martes, 27 de septiembre de 2016

El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson. O un protagonista de cartón que suma gags entrando en bucle



Ficha
Título: El abuelo que saltó por la ventana y se largó
Autor: Jonas Jonasson
Editorial: Salamandra
Número de páginas: 413
Encuadernación: tapa blanda
Lengua: castellana
Traducción: Sofía Pascual Pape

Sinopsis (extraía de la contraportada)
Momentos antes de que empiece la pomposa celebración de su centésimo cumpleaños, Allan Karlsson decide que nada de eso va con él. Vestido con su mejor traje y unas pantuflas, se encarama a una ventana y se fuga de la residencia de ancianos en la que vive, dejando plantados al alcalde y a la prensa local. Sin saber adónde ir, se encamina a la estación de autobuses, el único sitio donde es posible pasar desapercibido. Allí, mientras espera la llegada del primer autobús, un joven le pide que vigile su maleta, con la mala fortuna de que el autobús llega antes de que el joven regrese y Allan, sin pensarlo dos veces, se sube con la maleta, ignorante de que en el interior de ésta se apilan, ¡santo cielo!, millones de coronas de dudosa procedencia. Pero Allan Karlsson no es un abuelo fácil de amilanar. A lo largo de su centenaria vida ha tenido un montón de experiencias de lo más singulares: desde inverosímiles encuentros con personajes como Franco, Stalin o Churchill, hasta amistades comprometedoras como la esposa de Mao, pasando por actividades de alto riesgo como ser agente de la CIA o ayudar a Oppenheimer a crear la bomba atómica. Sin embargo, esta vez, en su enésima aventura, cuando creía que con su jubilación había llegado la tranquilidad, está a punto de poner todo el país patas arriba.

Opinión personal
El título ya es llamativo, no se puede negar. Sugiere una aventura humorística y nos hace esperar a un protagonista peculiar. Porque, ¿una persona mayor que salta por la ventana y se larga del geriátrico? Pues sí, eso hará Allan Karlsson, el protagonista de la novela que en su centésimo (¡centésimo!) cumpleaños, y celebrándose una fiesta en su honor con la presencia de las autoridades locales, decide fugarse de la residencia en la que está recluido. ¿Y por qué? Pues casi que porque sí, porque Allan siempre ha sido un hombre fuera de lo común, y consideró que no estaba del todo a gusto bajo la tutela de una enfermera. Así que saltará por la ventana e iniciará un disparatado viaje sin rumbo concreto, al cual se le irán sumando, paulatinamente, otros personajes tan pintorescos como el propio Allan. A saber: un trabajador de estación de tren ladronzuelo, un vendedor de perritos calientes que empezó a estudiar carrera tras carrera pero que siempre las iba dejando justo antes de finalizarlas, o una mujer con una elefante como mascota. Y una banda mafiosa que los persigue porque Allan robó una maleta repleta de dinero. Y un detective que también los persigue porque, por allá donde pasa Allan con su comparsa pintoresca, se siembra el caos. Toda una tropa, ya ven. Hasta aquí, todo suena a que la novela promete, ¿verdad? Pues sí, el punto de partida parece hilarantemente prometedor… pero a mí la lectura se me indigestó. Definitivamente, El abuelo que saltó por la ventana y se largó no me ha convencido. Así que habrá que abrir La posada del lector, para que vuestro amigo Letraherido pueda explicarse.

Nada más empezar la novela, Allan salta por la ventana y se da a la fuga. Así que la cosa empieza fuerte. Y con un humor que podríamos calificar de absurdo, negro, extravagante, casi que hasta surrealista, y que se mantiene a lo largo de toda la novela. Porque en la vida real, Allan no hubiera llegado muy lejos, la historia no es realista. Pero no lo digo como una crítica negativa, ya que es humor absurdo, ergo se trata de suspender la incredulidad, y simplemente disfrutar de lo que se lee. El realismo aquí carece de importancia. Así pues, en este contexto, no ha de sorprender que Allan tenga como una especie de don que le hará siempre caer de pie. Continuamente se verá metido en líos y siempre saldrá indemne de todos ellos. Pero hay dos cosas más que caracterizan a Allan: la primera y más destacada es su apoliticismo. Allan no querrá saber nada de política. Y por citar sólo una frase de la novela: “Cuando Allan tomó asiento, Song Meiling retomó lo que él más detestaba, a saber, una perorata política”. O también, así es como Allan vio nuestra guerra civil española:
Hubo un golpe militar de la derecha, seguido por una huelga general de la izquierda. Más tarde se celebraron elecciones generales. La izquierda ganó y la derecha se cabreó. ¿O fue al revés? Allan no lo sabía. Comoquiera que fuese, al final estallo la guerra.
Y el segundo rasgo inherente a Allan es que su mayor preocupación, lo que más le atrae en esta vida, es poder sentarse a gusto y echarse un trago de aguardiente. Sí, parece una contradicción en un personaje que se ha pasado toda la vida cambiando el curso de la historia, y viviendo aventuras, y al que le encanta detonar cosas, tenga como mayor afán sentarse a echar un trago de aguardiente. Y seguiremos a este personaje con sus peripecias, que se dividirán en dos líneas temporales, ya que los veintinueve capítulos junto al epílogo que estructuran la novela van alternando la historia en presente de la fuga de Allan con sus episodios biográficos, en los que se nos da cuenta de cómo el viejete ha intervenido en acontecimientos importantes del siglo XX. Y en esta última línea temporal desfilarán toda una serie de personajes históricos con los que Allan llegará a interactuar. Así que ahí tendremos a Franco, Truman, Stalin, Mao, Churchill… Así pues, tenemos una narración escindida en dos líneas temporales: pasado biográfico del protagonista y presente alocado con sus nuevas aventuras.

