sábado, 19 de noviembre de 2016

TAG literario II



He sido nominado en el blog  Lectura de Buhardilla, de Moria —un blog literario que os recomiendo seguir, sin duda— para participar en un concurso-cadena. Y para mí ha sido un honor, así que debo corresponder a este hecho abriendo hoy La posada del lector.
Sin embargo, no me gusta nominar a nadie, pero quien quiera coger estas preguntas realizadas por Moria y responderlas en su blog puede hacerlas. Se supone que yo tengo que dar unas preguntas nuevas, pero ahora mismo estoy espeso y no me apetece ponerme a pensar —sí, hoy estoy flojo—. Y si queréis participar en el concurso tal y cómo se tiene que participar, os remito aquí.

Sin más dilación, paso a responder las preguntas.

I. ¿Rústica o cartoné? ¿Por qué?
Pues depende. Si se trata sólo de la tapa y no del tamaño, pues que sea siempre cartoné. Se conserva mejor la tapa con el paso de los años. Pero normalmente sucede que la mayoría de libros de  bolsillos, que son económicos y en tapa blanda, son pequeñitos. Y yo los prefiero pequeñitos por problemas de espacio. Y los que tienen tapa dura suelen tener un tamaño mayor. No digo que sea siempre así, pero es lo más habitual que veo. Así que entre tapa dura o blanda prefiero la dura. Pero antes, entre tapa y tamaño elijo tamaño.

II. ¿Has dejado alguna vez algo guardado dentro de un libro y lo has encontrado al cabo de un tiempo? En caso afirmativo, ¿te apetece relatar la experiencia?
Pues la verdad es que no. Qué pocas sorpresas le doy a mi yo del futuro…

III. ¿En qué espacio natural preferirías leer, y por qué? Orilla del lago, de la mar, un rincón en el monte...
Me doy cuenta de que me da  cosa tener un libro en un sitio cerca del agua, por si se me puede mojar en un accidenteXD Así que mejor en un lugar montañoso.

IV. Viendo el panorama actual de la literatura, ¿en tu opinión qué crees que necesita: el resurgir de un género, un bombazo nuevo, una vuelta al clasicismo...?
Creo que lo que hacen falta son buenas novelas, independientemente del género. Y cuanta más variedad de géneros mejor. Y siempre revisar siempre los clásicos, que a mí pocas veces me decepcionan.

V. Actualmente el conocido "Genre-busting" -creo que se dice así- está muy a la moda entre escritores noveles y consiste en un mix de varios géneros en un libro, ¿qué opinas de ello? ¿Qué géneros te gustaría mezclar entre sí?
Creo que la mezcla de géneros no es nueva, siempre ha existido en mayor o menor medida. Y sí, me encanta que se mezclen y se confundan géneros. Dando por obvio, claro está, que debe tratarse de una buena obra. Pero sí, mezclas de géneros sí.

VI. ¿Cómo sería tu estantería o librería ideal?
Una muy grande en la que me quepa de todo.

VII. ¿Eres más de marca-páginas, de servilleta de papel / cualquier trocito que encuentres, o de doblar las esquinas?
Lo dije en un tag interior, llevo un folio doblado por la mitad y voy anotando cosas de la lectura a medida que leo. Cosas como impresiones, ideas, recuerdos de otras novelas…

VIII. ¿Sueles leer algún tipo de revista especializada? En caso afirmativo, ¿cuál?
Hace años, alguna vez compré la revista Qué leer. Pero al final, entre la crisis, que no puedo acumular tanto en casa y lo que tengo que leer, pues dejé de comprarla.

IX. Si pudieses volver a tu niñez, cambiarías algo en los comienzos de tu gusto por la lectura?
Me hubiera gustado tener más estímulos como lector no de niño —mi madre me compraba cuentos—, pero sí de adolescente. Me gustaba leer, pero no tenía a nadie que me guiara, en mi familia no se leía, tampoco tenía amigos lectores, ni internet ni redes sociales para contactar con otros adolescentes lectores. Así que no pasaba de la novela juvenil que me mandaban en el instituto —algunas eran horribles, por cierto ¿debería hacer una entrada recopilando esas lecturas que no me gustaron?—, y me pasé unos años de mi vida en los que hubiera estado bien tener una guía, y no verme aislado.

X. Se habla mucho del "decaimiento" de la lectura en formato electrónico, ¿cómo crees que repercute o repercutiría en los escritores noveles que también se decantan por la autoedición?
Sinceramente, no tengo ni idea de este tema. ¿Está decayendo la lectura en formato electrónico? No tenía ni idea, se suponía que cada vez habría más lectores de ebook.

XI. ¿Qué libro me recomendarías?¿Y por qué?
Creo que lo dije en una entrada, me cuesta mucho recomendar a ciegas y así para el público lector en general, porque no creo que se pueda hacer una buena recomendación sin conocer el gusto previo de cada uno. Pero sí puedo hablar de obras que a mí, personalmente, me han marcado. Si tuviera que elegir un libro que me marcó, y aprovechando que lo reseñé, diré que Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.
¿Que por qué? Pues porque la obra te emociona, porque la declaración de Cyrano bajo el balcón me parece una de las escenas amorosas más bellas de la literatura, porque en Cyrano nos encontramos con una vida tan absurda como aleatoria, porque no existe la decisión perfecta. Todo eso y más vi en Cyrano, pero no me enrollo, que para eso ya lo hice en su entrada correspondiente.
Esto ha sido todo. Estas preguntas las puede coger quién quiera.
Hasta la próxima, apreciados lectores.

martes, 27 de septiembre de 2016

El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson. O un protagonista de cartón que suma gags entrando en bucle



Ficha
Título: El abuelo que saltó por la ventana y se largó
Autor: Jonas Jonasson
Editorial: Salamandra
Número de páginas: 413
Encuadernación: tapa blanda
Lengua: castellana
Traducción: Sofía Pascual Pape

Sinopsis (extraía de la contraportada)
Momentos antes de que empiece la pomposa celebración de su centésimo cumpleaños, Allan Karlsson decide que nada de eso va con él. Vestido con su mejor traje y unas pantuflas, se encarama a una ventana y se fuga de la residencia de ancianos en la que vive, dejando plantados al alcalde y a la prensa local. Sin saber adónde ir, se encamina a la estación de autobuses, el único sitio donde es posible pasar desapercibido. Allí, mientras espera la llegada del primer autobús, un joven le pide que vigile su maleta, con la mala fortuna de que el autobús llega antes de que el joven regrese y Allan, sin pensarlo dos veces, se sube con la maleta, ignorante de que en el interior de ésta se apilan, ¡santo cielo!, millones de coronas de dudosa procedencia. Pero Allan Karlsson no es un abuelo fácil de amilanar. A lo largo de su centenaria vida ha tenido un montón de experiencias de lo más singulares: desde inverosímiles encuentros con personajes como Franco, Stalin o Churchill, hasta amistades comprometedoras como la esposa de Mao, pasando por actividades de alto riesgo como ser agente de la CIA o ayudar a Oppenheimer a crear la bomba atómica. Sin embargo, esta vez, en su enésima aventura, cuando creía que con su jubilación había llegado la tranquilidad, está a punto de poner todo el país patas arriba.

