lunes, 30 de abril de 2018

50 sombras de Letraherido


Sé que debería actualizar más, mantener mi blog un poco más activo. Echo de menos años atrás en los que Twitter e Instagram no lo copaban todo y los blogs tenían más vida, y para no ser tan hipócrita qué mejor manera que dar ejemplo y abrir la persiana. Y cómo no sólo de entradas literarias vive el hombre, ahí va una sobre curiosidades. Cosas así las veo actualmente en Twitter, pero recuerdo hace años, en no sé qué blog (mi memoria no da para tanto), que vi una entrada así de este tipo, y con este mismo título de "50 sombras de". Así que decido hacer lo mismo en este blog: un compendio de pensamientos y cosas personales. No tiene mucho interés, pero por si ustedes tienen un día aburrido. Allá va:

1) Soy catalán de padres andaluces.

2) Pertenezco a la Generació Tomàtic. En mi tierra muchos me entenderán.

3) La serie de dibujos animados a la que más asocio mi infancia es Dragon Ball. Con los años no creo que sea el mejor manga ni el mejor anime, de hecho con una visión ya adulta le veo muchísimos defectos. Pero no puedo ser objetivo, es la serie de mi infancia. Y aún me gusta Dragon Ball.

4) Mi principal pecado capital es la gula.

5) Detesto los nacionalismos. Así, en plural. Y me acusarán de equidistante. O de ir de moralmente superior. Pero no. Todo es más sencillo y personal: desde posturas nacionalistas siempre se me ha cuestionado, molestado, fastidiado y prejuzgado.

6) Odio que se juzgue a la gente por sus gustos culturales. A mí algo puede no gustarme nada —sin ir más lejos, he hecho reseñas negativas de libros que no me han gustado—, pero nunca pensaré mal de nadie por disfrutar de ello. Respetar los gustos de los demás no cuesta nada.

7) Incluso valoro mucho a la gente que es fan de algo que está vilipendiado, y que no se esconde. Me parece un acto de valentía. Olé por ellos.

8)  Después de la literatura, lo que más me gusta es la música. De hecho, creo que no me hubiera gustado tanto la literatura si no hubiera disfrutado primero de la música. Siento que una cosa me llevó a la otra.

9) De adolescente quise aprender a tocar la guitarra. No lo conseguí.

10) No fumo. No me gusta el tabaco

11) Tampoco he consumido jamás drogas. Bueno, salvo el alcohol. Y muy esporádicamente.

12) Me gusta la gente que sabe pedir perdón (perdón sincero, se entiende). Y por eso procuro pedir disculpas si la fastidio yo.

13) No me gusta la frase “perdono pero no olvido”. Yo o perdono totalmente, sin guardar el más mínimo rencor, o directamente no perdono. No tengo término medio.

14) No tengo época literaria favorita ni tampoco género. A todo le encuentro su gusto, su gracia, su qué.

15) Pero una vez me preguntaron por mi época literaria favorita, y me pidieron que dijera alguna aunque estrictamente no fuera mi favorita. Ahí va la respuesta: el romanticismo decimonónico. Del romanticismo salieron muchos defectos que aún arrastramos, pero a la vez tiene su encanto. Ya digo que no es mi favorita, pero tiene un plus de encanto para mí.

16) También me gusta reivindicar el siglo XVIII de la literatura española. No acepto como dicen algunos que fuera un páramo desierto. Tiene su aquél.

17) No tengo una novela, poemario o autor favorito. Aquí sí es imposible, del todo imposible, que destaque algo.

18) Pero sí tengo un cómic favorito: Watchmen, de Alan Moore

19) No soy nada multitarea. Hacer varias cosas a la vez no es lo mío, siempre prefiero planificarme por partes.

20) Quizás por el punto anterior, me gusta ver las series una vez acabadas, y del tirón. No entiendo la gente que ve varias series a la vez y encima todas están aún sin concluir.

21) Me gustan las series, sí. ¿Y a quién no hoy en día? Pero no tengo esa ansiedad por devorarlas. No puedo con tanta saturación, hay overbooking de series.

22) La serie Buffy Cazavampiros ha sido la última que me ha maravillado. Nunca es tarde si la dicha es buena.

23) Con las sagas literarias me pasa lo mismo que con las series: me espero a que estén finiquitadas. Y me las leo del tirón. Ni loco empezaría ahora, qué se yo, por citar una saga al azar, Canción de Hielo y Fuego.

24) Leí Harry Potter ya pasada la adolescencia, y me maravilló. Entendí la fama mundial de la saga, bien merecida.

25) Y me siento Hufflelpuff. A veces con pequeñas dudas sobre si soy Ravenclaw (en diversos test me ha salido Ravenclaw), pero no: me decantaría por Hufflelpuff, que ante el sombrero seleccionador tenemos la última palabra.

26) Me encantan las historias de amor. Pero a un tiempo, cada vez noto que me sobran más en muchas películas o novelas. Las noto que están ahí, metidas con calzador para cubrir cuota de romance. Pero aún me emocionan cuando se meten bien metidas.

27)Pese al punto anterior, creo que el amor está sobrevalorado y la amistad infravalorada. Para mí, la amistad tiene un punto más de desinterés. Creo que los amigos son la familia que tú escoges (y a la vez te escogen a ti).

28) Una de mis grandes fortunas de la vida son mis amistades. No me puedo quejar de falta de buenos amigos. Tengo mucha suerte.

29) Y creo completamente en la amistad entre hombre y mujer. La frase “no puedo haber amistad sincera entre hombre y mujer” no es sólo que no la comparta, es que no la entiendo. Mis mejores amistades son amigas.

30) Me gusta el fútbol. De pequeño ya me gustaba jugarlo —y eso que era pésimo—, y actualmente verlo jugar.

31) Y soy del Barça. Pero no me gusta discutir de fútbol, me parece absurdo. Es sólo un juego. Si el Barça gana bien, y si pierde tampoco voy a llorar.

32) Sin embargo, sí puedo llegar a discutir por política. No me gusta entrar al trapo e intento evitarlo, pero a veces no lo consigo. La diferencia es que con el fútbol no me juego nada, y me da igual si alguien piensa que fue penalti o no. Pero con la política sí me juego.

33) Siempre separo obra de autor. Las ideas políticas o las opiniones de un autor me pueden parecer aborrecibles, pero su obra me puede maravillar. Y  viceversa. Me parece muy respetable que otros no la separen. Pero que no me juzguen a mí ni me atribuyan ideas que no tengo por leer/escuchar/ver a Fulanito. Son sus ideas, no las mías.

34) Frente a lo que se pueda esperar de mí, no siento fetichismo por las plumas estilográficas. Así decepcioné a Bettie Jander. A cuánta más gente decepcionaré.

35) Tampoco sé por qué varias personas han supuesto que sabía jugar al ajedrez. No me sé ni las reglas, jamás he jugado.

36) Han llegado a suponer que soy una persona conservadora. Ante mi pasmo, al pedir explicaciones, me han dicho: “Es que se te ve muy formal de primeras”. Y también que "eres muy educado". Aún no sé cómo tomármelo ni termino de ver la relación.