Llegados a este punto, habiendo explicado los rasgos más notorios de la obra, les debo responder a la pregunta del millón: ¿qué me ha fallado en esta novela? ¿Ha sido el humor absurdo? Pues no, ya he comentado que es indiferente que no sea una lectura realista. Este humor te gusta o no te gusta, y créanme, he disfrutado con películas, cómics y libros de un humor similar. De hecho, al leer las primeras páginas de la novela me entusiasmé, porque me apetecía volver a leer algo así. Pero seguí pasando páginas y la cosa se desinfló sin remedio, en pocas ocasiones he llegado a sonreír. Se contarían con los dedos de una mano, y sobraría algún dedo. Aunque el humor me parece algo tan personal y subjetivo que no es el principal defecto que le achaco a la novela, ya que podría ser cosa mía. Sí ha pesado mucho más en mi valoración, sin embargo, el personaje protagonista, que no ha sido de mi agrado. De hecho, es uno de los protagonistas que menos huella me ha dejado al leer una novela. ¿Es porque Allan es apolítico y su única motivación es echar un trago? Pues a mí entender no, no es eso lo que hace de Allan un personaje tan pobre. Porque para que un personaje sea interesante en ningún caso le pido afiliación política. Y que su única motivación sea echar un trago tampoco, en principio, debería ser un handicap. Que un personaje esté bien o mal elaborado no depende de cosas tan nimias, que al fin y al cabo serían rasgos de su personalidad. ¿Qué es lo que me molesta entonces? Pues que por mucho ruido y destrozo que provoque Allan, me parece uno de los personajes más apagados que jamás haya leído, aunque parezca contradictorio esto que les cuento. Y que por mucho que Allan esté por encima de los problemas políticos, resulta tan hueco por dentro que es imposible que esté por encima de nada. Eso es Allan: insustancial y sin principios, sin el más mínimo interés por ningún tema político o social. Y ese vacío de Allan no me despertaba  ni empatía ni simpatía lectora a lo largo de la novela, porque hay vacíos que llegas a comprender, vacíos incluso que están llenos de sustancia y que a mí como lector me interpelan. Pero no ha sido el caso de Allan. Y al igual que al principio de la novela me entusiasmé con el humor absurdo —para después no resultar ser de mi agrado—, imaginé también que Allan tendría algo entrañable, y más al ver que Jonas Jonasson se acordaba de su abuelo en la dedicatoria. Me pareció un gesto tierno, y supongo que por eso imaginé que me encontraría con un personaje con cierta dosis de humanidad. Pero qué va. No es el caso. De hecho, les contaré una cosa: yo leí esta novela por el club de lectura de mi localidad. Y dos señoras de la tertulia comentaron algo curioso. Una dijo que llegó a pensar “que Allan sería un robot” (¿?¿?), porque “es que no parece humano por su apatía, y por tener cien años y tener ese estado de forma”. Suena disparatado, pero comprendí su argumentación. Normal que imaginase que podía ser un robot porque en Allan hay falta de hondura psicológica. Casi que mejor hubiera sido que, efectivamente, fuera un robot programado para vivir aventuras. Y total, tampoco hubiera desentonado por el tipo de humor que la novela ofrece. La otra comentó que no entendía al personaje y que la única explicación para ella es que Allan "tuviera retraso mental" (sic). De nuevo, achaco tal argumento contundente no a la vehemencia de la señora, sino a que es un personaje que no acaba de estar bien construido.
Jonas Jonasson
“Y vale, Letraherido”, me diréis, “pero parece que ahora estés pretendiendo juzgar una novela metafísica, y sabes que El abuelo que saltó por la ventana y se largó es pura aventura, entretenimiento, no pidas lo que no se promete”. Y tendríais razón. El abuelo que saltó por la ventana y se largó es una novela humorística de aventuras, sin más. Escrita con el objeto, grosso modo, de entretener. Pero creo que incluso en una novela de entretenimiento los personajes tienen que tener un mínimo de enjundia —que no necesariamente afiliación política, vuelvo a aclarar—. Pido que al menos se disimule que Allan sea un mero instrumento del autor para crear historias rocambolescas. Y esa neutralidad ante la vida, tal y como nos la moldea Jonas Jonasson en su novela, me acaba pareciendo extremadamente vaporosa e incluso antipática. Por poner un ejemplo, en un momento de la novela se dirá que Allan  “ni siquiera sabía si era de izquierdas o de derechas. De uno de los dos bandos sería, desde luego, porque si algo había aprendido Allan a lo largo de su vida era que la gente se empeñaba en pensar de una manera u de otra”. Y de acuerdo, puedo entender por dónde va la crítica, puedo entender que es un alegato en contra del encasillamiento mental, de la necesidad imperiosa de tener que dar opiniones certeras, de posicionarnos en un lado de la barricada sobre cualquier tema. De acuerdo, aceptemos pulpo como animal de compañía. Pero para que esa crítica cobre sentido, al menos para mí, debe apelar al pensamiento matizado, a la calma reflexiva, sin presiones ni prisas. Y en la novela que nos ocupa, no es sólo que Allan no se empeñe en pensar de una manera u otra, es que directamente Allan no piensa. Suena tajante, pero es así. ¿Tal vez la novela sea, pues, un alegato a favor de la acción? ¿De vivir la vida de forma más irreflexiva ya que el exceso de pensamiento nos podría paralizar? No lo sé. Si es así, sinceramente, yo he sido incapaz de verlo mientras pasaba las páginas. Y si ha sido así, creo que el autor no ha sabido llevarlo a buen puerto. ¿Cómo les podría explicar, apreciados lectores, lo que me falla en Allan? Quizás por comparación. Hay quien ha señalado similitudes con la película Forrest Gump. Y es normal, yo también me acordaba de la película mientras leía la novela. Hay similitudes como el hecho de que Forrest Gump es una película biográfica al igual que El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Los dos personajes protagonistas son peculiares, distintos. Ambos están presentes en acontecimientos históricos, conocerán a personajes claves, y no son conscientes de que sus acciones cambiarán al rumbo de la historia. Pero la película de Forrest Gump me gustó, y el personaje tenía un carisma que en Allan no he visto. Quizás porque la película sí sabía tocar cierta tecla sentimental —y sin abusar excesivamente de ello tampoco, si la memoria no me falla, que bien podría ser— que El abuelo que saltó por la ventana y se largó no toca.

Y bueno, ya les he contado sobre Allan. Sobre el resto de personajes tampoco es que haya algo nuevo que aportar. En la línea del presente, la colla estrafalaria de personajes que acompañará a Allan está carente también de introspección. Todos tienen algún rasgo hiperbólico que los define, y sus actuaciones irán previsiblemente en consonancia con ello. Y de nuevo, con ninguno he logrado sentir cercanía, como si más que personas me parecieran… ¿guiñoles funcionales? Sí, algo así. Ningún personaje, por lo tanto, evolucionará a lo largo de la novela. Ni siquiera Allan pese a que con él recorreremos su biografía, no hallando ninguna diferencia entre el Allan joven y el Allan centenario. Por lo tanto, tendremos en la línea de presente una tropa de personajes que protagonizarán gags y situaciones cómicas, una tropa creada expresamente para dicho cometido. ¿Y qué tendremos en la línea de pasado con los interesantes personajes históricos que desfilan por ella? Pues algo similar. Los personajes —todos ellos poderosos gobernantes históricos— me han parecido intercambiables unos con otros. Tan intercambiables como las aventuras que Allan vive en uno u otro lugar geográfico-temporal. Apenas existen diferencias perceptibles histórico-culturales en los distintos países en los que se mueve Allan. Es por eso que ni la línea de pasado ni la de presente han resultado de mi agrado, porque en ambas me encontraba situaciones repetitivas. Es como si el autor haya pegado escena más escena más escena más escena… y así sucesivamente, en bucle. Tuve la sensación de que Jonasson decidió ir concluyendo la novela cuando se le acabaron los gags. Y aún así también tuve la sensación de que Jonasson aún la hubiera alargado de haber tenido más gags en la chistera. Se me hicieron las cuatrocientas páginas largas. Creo que la historia no daba para tanto ni el autor no ha sabido del todo mantener la tensión, quizás porque la alternancia de las dos líneas temporales paralelas te sacaban también de un hilo principal.

Y claro, entre que no me convencen los personajes, el humor no ha conectado conmigo, las aventuras rápidamente dejan de interesarme y que la estructura me ha parecido pesada, pues ya tenemos la explicación de por qué no he disfrutado de la novela. ¿Me olvido algo? Ah, sí. No les he contado nada aún de la prosa de Jonas Jonasson: es directa, y hasta televisiva diría—no en vano, Jonasson es productor de televisión—. Describiendo lo justo, sin recreaciones. O más que describiendo, mostrando. Un pequeño ejemplo:
De pronto, el carro blindado se detuvo en seco. Los tres pasajeros se apearon. Estaban en un aeropuerto militar, delante de algo que posiblemente fuera el edificio que alojaba al estado mayor.
No es ninguna maravilla la prosa, y tampoco es rica en adjetivos. De todas formas, cuando se trata de pasarlo bien en una novela de aventuras no soy exigente con la pluma de un autor. Pero al no haber disfrutado de las aventuras en El abuelo que saltó por la ventana y se largó, la prosa de Jonasson me ha supuesto otro punto negativo que no he podido pasar por alto.
Antes de concluir, una última aclaración sobre la novela. La he definido anteriormente como “una novela de aventuras, sin más”. Pero estrictamente, sí hay crítica social. Aunque poca, tibia y superficial. Jonas Jonasson no se moja demasiado, ni entra a fondo en ningún tema concreto. La crítica está, se la deja ver, pero al cerrar el libro no es algo que retengas.

En definitiva, El abuelo que saltó por la ventana y se largó es un best-seller a nivel mundial. Su autor, siguiendo la estela de este primer éxito, ha escrito dos novelas más: La analfabeta que era un genio de los números y El matón que soñaba con un lugar en el paraíso. Aunque no las he leído, por los títulos a priori parece ser que encontraremos novelas similares a la que nos ha ocupado. Y como he dicho anteriormente, el humor es algo muy personal. Conozco a gente que, al contrario que yo, ha podido disfrutar de la novela y se ha echado unas buenas risas, así que seguramente disfrute de estas otras dos novelas de Jonasson. Pero yo personalmente las dejaré pasar.