Opinión personal
El título ya es llamativo, no se puede negar. Sugiere una aventura humorística y nos hace esperar a un protagonista peculiar. Porque, ¿una persona mayor que salta por la ventana y se larga del geriátrico? Pues sí, eso hará Allan Karlsson, el protagonista de la novela que en su centésimo (¡centésimo!) cumpleaños, y celebrándose una fiesta en su honor con la presencia de las autoridades locales, decide fugarse de la residencia en la que está recluido. ¿Y por qué? Pues casi que porque sí, porque Allan siempre ha sido un hombre fuera de lo común, y consideró que no estaba del todo a gusto bajo la tutela de una enfermera. Así que saltará por la ventana e iniciará un disparatado viaje sin rumbo concreto, al cual se le irán sumando, paulatinamente, otros personajes tan pintorescos como el propio Allan. A saber: un trabajador de estación de tren ladronzuelo, un vendedor de perritos calientes que empezó a estudiar carrera tras carrera pero que siempre las iba dejando justo antes de finalizarlas, o una mujer con una elefante como mascota. Y una banda mafiosa que los persigue porque Allan robó una maleta repleta de dinero. Y un detective que también los persigue porque, por allá donde pasa Allan con su comparsa pintoresca, se siembra el caos. Toda una tropa, ya ven. Hasta aquí, todo suena a que la novela promete, ¿verdad? Pues sí, el punto de partida parece hilarantemente prometedor… pero a mí la lectura se me indigestó. Definitivamente, El abuelo que saltó por la ventana y se largó no me ha convencido. Así que habrá que abrir La posada del lector, para que vuestro amigo Letraherido pueda explicarse.

Nada más empezar la novela, Allan salta por la ventana y se da a la fuga. Así que la cosa empieza fuerte. Y con un humor que podríamos calificar de absurdo, negro, extravagante, casi que hasta surrealista, y que se mantiene a lo largo de toda la novela. Porque en la vida real, Allan no hubiera llegado muy lejos, la historia no es realista. Pero no lo digo como una crítica negativa, ya que es humor absurdo, ergo se trata de suspender la incredulidad, y simplemente disfrutar de lo que se lee. El realismo aquí carece de importancia. Así pues, en este contexto, no ha de sorprender que Allan tenga como una especie de don que le hará siempre caer de pie. Continuamente se verá metido en líos y siempre saldrá indemne de todos ellos. Pero hay dos cosas más que caracterizan a Allan: la primera y más destacada es su apoliticismo. Allan no querrá saber nada de política. Y por citar sólo una frase de la novela: “Cuando Allan tomó asiento, Song Meiling retomó lo que él más detestaba, a saber, una perorata política”. O también, así es como Allan vio nuestra guerra civil española:
Hubo un golpe militar de la derecha, seguido por una huelga general de la izquierda. Más tarde se celebraron elecciones generales. La izquierda ganó y la derecha se cabreó. ¿O fue al revés? Allan no lo sabía. Comoquiera que fuese, al final estallo la guerra.
Y el segundo rasgo inherente a Allan es que su mayor preocupación, lo que más le atrae en esta vida, es poder sentarse a gusto y echarse un trago de aguardiente. Sí, parece una contradicción en un personaje que se ha pasado toda la vida cambiando el curso de la historia, y viviendo aventuras, y al que le encanta detonar cosas, tenga como mayor afán sentarse a echar un trago de aguardiente. Y seguiremos a este personaje con sus peripecias, que se dividirán en dos líneas temporales, ya que los veintinueve capítulos junto al epílogo que estructuran la novela van alternando la historia en presente de la fuga de Allan con sus episodios biográficos, en los que se nos da cuenta de cómo el viejete ha intervenido en acontecimientos importantes del siglo XX. Y en esta última línea temporal desfilarán toda una serie de personajes históricos con los que Allan llegará a interactuar. Así que ahí tendremos a Franco, Truman, Stalin, Mao, Churchill… Así pues, tenemos una narración escindida en dos líneas temporales: pasado biográfico del protagonista y presente alocado con sus nuevas aventuras.

