miércoles, 27 de julio de 2016

El Chico que imitaba a Roberto Carlos, de Martín Casariego Córdoba. O la reafirmación de lo que a uno le gusta





Ficha
Título: El Chico que imitaba a Roberto Carlos
Autor: Martín Casariego Córdoba
Editorial: Anaya
Nº de páginas: 186
Encuadernación: tapa blanda
Lengua: Castellana

Sinopsis (extraída de la web del autor)
Son los meses de verano en un barrio modesto de una gran ciudad. El narrador y Alber se entretienen haciendo pintadas reivindicativas. El narrador tiene como modelo a su hermano mayor, un chico solitario enamorado de Sira. En las fiestas, el hermano mayor canta canciones de Roberto Carlos, lo que le vale las burlas de los chicos de su edad. Cuando Alber y el narrador, por una tonta apuesta, tienen que hacer una pintada en la casa nueva del prohombre del barrio, el chico que imita a Roberto Carlos les ayudará

Visión personal de Martín (extraído de la web del autor)
Bastantes años antes, había escrito un relato que permanece inédito sobre dos amigos que viven en la periferia y se dedican a hacer pintadas de protesta, y en el que uno de ellos se enamoraba platónicamente de una chica mayor que, lógicamente, no le hacía ni caso. El mundo de las pintadas me había atraído a partir de un artículo de la desaparecida revista Sur Exprés. A eso se sumó posteriormente el deseo de escribir sobre dos hermanos, sobre los lazos de la fraternidad, y sobre lo misterioso que puede resultar el mundo de los mayores para quien aún no es adulto. También, el recuerdo del único perro que hemos tenido en mi familia, alguna noticia periodística que refleja lo absurda que puede ser la vida, y la reflexión de que lo que importa es cómo somos en realidad, y no las etiquetas que tan fácilmente nos cuelgan o nos colgamos. En las primeras líneas explico –mediante la voz del hermano pequeño, el narrador– qué debe ser la literatura para mí: una mezcla de aprendizaje y diversión, de conocimiento y placer. Cuando la estaba corrigiendo, el Madrid fichó a Roberto Carlos. Ahora, claro, todo el mundo, sobre todo los jóvenes, cree que la novela tiene algo que ver con el futbolista. A éste, por cierto, le pusieron ese nombre en honor al cantante al que se refiere el título. Prácticamente nada de lo que les ocurre al narrador o al chico que imitaba a Roberto Carlos me ha ocurrido a mí, y el barrio en el que he crecido es muy diferente al suyo. Sin embargo, emocionalmente, la considero casi una novela autobiográfica. Quizá ésa sea la razón por la que evité dar un nombre a los dos hermanos protagonistas.


Opinión personal
A pesar de que mi adolescencia año tras año vaya quedando más lejana, aún me sigue gustando la literatura juvenil, qué le voy a hacer. Quizás porque la adolescencia es una época de transición fundamental en la vida de cada uno, una época en la que cada vez más se pisa un mundo adulto pero sin prácticamente experiencia todavía. Así que de vez en cuando vuelvo a novelas juveniles, pero eso sí: con los años cada vez cribo más. No me vale cualquier novela—demasiadas están llenas de clichés, un tono excesivamente moralista y una historia ramplona—, y busco alguna que destaque. No hace falta que sea una obra maestra, basta con que me deje buen sabor de boca. De Martín Casariego Córdoba tuve como lectura obligatoria de tercero de la ESO Qué poca prisa se da el amor. Y no estuvo mal —quizás algún día haga una entrada recopilatoria de las novelas juveniles obligatorias que sí estuvieron mal—. Así que cuando cayó en mis manos esta otra novela de la que nos ocuparemos hoy, El chico que imitaba a Roberto Carlos, decidí leerla. Porque, a parte de que conocía al autor, leyendo la sinopsis intuí que la novela podía ser agradable a mi gusto personal. El título también me resultó llamativo, me pareció sugerente. Así que me toca abrir La posada del lector para compartir con ustedes la lectura.
Martín Casariego Córdoba