Valoración: Suspenso

Te gustará si te gusta: el humor absurdo, las aventuras disparatadas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Filología según el Diccionario de Autoridades


Diccionario de Autoridades - Tomo V (1737)
PHILOLOGÍA. s. f. Ciencia compuesta y adornada de la Gramática, Rhetórica, Historia, Poesía, Antigüedades, Interpretación de Autores, y generalmente de la Crítica, con especulación general de todas las demás Ciencias. Es voz Griega. Latín. Philologia.
Para más consultas, aquí.

miércoles, 27 de julio de 2016

El Chico que imitaba a Roberto Carlos, de Martín Casariego Córdoba. O la reafirmación de lo que a uno le gusta





Ficha
Título: El Chico que imitaba a Roberto Carlos
Autor: Martín Casariego Córdoba
Editorial: Anaya
Nº de páginas: 186
Encuadernación: tapa blanda
Lengua: Castellana

Sinopsis (extraída de la web del autor)
Son los meses de verano en un barrio modesto de una gran ciudad. El narrador y Alber se entretienen haciendo pintadas reivindicativas. El narrador tiene como modelo a su hermano mayor, un chico solitario enamorado de Sira. En las fiestas, el hermano mayor canta canciones de Roberto Carlos, lo que le vale las burlas de los chicos de su edad. Cuando Alber y el narrador, por una tonta apuesta, tienen que hacer una pintada en la casa nueva del prohombre del barrio, el chico que imita a Roberto Carlos les ayudará

Visión personal de Martín (extraído de la web del autor)
Bastantes años antes, había escrito un relato que permanece inédito sobre dos amigos que viven en la periferia y se dedican a hacer pintadas de protesta, y en el que uno de ellos se enamoraba platónicamente de una chica mayor que, lógicamente, no le hacía ni caso. El mundo de las pintadas me había atraído a partir de un artículo de la desaparecida revista Sur Exprés. A eso se sumó posteriormente el deseo de escribir sobre dos hermanos, sobre los lazos de la fraternidad, y sobre lo misterioso que puede resultar el mundo de los mayores para quien aún no es adulto. También, el recuerdo del único perro que hemos tenido en mi familia, alguna noticia periodística que refleja lo absurda que puede ser la vida, y la reflexión de que lo que importa es cómo somos en realidad, y no las etiquetas que tan fácilmente nos cuelgan o nos colgamos. En las primeras líneas explico –mediante la voz del hermano pequeño, el narrador– qué debe ser la literatura para mí: una mezcla de aprendizaje y diversión, de conocimiento y placer. Cuando la estaba corrigiendo, el Madrid fichó a Roberto Carlos. Ahora, claro, todo el mundo, sobre todo los jóvenes, cree que la novela tiene algo que ver con el futbolista. A éste, por cierto, le pusieron ese nombre en honor al cantante al que se refiere el título. Prácticamente nada de lo que les ocurre al narrador o al chico que imitaba a Roberto Carlos me ha ocurrido a mí, y el barrio en el que he crecido es muy diferente al suyo. Sin embargo, emocionalmente, la considero casi una novela autobiográfica. Quizá ésa sea la razón por la que evité dar un nombre a los dos hermanos protagonistas.


Opinión personal
A pesar de que mi adolescencia año tras año vaya quedando más lejana, aún me sigue gustando la literatura juvenil, qué le voy a hacer. Quizás porque la adolescencia es una época de transición fundamental en la vida de cada uno, una época en la que cada vez más se pisa un mundo adulto pero sin prácticamente experiencia todavía. Así que de vez en cuando vuelvo a novelas juveniles, pero eso sí: con los años cada vez cribo más. No me vale cualquier novela—demasiadas están llenas de clichés, un tono excesivamente moralista y una historia ramplona—, y busco alguna que destaque. No hace falta que sea una obra maestra, basta con que me deje buen sabor de boca. De Martín Casariego Córdoba tuve como lectura obligatoria de tercero de la ESO Qué poca prisa se da el amor. Y no estuvo mal —quizás algún día haga una entrada recopilatoria de las novelas juveniles obligatorias que sí estuvieron mal—. Así que cuando cayó en mis manos esta otra novela de la que nos ocuparemos hoy, El chico que imitaba a Roberto Carlos, decidí leerla. Porque, a parte de que conocía al autor, leyendo la sinopsis intuí que la novela podía ser agradable a mi gusto personal. El título también me resultó llamativo, me pareció sugerente. Así que me toca abrir La posada del lector para compartir con ustedes la lectura.
Martín Casariego Córdoba

El chico que imitaba a Roberto Carlos es una novela no muy extensa, de 39 capítulos breves —y sin título—, con un personaje protagonista de catorce años que nos narra los acontecimientos, y del cuál no se sabe el nombre. Dicho personaje tiene un hermano mayor, de dieciocho años, que resulta ser el personaje principal de la novela —por algo es el quien da el título a la obra—, y al que se le nombra siempre como “el Chico que imitaba a Roberto Carlos”. Y no, no es lo mismo personaje protagonista y personaje principal. La mayoría de las veces ambos concepto coinciden en un mismo personaje, pero no siempre, como en el caso de esta novela. Y como era también el caso de La ley de la calle, de Susan E.Hinton. Novela esta última que me pareció una influencia clara para Martín Casariego Córdoba, y que confirmé viendo esta entrevista al autor en Página 2 —lo pueden escuchar por boca del autor a partir del minuto 4—. A parte de que ambas novelas son juveniles-realistas en las que se tocan temas sociales, la mayor similitud está en la presencia de los dos personajes principales: ambos son hermanos mayores que sirven como guía y ambos son distintos al resto de personajes de su ambiente, y de ninguno conocemos el nombre. Hasta el Chico que imitaba a Roberto Carlos también conduce una motocicleta, concretamente una Rieju, y mientras leía me lo figuraba aún más si cabe como El chico de la moto de La ley de la calle. Además, está el final… del cuál no digo nada para no spoilear, pero me parece otra similitud evidente. Ambos personajes, pues, se podrían insertar en un mismo estereotipo. Pero no crean por ello que estos dos personajes principales son como dos gotas de agua —así como tampoco lo son, ni mucho menos, las dos novelas—. El Chico de la moto era más misterioso, ausente y hermético que el personaje principal de la novela que nos ocupa. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es más terrenal, cercano y cálido, y hay algo especialmente que me gusta de este personaje —y es algo que me gusta encontrarme en cualquier obra literaria, un gusto personal muy mío—: la ambigüedad entre ser grandioso y ser patético, entre ser un héroe o un pringado. Aunque en este caso la ambigüedad es pequeña, ya que el personaje está más inclinado hacia la parte positiva y heroica. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es difícil que caiga mal, es difícil que no guste y que no te encariñes con él. Tengo la sensación de que está hecho expresamente para gustar. Y a mí me gusta. Porque, ¿cómo es el Chico que imitaba a Roberto Carlos? Se trata de un personaje amante de la literatura y de la escritura,  introvertido ——que no antisocial— (1), con férreos principios idealistas (2), y cuya sensibilidad choca con el bronco ambiente del barrio en el que vive. Y ya el simple hecho de que, haciendo honor a su nombre, imite al cantante Roberto Carlos —poco popular, obviamente, entre la juventud— le hace ser raro a ojos de los demás, pero el Chico que imitaba a Roberto Carlos es un claro símbolo de autoafirmación en uno mismo, en no renunciar a lo que eres ni a lo que te gusta o te hace sentir (3).

Así que ya ven, la novela gira sobre este personaje que da título a la obra. Pero ya les digo que el Chico que imitaba a Roberto Carlos es el personaje principal, mas no el protagonista, ya que éste era, les decía, su hermano menor de catorce años del que tampoco se sabe el nombre. Él será la voz que nos narrará la historia, una voz acorde a la edad del personaje. Este joven protagonista, a parte de su hermano, tendrá un amigo inseparable, Alber, que le acompañará durante todo el tiempo que dure la novela, es decir: durante todo un verano. Porque será durante la estación veraniega que se desarrollará la acción, y este hecho tiene más importancia en la novela de lo que aparentemente pueda parecer. Lo canta Sabina en una canción: “mi primer espejismo se llamaba verano”, y es que para un niño o adolescente el verano tiene algo especial —o así lo recuerdo yo—, y no sólo por la falta de colegio. Hay un algo más. Porque apreciados lectores ¿no recuerdan los veranos de la infancia/adolescencia distintos de este verano que vivimos ahora? Yo sí. Quizás el hecho de que cada verano era una nueva perspectiva —y da igual que finalmente sea un espejismo, como canta Sabina—. O quizás es que, sin obligaciones escolares ni obligaciones propias de la vida adulta, teníamos todo el tiempo libre para explorar cosas —y explorarnos a nosotros mismos, tal vez—. Y es por eso que el verano tiene un peso importante en esta novela. Ya de por sí la novela juvenil tiende en muchas ocasiones a ser novelas de “crecimiento” para los personajes, un paso hacia la madurez, y en esta novela la estación veraniega contribuye a ello, pero contribuye haciendo que la novela fluya mejor. Me gusta cómo Martín Casariego logra que el verano se palpe en la novela, da buenas pinceladas que crean ese ambiente veraniego mientras se narra la historia —como no poder dormir por el calor, o desayunar tarde—, hasta el punto de que mientras leía recordaba yo también mis veranos pasados.
Una rieju, la moto que llevará el Chico que imitaba a Roberto Carlos
Pero no sólo el tiempo elegido para el transcurrir de la novela es importante, también lo es el espacio: un barrio de clase media tirando a baja. Y sirva de ejemplo para ello que la familia de nuestros personajes principal y protagonista no irán de vacaciones. El poder adquisitivo no lo permite. Y ya que he citado a la familia, un inciso: los padres de estos dos chicos aparecen en la novela, pero en segundo plano. El foco en todo momento está en los jóvenes, algo muy propio en las novelas juveniles en la que los adultos muchas veces son testimoniales. Volviendo al lugar en el que se desarrolla la novela, pasar un verano en casa, sin salir de tu barrio puede sonar poco excitante, pero en un barrio pueden suceder muchas cosas, aunque aparentemente puedan parecer anodinas. El chico que imitaba a Roberto Carlos es una historia lineal, sin flashbacks ni flashfowards, pero va en zig-zag, mostrando vivencias de los personajes, o historias del barrio. Por eso la historia no decae y te mantiene frente a las páginas, pasándolas con ligereza en una novela en la que predomina el diálogo. Los pensamientos del joven protagonista y sus reflexiones acerca de lo que vive y ve también resultan amenos y, de nuevo, apropiados a los de un chico de su edad que va madurando (4).