Llegados a este punto, habiendo explicado los rasgos más notorios de la obra, les debo responder a la pregunta del millón: ¿qué me ha fallado en esta novela? ¿Ha sido el humor absurdo? Pues no, ya he comentado que es indiferente que no sea una lectura realista. Este humor te gusta o no te gusta, y créanme, he disfrutado con películas, cómics y libros de un humor similar. De hecho, al leer las primeras páginas de la novela me entusiasmé, porque me apetecía volver a leer algo así. Pero seguí pasando páginas y la cosa se desinfló sin remedio, en pocas ocasiones he llegado a sonreír. Se contarían con los dedos de una mano, y sobraría algún dedo. Aunque el humor me parece algo tan personal y subjetivo que no es el principal defecto que le achaco a la novela, ya que podría ser cosa mía. Sí ha pesado mucho más en mi valoración, sin embargo, el personaje protagonista, que no ha sido de mi agrado. De hecho, es uno de los protagonistas que menos huella me ha dejado al leer una novela. ¿Es porque Allan es apolítico y su única motivación es echar un trago? Pues a mí entender no, no es eso lo que hace de Allan un personaje tan pobre. Porque para que un personaje sea interesante en ningún caso le pido afiliación política. Y que su única motivación sea echar un trago tampoco, en principio, debería ser un handicap. Que un personaje esté bien o mal elaborado no depende de cosas tan nimias, que al fin y al cabo serían rasgos de su personalidad. ¿Qué es lo que me molesta entonces? Pues que por mucho ruido y destrozo que provoque Allan, me parece uno de los personajes más apagados que jamás haya leído, aunque parezca contradictorio esto que les cuento. Y que por mucho que Allan esté por encima de los problemas políticos, resulta tan hueco por dentro que es imposible que esté por encima de nada. Eso es Allan: insustancial y sin principios, sin el más mínimo interés por ningún tema político o social. Y ese vacío de Allan no me despertaba  ni empatía ni simpatía lectora a lo largo de la novela, porque hay vacíos que llegas a comprender, vacíos incluso que están llenos de sustancia y que a mí como lector me interpelan. Pero no ha sido el caso de Allan. Y al igual que al principio de la novela me entusiasmé con el humor absurdo —para después no resultar ser de mi agrado—, imaginé también que Allan tendría algo entrañable, y más al ver que Jonas Jonasson se acordaba de su abuelo en la dedicatoria. Me pareció un gesto tierno, y supongo que por eso imaginé que me encontraría con un personaje con cierta dosis de humanidad. Pero qué va. No es el caso. De hecho, les contaré una cosa: yo leí esta novela por el club de lectura de mi localidad. Y dos señoras de la tertulia comentaron algo curioso. Una dijo que llegó a pensar “que Allan sería un robot” (¿?¿?), porque “es que no parece humano por su apatía, y por tener cien años y tener ese estado de forma”. Suena disparatado, pero comprendí su argumentación. Normal que imaginase que podía ser un robot porque en Allan hay falta de hondura psicológica. Casi que mejor hubiera sido que, efectivamente, fuera un robot programado para vivir aventuras. Y total, tampoco hubiera desentonado por el tipo de humor que la novela ofrece. La otra comentó que no entendía al personaje y que la única explicación para ella es que Allan "tuviera retraso mental" (sic). De nuevo, achaco tal argumento contundente no a la vehemencia de la señora, sino a que es un personaje que no acaba de estar bien construido.
Jonas Jonasson
“Y vale, Letraherido”, me diréis, “pero parece que ahora estés pretendiendo juzgar una novela metafísica, y sabes que El abuelo que saltó por la ventana y se largó es pura aventura, entretenimiento, no pidas lo que no se promete”. Y tendríais razón. El abuelo que saltó por la ventana y se largó es una novela humorística de aventuras, sin más. Escrita con el objeto, grosso modo, de entretener. Pero creo que incluso en una novela de entretenimiento los personajes tienen que tener un mínimo de enjundia —que no necesariamente afiliación política, vuelvo a aclarar—. Pido que al menos se disimule que Allan sea un mero instrumento del autor para crear historias rocambolescas. Y esa neutralidad ante la vida, tal y como nos la moldea Jonas Jonasson en su novela, me acaba pareciendo extremadamente vaporosa e incluso antipática. Por poner un ejemplo, en un momento de la novela se dirá que Allan  “ni siquiera sabía si era de izquierdas o de derechas. De uno de los dos bandos sería, desde luego, porque si algo había aprendido Allan a lo largo de su vida era que la gente se empeñaba en pensar de una manera u de otra”. Y de acuerdo, puedo entender por dónde va la crítica, puedo entender que es un alegato en contra del encasillamiento mental, de la necesidad imperiosa de tener que dar opiniones certeras, de posicionarnos en un lado de la barricada sobre cualquier tema. De acuerdo, aceptemos pulpo como animal de compañía. Pero para que esa crítica cobre sentido, al menos para mí, debe apelar al pensamiento matizado, a la calma reflexiva, sin presiones ni prisas. Y en la novela que nos ocupa, no es sólo que Allan no se empeñe en pensar de una manera u otra, es que directamente Allan no piensa. Suena tajante, pero es así. ¿Tal vez la novela sea, pues, un alegato a favor de la acción? ¿De vivir la vida de forma más irreflexiva ya que el exceso de pensamiento nos podría paralizar? No lo sé. Si es así, sinceramente, yo he sido incapaz de verlo mientras pasaba las páginas. Y si ha sido así, creo que el autor no ha sabido llevarlo a buen puerto. ¿Cómo les podría explicar, apreciados lectores, lo que me falla en Allan? Quizás por comparación. Hay quien ha señalado similitudes con la película Forrest Gump. Y es normal, yo también me acordaba de la película mientras leía la novela. Hay similitudes como el hecho de que Forrest Gump es una película biográfica al igual que El abuelo que saltó por la ventana y se largó. Los dos personajes protagonistas son peculiares, distintos. Ambos están presentes en acontecimientos históricos, conocerán a personajes claves, y no son conscientes de que sus acciones cambiarán al rumbo de la historia. Pero la película de Forrest Gump me gustó, y el personaje tenía un carisma que en Allan no he visto. Quizás porque la película sí sabía tocar cierta tecla sentimental —y sin abusar excesivamente de ello tampoco, si la memoria no me falla, que bien podría ser— que El abuelo que saltó por la ventana y se largó no toca.

Y bueno, ya les he contado sobre Allan. Sobre el resto de personajes tampoco es que haya algo nuevo que aportar. En la línea del presente, la colla estrafalaria de personajes que acompañará a Allan está carente también de introspección. Todos tienen algún rasgo hiperbólico que los define, y sus actuaciones irán previsiblemente en consonancia con ello. Y de nuevo, con ninguno he logrado sentir cercanía, como si más que personas me parecieran… ¿guiñoles funcionales? Sí, algo así. Ningún personaje, por lo tanto, evolucionará a lo largo de la novela. Ni siquiera Allan pese a que con él recorreremos su biografía, no hallando ninguna diferencia entre el Allan joven y el Allan centenario. Por lo tanto, tendremos en la línea de presente una tropa de personajes que protagonizarán gags y situaciones cómicas, una tropa creada expresamente para dicho cometido. ¿Y qué tendremos en la línea de pasado con los interesantes personajes históricos que desfilan por ella? Pues algo similar. Los personajes —todos ellos poderosos gobernantes históricos— me han parecido intercambiables unos con otros. Tan intercambiables como las aventuras que Allan vive en uno u otro lugar geográfico-temporal. Apenas existen diferencias perceptibles histórico-culturales en los distintos países en los que se mueve Allan. Es por eso que ni la línea de pasado ni la de presente han resultado de mi agrado, porque en ambas me encontraba situaciones repetitivas. Es como si el autor haya pegado escena más escena más escena más escena… y así sucesivamente, en bucle. Tuve la sensación de que Jonasson decidió ir concluyendo la novela cuando se le acabaron los gags. Y aún así también tuve la sensación de que Jonasson aún la hubiera alargado de haber tenido más gags en la chistera. Se me hicieron las cuatrocientas páginas largas. Creo que ni la historia daba para tanto ni el autor ha sabido del todo mantener la tensión, quizás porque la alternancia de las dos líneas temporales paralelas te sacaban también de un hilo principal.