El chico que imitaba a Roberto Carlos es una novela no muy extensa, de 39 capítulos breves —y sin título—, con un personaje protagonista de catorce años que nos narra los acontecimientos, y del cuál no se sabe el nombre. Dicho personaje tiene un hermano mayor, de dieciocho años, que resulta ser el personaje principal de la novela —por algo es el quien da el título a la obra—, y al que se le nombra siempre como “el Chico que imitaba a Roberto Carlos”. Y no, no es lo mismo personaje protagonista y personaje principal. La mayoría de las veces ambos concepto coinciden en un mismo personaje, pero no siempre, como en el caso de esta novela. Y como era también el caso de La ley de la calle, de Susan E.Hinton. Novela esta última que me pareció una influencia clara para Martín Casariego Córdoba, y que confirmé viendo esta entrevista al autor en Página 2 —lo pueden escuchar por boca del autor a partir del minuto 4—. A parte de que ambas novelas son juveniles-realistas en las que se tocan temas sociales, la mayor similitud está en la presencia de los dos personajes principales: ambos son hermanos mayores que sirven como guía y ambos son distintos al resto de personajes de su ambiente, y de ninguno conocemos el nombre. Hasta el Chico que imitaba a Roberto Carlos también conduce una motocicleta, concretamente una Rieju, y mientras leía me lo figuraba aún más si cabe como El chico de la moto de La ley de la calle. Además, está el final… del cuál no digo nada para no spoilear, pero me parece otra similitud evidente. Ambos personajes, pues, se podrían insertar en un mismo estereotipo. Pero no crean por ello que estos dos personajes principales son como dos gotas de agua —así como tampoco lo son, ni mucho menos, las dos novelas—. El Chico de la moto era más misterioso, ausente y hermético que el personaje principal de la novela que nos ocupa. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es más terrenal, cercano y cálido, y hay algo especialmente que me gusta de este personaje —y es algo que me gusta encontrarme en cualquier obra literaria, un gusto personal muy mío—: la ambigüedad entre ser grandioso y ser patético, entre ser un héroe o un pringado. Aunque en este caso la ambigüedad es pequeña, ya que el personaje está más inclinado hacia la parte positiva y heroica. El Chico que imitaba a Roberto Carlos es difícil que caiga mal, es difícil que no guste y que no te encariñes con él. Tengo la sensación de que está hecho expresamente para gustar. Y a mí me gusta. Porque, ¿cómo es el Chico que imitaba a Roberto Carlos? Se trata de un personaje amante de la literatura y de la escritura,  introvertido ——que no antisocial— (1), con férreos principios idealistas (2), y cuya sensibilidad choca con el bronco ambiente del barrio en el que vive. Y ya el simple hecho de que, haciendo honor a su nombre, imite al cantante Roberto Carlos —poco popular, obviamente, entre la juventud— le hace ser raro a ojos de los demás, pero el Chico que imitaba a Roberto Carlos es un claro símbolo de autoafirmación en uno mismo, en no renunciar a lo que eres ni a lo que te gusta o te hace sentir (3).