37) El saber no ocupa lugar… pero sí tiempo, mucho tiempo. Demasiadas cosas me gustan y poco tiempo tengo para empaparme de ellas. Ojalá tener más vidas

38) Me gusta la astronomía, pero por desgracia no es que sepa mucho sobre ella (ver el punto anterior). De ser de ciencias, hubiera sido la rama que hubiera escogido.

39) Hay gente que, opinando muy distinto a mí, puede llegar a caerme muy bien. Y hasta puede llegar a maravillarme al escucharla argumentar. No es algo que me pase con frecuencia, pero a veces sí. Creo que el mayor halago que puedo hacerle a alguien es que me guste hablar con él pese a posturas discrepantes.

40) Y a la vez, hay gente que siendo de mi misma opinión o estando en un mismo bando, no la trago.

41) No suelo soportar a la gente sobrada y soberbia.

42) Mi estación favorita es el otoño

43) No soy para nada tecnófobo (hola, estoy aquí, en mi blog), pero las redes sociales a veces me agotan, por eso tampoco quiero implicarme a fondo en ellas ni protagonizar largos y cansados debates. Y necesito cierta desconexión.

44) Puedo responder al whatsapp al cabo de horas o días (a no ser que sea algo que merezca una respuesta urgente). Y por eso no me enfado tampoco cuando a mí me responden tarde. No me gusta esta súper inmediatez que exigen las redes sociales.

45) Cuantos más años cumplo, más veloz me parece el paso del tiempo. Eso me ha hecho ser más receloso y selectivo: no comparto mi tiempo con quien no me valore ni aguanto mierdas de nadie.

46) La bebida que más suelo tomar es coca cola zero

47) No puedo con el bitter kas. Quizás por lo que acontenció en mi infancia: al ver una botella de bitter kas, con ese color tan rojo, pensé que se trataba de un dulce zumo de fresa. Y tan feliz le di un trago grande.

48) El mundo, la vida, la sociedad, llámalo X, me provoca una extraña mezcla de misantropía y altruismo.

49) Canta Ilegales que “el mundo es basura, pero me gusta estar vivo”. Totalmente de acuerdo.

Y 50) El arte me parece un gran consuelo en esta vida, merece la pena vivir sólo por ello. Incluso cuando las cosas van mal.

domingo, 11 de febrero de 2018

Irlanda, de Espido Freire. O una apariencia inquietante


Título: Irlanda
Autora: Espido Freire
Editorial: Planeta de Agostini
Colección: Escritoras de hoy
Lengua: castellana
Nº de páginas: 185

Sinopsis (extraída de internet):
Desde que Sagrario ha muerto, las cosas son distintas para Natalia, su hermana, y para sus padres, que en un intento por protegerla de la tristeza la envían al campo a pasar el verano. Allí, en la vieja casona familiar, se reúne con sus primos, Irlanda y Roberto, que con la ayuda de unos amigos se han propuesto adecentar la casa para venderla. Así comienza ese verano en que Natalia, una joven tímida que apenas ha salido de su entorno familiar, vivirá envuelta en flores secas, vestidos antiguos, conjuros mágicos, sueños y pesadillas. Y en ese mundo frágil, que resurge con la oscuridad y en el que nada es como parece ser, se pone de manifiesto la insalvable distancia que separa a Natalia de sus primos, especialmente de la encantadora y dulcísima Irlanda. Haciendo gala de una maestría narrativa que mezcla con prodigioso equilibrio tradiciones del mundo celta con el descaro provocativo de una Françoise Sagan, Espido Freire nos ofrece una primera novela en la que la belleza, la crueldad y los presentimientos recrean una atmósfera inquietante e irresistible.

Opinión personal
Leí Irlanda hará unos diez años, cuando cayó en mis manos de forma casual —como muchas de mis lecturas—, en la edición que pueden ver en la imagen, en la colección de Escritoras de hoy. Me impresionó su final y fue una buena lectura. Revisando los libros de mi estantería, volví a toparme con Irlanda, y pensé que merecía la pena reseñarla. Así que le hice una relectura ultra rápida para refrescar sensaciones. Era la excusa perfecta para venir aquí y abrir la persiana, que la abro demasiado poco y hay que poner remedio.

Irlanda no es una novela extensa, y está parcelada en doce capítulos sin título. Fue la opera prima con la que debutó Espido Freire en 1998, y hasta la fecha es la única novela de la autora vasca que he leído —Melocotones helados, con la que ganó el Premio Planeta al año siguiente, la tengo por casa, y es cuestión de tiempo que algún día la lea—. Me pareció una lectura amena que iba in crescendo, hasta llegar al desenlace final, el cual en mi opinión es el punto fuerte de la obra. Pero empecemos por el principio de la novela: nos encontramos con Natalia, una adolescente como personaje principal y voz narradora de la historia. Se trata de una chica tímida, apocada, introvertida y muy encerrada en su solitario mundo de herbolarios y fantasías. “Yo nunca había tenido amigas, no las necesitaba”, dirá. Porque para eso tiene su mundo de fantasía que ella misma se construye y en el que se cobija, ya que Natalia es asustadiza —sueña continuamente con una tortuga que la persigue macabramente— y percibe el mundo como una amenaza. A la pobre chica además se le murió su hermana Sagrario, y cuida de su otra hermana pequeña con mucho mimo. Todo un amor de chica de la que compadecerse, y casi que te entran ganas de entrar en la novela para abrazarla y reconfortarla. Y sin embargo… cuantas más páginas llevas leídas, más extraño te parece algo… te preguntas hasta qué punto es fidedigna  la voz narrativa de Natalia, porque algo no cuadra con exactitud. Pero hasta aquí puedo leer, ya que en esta entrada no habrá spoilers del final. Y sinceramente, espero no dar demasiadas  pistas.

Así pues, apreciados lectores, conocemos a Natalia en esta tesitura. Sus padres, obviamente, están preocupados:
—¿Has leído lo que dicen las monja?
—No —dije yo.
—Dicen que te distraes con facilidad, que no trabajas bien en grupo, y que eres poco sociable. Y que tal vez podrías poner un poco más de interés en las matemáticas. ¿Qué opinas tú de esto?
—Tendría que prestar más atención a las matemáticas —confesé, con la cabeza baja.
—No tienen delicadeza ni corazón. Se extrañan de que te distraigas. Yo ni siquiera esperaba que sacases el curso adelante —me cogió de las manos y me abrazó—. Ven aquí. Eres una buena alumna, una buena hija.
Es por eso que los padres acuerdan que será bueno para Natalia que pase el verano en la casa de campo de sus tíos, en compañía de sus primos, con el objetivo de que Natalia se evada, se aleje de su hogar un tiempo y así olvidar el recuerdo trágico de Sagrario. Así la mayor parte de la novela sucede temporalmente en verano y en una gran casa de campo rural. Los padres de Natalia, pues, serán testimoniales. Al igual que los tíos, también secundarios ya que se ausentarán frecuentemente y de forma prolongada de la casa. Todo el foco se concentra en los jóvenes adolescentes, en Natalia y en sus primos Roberto e Irlanda, y será ésta última la que dará el título a la obra, porque es la protagonista real —Natalia es el personaje principal, que no es lo mismo—. Y añadamos tres adolescentes más: dos amigas de Irlanda, compañeras de instituto que sólo estarán presentes en los primeros capítulos y después marcharan, y meras comparsas para resaltar a la protagonista. Y ya por último, pero no menos importante para la trama, otro amigo del instituto: Gabriel