Y claro, entre que no me convencen los personajes, el humor no ha conectado conmigo, las aventuras rápidamente dejan de interesarme y que la estructura me ha parecido pesada, pues ya tenemos la explicación de por qué no he disfrutado de la novela. ¿Me olvido algo? Ah, sí. No les he contado nada aún de la prosa de Jonas Jonasson: es directa, y hasta televisiva diría—no en vano, Jonasson es productor de televisión—. Describiendo lo justo, sin recreaciones. O más que describiendo, mostrando. Un pequeño ejemplo:
De pronto, el carro blindado se detuvo en seco. Los tres pasajeros se apearon. Estaban en un aeropuerto militar, delante de algo que posiblemente fuera el edificio que alojaba al estado mayor.
No es ninguna maravilla la prosa, y tampoco es rica en adjetivos. De todas formas, cuando se trata de pasarlo bien en una novela de aventuras no soy exigente con la pluma de un autor. Pero al no haber disfrutado de las aventuras en El abuelo que saltó por la ventana y se largó, la prosa de Jonasson me ha supuesto otro punto negativo que no he podido pasar por alto.
Antes de concluir, una última aclaración sobre la novela. La he definido anteriormente como “una novela de aventuras, sin más”. Pero estrictamente, sí hay crítica social. Aunque poca, tibia y superficial. Jonas Jonasson no se moja demasiado, ni entra a fondo en ningún tema concreto. La crítica está, se la deja ver, pero al cerrar el libro no es algo que retengas.

En definitiva, El abuelo que saltó por la ventana y se largó es un best-seller a nivel mundial. Su autor, siguiendo la estela de este primer éxito, ha escrito dos novelas más: La analfabeta que era un genio de los números y El matón que soñaba con un lugar en el paraíso. Aunque no las he leído, por los títulos a priori parece ser que encontraremos novelas similares a la que nos ha ocupado. Y como he dicho anteriormente, el humor es algo muy personal. Conozco a gente que, al contrario que yo, ha podido disfrutar de la novela y se ha echado unas buenas risas, así que seguramente disfrute de estas otras dos novelas de Jonasson. Pero yo personalmente las dejaré pasar.

Valoración: Suspenso

Te gustará si te gusta: el humor absurdo, las aventuras disparatadas.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Filología según el Diccionario de Autoridades


Diccionario de Autoridades - Tomo V (1737)
PHILOLOGÍA. s. f. Ciencia compuesta y adornada de la Gramática, Rhetórica, Historia, Poesía, Antigüedades, Interpretación de Autores, y generalmente de la Crítica, con especulación general de todas las demás Ciencias. Es voz Griega. Latín. Philologia.
Para más consultas, aquí.

miércoles, 27 de julio de 2016

El Chico que imitaba a Roberto Carlos, de Martín Casariego Córdoba. O la reafirmación de lo que a uno le gusta





Ficha
Título: El Chico que imitaba a Roberto Carlos
Autor: Martín Casariego Córdoba
Editorial: Anaya
Nº de páginas: 186
Encuadernación: tapa blanda
Lengua: Castellana

Sinopsis (extraída de la web del autor)
Son los meses de verano en un barrio modesto de una gran ciudad. El narrador y Alber se entretienen haciendo pintadas reivindicativas. El narrador tiene como modelo a su hermano mayor, un chico solitario enamorado de Sira. En las fiestas, el hermano mayor canta canciones de Roberto Carlos, lo que le vale las burlas de los chicos de su edad. Cuando Alber y el narrador, por una tonta apuesta, tienen que hacer una pintada en la casa nueva del prohombre del barrio, el chico que imita a Roberto Carlos les ayudará

Visión personal de Martín (extraído de la web del autor)
Bastantes años antes, había escrito un relato que permanece inédito sobre dos amigos que viven en la periferia y se dedican a hacer pintadas de protesta, y en el que uno de ellos se enamoraba platónicamente de una chica mayor que, lógicamente, no le hacía ni caso. El mundo de las pintadas me había atraído a partir de un artículo de la desaparecida revista Sur Exprés. A eso se sumó posteriormente el deseo de escribir sobre dos hermanos, sobre los lazos de la fraternidad, y sobre lo misterioso que puede resultar el mundo de los mayores para quien aún no es adulto. También, el recuerdo del único perro que hemos tenido en mi familia, alguna noticia periodística que refleja lo absurda que puede ser la vida, y la reflexión de que lo que importa es cómo somos en realidad, y no las etiquetas que tan fácilmente nos cuelgan o nos colgamos. En las primeras líneas explico –mediante la voz del hermano pequeño, el narrador– qué debe ser la literatura para mí: una mezcla de aprendizaje y diversión, de conocimiento y placer. Cuando la estaba corrigiendo, el Madrid fichó a Roberto Carlos. Ahora, claro, todo el mundo, sobre todo los jóvenes, cree que la novela tiene algo que ver con el futbolista. A éste, por cierto, le pusieron ese nombre en honor al cantante al que se refiere el título. Prácticamente nada de lo que les ocurre al narrador o al chico que imitaba a Roberto Carlos me ha ocurrido a mí, y el barrio en el que he crecido es muy diferente al suyo. Sin embargo, emocionalmente, la considero casi una novela autobiográfica. Quizá ésa sea la razón por la que evité dar un nombre a los dos hermanos protagonistas.


