante que componía buenas letras —os lo juro, nunca me citaron a otro—, la comparación me parecía acertada. Con 13 años cayó en mi mano el disco Esta boca es mía, el cuál me fascinó y es hasta la fecha mi disco favorito del cantautor de Úbeda. Canciones como "Ruido", "Siete crisantemos" o "Por el bulevar de los sueños rotos" las escuché innumerables veces. Así Joaquín Sabina pasó a ser uno de mis cantautores favoritos y, desde luego, a esa edad ya me di cuenta de que aquellas letras eran mejores que las del 90% de canciones que sonaban en las radiofórmulas. Normal que, unos pocos años más tarde, cuando me enteré de que Sabina había sacado un libro de sonetos, fuera a la librería a hacerme con esta obra que hoy, queridos bebedores literarios, se tratará en La posada del lector.


Ciento volando de catorce es un libro de sonetos, 100 en total y distribuidos en varias partes diferenciadas. Así pues, tenemos:
— Los poemarios agrupados en “Señales de vida”, que nos muestran los sonetos con un yo más personal de todo el poemario.
— Los que están agrupados en “Pies de foto”, en los que se retrata y/o homenajea a amigos y familiares. Desfilan por esta serie personalidades famosas como Pablo Milanés, Andrés Calamaro, Fernando Savater, Javier Krahe, Francisco Umbral, Rafael Alberti y un largo etcétera.
— Tenemos otros 7 sonetos que giran en torno a la tauromaquia bajo el título de “Seis dedos en la llaga de Tomás y un brindis a la sombra de Antoñete”.
— Otro pequeño grupo de temática amorosa, “Quién lo probó lo sabe”.
— La serie de sonetos “Benditos Malditos Malditos Benditos”, en los que todos tienen la misma estructura, y Sabina se dedica a bendecir o a maldecir aquello que adora o detesta.
— Por último, tenemos dos sonetos más: el de introducción y el de despedida. El de introducción es una captatio benevolentia en toda regla, en la que Sabina, consciente de su fama y de que llega al gran público, expresa el deseo de que el lector salte desde su obra a otros poeta (1).

Pero vamos ya a comentar la obra. ¿Qué me ha parecido la lectura? Pues veréis, Joaquín Sabina domina más que de sobras los recursos literarios en sus canciones: sabe crear buenas comparaciones, anáforas y asíndetons que arman bien estructuralmente la canción, personificaciones, metáforas, etc. Y todo esto se encuentra también en sus sonetos, de la misma manera que también encontramos esa temática canalla, urbana y con una dosis de realismo cotidiano, a veces un tanto sórdido — bueno, esto último, dicho así, puede dar la idea de que el poemario es deprimente, pero no: hay muchos sonetos para la risa y para la amistad, y además ese realismo triste se matiza con un toque hedonista, que invita a vivir los pequeños placeres (2)— . Y sin embargo, a pesar de que en Ciento volando de catorce encontramos los mismos recursos poéticos y temáticos que en su cancionero, hay algo que no me termina de convencer, algo que no me funciona igual de bien que en sus canciones. Quizás lo más primordial en un soneto es su fluidez, su musicalidad. Por eso en la literatura española se considera a Garcilaso de la Vega el autor que dignificó el soneto pese a no ser él el primero en escribirlos, ahí estaba el Marqués de Santillana. Pero el soneto del Marqués de Santillana no fluía con la misma naturalidad que el de Garcilaso. Porque no basta con cuadrar las 11 sílabas en 14 versos, el verso debe fluir y no quedarse constreñido. Por eso no es nada fácil escribir un soneto, y a veces en la lectura tenía la sensación de que el verso estaba un poco anquilosado, con giros y expresiones un tanto bruscas —algunas en inglés, o usando expresiones populares como el “candemor” de Chiquito de la Calzada, que no me acaba de sonar bien—, y tomándose a veces Sabina ciertas licencias poéticas, como en el poema "Plasticorazones", en el que al final de un verso con una nota al pie nos dirá “sí, falta una s ¿pasa algo?”, o en el poema “Todo a cien” que escribe una frase en inglés y nos señala que hay que pronunciarse tal y como se escribe.

Y dejando de lado la musicalidad intrínseca del verso y su fluidez, tampoco es un poemario en el que me recree gustosamente leyendo, una y otra vez, un mismo poema. De su poesía amorosa pocas composiciones me llegan a decir algo. No me deleito en ellos como sí con la poesía de otros poetas como Pablo Neruda o Pedro Salinas. Aunque hay sonetos que no están nada mal como el de "Puntos suspensivos"(3), en mi opinión de los más logrados de la obra. Y en otras ocasiones me encuentro un verso muy bueno, o incluso una estrofa que me parece impecable, pero el conjunto total del soneto me suele fallar. Por eso prefiero las letras de sus canciones —recogidas, por cierto, en la obra Con buena letra, y que con cada nuevo disco van ampliando el libro en una nueva edición—. Y conste que no digo esto como desprecio, no es fácil escribir una buena letra de canción, ni siquiera creo que sea un género menor. El propio Luis García Montero nos cuenta en el prólogo escrito especialmente para la obra que nos ocupa que:

<<Esta conciencia de los tonos diferentes exigidos por el poema y la canción no supone un orden jerárquico, un privilegio valorativo a favor de alguno de los dos mundos. No nos engañemos, porque Joaquín respeta demasiado a la poesía, y no está dispuesto a jugar la partida hipócrita y su fama por un plato de musas solitarias y purísimas. Aunque sea costumbre desear lo que no se tienen, quien haya asistido a un concierto de Sabina en la Plaza de Las Ventas puede comprender sin dificultad que el cantante no está en canciones de despreciar su trabajo. Hay pocos espectáculos tan emocionantes como la complicidad vital que se da entre este peregrino de la noche que ajusta cuentas con el mundo, rebelde hasta el pliegue final de su consciencia, y una multitud decidida a corear sus carreras ante los toros del tiempo, la muerte, las renuncias y los diversos disfraces de la policía. Una canción capaz de emocionar y de definir sentimentalmente la historia de tres generaciones es algo que debe tomarse muy en serio. El arte no consiste en tener buenas ideas, sino en llevarlas a cabo de un modo convincente, y Joaquín Sabina se ha salido muchas veces con la suya, por la capacidad que tiene de convencer con sus historias, sus imágenes y sus palabras>>

 
Luis García Montero y Joaquín Sabina
Para terminar, resumiendo todo lo dicho, Ciento volando de catorce no es mi libro de poesía favorito. Y me quedo con el Sabina de las canciones. Sin embargo, el poemario es simpático, hay sonetos que te hacen esbozar una sonrisa, así que tampoco lo desaconsejo.

Puntuación: Suficiente
Te gustará si te gusta Joaquín Sabina, y también si te gusta cierta poesía de circunstancia cotidiana (esos bares que nombra en un soneto, esos amigos que salen con él de juerga, esa secretaria que le lleva las cuentas, etc)
Fragmentos:
 (1) El primer cuarteto del soneto "Coitus interruptus (sic)" nos dirá:
Ojalá quien visite este folleto
sea lego en Chaquespiare y en sor Juana,
no compite mi boina de paleto
con el chambergo de Villamediana.

(2) Se ve muy bien en el soneto “De pie sigo”, que nos dice que la vida conlleva vivir todos sus contratiempos, pero qué carajo, hay que vivir, aunque duela, que al menos estamos vivos:

DE PIE SIGO
            Para Ale
Ni abomino del mundo por sistema
ni invierto en los entuertos que desfago.
El aire que respiro es un problema
que no tienen los muertos. Cara pago

la prórroga roñosa de la vida
con su ya, su enfisema, su albedrío,
sus postres con tufillo a despedida,
sus álamos, su prótesis, su río.

De pie sigo, lo digo sin orgullo
pero con garapullos de cobarde
que todo espera porque nada es suyo:

el sabotaje de las utopías,
la amnistía que llega mal y tarde,
el chantaje de las radiografías.

(3) PUNTOS SUSPENSIVOS
Lo peor del amor, cuando termina,
son las habitaciones ventiladas,
el solo de pijama con sordina,
la adrenalina en camas separadas.

Lo malo del después son los despojos
que embalsaman los pájaros del sueño,
los teléfonos que hablan con los ojos,
el sístole sin diástole ni dueño.

Lo más ingrato es escalar la casa,
remendar las virtudes veniales,
condenar a galeras los archivos.

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al punto final de los finales,
no le siguen dos puntos suspensivos.

sábado, 24 de mayo de 2014

La melancólica muerte de Chico Ostra, de Tim Burton. O las consecuencias de ser un freak



 

Ficha

Título: La melancólica muerte de Chico Ostra
Autor: Tim Burton
Nº de páginas: 144 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: Anagrama
Lengua: Castellano
Traducción: Francisco Segovia
ISBN: 9788433968999

Sinopsis (extraída de la web de la casa del libro)
En este libro, escrito y dibujado por Tim Burton, el cineasta de Ed Wood, Batman, Eduardo Manostijeras y Beetlejuice se muestra fiel a su universo de una inventiva tan particular, en la que se mezclan la crueldad y la ternura, lo macabro y lo poético.
Tim Burton nos ofrece una asombrosa galería de niños solitarios, extraños y diferentes, excluidos de todos y próximos a nosotros, que nos van a horrorizar y enternecer, a emocionar y hacer reír.

Opinión personal
Hablar de Tim Burton es hablar, esencialmente, de cine. Pero el cineasta también explotó su vena creativa con La melancólica muerte de Chico Ostra, un poemario de 23 poemas narrativos ilustrados por el propio Burton. Y, aunque Burton cambia de registro artístico, en La melancólica muerte de Chico Ostra nos ofrece el mismo universo Burtiano de siempre, reconocible para todos aquellos que estén familiarizados con su cine.