¿Y cuál es el tema central de la novela? Bueno, hay varios temas que van apareciendo a lo largo de las páginas en pequeñas dosis, como una mescolanza de carácter social: drogadicción, racismo —Alber es de tez oscura, de procedencia mozambiqueña—, marginalidad o la especulación urbanística —y eso que cuando se publicó el libro aún no habíamos llegado a la liberalización del suelo del año 98—.
Y de carácter más emocional, están como temas presentes el amor y la amistad. Todo esto serían pequeños temas secundarios, porque en realidad hay un tema que para mí destaca muy por encima del resto: el ser uno mismo, el hacer lo que uno cree, pese a que no sea aceptado por los demás. Tema que se encarna, cómo no, en el personaje principal.

El chico que imitaba a Roberlo Carlos me ha gustado, aunque le encuentro dos defectillos. El primero es el lenguaje. Como he comentado anteriormente, está adaptado a un chico de catorce años, y por lo tanto es un lenguaje coloquial y con argot de barrio, y no es que eso sea un problema, pero a veces me parecía  excesivo. Y algunas expresiones que sonarían cotidianas entonces no sé si han envejecido bien. El segundo defecto es que el ambiente barriobajero no escapa de cierta estereotipación, así como tampoco algunos personajes. Por ejemplo, los malotes tienen pinta de rockeros o heavys.
El cantante a imitar para el personaje principal

El chico que imitaba a Roberto Carlos no es una obra maestra de la literatura, tampoco estoy seguro de que sea una novela para recomendar a ciegas. Sé de mucha gente a la que no le gustaría, amistades a las que no les sugeriría esta lectura. Pero yo la he disfrutado, porque tengo debilidad por estas historias y estos personajes como el Chico que imitaba a Roberto Carlos. Es una novela en la que prima la emoción. El propio autor lo reconoce en una entrevista colgada en su propia web:

-¿La literatura debe ser como el amor, que usted ha definido como pasión, descontrol e imaginación?
-La literatura que me gusta tiene mucho más que ver con la emoción que con la inteligencia. La novela debe de estar bien pensada y estructurada, por supuesto, pero lo que me importa más es la parte que tiene que ver con los sentimientos.

Y  así es, El chico que imitaba a Roberto Carlos tiene un gran componente emocional. Y cada uno tiene su particular baremo sobre dónde termina lo emocional y empieza la cursilería. En mi baremo se queda en lo personal. Me parece una lectura tierna, amena y ligera, con la que pasar un rato agradable. Y sin duda, si yo fuera profesor de la ESO, la pondría como lectura obligatoria.

Valoración: Bien/notable

Te gustará si te gusta la literatura juvenil con ambiente de barrio, y las historias de amistad y amor.

Fragmentos:
(1)
Salimos a la calle. Mi hermano caminaba, unos metros más allá, las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada.
No era huraño, pero sí solitario. Quiero decir que era simpático con la gente, pero habitualmente le agradaba estar solo. Eso le hacía más atractivo y misterioso, pero por la misma regla de tres, favorecía el que la gente inventara historias sobre él.
(2)
Cuando llegué a casa, mi hermano estaba discutiendo con mi padre en la cocina. A mi hermano le habían ofrecido cantar en la inauguración del chalé de don Vicente, y lo había rechazado, pretextando que esa noche, el 21 de agosto, tenía que cantar en La Sirena.
—Te pagaban bien, ¿no? ¡Pues entonces!
—El don Vicente ese es un mafias y yo no canto para él.
—No se puede acusar sin pruebas —respondió mi padre.
—Vende drogas.
—¿Cómo lo sabes?
—Eso dicen.
— También han dicho barbaridades de ti —terció nuestra madre.
—Pero lo de ése es verdad —se obstinó mi hermano—. Además, yo canto si me da la gana.
(3)
En el barrio, mucha gente, sobre todo algunos de su edad, empezaron a burlarse de él y a decir, cuando él no estaba presente, porque delante no se atrevían, que era un maricón y un baboso, porque le gustaban esas canciones tan blanditas y tan horteras de Roberto Carlos (…). A mi hermano, sentado ante su escritorio, con la ventana abierta y un cigarrillo encendido o sin encender en la mano, mirando las mil luces de la ciudad, las naves industriales y los enormes depósitos cilíndricos, las burlas le resbalaban.
(4)
A mí, cuando contaba diez o doce años, el Alicates y el Alcanzas me impresionaban, y pensaba que sabían mucho de la vida. Durante el último curso ya habían empezado a caerme regular, porque veía que muchas de las cosas que decían estaban envenenadas. En realidad, no era que ellos hubieran cambiado, sino que era yo el que, con catorce años, empezaba a cambiar, y a perder no sólo la inocencia, sino también el respeto por las personas de más edad, cuando ésa fuera la única razón por la que se lo tuviese.


martes, 5 de julio de 2016

Perros e hijos de perra, de Arturo Pérez-Reverte. O la admiración hacia la lealtad a cuatro patas



Ficha:
Título: Perros e hijos de perra
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara,
Nº de páginas: 156
Lengua: castellana

Sinopsis de la contraportada:
<<He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente. No existe mejor alivio para la melancolía y la soledad que su compañía fiel, la seguridad de que moriría por ti, sacrificándose por una caricia o una palabra.>>

Perros de presa adiestrados por gente sin escrúpulos, un chucho mejicano tuerto y digno, el fila brasileño que no era un asesino, Jemmy y Boxer, que cruzaron el Valle de la Muerte con la Brigada Ligera, el perro flaco y bastardo de la batalla de Rocroi, o Sherlock, el teckel de pelo fuerte y sólidos silencios, son algunos de los protagonistas en los artículos escritos por Arturo Pérez-Reverte entre 1993 y 2014 que se recogen en esta antología, ilustrada por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