Así que ya ven, la novela gira sobre este personaje que da título a la obra. Pero ya les digo que el Chico que imitaba a Roberto Carlos es el personaje principal, mas no el protagonista, ya que éste era, les decía, su hermano menor de catorce años del que tampoco se sabe el nombre. Él será la voz que nos narrará la historia, una voz acorde a la edad del personaje. Este joven protagonista, a parte de su hermano, tendrá un amigo inseparable, Alber, que le acompañará durante todo el tiempo que dure la novela, es decir: durante todo un verano. Porque será durante la estación veraniega que se desarrollará la acción, y este hecho tiene más importancia en la novela de lo que aparentemente pueda parecer. Lo canta Sabina en una canción: “mi primer espejismo se llamaba verano”, y es que para un niño o adolescente el verano tiene algo especial —o así lo recuerdo yo—, y no sólo por la falta de colegio. Hay un algo más. Porque apreciados lectores ¿no recuerdan los veranos de la infancia/adolescencia distintos de este verano que vivimos ahora? Yo sí. Quizás el hecho de que cada verano era una nueva perspectiva —y da igual que finalmente sea un espejismo, como canta Sabina—. O quizás es que, sin obligaciones escolares ni obligaciones propias de la vida adulta, teníamos todo el tiempo libre para explorar cosas —y explorarnos a nosotros mismos, tal vez—. Y es por eso que el verano tiene un peso importante en esta obra de la que hablo. Ya de por sí la novela juvenil tiende en muchas ocasiones a ser novelas de “crecimiento” para los personajes, un paso hacia la madurez, y en El chico que imitaba a Roberto Carlos la estación veraniega contribuye a ello, y contribuye haciendo que la novela fluya mejor. Me gusta cómo Martín Casariego logra que el verano se palpe en la novela, da buenas pinceladas que crean ese ambiente veraniego mientras se narra la historia —como no poder dormir por el calor, o desayunar tarde—, hasta el punto de que mientras leía recordaba yo también mis veranos pasados.
Una rieju, la moto que llevará el Chico que imitaba a Roberto Carlos
Pero no sólo el tiempo elegido para el transcurrir de la novela es importante, también lo es el espacio: un barrio de clase media tirando a baja. Y sirva de ejemplo para ello que la familia de nuestros personajes principal y protagonista no irán de vacaciones. El poder adquisitivo no lo permite. Y ya que he citado a la familia, un inciso: los padres de estos dos chicos aparecen en la novela, pero en segundo plano. El foco en todo momento está en los jóvenes, algo muy propio en las novelas juveniles en la que los adultos muchas veces son testimoniales. Volviendo al lugar en el que se desarrolla la novela, pasar un verano en casa, sin salir de tu barrio puede sonar poco excitante, pero en un barrio pueden suceder muchas cosas, aunque aparentemente puedan parecer anodinas. El chico que imitaba a Roberto Carlos es una historia lineal, sin flashbacks ni flashfowards, pero va en zig-zag, mostrando vivencias de los personajes, o historias del barrio. Por eso la historia no decae y te mantiene frente a las páginas, pasándolas con ligereza en una novela en la que predomina el diálogo. Los pensamientos del joven protagonista y sus reflexiones acerca de lo que vive y ve también resultan amenos y, de nuevo, apropiados a los de un chico de su edad que va madurando (4).

¿Y cuál es el tema central de la novela? Bueno, hay varios temas que van apareciendo a lo largo de las páginas en pequeñas dosis, como una mescolanza de carácter social: drogadicción, racismo —Alber es de tez oscura, de procedencia mozambiqueña—, marginalidad o la especulación urbanística —y eso que cuando se publicó el libro aún no habíamos llegado a la liberalización del suelo del año 98—.
Y de carácter más emocional, están como temas presentes el amor y la amistad. Todo esto serían pequeños temas secundarios, porque en realidad hay un tema que para mí destaca muy por encima del resto: el ser uno mismo, el hacer lo que uno cree, pese a que no sea aceptado por los demás. Tema que se encarna, cómo no, en el personaje principal.

El chico que imitaba a Roberlo Carlos me ha gustado, aunque le encuentro dos defectillos. El primero es el lenguaje. Como he comentado anteriormente, está adaptado a un chico de catorce años, y por lo tanto es un lenguaje coloquial y con argot de barrio, y no es que eso sea un problema, pero a veces me parecía  excesivo. Y algunas expresiones que sonarían cotidianas entonces no sé si han envejecido bien. El segundo defecto es que el ambiente barriobajero no escapa de cierta estereotipación, así como tampoco algunos personajes. Por ejemplo, los malotes tienen pinta de rockeros o heavys.
El cantante a imitar para el personaje principal

El chico que imitaba a Roberto Carlos no es una obra maestra de la literatura, tampoco estoy seguro de que sea una novela para recomendar a ciegas. Sé de mucha gente a la que no le gustaría, amistades a las que no les sugeriría esta lectura. Pero yo la he disfrutado, porque tengo debilidad por estas historias y estos personajes como el Chico que imitaba a Roberto Carlos. Es una novela en la que prima la emoción. El propio autor lo reconoce en una entrevista colgada en su propia web:

-¿La literatura debe ser como el amor, que usted ha definido como pasión, descontrol e imaginación?
-La literatura que me gusta tiene mucho más que ver con la emoción que con la inteligencia. La novela debe de estar bien pensada y estructurada, por supuesto, pero lo que me importa más es la parte que tiene que ver con los sentimientos.