Un inciso: me gustan varias películas de Tim Burton, aunque con otras no termino de disfrutar. Con el cine de Tim Burton me pasa algo curioso, y es que siento que me da una de cal y otra de arena. Por un lado, me gusta muchísimo lo que expresa en su cine, me gustan mucho sus personajes extraños a ojos de los demás, inadaptados, que no pertenecen al mundo porque forman parte de otro —o de ninguno, porque están entre dos mundos, y por ende de ninguno—. Pero por otro lado, hay algo que no me acaba de convencer de Burton… y no sabría explicar exactamente el qué, quizás es la combinación de la estética gótica con el humor.

Sin embargo, La melancólica muerte de chico Ostra si es totalmente de mi agrado, ya que recoge lo que más me gusta de Burton. Por los poemas desfilan una serie de niños extraños, literalmente monstruosos, —porque Burton es muy literal—, así Chico Brie tendrá literalmente un queso por cabeza, y Carboncillo será un niño de carbón. Uno se acuerda, irremediablemente, de Eduardo Manostijeras. Un personaje con una peculiaridad física —en vez de manos tiene tijeras— que le hace ser un “monstruo” y sin embargo es extremadamente bondadoso e inocente. Al principio, para la comunidad social, Eduardo Manostijeras es una novedad muy mona, pero al final la mezquindad del vecindario, que desde luego no tiene la bondad ni la candidez del protagonista, lo verá como un monstruo peligroso, y le cogerá miedo. De la misma manera, en La melancólica muerte de Chico Ostra, da la sensación de que los personajes, pese a su apariencia monstruosa, no tienen ni pizca de maldad y son pura inocencia, y si algunos provocan miedo es porque ni ellos son conscientes de que están haciendo algo mal. Por citar un caso: Chico Momia, que resulta que es un antiguo faraón reencarnado, le gusta jugar a perseguir doncellas para sacrificarlas. Lo cual, evidentemente, conllevará el rechazo de los demás y hará que Chico Momia se quede triste y solo. Y al final acabará muerto de un palazo en la cabeza  al ser confundido con una piñata. La obra, por lo tanto, tiene también un toque de humor negro, en una mezcla extraña de crueldad y ternura.

Así pues, cada poema nos irá presentando uno de estos niños monstruitos y ninguno acabará demasiado bien. Algunos mueren, como el  ya citado Chico Momia. Y otros se llevarán algún chasco en la vida o fracasando. Es el caso de Ojos de Clavo, que ilusionado se hace su arbolito de navidad pero, estando ciego, el pobre no se da cuenta de que su árbol es un desastre y está mal hecho. O el Chico Robot, al que todo el mundo acabará confundiendo con un cubo de basura. O la Chica Vudú, que tiene agujas clavadas en el corazón y cuando enamora a algún chico no podrá abrazarlo si no quiere que sus propias agujas se le clavan aún más adentro — Dios Santo, ¿no es una metáfora perfecta? . Tanto las narraciones y los personajes pueden parecer un poco absurdos a priori, pero a poco que reflexionas sobre los poemas te das cuenta de lo metafóricos que son. Personalmente, me encantó la metáfora que veo en el de Chico Tóxico, pero no la comentaré que bastante he destapado ya de poemario.
El pobre Chico Robot, usado como cubo de basura.


La obra se lee en nada, los poemas son breves y de fácil comprensión tanto en español como en inglés —la edición que manejo, de anagrama, los muestra también en inglés en el anexo final—, y con un toque a modo infantil. Y digo "a modo infantil" porque creo que es más un tono aparente que no el hecho de que sea una obra propiamente dirigida a niños. O al menos, no sé si es muy adecuado para un niño que se citen problemas de erección —en el caso del padre de Chico Ostra—, o que el Chico Robot sea un robot porque su madre fue adúltera y mantuvo relaciones sexuales con un horno. Así que yo, personalmente, veo la obra más destinada al público adulto —a un público adulto que no tenga prejuicios ante barnices infantiles, claro—. ¿Y por qué son los protagonistas niños? Tal vez Tim Burton se base en circunstancias de su infancia. En palabras del propio Burton (de su biografía My Art and Films): “Muchas de las cosas que ves cuando eres niño permanecen contigo. Pasas la mayor parte de tu vida intentando asimilar esas experiencias”.

En definitiva, La melancólica muerte de Chico Ostra ha sido una buena lectura, amena, y más profunda de lo que aparentemente pueda parecer. Y los dibujos merecen también mención especial, ya que refuerzan el mensaje de los poemas.

Puntuación: Notable.
Te gustará si te gustan especialmente las películas de Tim Burton y su universo estético.
Un framento:

CARBONCILLO

En Navidad, Carboncillo, como siempre recibió
carbón, lo que lo alegró.

En Navidad, Carboncillo, en lugar de su carbón,
algo pequeño encontró,
cosa que lo confundió.

En Navidad, Carboncillo padeció una confusión:
alguien creyó que era hollín
y a la calle lo barrió.

 
Carboncillo, en lugar de su carbón, algo pequeño encontró, cosa que lo confundió.