Los jóvenes tendrán tareas por hacer durante el verano, consistentes en arreglar y adecentar la casa, ya que los tíos pretenden venderla, y conviene que tenga buena presencia. Los primeros días resultan casi bucólicos, y todos los personajes presentarán el mejor ánimo posible. Pudiera parecer en un primer momento que estamos ante una novela juvenil, de ésas de crecimiento personal que suceden a lo largo de un verano —a todos nos suena alguna novela o película de este estilo, ¿verdad?—. Pero no, no irá por ahí la cosa. Irlanda es una novela con un trasfondo oscuro, una novela cuya temática es la ambigüedad de las apariencias y la desenvoltura ante el mundo y sus reglas. E insertado en ese mundo de apariencias, el lector presenciará un combate entre Natalia e Irlanda. Sería muy tentador hablar también de la rivalidad feminina como otro tema presente, pero yo no lo termino de ver así. Porque de acuerdo, hay una guerra entre las dos primas que irá en aumento, pero el punto temático de la historia no es la rivalidad femenina, ya que la guerra entre féminas no es algo que esté inherente al principio de todo. Ni es algo que se produzca porque se tuviera que producir. Existe un trasfondo más oculto en la novela como para hablar de rivalidad femenina per se.
Espido Freire
De todas formas, Natalia e Irlanda sí reflejan una dualidad clara en la obra. Ambas son los personajes más importantes, y en ellas se ve un contrapunto claro: Irlanda es madurez y desenvoltura total y absoluta, y domina totalmente las convenciones sociales para conseguir fines. Y no le falta decisión en la vida. Natalia, por el contrario, parece que siempre está a la espera de los demás. Parece un bicho raro antisocial e incapaz de adaptarse ni de ser aceptada, hasta el punto en el que llega a manifestar fastidio por tener que crecer:
—Contaba con los dedos los días que faltaban para que llegases —dijo—.
No parecía que la casa estuviese completa sin ti. Es curioso volver a los sitios del pasado una vez que se ha crecido. ¿No crees? ¿No echas de menos a la abuelita? Me parece estar escuchando su voz a cada poco. Le hubiera encantado vernos tan mayores y tan sensatas —suspiró—. Hay un momento en el que se piensa que nunca se crecerá y que los mayores siempre tendrán razón. Y luego nos hacemos mayores sin darnos cuenta, y todas las habitaciones que antes nos parecían enormes han empequeñecido.Yo pensaba que los mayores siempre tendrían razón, y que resultaba, terriblemente lento y doloroso crecer, pero Irlanda se inclinaba sobre la cama con tanta gracia que no quedaba más remedio que comprobar que había crecido. Y era duro sentir que de algún modo eso me hacía crecer también a mí.
—Yo preferiría no crecer —musité.
—No seas tonta. Al convertirte en adulta todas las cosas te están permitidas.
—Pero es a los niños a los que se les disculpan los errores.
Irlanda me miró, un poco extrañada.
Irlanda, además, no es sólo astucia y madurez, también es belleza y atracción. Es la chica perfecta de cara a la sociedad, y como lectores lo sabemos no sólo porque la voz de Natalia nos la describa así, sino por más detalles en la obra que nos permiten tomarlo como algo objetivo. Así que Natalia tendrá aparentemente  las de perder.

Pero dejemos ya la tensión Irlanda-Natalia, recuerden que no les debo destripar nada. ¿Qué hace Espido Freire con este material temático? Pues envolverlo todo con una buena atmósfera. No se dice en ningún momento el lugar geográfico, pero por el verdor de la vegetación, y porque pese al verano se percibe frescor, humedad y rocío por las mañanas, me imaginé el norte de España, lugares como Asturias o muy especialmente Galicia. Y es que el caserón está rodeado de un bosque, y a través de la voz de Natalia sabremos de hierbas, plantas y árboles. A eso, sumémosle la fantasía de la voz de Natalia. Hasta la propia casa da una sensación de antigüedad, incluso como de cuento, con antiguallas y arcones que contienen antiguos vestidos de la familia. En cierto modo, el caserón parece suspendido en el tiempo. Poco a poco, esta atmósfera se empieza a convertir en algo angustioso y oscuro, y más con la tensión emocional que va escalando en el relato. Y todo este ambiente también se logra por el simbolismo que hay en la obra, y que en mi opinión —y no lo digo como un rasgo negativo— es simple y sin mucha complicación (1). Ya el propio título, Irlanda, tiene su punto metafórico y ambiguo. Sí, Irlanda es la protagonista, la persona enigmática y cruel a ojos de Natalia, pero también piensas en el país homónimo, y en el verdor de sus paisajes. Además, el nombre de Irlanda tendría una tercera vertiente: el recuerdo de la abuela Hibernia, y la razón la pueden leer en este fragmento:
—No comienza con tu nombre —dije yo—. Aquí pone Hibernia.
Mi prima movió la cabeza con desprecio.
—Hibernia es el nombre latino de Irlanda, Natalia. Significa “tierra de los hielos eternos”. Mi nombre tiene al menos dos siglos —terminó, con aquella risa de cascada de agua que me destrozaba los nervios.De modo que así se llamaba Hibernia la cruel, con sus severos trajes de amazona y la pluma en el sombrero, fustigando a los caballos con las mismas manos de Irlanda y causando la misma admiración que ella. Me maravillé de no haberlo pensado antes y de haber soñado con ser como ella, con la vista perdida en el horizonte y las montañas. Traté de recordar lo que significaba mi nombre, salmodiado tantas veces, pero sólo acudió a mi mente la imagen de la ternerita en el establo.
Como ven, hay incluso hasta cierta mitología familiar en la novela. Y no es que se trate de una novela fantástica, o ajena a los asuntos terrenales. Simplemente este simbolismo unido a la voz de Natalia le da aire onírico a la novela. Porque lo terrenal no estará ausente. Sin ir más lejos, hay un trasunto familiar de fondo: mientras que la familia de Irlanda ha sido astuta y hábil para especular con los terrenos del pueblo, la de Natalia se veía obligada a malvender su parte de la herencia (2). Y esa tensión latente entre las dos familias se deja ver, si bien no se entra de lleno en ello y queda como algo de fondo pero que carga —más— el ambiente.
Algo así me imagino el lugar en el que se sitúa la novela

Ya se me está haciendo larga la reseña, así que intentaré encaminarla hacia su final. La pluma de Espido me ha parecido muy inteligente, ha sabido jugar con el lector. Jugar, que no engañar. Pues en realidad los detalles estaban ahí, y sobre el final de la obra se nos revelan con un cambio de perspectiva. Es algo que ya pasó en otra obra de la que les hablé: Soy leyenda. Si las comparo, Irlanda no me ha parecido una novela tan magistral y redonda como Soy leyenda, pero es que la novela  de Matheson es un gran clásico de la ciencia ficción, y eso no quita que la novela que hoy nos ocupa mantenga muy bien el tipo. Tampoco parece que tenga la pretensión de ser una obra maestra, simplemente es una buena novela. Breve y que entra muy bien, hay bastante diálogo y descripciones sencillas pero no por ello pobres. El ritmo es bueno, aunque a mitad de la novela parece pegar cierto bajón, pero en el fondo se va tejiendo más y mejor esa atmósfera, y dejando pistas para preparar el terreno cuando lleguemos al final.