Y  así es, El chico que imitaba a Roberto Carlos tiene un gran componente emocional. Y cada uno tiene su particular baremo sobre dónde termina lo emocional y empieza la cursilería. En mi baremo se queda en lo emocional. Me parece una lectura tierna, amena y ligera, con la que pasar un rato agradable. Y sin duda, si yo fuera profesor de la ESO, la pondría como lectura obligatoria.

Valoración: Bien/notable

Te gustará si te gusta la literatura juvenil con ambiente de barrio, y las historias de amistad y amor.

Fragmentos:
(1)
Salimos a la calle. Mi hermano caminaba, unos metros más allá, las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada.
No era huraño, pero sí solitario. Quiero decir que era simpático con la gente, pero habitualmente le agradaba estar solo. Eso le hacía más atractivo y misterioso, pero por la misma regla de tres, favorecía el que la gente inventara historias sobre él.
(2)
Cuando llegué a casa, mi hermano estaba discutiendo con mi padre en la cocina. A mi hermano le habían ofrecido cantar en la inauguración del chalé de don Vicente, y lo había rechazado, pretextando que esa noche, el 21 de agosto, tenía que cantar en La Sirena.
—Te pagaban bien, ¿no? ¡Pues entonces!
—El don Vicente ese es un mafias y yo no canto para él.
—No se puede acusar sin pruebas —respondió mi padre.
—Vende drogas.
—¿Cómo lo sabes?
—Eso dicen.
— También han dicho barbaridades de ti —terció nuestra madre.
—Pero lo de ése es verdad —se obstinó mi hermano—. Además, yo canto si me da la gana.
(3)
En el barrio, mucha gente, sobre todo algunos de su edad, empezaron a burlarse de él y a decir, cuando él no estaba presente, porque delante no se atrevían, que era un maricón y un baboso, porque le gustaban esas canciones tan blanditas y tan horteras de Roberto Carlos (…). A mi hermano, sentado ante su escritorio, con la ventana abierta y un cigarrillo encendido o sin encender en la mano, mirando las mil luces de la ciudad, las naves industriales y los enormes depósitos cilíndricos, las burlas le resbalaban.
(4)
A mí, cuando contaba diez o doce años, el Alicates y el Alcanzas me impresionaban, y pensaba que sabían mucho de la vida. Durante el último curso ya habían empezado a caerme regular, porque veía que muchas de las cosas que decían estaban envenenadas. En realidad, no era que ellos hubieran cambiado, sino que era yo el que, con catorce años, empezaba a cambiar, y a perder no sólo la inocencia, sino también el respeto por las personas de más edad, cuando ésa fuera la única razón por la que se lo tuviese.


martes, 5 de julio de 2016

Perros e hijos de perra, de Arturo Pérez-Reverte. O la admiración hacia la lealtad a cuatro patas



Ficha:
Título: Perros e hijos de perra
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Editorial: Alfaguara,
Nº de páginas: 156
Lengua: castellana

Sinopsis de la contraportada:
<<He tenido cinco perros. No hay compañía más silenciosa y grata. No hay lealtad tan conmovedora como la de sus ojos atentos, sus lengüetazos y su trufa próxima y húmeda. Nada tan asombroso como la extrema perspicacia de un perro inteligente. No existe mejor alivio para la melancolía y la soledad que su compañía fiel, la seguridad de que moriría por ti, sacrificándose por una caricia o una palabra.>>

Perros de presa adiestrados por gente sin escrúpulos, un chucho mejicano tuerto y digno, el fila brasileño que no era un asesino, Jemmy y Boxer, que cruzaron el Valle de la Muerte con la Brigada Ligera, el perro flaco y bastardo de la batalla de Rocroi, o Sherlock, el teckel de pelo fuerte y sólidos silencios, son algunos de los protagonistas en los artículos escritos por Arturo Pérez-Reverte entre 1993 y 2014 que se recogen en esta antología, ilustrada por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau.