Opinión personal
A pesar de que mi adolescencia año tras año vaya quedando más lejana, aún me sigue gustando la literatura juvenil, qué le voy a hacer. Quizás porque la adolescencia es una época de transición fundamental en la vida de cada uno, una época en la que cada vez más se pisa un mundo adulto pero sin prácticamente experiencia todavía. Así que de vez en cuando vuelvo a novelas juveniles, pero eso sí: con los años cada vez cribo más. No me vale cualquier novela—demasiadas están llenas de clichés, un tono excesivamente moralista y una historia ramplona—, y busco alguna que destaque. No hace falta que sea una obra maestra, basta con que me deje buen sabor de boca. De Martín Casariego Córdoba tuve como lectura obligatoria de tercero de la ESO Qué poca prisa se da el amor. Y no estuvo mal —quizás algún día haga una entrada recopilatoria de las novelas juveniles obligatorias que sí estuvieron mal—. Así que cuando cayó en mis manos esta otra novela de la que nos ocuparemos hoy, El chico que imitaba a Roberto Carlos, decidí leerla. Porque, a parte de que conocía al autor, leyendo la sinopsis intuí que la novela podía ser agradable a mi gusto personal. El título también me resultó llamativo, me pareció sugerente. Así que me toca abrir La posada del lector para compartir con ustedes la lectura.
Martín Casariego Córdoba

El chico que imitaba a Roberto Carlos es una novela no muy extensa, de 39 capítulos breves —y sin título—, con un personaje protagonista de catorce años que nos narra los acontecimientos, y del cuál no se sabe el nombre. Dicho personaje tiene un hermano mayor, de dieciocho años, que resulta ser el personaje principal de la novela —por algo es el quien da el título a la obra—, y al que se le nombra siempre como “el Chico que imitaba a Roberto Carlos”. Y no, no es lo mismo personaje protagonista y personaje principal. La mayoría de las veces ambos concepto coinciden en un mismo personaje, pero no siempre, como en el caso de esta novela. Y como era también el caso de La ley de la calle, de Susan E.Hinton. Novela esta última que me pareció una influencia clara para Martín Casariego Córdoba, y que confirmé viendo esta entrevista al autor en Página 2 —lo pueden escuchar por boca del autor a partir del minuto 4—. A parte de que ambas novelas son juveniles-realistas en las que se tocan temas sociales, la mayor similitud está en la presencia de los dos personajes principales: ambos son hermanos mayores que sirven como guía y ambos son distintos al resto de personajes de su ambiente, y de ninguno conocemos el nombre. Hasta el Chico que imitaba a Roberto Carlos también conduce una motocicleta, concretamente una Rieju, y mientras leía me lo figuraba aún más si cabe como El chico de la moto de La ley de la calle. Además, está el final… del cuál no digo nada para no spoilear, pero me parece otra similitud evidente. Ambos personajes, pues, se podrían insertar en un mismo estereotipo. Pero no crean por ello que estos dos personajes principales son como dos gotas de agua —así como tampoco lo son, ni mucho menos, las dos novelas—. El Chico de la moto era más misterioso, ausente y hermético que el personaje principal de la novela que nos ocupa. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es más terrenal, cercano y cálido, y hay algo especialmente que me gusta de este personaje —y es algo que me gusta encontrarme en cualquier obra literaria, un gusto personal muy mío—: la ambigüedad entre ser grandioso y ser patético, entre ser un héroe o un pringado. Aunque en este caso la ambigüedad es pequeña, ya que el personaje está más inclinado hacia la parte positiva y heroica. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es difícil que caiga mal, es difícil que no guste y que no te encariñes con él. Tengo la sensación de que está hecho expresamente para gustar. Y a mí me gusta. Porque, ¿cómo es el Chico que imitaba a Roberto Carlos? Se trata de un personaje amante de la literatura y de la escritura,  introvertido ——que no antisocial— (1), con férreos principios idealistas (2), y cuya sensibilidad choca con el bronco ambiente del barrio en el que vive. Y ya el simple hecho de que, haciendo honor a su nombre, imite al cantante Roberto Carlos —poco popular, obviamente, entre la juventud— le hace ser raro a ojos de los demás, pero el Chico que imitaba a Roberto Carlos es un claro símbolo de autoafirmación en uno mismo, en no renunciar a lo que eres ni a lo que te gusta o te hace sentir (3).

Así que ya ven, la novela gira sobre este personaje que da título a la obra. Pero ya les digo que el Chico que imitaba a Roberto Carlos es el personaje principal, mas no el protagonista, ya que éste era, les decía, su hermano menor de catorce años del que tampoco se sabe el nombre. Él será la voz que nos narrará la historia, una voz acorde a la edad del personaje. Este joven protagonista, a parte de su hermano, tendrá un amigo inseparable, Alber, que le acompañará durante todo el tiempo que dure la novela, es decir: durante todo un verano. Porque será durante la estación veraniega que se desarrollará la acción, y este hecho tiene más importancia en la novela de lo que aparentemente pueda parecer. Lo canta Sabina en una canción: “mi primer espejismo se llamaba verano”, y es que para un niño o adolescente el verano tiene algo especial —o así lo recuerdo yo—, y no sólo por la falta de colegio. Hay un algo más. Porque apreciados lectores ¿no recuerdan los veranos de la infancia/adolescencia distintos de este verano que vivimos ahora? Yo sí. Quizás el hecho de que cada verano era una nueva perspectiva —y da igual que finalmente sea un espejismo, como canta Sabina—. O quizás es que, sin obligaciones escolares ni obligaciones propias de la vida adulta, teníamos todo el tiempo libre para explorar cosas —y explorarnos a nosotros mismos, tal vez—. Y es por eso que el verano tiene un peso importante en esta novela. Ya de por sí la novela juvenil tiende en muchas ocasiones a ser novelas de “crecimiento” para los personajes, un paso hacia la madurez, y en esta novela la estación veraniega contribuye a ello, pero contribuye haciendo que la novela fluya mejor. Me gusta cómo Martín Casariego logra que el verano se palpe en la novela, da buenas pinceladas que crean ese ambiente veraniego mientras se narra la historia —como no poder dormir por el calor, o desayunar tarde—, hasta el punto de que mientras leía recordaba yo también mis veranos pasados.
Una rieju, la moto que llevará el Chico que imitaba a Roberto Carlos
Pero no sólo el tiempo elegido para el transcurrir de la novela es importante, también lo es el espacio: un barrio de clase media tirando a baja. Y sirva de ejemplo para ello que la familia de nuestros personajes principal y protagonista no irán de vacaciones. El poder adquisitivo no lo permite. Y ya que he citado a la familia, un inciso: los padres de estos dos chicos aparecen en la novela, pero en segundo plano. El foco en todo momento está en los jóvenes, algo muy propio en las novelas juveniles en la que los adultos muchas veces son testimoniales. Volviendo al lugar en el que se desarrolla la novela, pasar un verano en casa, sin salir de tu barrio puede sonar poco excitante, pero en un barrio pueden suceder muchas cosas, aunque aparentemente puedan parecer anodinas. El chico que imitaba a Roberto Carlos es una historia lineal, sin flashbacks ni flashfowards, pero va en zig-zag, mostrando vivencias de los personajes, o historias del barrio. Por eso la historia no decae y te mantiene frente a las páginas, pasándolas con ligereza en una novela en la que predomina el diálogo. Los pensamientos del joven protagonista y sus reflexiones acerca de lo que vive y ve también resultan amenos y, de nuevo, apropiados a los de un chico de su edad que va madurando (4).