Una última cosa antes de cerrar la persiana. No haré ningún spoiler, como dije, pero para quien haya leído Irlanda, no puedo evitar confesar lo siguiente: me hubiera gustado leer la voz de Irlanda, y conocer su punto de vista. Y no lo digo porque en la novela falte algo o sea un error de la autora. Simplemente me hubiera gustado verlo todo narrado desde el otro punto de vista. Y me choca saber opiniones de otros lectores que consideran tan mal a Irlanda, así que romperé una lanza por la protagonista. Porque de acuerdo: la chica tiene sus cosas. Sus defectos se dejan ver incluso más allá de la voz de Natalia. Irlanda es caprichosa, astuta y hasta manipuladora. Pero ¿es tan mala al principio de la novela? ¿O se vuelve así? Y si se vuelve así, ¿por qué? Ahí lo dejo. Cada uno tendrá su opinión, sobre todo cuando las cosas no son lo que parecen.

Valoración: Bien/Notable

Te gustará si te gusta el juego de apariencias, los pozos oscuros de una persona

Fragmentos:
(1) Una urraca se posó en un árbol y gritó. Luego voló hasta el tendido eléctrico y se alineó con otros tres pájaros negros. El mediodía secaría la hierba, pero todavía quedaba rocío. Roberto esperaba a su amigo en la verja. Al cabo de un momento el otro apareció en la colina y los dos desaparecieron de mi vista.


(2) —Tienes que vigilar de cerca a mamá —me había dicho Sagrario—, porque irá vendiendo su herencia trozo a trozo, como ya ha hecho, y el resto de la familia se aprovechará, como sanguijuelas que son. Si logran engañar a mamá, que no lo hagan contigo. Nos quedaremos sin nada y se acabará la familia. —Continuó con los ojos cerrados—: No pienses que me refiero a cómo se han portado con nosotros los tíos. Ya no les guardo rencor. Lo digo por vosotras, por la pequeña y por ti, porque yo poco más voy a durar.

martes, 9 de enero de 2018

Feliz año 2018 (Balance anual)

Bueno, un año más de propósitos y de repaso anual. Si leyeron cómo me fue el año pasado, ya sabrán que no suelo cumplir los propósitos. Pero en este 2017 ha sido aún peor. De hecho, ha sido el año en el que menos he abierto la persiana. Tener trabajo con jornada completa en estos tiempos de paro es una suerte, pero claro,  también roba mucho tiempo. Con todo, les prometí que habría reseña de mis lecturas de Baricco y de Duras, y lo cumplí. Pero no lo pude cumplir con la de la novela que leí de Jenn Díaz, ni con El pueblo de Zenna Henderson —y ésta última la tenía previsto escribir para el año 2016—. En cuanto a lecturas que me propuse para el pasado 2017, cumplí con el propósito de leerme 1984, de George Orwell. Y poco más, porque empecé la precuela de la Dragonlance y en ella estoy, pero es un libro de casi mil páginas y que contiene cuatro libros reunidos, y lo voy dosificando alternándolo con otras lecturas.  No pude leer ninguna obra de ciencia ficción ni del teatro romántico español tal y como me propuse. Ya imaginarán que he leído muy poco en este pasado 2017, pero al menos alguna obra interesante e improvisada ha caído, como haberme estrenado con Natalia Ginzburg. Y con algún que otro escritor más, pero mejor no me pongo a citar novelas leídas, que al final se me irá el 2018 y no las habré reseñado, y bastante reseñas pendientes de lecturas de años anteriores tengo por escribir.

Y bueno, no parece que esta entrada tenga mucho sentido y menos si no hablaré de propósitos nuevos. No es que no los tenga, alguno hay. Pero para qué contarlo si después difícilmente lo cumpliré. Aunque al menos con esta entrada doy señales de vida, y les cuento que no sé si abriré muchas veces la persiana en este 2018, pero se abrirá.

Feliz año nuevo, apreciados lectores


viernes, 24 de noviembre de 2017

Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven, de Albert Espinosa. O cuando tan sólo tienes azúcar… y nada más.


Ficha
Título: Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven.
Autor: Albert Espinosa
Editorial: Grijalbo
Lengua: Castellana
Nº de páginas: 200

Sinopsis (extraída de internet)
Dani se dedica a buscar niños desaparecidos. En el mismo instante en que su pareja hace las maletas para abandonarle, recibe la llamada de teléfono de un padre que, desesperado, le pide ayuda.
El caso le conducirá a Capri, lugar en el que aflorarán recuerdos de su niñez y de los dos personajes que marcaron su vida: el señor Martin y George. El reencuentro con el pasado llevará a Dani a reflexionar sobre su vida, sobre la historia de amor con su pareja y sobre las cosas que realmente importan.

Opinión personal
Siempre he pensado y sigo pensando que no valdría para crítico literario —no, no considero que lo que hago en mi blog sea estrictamente crítica literaria, aunque se le parezca—. Por blando y bienintencionado. Soy de los que piensan que por muy horrible que me parezca una obra, algo bueno siempre se le puede encontrar en ella. Y además, personalmente he disfrutado de obras que buenas, lo que se dice buenas, no es que lo fueran mucho. Pero algo tenían, al menos me entretenían, y jamás me avergonzaré de haberlas devorado. Tampoco me gustan las críticas a mala leche, esas que destrozan sin piedad la obra. Porque pienso que todo autor se ha tomado su tiempo y su esfuerzo en sentarse a producir algo. Y aunque sólo sea por ese esfuerzo, prefiero no cargar las tintas. Pero a veces pasa que me encuentro una obra en la que me resulta sumamente difícil encontrar algo bueno, obras que siento que se me caen de las manos. Me temo que es lo que me ha pasado con Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven, de Albert Espinosa. Lamento abrir La Posada del lector con disfraz de poli malo. Pero ante todo les debo sinceridad, apreciados lectores.

¿De qué trata la novela? Pues tenemos a Daniel, el protagonista y narrador de la historia, que nos cuenta que trabaja de detective buscando niños perdidos —ya sean secuestrados o simplemente desaparecidos—, y que ha recibido un nuevo caso que investigar, y todo esto en un momento de su vida en el que tiene una crisis amorosa con su pareja. Daniel no ha tenido una vida fácil, sus padres murieron cuando él era niño, y se quedó a vivir con su hermano mayor, el cuál lo maltrataba. Así que decidió huir muy jovencito, en un viaje en barco hasta Capri. En su viaje conoció a dos adultos, el señor Martín y el señor George, que le revelaron secretos de la vida y le ayudaron a crecer mentalmente. Además, Daniel también creció físicamente para alivio suyo, ya que era muy bajito y eso le acomplejaba, pero pegó un estirón y llegó a la edad adulta sin ser un enanito como él temía. Sí, éste es el argumento. Y prácticamente os lo he contado todo. Sí, todo. Porque esto que acabo de explicarles es el esqueleto básico argumental de la obra… que ya es prácticamente el argumento de la obra. Porque argumentalmente no se desarrolla mucho más. Los cabos sueltos son muchos, la falta de explicaciones es un continuum en toda la novela. Por ejemplo, cuando dice que de niño se escapó de su hogar y viajó en barco, ¿de dónde sacó el dinero? ¿Le vendieron el billete sin problema? ¿O es que era un polizón? ¿Cómo vivió durante todos esos años hasta llegar a la edad adulta y hacerse detective?  Nada se nos dice argumentalmente de esto. Toda la novela es una abstracción que no nos dice nada. Incluso el final se resuelve casi —o sin el casi— milagrosamente. Así que, salvo el final que no explico para no destrozar la obra, ya les he contado todo.
Albert Espinosa