Opinión personal:
Era yo estudiante de bachiller cuando descubrí a Arturo Pérez-Reverte. Y anonadado me quedé, oigan. Al leer aquellos artículos de opinión, Reverte me pareció más punk que las propias bandas de punk. Aquella forma brusca de decir las cosas, aquel lenguaje soez y aquella contundencia me encantaban. Y además por parte de una académico de la Real Academia. Y con amplia cultura, tal y como me demostró con el primer libro de la saga Alatriste, que también leí por aquellas fechas. Así que recopilatorio de artículos que veía de Pérez-Reverte, recopilatorio que me compraba. Y poco a poco fui leyéndome también novelas suyas —y que debería releer para abrir esta Posada y hablarles de ellas—.
Arturo Pérez-Reverte
Así que ya ven, yo era muy revertiano. Pero fueron pasando los años, y con el paso de los años se suele cambiar. Aunque sólo sea un poco, pero se suele cambiar. Uno lee otras cosas, descubre otros puntos de vista y adquiere una visión más amplia. Muchas verdades de Pérez-Reverte ya no me parecían tan verdades. Sus opiniones empezaron a parecerme demasiado subjetivas. Y digo demasiado porque, obviamente, subjetivos somos todos, pero hay gente que intenta que su verdad, su opinión, esté lo más alejada posible de su gusto o manía personal. En otras ocasiones, me empezaba a parecer que Pérez-Reverte no iba tampoco a la raíz de algunos problemas, quedándose en generalidades. O que sus cabreos con determinadas cosas no estaban del todo justificados, sonando ya a abuelo cebolleta que se queja porque “las cosas ya no son como en mis tiempos”. Así que a medida que pasaban los años mis discrepancias con el señor Reverte aumentaban, hasta el punto de que les mentiría si les dijera que Pérez-Reverte sigue siendo un referente para mí. Pero no se crean que he abierto la Posada del lector con la intención despotricar del señor Reverte. Y es que el señor Pérez-Reverte me cae bien. O dicho de otro modo —y aún a riesgo de sonar redundante de forma parecida a Rajoy, que se ha convertido en el maestro de las redundancias—: no hay manera de que este hombre me caiga mal. Pese a mis discrepancias con él, pese a que a veces no me lo puedo tomar en serio, hay algo en Pérez-Reverte que me genera simpatía. De la misma manera que he conocido a gente con la que tenía mucha afinidad en cuanto a opiniones o ideas políticas… y que no la tragaba. Cosas raras de la vida, en la que dos más dos no siempre suman cuatro. Así que, paseando por la biblioteca, al encontrarme el libro Perros e hijos de perra, decidí cogerlo. Hacía tiempo que no leía ya un libro de artículos de Pérez-Reverte —el último fue No me cogeréis vivo, ha llovido desde entonces—, y como me encantan los perros,  ¿cómo no lo iba a coger? Además, así tendría una excusa más para abrir la Posada del lector.

Perros e hijos de perra se titula este recopilatorio de artículos —veintidós en total—, un título que ya dice mucho de quién es el autor, a la vez que revela un tono de cabreo que en ocasiones aparecerá en la obra. Además de los veintidós artículos, la obra se inicia con una introducción en la que Pérez- Reverte nos habla de lo que encontraremos en este libro:
Durante la mitad de mi vida conviví con perros, y de ellos he aprendido mucho de cuanto sé, o creo saber, sobre las palabras amor, desinterés y lealtad. Éstas no son frecuentes entre los humanos, al menos las dos últimas; y desde luego, tampoco la primera, amor, en el sentido en que podemos aplicarla a esos nobles animales. Podría resumirlo afirmando que nunca conocí entre los seres humanos, como en los cinco perros que hasta hoy pasaron por mi vida, un amor tan desinteresado y tan leal. Tan conmovedoramente fiel.
Este libro recoge, ordenados más o menos cronológicamente, algunos de los artículos que, según puedo recordar, escribí sobre perros entre 1993 y 2014. No son demasiados, aunque reflejan bien lo que significan para mí. Varios de los textos están dedicados a episodios perrunos concretos, donde ellos son protagonistas. En otros, orientados a diversos asuntos, figuran, sólo como personajes secundarios. Sin embargo, todos estos artículos se encuentran unidos por un sólido vínculo común: la mirada que los perros que amo y amé dejaron en mí, referida a su mundo y el mío. Anécdotas de fidelidad, de coraje, de soledad, de tragedia, de alegría. Historias que quien conoce a los perros sabrá sin duda apreciar en lo que valen, y cuanto significan.
Porque, efectivamente, tal y como comenta Pérez-Reverte en la introducción, todos estos artículos que encontramos en Perros e hijos de perra ya fueron publicados en prensa —y algunos los recordaba haber leído en los  libros recopilatorios genéricos que se publicaron—. Y efectivamente también para Reverte los perros tienen un algo especial. Parece que todas esas reglas en las que cree y muestra en sus novelas —lealtad, honor, amistad— las ve reflejadas en los perros. Más reflejadas en los perros que en las personas. En varias ocasiones leerán en este libro la declaración de que cuando muere un ser humano el mundo no pierde gran cosa, la humanidad está embrutecida y ninguna vida la considera sagrada, pero en cambio cuando muere un perro el mundo es un lugar más triste (1). Y en esa línea irán muchos artículos, en los que exaltará la humanidad y las virtudes de nuestros amigos los perros, virtudes como su coraje y la lucha que le echan a la vida. Es el caso del artículo de anécdota histórica “Los perros de la brigada ligera”. O el artículo “El chucho antisistema”, que habla de aquel perro que apareció en las noticias, allá por los años 2010-2012, cuando las protestas en Grecia, y del que Pérez-Reverte no citó el nombre pero se llamaba Lukánikos, y del que nos dirá que:
A su manera, sin saberlo, puede que ese chucho también libre su propia guerra antisistema. Batiéndose no sólo por su amo, sino por sí mismo. Por sus colegas: cachorrillos regalos de Navidad que meses más tarde acabarán abandonados en una cuneta; por los perros maltratados, apaleados hasta morir por canallas sin conciencia; por los que acaban ahorcados en el monte cuando son viejos, arrojados vivos a un pozo o liquidados de un escopetazo; por los que enloquecen amarrados con dos metros de cadena o mueren de hambre y sed; por los que son sacrificados sin necesidad pudiendo salvarse; por los que nadie reclama y acaban deslizando su sombra por el corredor de la muerte; por los que infames sin escrúpulos utilizan en peleas clandestinas donde se juegan enormes cantidades de dinero; por esos perrillos drogados que, ante la pasividad de las autoridades, algunos mendigos utilizan para mover a piedad y luego se desembarazan oscuramente de ellos... Y sí. Miro la foto del perro antisistema que se enfrenta a la policía en una calle de Atenas y concluyo que tal vez también él tenga cuentas propias que ajustar. Y que todo será más noble y luminoso mientras junto a un hombre que lucha haya un buen perro valiente.
Lukánikos, el perro al que Pérez-Reverte le dedicó un artículo

Como ven, Pérez-Reverte aprovecha el caso de Lukánikos para hacer una crítica social sobre el trato que sufren los canes. Algo que también hará en el artículo “Bandoleros a cuatro patas”. Y es aquí donde me encuentro al Pérez-Reverte que más me gusta, el que se indigna ante tal injusticia, el que por respeto y empatía hacia los perros lo escupe todo, indignado. Porque puede que a veces la mala leche y los insultos de Pérez-Reverte sean excesivos en algunos temas, pero no en éste. Creo fervientemente que la mala hostia está justificada ante casos de crueldad extrema como perros ahorcados o peleas clandestinas. Por eso uno de mis artículos favoritos es “La perra color canela”, que me resulta conmovedor. En él se cuenta el abandono de una perra en una gasolinera, y aunque allí los trabajadores la adopten y la mimen, la perra nunca dejará de sentirse curiosa ante todos los coches que se paran, por ver si regresa su dueño. O “Era sólo una perra”, en la que nos cuenta un suceso acaecido en el metro de Madrid: una galga abandonada cayó en la vía, y correteaba perdida esquivando metros durante días. La empresa municipal pasó del rescate, y no sería por falta de soluciones que se les propuso con tal de rescatarla. Pero no las aceptaron, y al final pasó lo que tenía que pasar: la perra murió atropellada. Y ante tales casos, ya les digo: Pérez-Reverte no ahorra bilis. Y bien que hace.

Y no es que Pérez-Reverte defienda a los perros desde la distancia, para ganarse el aplauso. Podríamos pensar que lo de Pérez-Reverte es la típica idealización fácil hacia el mundo animal, ya saben: como si los animales fueran tan humanizados que parecieran sacados de una película de Walt Disney, ignorando sus leyes salvajes y su instinto de supervivencia para convertirlos en animales de peluche. Es algo en lo que mucha gente incurre, aunque tal vez sea políticamente incorrecto señalarlo. Pero no es el caso de Pérez-Reverte. Y además hablamos de un animal concreto: el perro, que lleva miles de años domesticado, y conviviendo a nuestro lado. Yo he tenido y tengo perros, y en verdad les digo que, sin idealizaciones, sí creo que nuestros amigos de cuatro patas poseen las cualidades humanas que Pérez-Reverte les proyecta. Aunque sea por simple apego a sus dueños, pero las poseen. Y Pérez-Reverte sabe de lo que habla porque ha tenido cinco perros, de los cuales hay testimonios en algunos de los artículos de este libro. Así sabremos de Sombra, Mordaunt —guiño a los Tres mosqueteros de Dumas— y Sherlock —sobra comentar aquí el guiño ¿verdad?—.