¿Y cuál es el tema central de la novela? Bueno, hay varios temas que van apareciendo a lo largo de las páginas en pequeñas dosis, como una mescolanza de carácter social: drogadicción, racismo —Alber es de tez oscura, de procedencia mozambiqueña—, marginalidad o la especulación urbanística —y eso que cuando se publicó el libro aún no habíamos llegado a la liberalización del suelo del año 98—.
Y de carácter más emocional, están como temas presentes el amor y la amistad. Todo esto serían pequeños temas secundarios, porque en realidad hay un tema que para mí destaca muy por encima del resto: el ser uno mismo, el hacer lo que uno cree, pese a que no sea aceptado por los demás. Tema que se encarna, cómo no, en el personaje principal.

El chico que imitaba a Roberlo Carlos me ha gustado, aunque le encuentro dos defectillos. El primero es el lenguaje. Como he comentado anteriormente, está adaptado a un chico de catorce años, y por lo tanto es un lenguaje coloquial y con argot de barrio, y no es que eso sea un problema, pero a veces me parecía  excesivo. Y algunas expresiones que sonarían cotidianas entonces no sé si han envejecido bien. El segundo defecto es que el ambiente barriobajero no escapa de cierta estereotipación, así como tampoco algunos personajes. Por ejemplo, los malotes tienen pinta de rockeros o heavys.
El cantante a imitar para el personaje principal

El chico que imitaba a Roberto Carlos no es una obra maestra de la literatura, tampoco estoy seguro de que sea una novela para recomendar a ciegas. Sé de mucha gente a la que no le gustaría, amistades a las que no les sugeriría esta lectura. Pero yo la he disfrutado, porque tengo debilidad por estas historias y estos personajes como el Chico que imitaba a Roberto Carlos. Es una novela en la que prima la emoción. El propio autor lo reconoce en una entrevista colgada en su propia web:

-¿La literatura debe ser como el amor, que usted ha definido como pasión, descontrol e imaginación?
-La literatura que me gusta tiene mucho más que ver con la emoción que con la inteligencia. La novela debe de estar bien pensada y estructurada, por supuesto, pero lo que me importa más es la parte que tiene que ver con los sentimientos.

Y  así es, El chico que imitaba a Roberto Carlos tiene un gran componente emocional. Y cada uno tiene su particular baremo sobre dónde termina lo emocional y empieza la cursilería. En mi baremo se queda en lo emocional. Me parece una lectura tierna, amena y ligera, con la que pasar un rato agradable. Y sin duda, si yo fuera profesor de la ESO, la pondría como lectura obligatoria.

Valoración: Bien/notable

Te gustará si te gusta la literatura juvenil con ambiente de barrio, y las historias de amistad y amor.

Fragmentos:
(1)
Salimos a la calle. Mi hermano caminaba, unos metros más allá, las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada.
No era huraño, pero sí solitario. Quiero decir que era simpático con la gente, pero habitualmente le agradaba estar solo. Eso le hacía más atractivo y misterioso, pero por la misma regla de tres, favorecía el que la gente inventara historias sobre él.
(2)
Cuando llegué a casa, mi hermano estaba discutiendo con mi padre en la cocina. A mi hermano le habían ofrecido cantar en la inauguración del chalé de don Vicente, y lo había rechazado, pretextando que esa noche, el 21 de agosto, tenía que cantar en La Sirena.
—Te pagaban bien, ¿no? ¡Pues entonces!
—El don Vicente ese es un mafias y yo no canto para él.
—No se puede acusar sin pruebas —respondió mi padre.
—Vende drogas.
—¿Cómo lo sabes?
—Eso dicen.
— También han dicho barbaridades de ti —terció nuestra madre.
—Pero lo de ése es verdad —se obstinó mi hermano—. Además, yo canto si me da la gana.
(3)
En el barrio, mucha gente, sobre todo algunos de su edad, empezaron a burlarse de él y a decir, cuando él no estaba presente, porque delante no se atrevían, que era un maricón y un baboso, porque le gustaban esas canciones tan blanditas y tan horteras de Roberto Carlos (…). A mi hermano, sentado ante su escritorio, con la ventana abierta y un cigarrillo encendido o sin encender en la mano, mirando las mil luces de la ciudad, las naves industriales y los enormes depósitos cilíndricos, las burlas le resbalaban.
(4)
A mí, cuando contaba diez o doce años, el Alicates y el Alcanzas me impresionaban, y pensaba que sabían mucho de la vida. Durante el último curso ya habían empezado a caerme regular, porque veía que muchas de las cosas que decían estaban envenenadas. En realidad, no era que ellos hubieran cambiado, sino que era yo el que, con catorce años, empezaba a cambiar, y a perder no sólo la inocencia, sino también el respeto por las personas de más edad, cuando ésa fuera la única razón por la que se lo tuviese.


martes, 5 de julio de 2016

Perros e hijos de perra, de Arturo Pérez-Reverte. O la admiración hacia la lealtad a cuatro patas



Ficha:
Título: Perros e hijos de perra
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara,
Nº de páginas: 156
Lengua: castellana

Sinopsis de la contraportada:
<<He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente. No existe mejor alivio para la melancolía y la soledad que su compañía fiel, la seguridad de que moriría por ti, sacrificándose por una caricia o una palabra.>>