Pero Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven no es ni será la primera novela en la que el argumento esté en un segundo plano, como algo minimizado. Puede haber buenas novelas así, en las cuales se ponga el acento en cualquier otra característica, como en las ideas transmitidas, o en la hermosura de la prosa poética. ¿En qué intenta poner el acento esta novela que tratamos hoy? Pues en algo que me parece evidente: la emotividad. La novela busca conmover, y se le nota. Es por ello que, estilísticamente, hay algo salta a los ojos: la constante proliferación de puntos suspensivos. Y también abundan las frases entrecortradas. Parece que Albert Espinosa buscara crea una ambientación intimista, como un susurro. Pero la arbitrariedad de estos puntos suspensivos, puestos cada pocas líneas y sin ton ni son, me temo que no producen el efecto deseado. Hay una profundidad aparente, con frases azucaradas que parecen querer decir mucho y que, asombrosamente, no dicen nada. Y mejor que no lo digan, porque parece que Albert Espinosa, buscando el ingenio, llega a escribir cosas como éstas:
Me daba cuenta de que era un luchador implacable, lo notaba en su letra.
Mi padre siempre me había aconsejado que tuviera buena letra, porque es la forma que tienes de demostrar a los demás que eres de fiar.
Creo que poseo una letra de fiar, de la que mi padre estaría muy orgulloso.
Les haré una confesión, queridos lectores: no tengo una letra bonita. En absoluto. No la he tenido nunca y encima, en mis años universitarios, con las prisas de coger apuntes, aún se me estropeó más. Se supone que uno lee un libro de Espinosa para sentirse bien, por el aroma de autoayuda complaciente que desprende, con ese viaje del protagonista que le dará confortantes respuestas.  Y al final uno acaba descubriendo que no es una persona de fiar porque tiene mala letra. Gracias, Albert. Pero prosigamos: Les acabo de decir que la novela tiene un aroma de autoayuda. Y es que a veces tenía la sensación de que el protagonista estaba perdido al inicio de la novela para mostrarnos cómo consigue encontrar su camino, y todo esto de forma didáctica, como a modo de lección. Aunque les aviso, apreciados lectores, de que esas soluciones edificantes que tan bien le funcionan al protagonista difícilmente les ayudarán a ustedes. Por ejemplo, dudo que tenga alguna utilidad pragmática “colocar un olor en una maleta” a la hora de resolver un problema:
Y de repente… Se me ocurrió una forma mejor de deshacerme de aquello, una que no me hiciera sentir culpable.
Coloqué su olor en mi bolsa de viaje.
Salí rápidamente de casa, pero no cerré con llave. No me importaba que entrasen a robar; no quedaba nada de valor en aquel hogar.
Bueno, será algo simbólico y/o poético, me dirán. Pero aunque sea así, sinceramente, vuestro amigo Letraherido no lo ve convincente. Como metáfora no me parece brillante. Tampoco veo utilidad en creer que el universo pueda ayudarles, como en este otro fragmento en el cual Albert Espinosa parece discípulo de Paulo Coelho:
—Luego el mundo te premia. El universo conspira a favor de los que lo mueven. Y ésos son los que lo paran. ¿Tú quieres mover el mundo o que te mueva?
—Moverlo —dije con seguridad—. ¡Moverlo!
Él se unió a mí y comenzó a gritar conmigo: <<Moverlo, moverlo>>.
Y todo lo que lo moveríamos… Parándolo…
Y digo más: tampoco me gusta creer en el concepto milagroso de “energía”. Energía, esa palabra comodín que parece querer decir mucho y  profundo y en realidad no dice nada:
Había algo en esos rostros, en esas miradas, que desprendía energía. Sonreí.
—Hay energía en ellos, ¿vedad?
Él también sonrió.
—Mucha. Tres de ellos son más que perlas… Son esas energías especiales de las que te hablé en el barco, esas que has de encontrar… Almas que se funden con la tuya propia.
—¿De verdad? —Estaba entusiasmado con esa definición.
De repente recordé lo que pasó tras la muerte del Sr.Martín; quizá aquello fue su alma fundiéndose con la mía… No podía estar seguro.
En definitiva, porque no es necesario que dé más ejemplos, dudo mucho que energías y extraños destinos —parece una casualidad casi mágica el regreso de Daniel a Capri— que parecen regir el universo en la novela sean de utilidad alguna para el lector. Al fin y al cabo, uno no va por la vida creyéndose encontrar con un maestro Yoda, ¿verdad? Y no, no es que aparezca un maestro Yoda en la novela. Pero sí aparecen el señor Martín y el señor George, dos especies de mentores que ayudarán al joven Daniel. Ambos personajes no se diferencian y absolutamente clónicos el uno del otro. A saber: ambos son señores mayores, ambos son muy sabios, ambos están desdibujados hasta ser un mero arquetipo, ambos aparecen casi por arte de magia en el camino de Daniel, ambos tienen la necesidad de aleccionar sobre la vida. E incluso son físicamente parecidos, ya que se les describe corpulentos. Del señor Martín se dirá que “era muy grande, medía casi dos metros y rozaba los 150 kilos”, y del señor George se nos dirá que “tenía mucha fortaleza corporal”. Difícil distinguirlos porque ambos personajes están escasamente trabajados, así como la relación que mantienen con Daniel. Una relación que está ahí y te la tienes que creer como un acto de fe. Una relación aparentemente de íntima amistad pero sin ningún detallismo y completamente forzada, hasta el punto de que es imposible empatizar, y pasas por la novela sin conocer en profundidad a nadie. Porque ningún personaje ni ningún vínculo tejido entre ellos está trabajado lo más mínimo. Ni la relación de Daniel con sus mentores te parece creíble, ni la relación de Daniel con su pareja te hace sentir el dolor de una ruptura. Lo dicho: nadie ni nada tiene profundidad en la obra, cosa que contrasta enormemente con esa ambientación azucarada y sensible que te acompaña durante toda la novela, que Espinosa quiere recrear una y otra vez con ahínco, pero que desemboca, nuevamente, en nada.