Opinión personal:
Era yo estudiante de bachiller cuando descubrí a Arturo Pérez-Reverte. Y anonadado me quedé, oigan. Al leer aquellos artículos de opinión, Reverte me pareció más punk que las propias bandas de punk. Aquella forma brusca de decir las cosas, aquel lenguaje soez y aquella contundencia me encantaban. Y además por parte de una académico de la Real Academia. Y con amplia cultura, tal y como me demostró con el primer libro de la saga Alatriste, que también leí por aquellas fechas. Así que recopilatorio de artículos que veía de Pérez-Reverte, recopilatorio que me compraba. Y poco a poco fui leyéndome también novelas suyas —y que debería releer para abrir esta Posada y hablarles de ellas—.
Arturo Pérez-Reverte
Así que ya ven, yo era muy revertiano. Pero fueron pasando los años, y con el paso de los años se suele cambiar. Aunque sólo sea un poco, pero se suele cambiar. Uno lee otras cosas, descubre otros puntos de vista y adquiere una visión más amplia. Muchas verdades de Pérez-Reverte ya no me parecían tan verdades. Sus opiniones empezaron a parecerme demasiado subjetivas. Y digo demasiado porque, obviamente, subjetivos somos todos, pero hay gente que intenta que su verdad, su opinión, esté lo más alejada posible de su gusto o manía personal. En otras ocasiones, me empezaba a parecer que Pérez-Reverte no iba tampoco a la raíz de algunos problemas, quedándose en generalidades. O que sus cabreos con determinadas cosas no estaban del todo justificados, sonando ya a abuelo cebolleta que se queja porque “las cosas ya no son como en mis tiempos”. Así que a medida que pasaban los años mis discrepancias con el señor Reverte aumentaban, hasta el punto de que les mentiría si les dijera que Pérez-Reverte sigue siendo un referente para mí. Pero no se crean que he abierto la Posada del lector con la intención despotricar del señor Reverte. Y es que el señor Pérez-Reverte me cae bien. O dicho de otro modo —y aún a riesgo de sonar redundante de forma parecida a Rajoy, que se ha convertido en el maestro de las redundancias—: no hay manera de que este hombre me caiga mal. Pese a mis discrepancias con él, pese a que a veces no me lo puedo tomar en serio, hay algo en Pérez-Reverte que me genera simpatía. De la misma manera que he conocido a gente con la que tenía mucha afinidad en cuanto a opiniones o ideas políticas… y que no la tragaba. Cosas raras de la vida, en la que dos más dos no siempre suman cuatro. Así que, paseando por la biblioteca, al encontrarme el libro Perros e hijos de perra, decidí cogerlo. Hacía tiempo que no leía ya un libro de artículos de Pérez-Reverte —el último fue No me cogeréis vivo, ha llovido desde entonces—, y como me encantan los perros,  ¿cómo no lo iba a coger? Además, así tendría una excusa más para abrir la Posada del lector.