Quizás por eso, por haber tenido cinco perros, el libro se abre con una dedicatoria a su hija Carlota, la cual no creo que haya sido ajena a la convivencia con estos fieles animales. Además también precede a la obra dos citas literarias, la primera de Cervantes —extraída de El coloquio de los perros— y la segunda de Jack London —de La llamada de lo salvaje—. Y para rematar el libro que nos ocupa, se cuenta con la colaboración del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, que ilustra algunos relatos con retratos de perros. Además, en uno de los artículos del libro Ferrer-Dalmau tiene protagonismo, se trata de “El perro de Rocroi”, que habla sobre uno de los cuadros de batallas históricas en las que Ferrer-Dalmau está especializado. El cuadro en cuestión es “Rocroi. El último tercio”, y en él aparece un perro precisamente a petición expresa de Arturo.

Me encontré esta imagen por las redes sociales, ¿ven la mirada de Noa? Pues Pérez-Reverte tiene razón cuando describe la mirada de un perro.
En definitiva, es una buena lectura para los amantes de los perros, amena y ligera. Sólo le encuentro un defectillo, algo que, al menos a mí, no me acaba de convencer. Y es que, como bien dice el propio Arturo Pérez-Reverte en el fragmento del prólogo copiado anteriormente, en algunos artículos los perros figuran “sólo como personajes secundarios”. Excesivamente secundarios para mi gusto, cuando se supone que el libro gira en torno a ellos. Son artículos donde el tema central es otro, pero en los que aparece un perro de forma testimonial. Tan testimonial que me rompe un poco la idea original que vertebra el libro. Es el caso de “Cuento de navidad”,  “Un brindis por ellos dos” o “En la orilla oscura”. Y hay algo que tampoco me acaba de convencer: algunas opiniones cuñadas de Pérez-Reverte sobre algunos temas —a bote pronto, el artículo “Verano de perros y abuelos” me pareció un símil desacertado—. Pero de eso ya he hablado al principio de esta entrada. El libro merece la pena. Nunca está de más homenajear a nuestros mejores amigos.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Arturo Pérez-Reverte, los perros.

(1) En el artículo “La mirada de un perro” nos contará que:
¿Y saben lo que les digo?... Podría desaparecer la Humanidad entera. Podrían diezmarnos las catástrofes y las guerras y caer chuzos de punta e irnos todos a tomar por saco, y el planeta Tierra no perdería gran cosa. Al contrario: ganaría en armonía natural y en alivio. Pero cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro del que les hablo —se llamaba Sombra—, este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitables y menos noble.

martes, 7 de junio de 2016

Mentiras populares, de Bruno Cardeñosa. O la constante proliferación de las leyendas urbanas.




Ficha
Título: Mentiras populares.
Autor: Bruno Cardeñosa
Editorial: Espejo de tinta
Nº de páginas: 292
Lengua: Castellana

Sinopsis (extraída de la web de La casa del libro)
No creas nada de lo que oigas y sólo la mitad de lo que veas. En 2006 Bruno Cardeñosa empezó a informar a los oyentes de La Rosa de los Vientos sobre mentiras populares y leyendas urbanas con enorme éxito de audiencia. Este libro es la recopilación de cientos de estas falsas informaciones y noticias que forman parte del saber popular, como la de la chica de la curva, la fan de Ricky Martin, o los famosos refrescos que causan problemas de salud.
A diferencia de otros trabajos sobre el asunto, este libro es algo más que una simple recopilación de leyendas y mentiras populares. El autor examina a la sociedad y la sienta en el diván para averiguar cuáles son los rasgos ocultos e inconfesables de su personalidad.

Opinión personal
Era yo un niño en los primeros años de los 90, unos años sin internet en los que la piratería musical, obviamente, no consistía en descargarse archivos de la red. Ni siquiera había aparecido aún el top manta, y pocos hogares tenían un ordenador, y los que lo tenían aún no funcionaba ni con Windows 95. Así que ni siquiera la copia entre amigos era de CD a CD. No, nada de eso. La música se pasaba de cassette en cassette. Y un primo mío nos pasó, a mí y a mi hermano, un cassette de hip hop que contenía una famosa canción titulada Hey, pijo —de hecho, es la única canción que recuerdo del cassette—. A mí la canción me flipaba, me parecía muy graciosa —y más siendo un niño— y me aprendí la letra, arrogante y chulesca, de memoria. No sabía entonces cómo se llamaba el rapero de la canción, ni recuerdo que nadie me lo dijera tampoco. Era simplemente “el de hey, pijo”. Y había una cosa que me decía mucha gente: que el cantante estaba muerto. Y no crean que lo decían en broma, no. Lo decían muy en serio. Porque claro, tú haces una canción metiéndote con los pijos, así que estos se enfadan y un día un grupo de pijos cabreados y psicópatas te asesinan. Eso sí, en cómo se había producido la muerte no había consenso. Uno decía que lo mataron en una discoteca. Otro que lo estaban esperando al salir de casa. Pero todos tenían claro que lo habían matado los pijos. Esto lo decían donde yo vivía: en un pueblo de la provincia de Barcelona. Aquel mismo verano, como todos los veranos, iba de vacaciones a Andalucía, la tierra de mis padres. Y llegaba yo tan feliz cantando esa canción tan molona que me había aprendido. ¿Y saben qué me dijeron allí al escucharme cantar la canción? Pues exactamente lo mismo: que al rapero que la cantaba lo mataron un grupo de pijos, a modo de venganza. Fueron pasando los años, ya no escuchaba música en cassettes, ya tenía un ordenador en casa y conexión wifi. Y gracias a la red descubrí quién era el rapero que cantaba la canción, se trataba MC Randy. Y resultaba que no, que no lo habían matado los pijos, el tipo está bien vivo y aquello de su muerte se trató de una leyenda urbana. Y a mí que fuera un bulo no me sorprendió, era lo que sospechaba siendo ya más adulto. Porque total, pensaba, ¿cómo es posible que tal suceso no lo haya visto nunca en la televisión, ni en ninguna revista musical? ¿Cómo es que no hay nunca ninguna efeméride de su muerte? Así que yo ya sospeché que aquello debió ser un bulo. Sin embargo, hubo algo que sí me dejó muy inquieto al recordar aquella leyenda urbana de mi infancia… ¿cómo se podía contar esa misma leyenda urbana tanto en Barcelona como en Almería? O sea, alguien se inventaba un bulo en algún punto de España y, en cuestión de tiempo, por el boca a boca, se extendía por todo el país, sin internet ni redes sociales. No sé a ustedes, pero a mí me fascinó y me sigue fascinando.