Perros de presa adiestrados por gente sin escrúpulos, un chucho mejicano tuerto y digno, el fila brasileño que no era un asesino, Jemmy y Boxer, que cruzaron el Valle de la Muerte con la Brigada Ligera, el perro flaco y bastardo de la batalla de Rocroi, o Sherlock, el teckel de pelo fuerte y sólidos silencios, son algunos de los protagonistas en los artículos escritos por Arturo Pérez-Reverte entre 1993 y 2014 que se recogen en esta antología, ilustrada por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

Opinión personal:
Era yo estudiante de bachiller cuando descubrí a Arturo Pérez-Reverte. Y anonadado me quedé, oigan. Al leer aquellos artículos de opinión, Reverte me pareció más punk que las propias bandas de punk. Aquella forma brusca de decir las cosas, aquel lenguaje soez y aquella contundencia me encantaban. Y además por parte de una académico de la Real Academia. Y con amplia cultura, tal y como me demostró con el primer libro de la saga Alatriste, que también leí por aquellas fechas. Así que recopilatorio de artículos que veía de Pérez-Reverte, recopilatorio que me compraba. Y poco a poco fui leyéndome también novelas suyas —y que debería releer para abrir esta Posada y hablarles de ellas—.
Arturo Pérez-Reverte
Así que ya ven, yo era muy revertiano. Pero fueron pasando los años, y con el paso de los años se suele cambiar. Aunque sólo sea un poco, pero se suele cambiar. Uno lee otras cosas, descubre otros puntos de vista y adquiere una visión más amplia. Muchas verdades de Pérez-Reverte ya no me parecían tan verdades. Sus opiniones empezaron a parecerme demasiado subjetivas. Y digo demasiado porque, obviamente, subjetivos somos todos, pero hay gente que intenta que su verdad, su opinión, esté lo más alejada posible de su gusto o manía personal. En otras ocasiones, me empezaba a parecer que Pérez-Reverte no iba tampoco a la raíz de algunos problemas, quedándose en generalidades. O que sus cabreos con determinadas cosas no estaban del todo justificados, sonando ya a abuelo cebolleta que se queja porque “las cosas ya no son como en mis tiempos”. Así que a medida que pasaban los años mis discrepancias con el señor Reverte aumentaban, hasta el punto de que les mentiría si les dijera que Pérez-Reverte sigue siendo un referente para mí. Pero no se crean que he abierto la Posada del lector con la intención despotricar del señor Reverte. Y es que el señor Pérez-Reverte me cae bien. O dicho de otro modo —y aún a riesgo de sonar redundante de forma parecida a Rajoy, que se ha convertido en el maestro de las redundancias—: no hay manera de que este hombre me caiga mal. Pese a mis discrepancias con él, pese a que a veces no me lo puedo tomar en serio, hay algo en Pérez-Reverte que me genera simpatía. De la misma manera que he conocido a gente con la que tenía mucha afinidad en cuanto a opiniones o ideas políticas… y que no la tragaba. Cosas raras de la vida, en la que dos más dos no siempre suman cuatro. Así que, paseando por la biblioteca, al encontrarme el libro Perros e hijos de perra, decidí cogerlo. Hacía tiempo que no leía ya un libro de artículos de Pérez-Reverte —el último fue No me cogeréis vivo, ha llovido desde entonces—, y como me encantan los perros,  ¿cómo no lo iba a coger? Además, así tendría una excusa más para abrir la Posada del lector.

Perros e hijos de perra se titula este recopilatorio de artículos —veintidós en total—, un título que ya dice mucho de quién es el autor, a la vez que revela un tono de cabreo que en ocasiones aparecerá en la obra. Además de los veintidós artículos, la obra se inicia con una introducción en la que Pérez- Reverte nos habla de lo que encontraremos en este libro:
Durante la mitad de mi vida conviví con perros, y de ellos he aprendido mucho de cuanto sé, o creo saber, sobre las palabras amor, desinterés y lealtad. Éstas no son frecuentes entre los humanos, al menos las dos últimas; y desde luego, tampoco la primera, amor, en el sentido en que podemos aplicarla a esos nobles animales. Podría resumirlo afirmando que nunca conocí entre los seres humanos, como en los cinco perros que hasta hoy pasaron por mi vida, un amor tan desinteresado y tan leal. Tan conmovedoramente fiel.
Este libro recoge, ordenados más o menos cronológicamente, algunos de los artículos que, según puedo recordar, escribí sobre perros entre 1993 y 2014. No son demasiados, aunque reflejan bien lo que significan para mí. Varios de los textos están dedicados a episodios perrunos concretos, donde ellos son protagonistas. En otros, orientados a diversos asuntos, figuran, sólo como personajes secundarios. Sin embargo, todos estos artículos se encuentran unidos por un sólido vínculo común: la mirada que los perros que amo y amé dejaron en mí, referida a su mundo y el mío. Anécdotas de fidelidad, de coraje, de soledad, de tragedia, de alegría. Historias que quien conoce a los perros sabrá sin duda apreciar en lo que valen, y cuanto significan.
Porque, efectivamente, tal y como comenta Pérez-Reverte en la introducción, todos estos artículos que encontramos en Perros e hijos de perra ya fueron publicados en prensa —y algunos los recordaba haber leído en los  libros recopilatorios genéricos que se publicaron—. Y efectivamente también para Reverte los perros tienen un algo especial. Parece que todas esas reglas en las que cree y muestra en sus novelas —lealtad, honor, amistad— las ve reflejadas en los perros. Más reflejadas en los perros que en las personas. En varias ocasiones leerán en este libro la declaración de que cuando muere un ser humano el mundo no pierde gran cosa, la humanidad está embrutecida y ninguna vida la considera sagrada, pero en cambio cuando muere un perro el mundo es un lugar más triste (1). Y en esa línea irán muchos artículos, en los que exaltará la humanidad y las virtudes de nuestros amigos los perros, virtudes como su coraje y la lucha que le echan a la vida. Es el caso del artículo de anécdota histórica “Los perros de la brigada ligera”. O el artículo “El chucho antisistema”, que habla de aquel perro que apareció en las noticias, allá por los años 2010-2012, cuando las protestas en Grecia, y del que Pérez-Reverte no citó el nombre pero se llamaba Lukánikos, y del que nos dirá que:
A su manera, sin saberlo, puede que ese chucho también libre su propia guerra antisistema. Batiéndose no sólo por su amo, sino por sí mismo. Por sus colegas: cachorrillos regalos de Navidad que meses más tarde acabarán abandonados en una cuneta; por los perros maltratados, apaleados hasta morir por canallas sin conciencia; por los que acaban ahorcados en el monte cuando son viejos, arrojados vivos a un pozo o liquidados de un escopetazo; por los que enloquecen amarrados con dos metros de cadena o mueren de hambre y sed; por los que son sacrificados sin necesidad pudiendo salvarse; por los que nadie reclama y acaban deslizando su sombra por el corredor de la muerte; por los que infames sin escrúpulos utilizan en peleas clandestinas donde se juegan enormes cantidades de dinero; por esos perrillos drogados que, ante la pasividad de las autoridades, algunos mendigos utilizan para mover a piedad y luego se desembarazan oscuramente de ellos... Y sí. Miro la foto del perro antisistema que se enfrenta a la policía en una calle de Atenas y concluyo que tal vez también él tenga cuentas propias que ajustar. Y que todo será más noble y luminoso mientras junto a un hombre que lucha haya un buen perro valiente.
Lukánikos, el perro al que Pérez-Reverte le dedicó un artículo