Perros e hijos de perra se titula este recopilatorio de artículos —veintidós en total—, un título que ya dice mucho de quién es el autor, a la vez que revela un tono de cabreo que en ocasiones aparecerá en la obra. Además de los veintidós artículos, la obra se inicia con una introducción en la que Pérez- Reverte nos habla de lo que encontraremos en este libro:
Durante la mitad de mi vida conviví con perros, y de ellos he aprendido mucho de cuanto sé, o creo saber, sobre las palabras amor, desinterés y lealtad. Éstas no son frecuentes entre los humanos, al menos las dos últimas; y desde luego, tampoco la primera, amor, en el sentido en que podemos aplicarla a esos nobles animales. Podría resumirlo afirmando que nunca conocí entre los seres humanos, como en los cinco perros que hasta hoy pasaron por mi vida, un amor tan desinteresado y tan leal. Tan conmovedoramente fiel.
Este libro recoge, ordenados más o menos cronológicamente, algunos de los artículos que, según puedo recordar, escribí sobre perros entre 1993 y 2014. No son demasiados, aunque reflejan bien lo que significan para mí. Varios de los textos están dedicados a episodios perrunos concretos, donde ellos son protagonistas. En otros, orientados a diversos asuntos, figuran, sólo como personajes secundarios. Sin embargo, todos estos artículos se encuentran unidos por un sólido vínculo común: la mirada que los perros que amo y amé dejaron en mí, referida a su mundo y el mío. Anécdotas de fidelidad, de coraje, de soledad, de tragedia, de alegría. Historias que quien conoce a los perros sabrá sin duda apreciar en lo que valen, y cuanto significan.
Porque, efectivamente, tal y como comenta Pérez-Reverte en la introducción, todos estos artículos que encontramos en Perros e hijos de perra ya fueron publicados en prensa —y algunos los recordaba haber leído en los  libros recopilatorios genéricos que se publicaron—. Y efectivamente también para Reverte los perros tienen un algo especial. Parece que todas esas reglas en las que cree y muestra en sus novelas —lealtad, honor, amistad— las ve reflejadas en los perros. Más reflejadas en los perros que en las personas. En varias ocasiones leerán en este libro la declaración de que cuando muere un ser humano el mundo no pierde gran cosa, la humanidad está embrutecida y ninguna vida la considera sagrada, pero en cambio cuando muere un perro el mundo es un lugar más triste (1). Y en esa línea irán muchos artículos, en los que exaltará la humanidad y las virtudes de nuestros amigos los perros, virtudes como su coraje y la lucha que le echan a la vida. Es el caso del artículo de anécdota histórica “Los perros de la brigada ligera”. O el artículo “El chucho antisistema”, que habla de aquel perro que apareció en las noticias, allá por los años 2010-2012, cuando las protestas en Grecia, y del que Pérez-Reverte no citó el nombre pero se llamaba Lukánikos, y del que nos dirá que:
A su manera, sin saberlo, puede que ese chucho también libre su propia guerra antisistema. Batiéndose no sólo por su amo, sino por sí mismo. Por sus colegas: cachorrillos regalos de Navidad que meses más tarde acabarán abandonados en una cuneta; por los perros maltratados, apaleados hasta morir por canallas sin conciencia; por los que acaban ahorcados en el monte cuando son viejos, arrojados vivos a un pozo o liquidados de un escopetazo; por los que enloquecen amarrados con dos metros de cadena o mueren de hambre y sed; por los que son sacrificados sin necesidad pudiendo salvarse; por los que nadie reclama y acaban deslizando su sombra por el corredor de la muerte; por los que infames sin escrúpulos utilizan en peleas clandestinas donde se juegan enormes cantidades de dinero; por esos perrillos drogados que, ante la pasividad de las autoridades, algunos mendigos utilizan para mover a piedad y luego se desembarazan oscuramente de ellos... Y sí. Miro la foto del perro antisistema que se enfrenta a la policía en una calle de Atenas y concluyo que tal vez también él tenga cuentas propias que ajustar. Y que todo será más noble y luminoso mientras junto a un hombre que lucha haya un buen perro valiente.
Lukánikos, el perro al que Pérez-Reverte le dedicó un artículo

Como ven, Pérez-Reverte aprovecha el caso de Lukánikos para hacer una crítica social sobre el trato que sufren los canes. Algo que también hará en el artículo “Bandoleros a cuatro patas”. Y es aquí donde me encuentro al Pérez-Reverte que más me gusta, el que se indigna ante tal injusticia, el que por respeto y empatía hacia los perros lo escupe todo, indignado. Porque puede que a veces la mala leche y los insultos de Pérez-Reverte sean excesivos en algunos temas, pero no en éste. Creo fervientemente que la mala hostia está justificada ante casos de crueldad extrema como perros ahorcados o peleas clandestinas. Por eso uno de mis artículos favoritos es “La perra color canela”, que me resulta conmovedor. En él se cuenta el abandono de una perra en una gasolinera, y aunque allí los trabajadores la adopten y la mimen, la perra nunca dejará de sentirse curiosa ante todos los coches que se paran, por ver si regresa su dueño. O “Era sólo una perra”, en la que nos cuenta un suceso acaecido en el metro de Madrid: una galga abandonada cayó en la vía, y correteaba perdida esquivando metros durante días. La empresa municipal pasó del rescate, y no sería por falta de soluciones que se les propuso con tal de rescatarla. Pero no las aceptaron, y al final pasó lo que tenía que pasar: la perra murió atropellada. Y ante tales casos, ya les digo: Pérez-Reverte no ahorra bilis. Y bien que hace.