Esta leyenda urbana que recuerdo de mi infancia y os acabo de contar no aparece en el libro del que os voy a hablar hoy: Mentiras populares, de Bruno Cardeñosa. Pero bien podría haber figurado entre sus páginas, y concretamente en el capítulo 2 que lleva por título “Con nombre propio”, y en el que se recogen leyendas urbanas acerca de personajes famosos. El libro con el que hoy abro La posada del lector “nació” primeramente en septiembre del 2006 como una sección del programa de radio La Rosa de los vientos, la cual versaba sobre estas historias que tanto rodaban por la sociedad. Y Bruno Cardeñosa, periodista y locutor de dicho programa, lo pasó a formato libro en el 2008, añadiendo material nuevo. En el libro las leyendas están clasificadas temáticamente a través de los doce capítulos. La clasificación es un poco arbitraría, porque hay leyendas que podrían estar a la vez en algún otro capítulo, sin embargo no lo señalo como un defecto. Porque de alguna manera hay que clasificar estas historias en capítulos, y Bruno Cardeñosa encuentra un nexo común para agruparlas. Y además de los doce capítulos, el libro se abre con una introducción en la que Bruno Cardeñosa nos cuenta qué intencionalidad persigue:
Si servidor fuera psiquiatra y la sociedad mi paciente, para psicoanalizar al <<enfermo>> sentaría en el diván informaciones como las que pretendo exponer en este trabajo. Y es que he descubierto que revelan mucho más sobre nosotros de lo que nos imaginamos, porque son historias que reflejan los miedos, inquietudes, comportamientos, prejuicios, ideas, creencias, etcétera, que nuestra sociedad esconde y alberga de forma latente, bajo la supeficie, puesto que estos relatos, muchas veces, son el auténtico código genético de la opinión pública, y en no pocas ocasiones, ese código esconde eslabones dañados. Precisamente, ése es uno de los aspectos sobre los que pretendo profundiza en las páginas que siguen.
Como el propio autor dice, Mentiras populares no se trata sólo de un mero recopilatorio de leyendas urbanas y de mentiras que se han repetido mil veces hasta convertirse en “verdad”, sino que intenta explicar por qué a veces se crean estas leyendas, qué explicación social hay, y qué revela acerca de nosotros. Además, rastrea Cardeñosa la fuente de algunas de estas leyendas, buscando el lugar en el que se originó, y si había una base real —base real que con el tiempo se deforma tanto que al final acabamos teniendo una burda mentira—. En ocasiones, Cardeñosa coteja las distintas versiones de una misma leyenda urbana según la zona geográfica. Por ejemplo, ¿conocen la zoofílica leyenda urbana de Ricky Martin en el programa de Sopresa Sorpresa y la chica del perro y la mermelada?  Bueno, pues sospechosamente pasó la misma historia en Chile. Pero el protagonista no era Ricky Martin, sino Luis Miguel. Y Cardeñosa llega aún más lejos con esta leyenda urbana, y nos cuenta que “aunque casi nunca es posible encontrar el origen de una [leyenda urbana], posiblemente, en este caso, servidor ha dado con un relato que quizá nos sirva para reconstruir algo mejor la <<mentira>>. Se trató de una historia que empezó a circular en Estados Unidos allá por comienzos de la década de los noventa —unos pocos años antes del caso protagonizado por Ricky Martin—, y que el folclorista Jan Harold Brunvand recogió”.  Y es que, queridos amigos, las leyendas urbanas traspasan fronteras, y se adaptan a otros países y culturas. Ahí va otra: ¿nunca han escuchado que viajaba en avión Ana Obregón y por la presión se le reventaron los implantes de silicona de los pechos? Bueno, pues a parte de asegurarles que tal acontecimiento no sucedió nunca, este mismo hecho también le “sucedió” a varias “Ana Obregón” de otros países. En los países nórdicos le sucedió a la actriz Brigitte Nielsen. Y en Estados Unidos la que se quedó sin implantes de silicona fue Pamela Anderson.

Y podría seguir relatando bulos y leyendas urbanas que circularon sobre famosos —que por cierto, la mayoría negativas que dejaban en mal lugar al famoso en cuestión, salvo las del anterior rey Juan Carlos, que lo dejaban como un campechano dispuesto a ayudar siempre al prójimo de forma anónima—, pero si tuviera que citar todas las leyendas urbanas que aparecen en el libro no terminaría nunca. Eso sí, déjenme que les cite otro recuerdo personal relacionado con otra leyenda urbana, esta vez referente a la ya citada de Ricky Martin y la mermelada: la leyenda urbana me pilló en la época del instituto,  y una chica de clase juró y perjuró que esa historia era verdad, porque su madre la vio en la tele, decía. Obviamente mintió. Y es que respecto a las leyendas urbanas siempre hay alguien que dice que “yo conozco a uno que vio o sufrió tal cosa”. Cuando no te cuentan que directamente ellos protagonizaron la leyenda urbana o fueron testigos directos. ¿Y por qué le gusta tanto a la gente mentir? Buena pregunta, para la que Bruno Cardeñosa no parece tener respuesta. Pero es obvio que la gente miente. E incluso, si les demuestras que lo que ellos creían a pies juntillas no era verdad, pueden llegar a tomárselo muy mal, tal y como cuenta Cardeñosa en el capítulo 8, “Sucesos impersonales”. Como digo, no sé por qué a la gente le gusta mentir, pero sí sospecho por qué pueden enfadarse y negar toda evidencia para permanecer a lomos del burro: porque las leyendas urbanas, aunque falsas, se asientan sobre nuestras emociones, sobre nuestra concepción del mundo para darnos la razón, y a todos nos gusta tener razón. Quizás Bruno Cardeñosa lo explique mejor:
El hecho de que este tipo de relatos alcancen tanta notoriedad —y lo he dicho ya en otras ocasiones—, se debe a que cuentan con elementos que los convierten en creíbles, porque abordan asuntos que sabemos que son reales. Las estafas lo son, los delitos también, la maldad humana igualmente… Pero la investigadora Linda Dégh añade a la condicionante de <<realidad>> una segunda característica que está presente, a la que denomina <<ilusiones aceptadas como ciertas por la generalidad>>, es decir, particularidades sobre cada uno de estos relatos que, si bien resultan excepcionales, entendemos que podrían llegar a suceder.
Puede ser que en un momento determinado un terrorista quiera avisar a las víctimas, porque entendemos que puede existir una pizca de humanidad en él. O bien puede ser que se lleven a cabo prácticas sexuales que se salgan de la norma. Sin embargo, en ocasiones, algunas leyendas urbanas pasan de puntillas sobre ambas condiciones y, pese a ello, crecen hasta convertirse en mentiras populares que nuestro yo interno acepta sin rechistar, si bien se considera que su complejidad hace necesario —al subconsciente—, crear estrategias para reforzar la creencia y darla a conocer con seguridad. Tales pautas son indispensables para que los relatos sobre algunos sucesos imposibles lleguen a creerse a pies juntillas, pese a que sea imposible, a todos los niveles, que el relato sea verídico.
A veces, la situación llega al punto de que el investigador de estos relatos se convierte en un enemigo, un papel que he sufrido en no pocas ocasiones.
Pinocho no era tan trolero en comparación de la gente que difunde leyendas urbanas