Como ven, Pérez-Reverte aprovecha el caso de Lukánikos para hacer una crítica social sobre el trato que sufren los canes. Algo que también hará en el artículo “Bandoleros a cuatro patas”. Y es aquí donde me encuentro al Pérez-Reverte que más me gusta, el que se indigna ante tal injusticia, el que por respeto y empatía hacia los perros lo escupe todo, indignado. Porque puede que a veces la mala leche y los insultos de Pérez-Reverte sean excesivos en algunos temas, pero no en éste. Creo fervientemente que la mala hostia está justificada ante casos de crueldad extrema como perros ahorcados o peleas clandestinas. Por eso uno de mis artículos favoritos es “La perra color canela”, que me resulta conmovedor. En él se cuenta el abandono de una perra en una gasolinera, y aunque allí los trabajadores la adopten y la mimen, la perra nunca dejará de sentirse curiosa ante todos los coches que se paran, por ver si regresa su dueño. O “Era sólo una perra”, en la que nos cuenta un suceso acaecido en el metro de Madrid: una galga abandonada cayó en la vía, y correteaba perdida esquivando metros durante días. La empresa municipal pasó del rescate, y no sería por falta de soluciones que se les propuso con tal de rescatarla. Pero no las aceptaron, y al final pasó lo que tenía que pasar: la perra murió atropellada. Y ante tales casos, ya les digo: Pérez-Reverte no ahorra bilis. Y bien que hace.

Y no es que Pérez-Reverte defienda a los perros desde la distancia, para ganarse el aplauso. Podríamos pensar que lo de Pérez-Reverte es la típica idealización fácil hacia el mundo animal, ya saben: como si los animales fueran tan humanizados que parecieran sacados de una película de Walt Disney, ignorando sus leyes salvajes y su instinto de supervivencia para convertirlos en animales de peluche. Es algo en lo que mucha gente incurre, aunque tal vez sea políticamente incorrecto señalarlo. Pero no es el caso de Pérez-Reverte. Y además hablamos de un animal concreto: el perro, que lleva miles de años domesticado, y conviviendo a nuestro lado. Yo he tenido y tengo perros, y en verdad les digo que, sin idealizaciones, sí creo que nuestros amigos de cuatro patas poseen las cualidades humanas que Pérez-Reverte les proyecta. Aunque sea por simple apego a sus dueños, pero las poseen. Y Pérez-Reverte sabe de lo que habla porque ha tenido cinco perros, de los cuales hay testimonios en algunos de los artículos de este libro. Así sabremos de Sombra, Mordaunt —guiño a los Tres mosqueteros de Dumas— y Sherlock —sobra comentar aquí el guiño ¿verdad?—.

Quizás por eso, por haber tenido cinco perros, el libro se abre con una dedicatoria a su hija Carlota, la cual no creo que haya sido ajena a la convivencia con estos fieles animales. Además también precede a la obra dos citas literarias, la primera de Cervantes —extraída de El coloquio de los perros— y la segunda de Jack London —de La llamada de lo salvaje—. Y para rematar el libro que nos ocupa, se cuenta con la colaboración del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, que ilustra algunos relatos con retratos de perros. Además, en uno de los artículos del libro Ferrer-Dalmau tiene protagonismo, se trata de “El perro de Rocroi”, que habla sobre uno de los cuadros de batallas históricas en las que Ferrer-Dalmau está especializado. El cuadro en cuestión es “Rocroi. El último tercio”, y en él aparece un perro precisamente a petición expresa de Arturo.

Me encontré esta imagen por las redes sociales, ¿ven la mirada de Noa? Pues Pérez-Reverte tiene razón cuando describe la mirada de un perro.
En definitiva, es una buena lectura para los amantes de los perros, amena y ligera. Sólo le encuentro un defectillo, algo que, al menos a mí, no me acaba de convencer. Y es que, como bien dice el propio Arturo Pérez-Reverte en el fragmento del prólogo copiado anteriormente, en algunos artículos los perros figuran “sólo como personajes secundarios”. Excesivamente secundarios para mi gusto, cuando se supone que el libro gira en torno a ellos. Son artículos donde el tema central es otro, pero en los que aparece un perro de forma testimonial. Tan testimonial que me rompe un poco la idea original que vertebra el libro. Es el caso de “Cuento de navidad”,  “Un brindis por ellos dos” o “En la orilla oscura”. Y hay algo que tampoco me acaba de convencer: algunas opiniones cuñadas de Pérez-Reverte sobre algunos temas —a bote pronto, el artículo “Verano de perros y abuelos” me pareció un símil desacertado—. Pero de eso ya he hablado al principio de esta entrada. El libro merece la pena. Nunca está de más homenajear a nuestros mejores amigos.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Arturo Pérez-Reverte, los perros.

(1) En el artículo “La mirada de un perro” nos contará que:
¿Y saben lo que les digo?... Podría desaparecer la Humanidad entera. Podrían diezmarnos las catástrofes y las guerras y caer chuzos de punta e irnos todos a tomar por saco, y el planeta Tierra no perdería gran cosa. Al contrario: ganaría en armonía natural y en alivio. Pero cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro del que les hablo —se llamaba Sombra—, este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitables y menos noble.
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