¿Cuántas veces debo haber repetido ya la palabra “nada” en esta reseña? Unas cuantas. Pero es la palabra que mejor define el contenido de la novela. Así que, para no repetirme, pasemos a otra cosa: a su estructura. Encontrarán veintidós capítulos, breves, y cada uno anunciado con un título llamativo, un título que parece prometer un contenido interesante, pero que ya saben lo que se encontrarán, no me hagan repetir la palabra. Es como si Espinosa quisiera mostrar más su ingenio en la elección del título del capítulo que en el contenido en sí. Y hablando de capítulos, hay algo que me ha llamado la atención, y quizás sea una manía rara, o tal vez me he fijado en ello porque el contenido del libro me parecía decepcionante. Pero el caso es que hay muchas hojas en blanco. Leí esta novela hace años, pero recuerdo una abundancia de páginas en blanco. Creo recordar —y quizás recuerde mal— que cada título de cada capítulo se anunciaba en una única hoja, y en la hoja siguiente empezaba el capítulo en cuestión. ¿Para qué? ¿Para dar solemnidad? ¿Para que el lector se recreara más en esa sensación emotiva que la novela promete? No lo sé. Y quizás hasta me falle la memoria y los capítulos no estaban presentados así, pero que había abundancia de hojas en blanco sí os lo puedo asegurar. Además creo recordar letra interlineada, y párrafos cortos que rápido llenan la página. Lo dicho, apreciados lectores, al igual es escrúpulo mío, pero demasiado papel para estos tiempos que deberían ser más ecológicos. Pero bueno, volvamos a la estructura. ¿Cómo se distribuye la historia a lo largo de estos veintidós capítulos? Pues la historia principal, la de la investigación —si es que se le puede llamar investigación— del niño secuestrado, es como el río Guadiana: aparece y desaparece. Resulta intermitente porque hay una cantidad de flashbacks que se ponen en primer plano, ocultando la —escasa— historia central del protagonista. Y estos flashbacks le dan pie a Albert Espinosa para mostrarnos sus reflexiones homeopáticas, es decir: contienen azúcar y nada más. Y con alguna palabra malsonante en la narración, en un gesto que, imagino, pretende sonar coloquial y cercano al lector, pero que desentona totalmente con el pretendido tono intimista.

Y bueno, ya apenas me queda nada por decir. Pero no me resisto a comentar algo: de Albert Espinosa vi la serie de televisión que guionizó,  Polseres Vermelles, en TV3. ¿Qué me pareció? Pues que no era una gran serie y de nuevo estaba llena de tópicos y buscaba tocarte la fibra sensible. Sin embargo, sí tenía algo aquella serie que no ha tenido Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven: argumento. Y en lo de tocarte la fibra también estaba más logrado. En definitiva, la recuerdo como una serie que, con todos sus defectos —que eran muchos y no me cabe aquí hablar de ellos— sí tenía algo que mostrar y daba lo que prometía. En cambio, En Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven se nota extremadamente cómo el autor busca conmoverte sin ofrecer nada para ello. Me encanta subrayar frases en las novelas, frases que me conmuevan o me resulten muy evocativas. ¿Saben cuántas he subrayado en Si tú me dices ven lo dejo todo… pero dime ven? Ni una. Bueno, estoy de acuerdo con ésta:
Ojalá siempre intentáramos entender a las personas antes de juzgarlas. Y ojalá la gente fuera capaz de ser honesta y contarnos su vida para que pudiéramos valorarla con comprensión
Pero para valorar esta frase únicamente de toda la novela... en serio, para este viaje no hacían falta alforjas.
Polseres Vermelles, de Espinosa, no era una gran serie, pero al menos tenía fuerza argumental
Y sin embargo, siempre le deberé algo a esta lectura. Algo muy importante para mí. Una de las mejores personas que jamás he conocido y que tengo la gran suerte de poder llamarla amiga. Yo leí esta novela a principios del 2014, y como ya han comprobado, me pareció catastrófica. Así que me puse a googlearla para buscar opiniones, a ver si era el único al que se le había caído el libro de las manos. ¿Y a dónde fui a parar? Pues aquí. Dejé mi comentario en un 27 de febrero del 2014. Y ya va quedando menos para que se cumplan cuatro años. En la novela no hay nada, pero gracias a que la leí, encontré una amistad en la que cabe todo. Porque Bettie Jander es fabulosa. Cosas de la literatura, cosa de los libros, que te pueden hacer conocer gente.

Valoración: suspenso

Te gustará si te gusta la autoyuda, lo sensiblero, Paulo Coelho.

lunes, 16 de octubre de 2017

La tarda del senyor Andesmas, de Marguerite Duras. O la inexorable ley de vida que se nos revela en una tarde somnolienta


Ficha
Título: La tarda del senyor Andesmas
Autor: Marguerite Duras
Editorial: LaBreu
Lengua: catalana
Lengua original: francés
Traducción: Marc Colell
Nº de páginas: 82

Sinopsis (copiada de la contraportada y traducida del catalán al castellano por un servidor)
Una tarde de junio el señor Andesmas, ya mayor, visita la casa aislada que acaba de adquirir para su hija Valérie. La casa, envuelta por el bosque, tiene vistas al mar y al pueblo, donde se celebra un baile. Andesmas tiene una cita con el contratista del pueblo, Michel Arc, para presupuestar la terraza que quiere construir, al gusto de su hija: semicircular, a dos metros del precipicio de luz. El tiempo se le va entre la somnolencia y las visitas intercaladas de un perro que vagabundea, una niña y una mujer. Pequeñas dosis de dramatismo salpican la plácida tarde, una tarde de viento y sombras perfumadas por una felicidad dulcísima e inabarcable. Un dolor antiguo se desliza entre las cabezadas de Andesmas, sentado en su butaca de mimbre, al ritmo de la música lejana y los sonidos que llegan del bosque.

Opinión personal
Llevaba tiempo sin poder abrir La Posada del lector. Ando muy escaso de tiempo por suerte y por desgracia, pero bien requiere un esfuerzo hablarles de la primera novela que he leído de Marguerite Duras, ya que la lectura lo ha merecido. Se trata de La tarde del señor Andesmás. Y antes de nada debo señalarles que, como habrán visto en la ficha técnica, la he leído de la editorial LaBreu, por lo tanto la he leído en catalán. Lo indico para que sepan que las citas que leerán en esta entrada son una traducción mía de esta traducción realizada por Marc Colell. Y excelente traducción, por cierto. Para quien quiera leer a Duras en catalán ha sido todo un acierto que LaBreu nos haya traído este título y con esta traducción. Respecto a quien la quiera en castellano, se publicó en Seix Barral hace ya décadas. Pero también más recientemente en la editorial Demipage, concretamente en el año 2011, y con otro título: La siesta del señor Andesmas, por decisión de la traductora Amelia Gamoneda. He leído cierta polémica sobre esta decisión por falta de literalidad con el título original, pero no me compete a mí entrar a valorar este hecho, aunque entiendo  la elección de la palabra “siesta”. Cosa que ustedes también entenderán al leer la reseña que abordo a continuación.

No se fíen de las ochenta y dos páginas —en las que ni sobra ni falta nada—. La tarde del señor Andesmas no es una novela ligera que se lea en nada. O al menos, no conviene leerla con rapidez. Es conveniente desacelerar el paso para caminar por su pulsión poética, sus logradas descripciones y su sutileza hasta zambullirnos en su cauce simbólico. Porque hay más, mucho más, de lo que aparentemente se lee en esta novela publicada en el año 1962 y que se podría enmarcar dentro del movimiento Noveau Roman. Algo que ya nos da una idea de lo que nos encontraremos: poca acción y mucha introspección. Porque argumentalmente no pasa gran cosa, pero subterráneamente sí sucede, y mucho.