Por eso, da igual lo crítico y escéptico que uno sea. Es imposible no haberse tragado alguna vez una de estas historias tomadas por verdaderas. Y uno de los encantos de la lectura es, al menos para vuestro servidor Letraherido, ir descubriendo qué leyenda urbana nos hemos tragado. Ahí confieso una que me tragué hace años: la de los bolis, lápices, la NASA y los rusos. Pues nada, resulta que en el espacio, por la falta de gravedad, los bolígrafos no escribían bien porque la tinta también se quedaba flotando. Así que la NASA invertió tiempo y dinero en fabricar un super bolígrafo que pudiera escribir en condiciones. Los rusos fueron más inteligentes: usaron lápices. Esta historia, que parece típica de un libro de coaching motivador para ejemplificar el ingenio, tiene un problema: es falsa —de ahí que desconfíe tanto del coaching, pero no me meteré ahora en ese jardín—. Veamos qué se dice sobre dicha leyenda en el libro que nos ocupa:
Uno de los que se refirió a este tema es el astronauta español Pedro Duque, que ha viajado en algunas de las misiones dirigidas por los rusos. Durante uno de sus viajes, exactamente el 23 de octubre de 2003, escribió la siguiente crónica: <<Estoy escribiendo estas notas en el Soyuz con un Boli barato. ¿Por qué tiene eso importancia? Resulta que llevo 17 años trabajando en programas espaciales, 11 como astronauta, y siempre he creído, porque así me lo han explicado, que los bolígrafos normales no escriben en el espacio. La tinta no cae, decían. Escribe un momento boca abajo con un boli y verás como tengo razón, decían. En mi primer vuelo, como todos los astronautas del Shuttle, yo llevé un boli muy caro, de esos que tienen el cartucho de tinta a presión. Sin embargo, el otro día estaba con mi instructor de Soyuz, y vi que estaba preparando los libros para el vuelo, y estaba poniéndonos un boli con un cordel para escribir una vez en órbita. Ante mi asombro, me dijo que los rusos siempre han usado bolis en el espacio. Yo también metí uno nuestro, de propaganda de la Agencia Europea del Espacio (no vaya a ser que los bolis rusos sean especiales), y aquí estoy, no deja de funcionar y ni <<escupe>> ni nada>>. (…)
Por cierto: los primeros bolígrafos no viajaron al espacio hasta 1965. Hasta entonces, los astronautas de la NASA —y no los rusos—, había utilizado lápices. Sí, lápices. Pero curiosamente, dejaron de hacerlo porque descubrieron que en las condiciones que se daban dentro de las naves, la madera y el grafito era altamente inflamable y podría resultar un serio peligro. <<Así que de lápices nada>>, dijo alguien en la NASA. Paradójico final para esta leyenda urbana.
Pero como les digo, nos las creemos. Porque nos reafirman en nuestras creencias, y les damos veracidad. Por nuestros miedos, por nuestros prejuicios y hasta por nuestra educación les damos veracidad, pese a que algunas leyendas urbanas hacen aguas, a poco que les apliquemos la lógica. Como aquello que se decía de que en los porteros automáticos de las viviendas se dibujaba un código secreto compartido por los ladrones, en los que daban información de los inquilinos a otros ladrones…vaya, ¿desde cuándo son tan generosos y altruistas los ladrones con otros ladrones que prefieren ceder el botín? Sólo les faltaría montar un sindicato. U otro clásico: la del tráfico de órganos, que en cualquier lugar te pueden drogar, y despertarte en una bañera faltándote un riñón. Como verán, muy coherente todo, sí:
De todos modos, y para quien dude, basta pensar dos veces para darnos cuenta de que los relatos sobre el tráfico de órganos no son verídicos. La extracción es un proceso tan complejo que escapa a las posibilidades de una banda de traficantes. En principio, donante y receptor deben efectuarse análisis para averiguar si entre ellos existe histocompatibilidad, algo que implica la imposibilidad de elegir aleatoriamente a alguien para extraerle un órgano, operación que, además, puede durar más de ocho horas y requiere la colaboración de un extenso equipo de médicos. Encima, la conservación del riñón exige un instrumental del que sólo disponen algunos hospitales, y unas sustancias químicas de acceso restringido. Todas estas condiciones hacen imposible el tráfico de órganos. Es importante saber que en el proceso (y por tanto también en un hipotético tráfico), es imprescindible que participen cientos de personas, y personal de todo tipo, por lo que es seguro que alguien, al menos en alguna parte del mundo, tendría que haber sido detenido en algún momento. Y eso, hasta ahora, no ha ocurrido.
Pero no digamos que todo se debe a los prejuicios, ingenuidad y temores de la población. Los medios de comunicación colaboran mucho en su difusión. Y cuando las leyendas urbanas están insertadas en la prensa seria —supuestamente seria—da igual lo cultos o escépticos que podamos ser, las posibilidades de que nos las creamos son muy altas. No es que seamos ya manipulables, sino que directamente nos dan en ocasiones información manipulada, y es muy difícil descubrir que una historia es falsa si desde los medios se propaga con toda naturalidad, hasta ser asumida por la población. Y por desgracia no es sólo un problema de falta de profesionalidad periodística, es directamente mala intencionalidad. Cardeñosa denuncia en ocasiones en Mentiras populares la falta de escrúpulos del poder. Y buscando información acerca del autor, me doy cuenta de que ha escrito varios libros sobre conspiraciones.  Dichos libros, si les soy sincero, no me llaman demasiado. Porque aunque Mentiras populares me resulta una lectura grata, no soy amigo de estas teorías de la conspiración. Al menos, considero que más del 90%, la gran mayoría, tienen más de imaginación y de huecos rellenados que de información objetiva, y por lo tanto considero que creer en ellas es más un acto de fe que otra cosa. Y en algunos momentos de Mentiras populares Cardeñosa deja caer su visión conspiranoica.
Pero aunque yo no sea partidario de teorías de la conspiración, sí le doy la razón al autor en que el poder manipula. Quizás no digan en los medios de comunicación una mentira directa —bueno, a veces también—, pero sí omiten parte de la información… y las omisiones provocan el falseamiento de una noticia. También me creo que al poder —sea el que sea— le interesa promover determinadas leyendas urbanas, o al menos no desmentirlas. Es algo que veo por mí mismo, sin que nadie me lo cuente, en la forma de dar ciertas noticias en los telediarios.

Pero nos desviamos demasiado del libro. Estábamos en que el poder, los poderosos, se valen de leyendas urbanas para velar por sus intereses. Por ejemplo, metiéndonos miedo. Y así, en aras de nuestra seguridad, implementar más medidas de control aún a costa de nuestra libertad. Saben perfectamente cómo explotar nuestro miedo y que lo acabemos interiorizando aún más, tal y cómo se explica en el capítulo 6, “Miedo a todo”. No en balde, muchas leyendas urbanas resultan terroríficas, porque nuestro miedo las alimentan y las difunden. Como aquella de psicópatas conductores que circulan con las luces apagadas, y esperan que alguien, con buena voluntad, les avise con los faros de que llevan las luces apagadas y firmen así su sentencia de muerte, puesto que el asesino psicópata esperará el aviso lumínico del incauto bienintencionado para asesinarlo. Un asesinato así, estaría bien documentado… ¿pero saben cuántas denuncias de agresiones de este tipo hay documentadas en las comisarías de España? Ninguna. Como también las snuff movies, que son filmaciones en las que se graban asesinatos reales. Hasta la fecha, o al menos hasta el año 2008 en el que se publicó el libro, jamás se ha hallado ninguna.

Aunque si por un lado el poder utiliza el miedo para amedrentar a la población contando o no desmitiendo bulos, a veces desde abajo surgen leyendas urbanas en contra de aquello que consideramos que tiene un poder social y económico injusto. Y de nuevo se apela al miedo contra ello. Quizás por eso hay tantas leyendas urbanas en contra de marcas comerciales, como recoge Cardeñosa en el capítulo 4, “Marcas diabólicas”, en el cuál nos cuenta por qué nacen este tipo de leyendas:
Las grandes firmas comerciales han sido casi siempre un objetivo perfecto para los fabricantes de leyendas urbanas. Se trata de una reacción social al poder de estas marcas, que pese a que sus productos son consumidos de forma masiva, generan un halo de duda sobre la honestidad de sus operaciones comerciales y lo idóneo de aquellos para el consumo o la salud.
Lógicamente, los hombres y mujeres que formamos parte de la sociedad solemos ser desheredados del sistema capitalista, que hace ricos a unos pocos y vulgares consumidores a la mayoría, pero lo aceptamos porque sí, o porque nos da de comer, o porque tememos cualquier cambio. A esos desheredados pertenecemos tú y yo, y en no pocas ocasiones nos sentimos insatisfechos de forma inconsciente. Y aunque tú y yo no lo hagamos, algunos de nuestros congéneres sí que ponen en liza determinadas <<verdades>> que cuestionan a los iconos que mejor representan el sistema en el que vivimos; un sistema que nos llena de descontento, desconfianza, inseguridad… He ahí la pared sobre la cual se abren grietas que aprovecha la sociedad para insertar leyendas urbanas como las que voy a contar en este capítulo.
Y no seré yo quien defienda a las multinacionales y grandes corporaciones, pero por amor a la verdad conviene que lo que se diga de ellas sea cierto. Como también nos conviene, sobre todo, erradicar las leyendas urbanas tecnófobas. Personalmente, hay leyendas que me parecen divertidas e inocuas, pero las tecnófobas no me hacen ninguna gracia. Veo en ellas un miedo irracional hacia el progreso. Teléfonos móviles y microondas se llevan la palma a la hora de provocar miedos infundados. Pero no todas las leyendas urbanas tienen el miedo como motor creativo. El sentimiento de piedad y generosidad es apelado por quien difunde falsas historias, y así se ve en peticiones solidarias de las que se nos habla en el capítulo 9, “Leyendas para incautos”, que no son otra cosa que estafas camufladas que apelan a la compasión humana. Otras leyendas en cambio son educativas, parecen fábulas escritas por un cuentista con un mensaje moral de fondo. Y es que el vocablo “leyenda” procede del latín, y etimológicamente significa “lo que debe ser leído”, no es de extrañar, pues, este componente ejemplarizante.
Como me pasa en cada entrada, llega un momento en que de tan larga ya les debo estar aburriendo, y es hora de finiquitar. En definitiva, Mentiras populares ha sido una lectura curiosa, amena e interesante. Sólo por la entretenida retahíla de leyendas que se han tomado por verdad merece la pena leerla. Mentiras sociales que a veces es imposible no creerse, y es que no basta con abrir bien los ojos e informarse lo mejor que se pueda. Nunca podemos estar 100% seguros de que no nos la han colado. Y da igual que avance la tecnología y vivamos en un mundo más conectado, porque con las redes sociales aún más virales se vuelven estos engaños. Hasta a la gente de ciencias se la cuelan, y con ello me despido con la siguiente cita del libro:
<<Tras el estudio nos dimos cuenta de que en la comunidad médica circulan ideas que nunca han sido probadas>>, señalan los autores del estudio publicado en diciembre de 2007 en British Medical Journal. <<No debemos creer algo sólo porque lo hemos escuchado anteriormente>>, dicen los investigadores de la Universidad de Indiana, dirigiéndose a sus propios colegas.
Y es que todo puede ser mentira.

Valoración: Notable

Te gustará si te gustan: las recopilaciones de leyendas urbanas, Jan Harold Brunward, las teorías de la conspiración. 
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