Y no es que Pérez-Reverte defienda a los perros desde la distancia, para ganarse el aplauso. Podríamos pensar que lo de Pérez-Reverte es la típica idealización fácil hacia el mundo animal, ya saben: como si los animales fueran tan humanizados que parecieran sacados de una película de Walt Disney, ignorando sus leyes salvajes y su instinto de supervivencia para convertirlos en animales de peluche. Es algo en lo que mucha gente incurre, aunque tal vez sea políticamente incorrecto señalarlo. Pero no es el caso de Pérez-Reverte. Y además hablamos de un animal concreto: el perro, que lleva miles de años domesticado, y conviviendo a nuestro lado. Yo he tenido y tengo perros, y en verdad les digo que, sin idealizaciones, sí creo que nuestros amigos de cuatro patas poseen las cualidades humanas que Pérez-Reverte les proyecta. Aunque sea por simple apego a sus dueños, pero las poseen. Y Pérez-Reverte sabe de lo que habla porque ha tenido cinco perros, de los cuales hay testimonios en algunos de los artículos de este libro. Así sabremos de Sombra, Mordaunt —guiño a los Tres mosqueteros de Dumas— y Sherlock —sobra comentar aquí el guiño ¿verdad?—.

Quizás por eso, por haber tenido cinco perros, el libro se abre con una dedicatoria a su hija Carlota, la cual no creo que haya sido ajena a la convivencia con estos fieles animales. Además también precede a la obra dos citas literarias, la primera de Cervantes —extraída de El coloquio de los perros— y la segunda de Jack London —de La llamada de lo salvaje—. Y para rematar el libro que nos ocupa, se cuenta con la colaboración del pintor Augusto Ferrer-Dalmau, que ilustra algunos relatos con retratos de perros. Además, en uno de los artículos del libro Ferrer-Dalmau tiene protagonismo, se trata de “El perro de Rocroi”, que habla sobre uno de los cuadros de batallas históricas en las que Ferrer-Dalmau está especializado. El cuadro en cuestión es “Rocroi. El último tercio”, y en él aparece un perro precisamente a petición expresa de Arturo.

Me encontré esta imagen por las redes sociales, ¿ven la mirada de Noa? Pues Pérez-Reverte tiene razón cuando describe la mirada de un perro.
En definitiva, es una buena lectura para los amantes de los perros, amena y ligera. Sólo le encuentro un defectillo, algo que, al menos a mí, no me acaba de convencer. Y es que, como bien dice el propio Arturo Pérez-Reverte en el fragmento del prólogo copiado anteriormente, en algunos artículos los perros figuran “sólo como personajes secundarios”. Excesivamente secundarios para mi gusto, cuando se supone que el libro gira en torno a ellos. Son artículos donde el tema central es otro, pero en los que aparece un perro de forma testimonial. Tan testimonial que me rompe un poco la idea original que vertebra el libro. Es el caso de “Cuento de navidad”,  “Un brindis por ellos dos” o “En la orilla oscura”. Y hay algo que tampoco me acaba de convencer: algunas opiniones cuñadas de Pérez-Reverte sobre algunos temas —a bote pronto, el artículo “Verano de perros y abuelos” me pareció un símil desacertado—. Pero de eso ya he hablado al principio de esta entrada. El libro merece la pena. Nunca está de más homenajear a nuestros mejores amigos.

Valoración: Bien

Te gustará si te gusta Arturo Pérez-Reverte, los perros.

(1) En el artículo “La mirada de un perro” nos contará que:
¿Y saben lo que les digo?... Podría desaparecer la Humanidad entera. Podrían diezmarnos las catástrofes y las guerras y caer chuzos de punta e irnos todos a tomar por saco, y el planeta Tierra no perdería gran cosa. Al contrario: ganaría en armonía natural y en alivio. Pero cada vez que desaparece un animal silencioso, bueno y leal como era el perro del que les hablo —se llamaba Sombra—, este mundo de mierda resulta menos generoso, menos habitables y menos noble.
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