Empecemos, pues, con la parte argumental. Nos encontramos desde el principio con el señor Andesmas. Un señor mayor de sesenta y ocho años que, sentado en una butaca de mimbre frente al acantilado que hay delante de su casa, espera la visita del arquitecto del pueblo, Michel Arc, ya que éste le tiene que construir una terraza. Dicha construcción es un regalo del señor Andesmas para su querida hija adolescente Valérie. Un regalo más, puesto que la casa en sí, situada en un bello paisaje en la ladera de un pueblecito de Francia que da al mar y a la montaña, ya era también un regalo para su hija. Así que, por amor a su retoño, está esperando el señor Andemás desde las cuatro de la tarde al arquitecto. El cual, por cierto, llega tarde. Pues se habían citado a las cuatro menos cuarto. Y el señor Andesmas espera en soledad. Su hija Valérie no está presente porque, precisamente, ha ido en busca del arquitecto. Sin embargo, a lo largo de la tarde, Andesmas recibirá visitas durante su espera. Un perro, una niña y una mujer adulta, paulatinamente. Y hasta aquí puedo leer, que no les quiero destripar la obra. Y sí, uso el vocablo “destripar” porque, con un argumento tan aparentemente insulso, al final se revela un giro sorpresivo en la trama. Y es que Marguerite Duras supedita el argumento frente a una arrolladora fuerza poética y rica en sensaciones, pero eso no quiere decir que desdeñe la historia que se cuenta ni la descuide. El buen pulso narrativo de Duras es magistral, y está ahí llevándote poco a poco hasta el giro final mientras te embelesa en una profunda emoción. Poco a poco se van viendo pequeñas revelaciones a medida que se avanzan páginas, y la historia va in crescendo.  Y de los dos capítulos que dividen la novela, será en el segundo en el que más se concentre la acción argumental —toda la acción argumental que puede haber en este tipo de novela, se entiende— y su desenlace final. Esta estructura tan breve, por cierto, recuerda a una obra de teatro por la unidad de tiempo —una tarde— y de lugar —la colina—. Y sí, probablemente más de uno ya habrá pensado en Esperando a Godot, por esa espera como argumento central. Y todo esto contado, además de con una bella prosa poética, con un elaborado ejercicio estilístico. Se solapan dos planos narrativos, uno en el que el narrador cuenta en tiempo pasado la situación y la percepción del señor Andesmas, pero sin llegar a ser omnisciente. Y otro plano en el que los pensamientos del señor Andesmas se insertan en primera persona en el texto, en estilo indirecto libre. Y además, se adereza todo con un algún que otro flashback, producido por las cavilaciones y recuerdos del viejo sexagenario. Pero también con alguna referencia al futuro, en la cual se nos dirá qué recuerda el señor Andesmas de aquella tarde.

Vayamos ahora con ese fondo subyacente que hace de La tarde del señor Andesmas una obra deliciosa. Empezaré destacando la ambientación que Duras consigue gracias a sus descripciones, algo crucial porque en esta novela el ambiente ya es el fondo. Es como leer un libro de poesía que te deja un estado emocional en el cuerpo. Resulta magistral cómo describe Duras el paso de las horas, el cambio de la luz y la sombra con el declinar de la tarde —mucha especial atención a esto—, así como su descripción del paisaje. Y además hay que destacar un constante eco sonoro que le llega a Andesmas durante su espera: la fiesta del pueblo que se está produciendo debajo de su colina, con un baile y una canción que se va repitiendo con cierta asiduidad (1). Duras nos describe un paisaje visual y sonoro con un ambiente totalmente sugestivo, en el que hay algo bello pero a la vez asfixiante, y hasta misteriosamente reflexivo (2). Sí, hay poética de la extrañeza en obra que se nos ocupa, igual que la había en la última novela que les reseñé, Seda. Salvo que en La tarde del señor Andesmas todo está más logrado. Así que ya ven, en ese paisaje está sentado el señor Andesmas, esperando. Esperando entre cavilaciones y cabezadas de sueño, hasta el punto en el que a veces le cuesta distinguir si está en la realidad o sea ha vuelto a dormir. Andesmas no habla demasiado ante las visitas, y cuando lo hace es para tener una conversación banal. En La tarde del señor Andesmas aparentemente todo lo que sucede es banal. Pero a medida que lees, te vas haciendo preguntas… ¿Por qué tarda tanto el señor Michael Arc? ¿Y qué pasa con Valérie? Y para algunas de estas preguntas te dará Duras la respuesta… pero para otras no. Tendrás que intuirlas, o interpretarlas. La novela está llena de insinuaciones. Y yo disfrutaba haciéndome preguntas y buscando detalles que me dieran alguna respuesta. Por poner un ejemplo, ¿es casualidad que la casa en la que habita el señor Andesmas sea una casa solitaria en la colina respecto al pueblo? (3) ¿Es casualidad que esa casa haya pasado de mano en mano constantemente y la mujer que aparece en el segundo capítulo no recuerde a los anteriores propietarios? ¿Es esto una metáfora del aislamiento del señor Andesmas y del paso de la vida?  Y así podría proseguir. Ya les dije que es una lectura con la que conviene estar atento. E interpretes lo que interpretes, la pluma de Duras te cautiva.

Centrémonos ahora en los personajes. Como ya pasó con La ley de la calle, hay que distinguir protagonista de personaje principal. Aunque estas cosas no están siempre claras y las líneas pueden ser delgadas. Pero diría que el personaje principal es Andesmas porque es a quien vemos en la novela y a quien seguimos en su espera de duermevelas y cavilaciones.
¿Y quién es el personaje protagonista? Pues aunque pienso que al arquitecto Michael Arc tal vez se le podría considerar como tal, por la intriga de cuándo acudirá a la cita, me inclino más por pensar que el auténtico personaje protagonista es la también ausente Valérie. Todo gira en realidad alrededor de ella. Empezando por el propio señor Andesmas que tiene de forma permanente a su hija en sus pensamientos, pensando en cómo hacerla feliz. ¿Y cómo es la relación entre el señor Andesmas y Valérie? Pues no se sabe, porque no conocemos a Valérie ni su punto de vista, y por lo tanto nos falta perspectiva. Pero sí se intuye claramente que el señor Andesmas la está perdiendo, de ahí sus esfuerzos para retenerla. Lo que les expondré a continuación, apreciados lectores, es una interpretación mía, si leen la novela puede que ustedes vean otra cosa, pero ahí va mi impresión sobre la idea de trasfondo de La tarde del señor Andesmas:
En un primer momento, me planteé si Andesmas había sido un mal padre en el pasado, o si sólo quiere contentar a su hija con obsequios materiales —constantemente piensa en qué regalarle— porque no ha sabido ganarse su afecto. Pero a medida que leía, iba descartando esa opción. No sólo porque no se muestra en la novela ningún indicio de negligencia paternal por parte de Andesmas, sino sobre todo por el contraste entre la inmovilidad de Andesmas y la vitalidad de Valérie. Cosa que me lleva a pensar en el inexorable paso del tiempo, es la inevitable ley de vida. Es decir: la vejez de Andesmas cada vez es más acuciante y la juventud de Valérie resplandece. Y no parece que la pluma de Duras juzgue y condene esta ley de vida. Simplemente nos la muestra como una fuerza inevitable, algo que hay que aceptar. El tiempo fluye, como fluye la tarde en la que el señor Andesmas espera. El tiempo fluye y hace que, como dice la eterna canción que sube desde la fiesta del pueblo hasta la colina, las lilas florezcan, tal y como Valérie florece a la vida. El tiempo fluye y recluye al señor Andesmas cada vez más en su vejez y en sus quilos de más. Una reclusión que el señor Andesmas no parece aceptar. Y por eso se sigue proyectando en planes de futuro que consisten en contentar y retener a su hija Valérie. Queriendo prolongar la niñez de su ya cada vez menos niña Valérie y prolongarse a él mismo en esta vida a base de proyectos terrenales, una prolongación futil de querer seguir anclado en una realidad, cuando ésta ya no le permite avanzar. Y su pasividad será doble: no avanza ya en proyectos de vida por mucho que él se aferre a ello. Pero tampoco avanza físicamente. Su cuerpo viejo y pesado no lo levantará de la silla en toda la novela, y lo moverá con dificultad. La pluma de Marguerite Duras nos mostrará el declinar de una preciosa y melancólica tarde, pero a la vez tampoco escatimará en describir ese corpachón grotesco en el que está recluido el señor Andesmas y que tanto trabajo le cuesta mover (4), haciendo además más ridículo ese cuerpo al encajarlo en una butaca que le va pequeña. Así que ya ven, espera y esperanza se mezclan en el sentir de Andesmas, y durante la tarde cambiará de opinión y de humor con sus cavilaciones, y alternará momentos de desánimo y optimismo. En otras ocasiones se autoengañará o se pondrá a imaginar qué sucede a su alrededor. Y paradójicamente, está más metido en sus cavilaciones que en mostrarse interesado por los demás, pero a la vez desea la compañía (5).
Póster de la película


Antes de ir terminando, cabe detenerse en algo importante: les he dicho que no parece haber condena por parte de Duras hacia esta ley de vida que nos recluye en la vejez y nos impulsa a vivir cuando somos jóvenes. Y no lo parece además por una más que probable interpretación autobiográfica. Me entero por Vila-Matas—gran admirador de esta obra— que el propio nombre de Andesmas es la contracción de tres amantes que tuvo Marguerite Duras: Antelme, Des Forêts y Mascolo. Y además me entero también por palabras de Vila-Matas que

le reprochaban sus excesivas intervenciones en la prensa. Tal vez quiso reírse de ellos, indicarles a sus tres queridos amantes que ya no necesitaba de ninguna clase de tutela masculina, que podía andar perfectamente sola y había entrevisto, además, un lugar de soledad magnífica ante el abismo: un lugar encontrado (según Adler en su biografía sobre la escritora) entre Saint-Tropez y Gassin, una casa fascinante porque desde ella podía dominarse un valle, un bosque, un pueblo, y al fondo el inmenso mar. Esa casa, que no acabó comprando y a la que sólo parecía faltarle una terraza frente al espacio que se estiraba hacia el vacío, la transformó en el escenario de su ficción sobre el señor Andesmas, anciano sobrecogido por la intensidad de una luz y de un abismo.

Y es por lo tanto que, como he dicho anteriormente, tengo la impresión de que Valérie es el personaje protagonista. No se condena el hecho de que Valérie estuviera allí abajo, exprimiendo su juventud en la fiesta de un pueblo costero. Si el señor Andesmas es una construcción de los amantes de Marguerite Duras, me resulta inevitable no ver ese paralelismo entre Duras y Valérie, por la vitalidad y la tutela que Valérie ya no parece necesitar.

En definitiva, con La tarde del señor Andesmas estaréis ante una novela en la que no pasa “nada”, porque lo que pasa es la vida que nos va despojando de todo lo que creíamos permanente, por mucho que nos empeñemos en creer —o querer— que podemos vivir en una fotografía fijada. Cosa imposible, claro. Y por eso en La Tarde del señor Andesmas se dan cita muchos sentimientos profundos que, aunque velados, están ahí: miedo, deseo, soledad y frustración. Y todo esto, en esa espesa tarde en la que llegan ecos de una fiesta lejana. Hermoso y triste cuadro. El paso inexorable de la vida y la extrañeza ante ésta se dan la mano en esta obra.

Desde luego, que volveré a leer a Marguerite Duras. Porque he caído rendido a Duras con esta novela, igual que han estado rendidos a ella dos autores españoles como Vila Matas y Antonio Gamoneda —Amelia Gamoneda,  la traductora de la edición Demipage que he nombrado anteriormente, es su hija—. Así que volveré a Duras, y probablemente con La amante, su novela más famosa.
Marguerite Duras

 
Valoración: Notable

Te gustará si te gusta la prosa poética, la Noveau Roman, las novelas introspectivas

Fragmentos:

(1) La canción es Le square, y la interpretaba Juliette Greco. Fue la canción del verano y el trozo de la letra que más aparece es: “Cuando las lilas florezcan, amor mío, / cuando las lilas florezcan para siempre”. Tienen toda la letra entera aquí

(2)
La sombra del haya se encaminaba hacia ella. Y mientras los dos callaban y la mujer aún escrutaba tensa y fascinada la plazadel pueblo, Andesmas veía que aquella sombra se aproximaba hacia ella, en una aprensión cada vez más fuerte. Sorpresa de repente por la frescura de esta sombra, al darse cuenta de que es más tarde de lo que pensaba, ¿se irá?Se da cuenta.Ve, en efecto, que a su alrededor sobreviene un cambio. Se gira, busca de dónde proviene esta frescura, esta sombra, echa un vistazo al haya, después a la montaña, y al final al señor Andesmas, un largo rato, pidiéndole una última certeza que parece que aún espere, que cree querer definitiva.
(3)
Entre aquel pueblo y la casa que el hombre acaba de comprar para su hija, Valérie, no se alzaba en efecto ninguna otra construcción (...)—Compré esta casa —le explicó a Michel Arc—, sobre todo porque es única. Alrededor, fíjese, el bosque, sólo el bosque. Bosque, por todos lados. El camino dejaba de ser transitable a cien metros de la casa. El señor Andesmas había llegado en coche hasta aquel punto, donde dejaba de serlo, un claro de terreno aplanado donde los automóviles podían dar la vuelta. Valérie lo había llevado, y se volvió a ir. No bajó del vehículo  ni subió hasta la casa, no parecía tener ganas. Había aconsejado al padre esperar a Michel Arc, y después ella misma, al anochecer, cuando empezara a refrescar —no le dijo la hora—, vendría a buscarlo.
(4)
A trancas y barrancas, se medio incorpora, arrastra la butaca un poco más adelante, un poco más cerca de la punta de la plataforma para hacerse más visible desde abajo. Pero no mira el vacía. Aún bailan, si hace caso de los cantos. Más bien mira el cuerpo apoltronado en el sillón —más apoltronado que cuando la chiquilla estaba— vestido con este bonito tejido oscuro. El vientre le reposa sobre las rodillas, embutidas dentro de un jersey de este mismo tejido oscuro elegido por Valérie, su hija, porque es de buena calidad, neutra, y los hombres de mucha corpulencia se encuentran escondidos con más comodidad y seguridad.
(5) 
El viejo explicó que en aquel momento temió que se levantara y partiera para el pueblo, pero que si lo hubiera hecho, le habría rogado que se quedara. Pese a saber de todo corazón que no podría satisfacer nunca la ávida curiosidad que ella le despertaba, deseó que la mujer permaneciera a su lado aquella tarde. A su lado, aunque callase sin fin, a su lado, la quiso aquella tarde.

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